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España España · Palma de Mallorca
Críticas de Robert Denigro
Ordenadas por:
76 críticas
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6
27 de agosto de 2020
32 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil
Digamos que mi inteligencia, ni mucha ni poca, es la justa para montar un mueble de Ikea. Sin embargo a Christopher Nolan le importan un pimiento las entendederas del espectador medio, proponiendo un enrevesado ejercicio mental de paradojas temporales y espionaje nuclear.

De nuevo la puesta en escena de Nolan es brillante. Un desfile de tecnología y lujo como un sofisticado anuncio de El Corte Inglés. El punto fuerte de "Tenet" es la innovación formal, en este caso escenas de acción inquietantes ocurridas en el llamado torno temporal, donde una misma situación se desarrolla simultáneamente en tiempos inversos, como las dos caras de un espejo de movimientos opuestos. La estructura de situaciones complejas y montajes paralelos recuerdan demasiado a "Origen", otro alambicado cubo de rubik donde los personajes eran fichas de ajedrez al servicio del laberinto argumental.

La traición imperdonable de Nolan hacia su público es presentar este galimatías indescifrable como si se tratara de un sencillo entretenimiento apto para toda la familia. El desafío de comprensión que propone nos aleja de la película y termina por convertirla en una provocación de presunta complejidad intelectual que nos llama tontos a la cara. De tanto pensar el espectador naufraga en un mar de datos sin manual de instrucciones. La mayor tragedia es intuir que bajo la retórica de pretensiones científicas, como ya ocurría en "Interstellar", se esconde un guión plagado de lugares comunes y frases de camiseta.

Con cada nueva película Christopher Nolan se postula como heredero de las fantasías de Georges Meliès, un mago ambicioso que entiende el cine como si fuera un gran truco. Pero como todos los magos necesita engañar a su público con señuelos irritantes.

"Tenet" me obliga a plantearme preguntas tan absurdas como la película: ¿qué utilidad real puede ofrecer un arma que funciona retrocediendo en el tiempo?.
Robert Denigro
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1
18 de noviembre de 2020
38 de 67 usuarios han encontrado esta crítica útil
Nunca me ha interesado el billar, pero después de ver “El Color del dinero” lo veo con otros ojos. Martin Scorsese convirtió un juego lento en un trepidante paisaje de esferas orbitando sobre un tapete verde. Supernovas en colisión bajo la atenta mirada de dos pícaros buscavidas como Paul Newman y Tom Cruise.

“El Color del dinero” no es lo mejor de Scorsese, pero su talento logró lo imposible, transformando lo aburrido en una gamberrada trepidante. Suyo es el mérito de saber adaptar con el nervio de una “road movie” la novela “The colour of the Money” de Walter Tevis.

Con “Gambito de Dama” nos encontramos con el resultado opuesto. De nuevo otra novela de Walter Tevis sobre otro juego aburrido: el ajedrez. Pero aquí no hay emoción ni nervio sino todo lo contrario. La adaptación de Scott Frank nos conduce por la flacidez melancólica de una jovencita extraña, campeona mundial de ajedrez pero con aspecto de maniquí de Balenciaga. La historia divaga por una nebulosa, de tonos góticos, al servicio del artificio estético, con la expresión extraterrestre de la actriz Any Taylor-Joy como centro de ese mundo de diseño. Todo está pensado para que cada plano sea un sofisticado anuncio de El Corte Inglés para disfrute de adolescentes instagramers. Si en la saga "Crepúsculo" los vampiros eran lo de menos aquí ocurre lo mismo con el ajedrez.

Con "Gambito de Dama" la mujer suma a su causa una heroína contradictoria, por un lado una líder en un juego de hombres pero adicta a los vestidos elegantes, más femeninos que feministas.

En fin, me voy al bar a echar unos billares.
Robert Denigro
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10
11 de agosto de 2020
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay una escena en "Desu Uzala" muy sutil, casi inadvertida, que resume la altura moral de la película. En ella el capitán Arseniev y Dersú, en la espesura del bosque, liberan a un cervatillo atrapado en un pozo-trampa cavado días atrás por cazadores furtivos chinos. Son apenas unos planos breves, sin ningún subrayado narrativo, sin fanfarrias musicales ni complejo montaje de imágenes. La escena por su desnudez se podría calificar como anti-espectacular pero el resultado es de una intensa veracidad porque es un fragmento de la vida misma sin adornos. Es la síntesis bellīsima de una forma de hacer cine. Una ética del cine. Es fácil imaginar el tratamiento exagerado, cargado de sensiblería, que hubiera dado Hollywood a una escena de tanto potencial dramático. Por eso "Bailando con lobos" de Kevin Costner y "Dersu Uzala" de Kurosawa son dos formas opuestas de tratar la naturaleza en la pantalla.

Todo en "Desu Uzala" transpira verdad. El espectador tiene la errónea sensación de que Kurosawa ha hecho poco más que colocar la cámara. Nos olvidamos fácilmente de que los personajes son actores. Dersú es tal vez el personaje más extraordinario de la historia del cine. Su rostro, curtido por las inclemencias de la vida salvaje, es un prodigio de realismo, al igual que la caracterización del equipo de exploradores.

"Dersu Uzala" es la cima del ecologismo bien entendido, sin ideología ni mensajes exaltados. El paisaje se adueña de nosotros y nos habla en silencio. El espectador intuye, por los cambios cromáticos de la luz sobre el bosque, el paso de una estación a otra. Un homenaje melancólico al equilibrio natural cuyo último embajador involuntario es Dersú, ese gnomo discreto que vive en el bosque sin molestar y que necesita gafas porque a su edad ya no logra apuntar bien su rifle. "Dersu Uzala" es un testimonio del paso del tiempo, la vejez y la limpia amistad que surge entre dos hombres que se profesan admiración mutua. Pero sobre todas las cosas "Dersu Uzala" es un ejercicio de sencillez estética. Un manual de honestidad técnica tras la cámara, que nos muestra la verdad sin hacer ruido. Porque la serenidad espíritual es la única forma de llegar hasta el corazón sigiloso