Dios se lo pague
1948 

7.3
289
Drama
Una mujer jugadora, Nancy, que ostenta su elegancia para disimular su pobreza mientras espera que un hombre adinerado aparezca y se ocupe de ella, conversa con el viejo que mendiga en la puerta de un casino. Poco después, un pretendiente rico y misterioso le ofrece una vida de lujos, aunque alejada de las convenciones sociales. (FILMAFFINITY)
27 de septiembre de 2012
27 de septiembre de 2012
19 de 20 usuarios han encontrado esta crítica útil
A la entrada de una iglesia hay un mendigo que se hacer llamar Juca, de espesa barba y mirada amable, que pareciera estar necesitado como tantos otros que ocupan los lugares más concurridos de la ciudad. A cada persona que le arroja una moneda a su sombrero, él la compensa con la consabida frase “Dios se lo pague” que, a algunos les acaricia el alma, a otros los hace sentir que ya cumplieron con su deber… y otros creerán que ya pueden pedir a Dios, o a sus santos, lo que necesitan para sí mismos.
Cuando aquel mendigo se encuentre con Barato, otro mendigo a quien las cosas no le van muy bien, se sentirá tan a gusto en su compañía que, pronto, se convertirá en su maestro, demostrando su amplio conocimiento del arte de pedir limosma. Así, comenzarán a iluminarse una serie de hechos que desnudarán su particular existencia: sus aspiraciones, sus afectos, sus desgracias... y sus deseos de venganza.
Con unos significativos diálogos que quizás te quiten las ganas de volver a dar limosna a desconocidos, el director argentino, Luis César Amadori, va tejiendo un emotivo y poderoso drama que nos muestra, con sorpresa, el singular camino que recorre aquel mendigo, de quien luego sabremos que se llama Mario Álvarez y que tiene más mundo que el mismísimo Papa de Roma.
“DIOS SE LO PAGUE”, es la versión cinematográfica de una obra teatral escrita, en 1934, por el brasilero Joracy Camargo (1898 -1973), la cual tuvo cerca de 14.000 presentaciones en su país, siendo también llevada a las tablas, en otros países de Latinoamérica, con notable éxito.
Amadori ha hecho una versión fílmica bastante interesante, no obstante que sus internacionales actores, Arturo de Córdova (“Él”, “¿Por quién doblan las campanas?”, “El conde de Montecristo” historia con la que, “Dios se lo pague”, tiene claras similitudes…) y Zully Moreno (quien, desde un año atrás, es la esposa del director), resultan a ratos sobreactuados. El manejo de sombras y luces indirectas lo encuentro bastante preciso, y la historia se desenvuelve con mucha soltura, descorriendo el velo del personaje central con particular eficacia. Al final, queda trazado un complejo y ejemplarizante drama, y algunos espectadores quedamos perplejos, pues nos da la impresión de que aún somos bastante inocentes frente a las perversas maquinaciones que se agitan a diario en nuestra maltrecha sociedad. Y hasta se nos ocurre pensar, si esta película no resultará una pacificadora invitación a pedir, denegando el derecho a exigir justicia social, allí donde imperan grandes desigualdades.
Como puede verse, es la clase de filme que abre puertas a importantes debates, y solo por esto, tiene ya su mérito. Quedan resonando en nuestros oídos, frases como éstas:
“Dan las monedas para que les vaya bien. Si no necesitaran nada, no darían nada”.
“El día que la gente se entere de lo que ganan los mendigos, la competencia se va a volver imposible”.
“Jugar es vicio del que necesita, no del que tiene”.
“El diablo siempre está al lado de los que quieren vender su alma”.
Cuando aquel mendigo se encuentre con Barato, otro mendigo a quien las cosas no le van muy bien, se sentirá tan a gusto en su compañía que, pronto, se convertirá en su maestro, demostrando su amplio conocimiento del arte de pedir limosma. Así, comenzarán a iluminarse una serie de hechos que desnudarán su particular existencia: sus aspiraciones, sus afectos, sus desgracias... y sus deseos de venganza.
Con unos significativos diálogos que quizás te quiten las ganas de volver a dar limosna a desconocidos, el director argentino, Luis César Amadori, va tejiendo un emotivo y poderoso drama que nos muestra, con sorpresa, el singular camino que recorre aquel mendigo, de quien luego sabremos que se llama Mario Álvarez y que tiene más mundo que el mismísimo Papa de Roma.
“DIOS SE LO PAGUE”, es la versión cinematográfica de una obra teatral escrita, en 1934, por el brasilero Joracy Camargo (1898 -1973), la cual tuvo cerca de 14.000 presentaciones en su país, siendo también llevada a las tablas, en otros países de Latinoamérica, con notable éxito.
Amadori ha hecho una versión fílmica bastante interesante, no obstante que sus internacionales actores, Arturo de Córdova (“Él”, “¿Por quién doblan las campanas?”, “El conde de Montecristo” historia con la que, “Dios se lo pague”, tiene claras similitudes…) y Zully Moreno (quien, desde un año atrás, es la esposa del director), resultan a ratos sobreactuados. El manejo de sombras y luces indirectas lo encuentro bastante preciso, y la historia se desenvuelve con mucha soltura, descorriendo el velo del personaje central con particular eficacia. Al final, queda trazado un complejo y ejemplarizante drama, y algunos espectadores quedamos perplejos, pues nos da la impresión de que aún somos bastante inocentes frente a las perversas maquinaciones que se agitan a diario en nuestra maltrecha sociedad. Y hasta se nos ocurre pensar, si esta película no resultará una pacificadora invitación a pedir, denegando el derecho a exigir justicia social, allí donde imperan grandes desigualdades.
Como puede verse, es la clase de filme que abre puertas a importantes debates, y solo por esto, tiene ya su mérito. Quedan resonando en nuestros oídos, frases como éstas:
“Dan las monedas para que les vaya bien. Si no necesitaran nada, no darían nada”.
“El día que la gente se entere de lo que ganan los mendigos, la competencia se va a volver imposible”.
“Jugar es vicio del que necesita, no del que tiene”.
“El diablo siempre está al lado de los que quieren vender su alma”.
15 de abril de 2022
15 de abril de 2022
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película argentina con toques de drama filosófico-moral interesantes. Sin embargo, tras un comienzo de bastantes posibilidades, la película va derivando hacia un tono de melodrama, bastante rocambolesco además, que le quita mucha fuerza. Tiene perlas interesantes, sobre todo en las reflexiones de Arturo de Cordova y en ese rechazo a las convenciones, pero pierde gas en los últimos tramos (para mi gusto le sobra también un poco de metraje). Es una película aceptable, pero yo me quedo con la idea de que se podía haber sacado mucho más. De hecho....
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
...creo que el final es bastante flojo y (en una película que ataca las convenciones) muy convencional, con especie de "milagro" final.
26 de julio de 2026
26 de julio de 2026
0 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
375/40(26/07/26) Hay películas cuya premisa parece rozar el disparate y, sin embargo, consiguen sostenerse gracias a la inteligencia con la que desarrollan sus ideas. “Dios se lo pague”*pertenece a esa categoría. Bajo apariencia de melodrama romántico se esconde una reflexión afilada sobre el dinero, la caridad, la dignidad y la hipocresía social. Luis César Amadori construye una obra que deslumbra durante buena parte de su recorrido por la fuerza de sus diálogos y por un protagonista extraordinariamente complejo, aunque termina cediendo terreno a un sentimentalismo diluye parte de la mordacidad inicial. Aun con esas concesiones y con un desenlace excesivamente complaciente, sigue siendo una de las grandes producciones del cine argentino clásico.
No es casual esta película terminara convertida en uno de los grandes hitos internacionales del cine argentino de los años 40. Adaptación de la célebre obra teatral de Joracy Camargo, representada miles de veces en Brasil antes de saltar al cine, la producción encontró el equilibrio entre el prestigio literario y la vocación comercial que caracterizaba a Argentina Sono Film. En 1949 fue distinguida por la Academia de Hollywood entre las cinco mejores películas extranjeras estrenadas en Estados Unidos, reconocimiento enorme para una cinematografía entonces vivía su edad dorada. Detrás de la cámara estaba Luis César Amadori, probablemente el artesano más representativo del gran melodrama argentino, director acostumbrado a combinar elegancia visual, diálogos enfáticos y narraciones accesibles para el gran público. Su figura es curiosa por las contradicciones políticas rodearon su carrera, esta adaptación de una obra brasileña acabó siendo escrita por Tulio Demicheli («La herida luminosa»), cineasta enfrentado ideológicamente al propio Amadori. Paradoja histórica que enriquece más la película.
Visualmente el film conserva prestancia admirable. La fotografía de Alberto Etchebehere («Safo, historia de una pasión») aprovecha con enorme inteligencia el blanco y negro para convertir Buenos Aires en ciudad de contrastes morales. Los exteriores próximos a iglesias, casinos y calles nocturnas poseen aire casi expresionista, mientras mansiones rebosan sofisticación nunca resulta ostentosa. La iluminación trabaja constantemente con sombras parecen esconder las verdaderas identidades de los personajes, Recurso coherente con una historia edificada sobre las apariencias. La escenografía de Gori Muñoz («La dama duende») también merece reconocimiento, los decorados transmiten lujo cuando es necesario y sordidez cuando la historia pisa el barro de la mendicidad, sin que el conjunto pierda esa elegancia propia del cine clásico argentino; A ello contribuye la música de Juan Ehlert («La cabalgata del circo»), discreta, funcional y siempre al servicio del relato.
Pero donde encuentra su fuerza la película es en sus intérpretes. Arturo de Córdova da una interpretación magnífica, compone un personaje lleno de contradicciones. Su Mario Álvarez —o Juca, según el rostro que decida mostrar al mundo— transmite inteligencia, resentimiento, ironía y melancolía sin necesidad de grandes gesticulaciones. Hombre destruido por una injusticia que ha decidido convertir la mendicidad en forma de revancha económica contra la propia sociedad. Fascinante comprobar cómo un simple cambio de barba, postura corporal y tono de voz basta para construir dos identidades completamente distintas; Frente a él, Zully Moreno sostiene con enorme elegancia un personaje fácilmente podría haber caído en la caricatura. Nancy representa esa pobreza que intenta disfrazarse de riqueza, mujer que vive permanentemente interpretando un papel porque entiende que, en una sociedad dominada por el dinero, aparentar vale casi tanto como poseer. La química entre ambos funciona muy bien y dota de credibilidad emocional a un argumento que, siendo honestos, exige aceptar más de una licencia narrativa.
El reparto secundario tampoco desmerece. Enrique Chaico convierte a Barata en mucho más que el alivio cómico habitual del melodrama clásico. Su relación con Mario permite descubrir una inesperada filosofía del oficio de mendigar. También cumplen con solvencia Florindo Ferrario y Federico Mansilla, aunque sus personajes funcionan más como símbolos de una determinada clase social que como individuos plenamente desarrollados.
Lo verdaderamente estimulante aparece en el corazón ideológico del relato. Desde sus primeros minutos la película lanza preguntas incómodas sobre la naturaleza de la caridad. Se ayuda realmente al necesitado o simplemente se compra tranquilidad de conciencia? Juca parece tenerlo claro cuando afirma, en esencia, que la mayoría da limosna esperando recibir algo a cambio del destino. La frase «Dan las monedas para que les vaya bien. Si no necesitaran nada, no darían nada» resume una visión demoledora del altruismo interesado. Es uno de esos diálogos que sobreviven mucho después de terminar la proyección porque desmonta con elegante cinismo una costumbre social aparentemente incuestionable.
Hay muchas otras líneas memorables. «El día que la gente se entere de lo que ganan los mendigos, la competencia se va a volver imposible» mezcla humor con una crítica feroz al capitalismo y al mercado convertido en competencia absurda incluso entre quienes nada poseen. También resulta magnífica «Jugar es vicio del que necesita, no del que tiene», una observación que define simultáneamente al personaje de Nancy y al conjunto de quienes buscan en el azar una salida desesperada a su precariedad. Son frases que revelan el origen teatral de la historia, pero aquí esa procedencia juega claramente a favor porque los diálogos poseen una densidad filosófica poco habitual en el melodrama convencional.
Especialmente brillante es la explicación sobre el arte de pedir limosna. Podría parecer una simple curiosidad narrativa, sin embargo, funciona como clase magistral sobre psicología social... (sigo en spoiler)
No es casual esta película terminara convertida en uno de los grandes hitos internacionales del cine argentino de los años 40. Adaptación de la célebre obra teatral de Joracy Camargo, representada miles de veces en Brasil antes de saltar al cine, la producción encontró el equilibrio entre el prestigio literario y la vocación comercial que caracterizaba a Argentina Sono Film. En 1949 fue distinguida por la Academia de Hollywood entre las cinco mejores películas extranjeras estrenadas en Estados Unidos, reconocimiento enorme para una cinematografía entonces vivía su edad dorada. Detrás de la cámara estaba Luis César Amadori, probablemente el artesano más representativo del gran melodrama argentino, director acostumbrado a combinar elegancia visual, diálogos enfáticos y narraciones accesibles para el gran público. Su figura es curiosa por las contradicciones políticas rodearon su carrera, esta adaptación de una obra brasileña acabó siendo escrita por Tulio Demicheli («La herida luminosa»), cineasta enfrentado ideológicamente al propio Amadori. Paradoja histórica que enriquece más la película.
Visualmente el film conserva prestancia admirable. La fotografía de Alberto Etchebehere («Safo, historia de una pasión») aprovecha con enorme inteligencia el blanco y negro para convertir Buenos Aires en ciudad de contrastes morales. Los exteriores próximos a iglesias, casinos y calles nocturnas poseen aire casi expresionista, mientras mansiones rebosan sofisticación nunca resulta ostentosa. La iluminación trabaja constantemente con sombras parecen esconder las verdaderas identidades de los personajes, Recurso coherente con una historia edificada sobre las apariencias. La escenografía de Gori Muñoz («La dama duende») también merece reconocimiento, los decorados transmiten lujo cuando es necesario y sordidez cuando la historia pisa el barro de la mendicidad, sin que el conjunto pierda esa elegancia propia del cine clásico argentino; A ello contribuye la música de Juan Ehlert («La cabalgata del circo»), discreta, funcional y siempre al servicio del relato.
Pero donde encuentra su fuerza la película es en sus intérpretes. Arturo de Córdova da una interpretación magnífica, compone un personaje lleno de contradicciones. Su Mario Álvarez —o Juca, según el rostro que decida mostrar al mundo— transmite inteligencia, resentimiento, ironía y melancolía sin necesidad de grandes gesticulaciones. Hombre destruido por una injusticia que ha decidido convertir la mendicidad en forma de revancha económica contra la propia sociedad. Fascinante comprobar cómo un simple cambio de barba, postura corporal y tono de voz basta para construir dos identidades completamente distintas; Frente a él, Zully Moreno sostiene con enorme elegancia un personaje fácilmente podría haber caído en la caricatura. Nancy representa esa pobreza que intenta disfrazarse de riqueza, mujer que vive permanentemente interpretando un papel porque entiende que, en una sociedad dominada por el dinero, aparentar vale casi tanto como poseer. La química entre ambos funciona muy bien y dota de credibilidad emocional a un argumento que, siendo honestos, exige aceptar más de una licencia narrativa.
El reparto secundario tampoco desmerece. Enrique Chaico convierte a Barata en mucho más que el alivio cómico habitual del melodrama clásico. Su relación con Mario permite descubrir una inesperada filosofía del oficio de mendigar. También cumplen con solvencia Florindo Ferrario y Federico Mansilla, aunque sus personajes funcionan más como símbolos de una determinada clase social que como individuos plenamente desarrollados.
Lo verdaderamente estimulante aparece en el corazón ideológico del relato. Desde sus primeros minutos la película lanza preguntas incómodas sobre la naturaleza de la caridad. Se ayuda realmente al necesitado o simplemente se compra tranquilidad de conciencia? Juca parece tenerlo claro cuando afirma, en esencia, que la mayoría da limosna esperando recibir algo a cambio del destino. La frase «Dan las monedas para que les vaya bien. Si no necesitaran nada, no darían nada» resume una visión demoledora del altruismo interesado. Es uno de esos diálogos que sobreviven mucho después de terminar la proyección porque desmonta con elegante cinismo una costumbre social aparentemente incuestionable.
Hay muchas otras líneas memorables. «El día que la gente se entere de lo que ganan los mendigos, la competencia se va a volver imposible» mezcla humor con una crítica feroz al capitalismo y al mercado convertido en competencia absurda incluso entre quienes nada poseen. También resulta magnífica «Jugar es vicio del que necesita, no del que tiene», una observación que define simultáneamente al personaje de Nancy y al conjunto de quienes buscan en el azar una salida desesperada a su precariedad. Son frases que revelan el origen teatral de la historia, pero aquí esa procedencia juega claramente a favor porque los diálogos poseen una densidad filosófica poco habitual en el melodrama convencional.
Especialmente brillante es la explicación sobre el arte de pedir limosna. Podría parecer una simple curiosidad narrativa, sin embargo, funciona como clase magistral sobre psicología social... (sigo en spoiler)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
... Mario entiende la mendicidad no consiste únicamente en pedir dinero, sino en interpretar el papel exacto que el donante necesita contemplar para sentirse virtuoso. Idea extraordinariamente moderna. Cambien las monedas por un botón de "me gusta" en redes sociales y el mecanismo funciona exactamente igual.
Problema llega cuando la película comienza a abandonar esas reflexiones para abrazar sin complejos el melodrama romántico. Hasta entonces asistíamos a una especie de tratado sobre la desigualdad disfrazado de cuento moral; después, el relato gira hacia una historia sentimental bastante más convencional. El romance entre Mario y Nancy funciona porque ambos actores poseen enorme carisma, pero acaba ocupando demasiado espacio. Echo de menos que Amadori mantuviera hasta el final esa voluntad de incomodar al espectador. La película parece tener miedo de sus propias conclusiones y decide refugiarse en un desenlace conciliador que suaviza excesivamente la carga crítica acumulada durante casi dos horas.
Hay aspectos que han envejecido peor. La construcción femenina responde inevitablemente a los códigos morales de los años 40. Nancy necesita un hombre la rescate, mientras los personajes masculinos monopolizan las grandes decisiones éticas. No deja de ser coherente con la época, pero hoy es difícil no percibir cierto aroma rancio en algunos planteamientos. Del mismo modo, algunos giros argumentales requieren buena dosis de suspensión de incredulidad. Que un mendigo consiga levantar semejante imperio económico sin despertar sospechas pertenece al terreno de la fábula. No obstante, la película nunca pretende ser realista; funciona mejor cuando se acepta como parábola moral.
Hay además un pequeño problema de ritmo. La parte central se alarga innecesariamente y determinadas escenas reiteran ideas que ya habían quedado perfectamente establecidas. Es uno de esos casos donde quince minutos menos habrían fortalecido notablemente el conjunto. No llega a hacerse pesada, pero sí pierde parte del impulso narrativo conseguido en su magnífico arranque.
Lo que impide todo ello descarrile es la enorme personalidad del protagonista. Mario no es héroe, tampoco villano. Es un hombre profundamente herido que ha decidido utilizar reglas del propio sistema para vengarse de él. Su rechazo al trabajo convencional constituye quizá el aspecto más provocador de toda la película. Frente al discurso habitual según el cual el trabajo dignifica siempre al individuo, aquí se plantea justamente lo contrario: cuando ese trabajo únicamente sirve para perpetuar la explotación, negarse a participar en él puede convertirse en una forma de resistencia. Idea sorprendentemente audaz para una producción comercial de 1948.
Quizá ahí resida la verdadera grandeza del film. No tanto en su historia romántica como en su capacidad para cuestionar conceptos aparentemente intocables: la limosna, el mérito, la riqueza, la justicia o la propia moral burguesa. Es cierto finalmente prefiere abrazar la emoción antes que la revolución, y que termina domesticando parte de su discurso para no incomodar demasiado al público. Pero incluso así deja suficientes interrogantes sobre la mesa como para seguir resultando estimulante casi ocho décadas después.
No alcanza la categoría de obra maestra porque el melodrama termina imponiéndose a la reflexión filosófica y porque el último acto sacrifica demasiada complejidad en favor de un optimismo algo ingenuo. Sin embargo, durante buena parte de su metraje ofrece un retrato extraordinariamente lúcido de una sociedad donde las apariencias cotizan más alto que la verdad y donde la caridad, muchas veces, no deja de ser la forma más barata de comprar tranquilidad de conciencia. Y pocas películas consiguen que uno salga del visionado preguntándose si volverá a mirar igual al próximo mendigo que encuentre en la calle. Eso, por sí solo, ya vale bastante más que muchas moralejas envueltas en papel de regalo.
Gloria Ucrania!!!
Problema llega cuando la película comienza a abandonar esas reflexiones para abrazar sin complejos el melodrama romántico. Hasta entonces asistíamos a una especie de tratado sobre la desigualdad disfrazado de cuento moral; después, el relato gira hacia una historia sentimental bastante más convencional. El romance entre Mario y Nancy funciona porque ambos actores poseen enorme carisma, pero acaba ocupando demasiado espacio. Echo de menos que Amadori mantuviera hasta el final esa voluntad de incomodar al espectador. La película parece tener miedo de sus propias conclusiones y decide refugiarse en un desenlace conciliador que suaviza excesivamente la carga crítica acumulada durante casi dos horas.
Hay aspectos que han envejecido peor. La construcción femenina responde inevitablemente a los códigos morales de los años 40. Nancy necesita un hombre la rescate, mientras los personajes masculinos monopolizan las grandes decisiones éticas. No deja de ser coherente con la época, pero hoy es difícil no percibir cierto aroma rancio en algunos planteamientos. Del mismo modo, algunos giros argumentales requieren buena dosis de suspensión de incredulidad. Que un mendigo consiga levantar semejante imperio económico sin despertar sospechas pertenece al terreno de la fábula. No obstante, la película nunca pretende ser realista; funciona mejor cuando se acepta como parábola moral.
Hay además un pequeño problema de ritmo. La parte central se alarga innecesariamente y determinadas escenas reiteran ideas que ya habían quedado perfectamente establecidas. Es uno de esos casos donde quince minutos menos habrían fortalecido notablemente el conjunto. No llega a hacerse pesada, pero sí pierde parte del impulso narrativo conseguido en su magnífico arranque.
Lo que impide todo ello descarrile es la enorme personalidad del protagonista. Mario no es héroe, tampoco villano. Es un hombre profundamente herido que ha decidido utilizar reglas del propio sistema para vengarse de él. Su rechazo al trabajo convencional constituye quizá el aspecto más provocador de toda la película. Frente al discurso habitual según el cual el trabajo dignifica siempre al individuo, aquí se plantea justamente lo contrario: cuando ese trabajo únicamente sirve para perpetuar la explotación, negarse a participar en él puede convertirse en una forma de resistencia. Idea sorprendentemente audaz para una producción comercial de 1948.
Quizá ahí resida la verdadera grandeza del film. No tanto en su historia romántica como en su capacidad para cuestionar conceptos aparentemente intocables: la limosna, el mérito, la riqueza, la justicia o la propia moral burguesa. Es cierto finalmente prefiere abrazar la emoción antes que la revolución, y que termina domesticando parte de su discurso para no incomodar demasiado al público. Pero incluso así deja suficientes interrogantes sobre la mesa como para seguir resultando estimulante casi ocho décadas después.
No alcanza la categoría de obra maestra porque el melodrama termina imponiéndose a la reflexión filosófica y porque el último acto sacrifica demasiada complejidad en favor de un optimismo algo ingenuo. Sin embargo, durante buena parte de su metraje ofrece un retrato extraordinariamente lúcido de una sociedad donde las apariencias cotizan más alto que la verdad y donde la caridad, muchas veces, no deja de ser la forma más barata de comprar tranquilidad de conciencia. Y pocas películas consiguen que uno salga del visionado preguntándose si volverá a mirar igual al próximo mendigo que encuentre en la calle. Eso, por sí solo, ya vale bastante más que muchas moralejas envueltas en papel de regalo.
Gloria Ucrania!!!
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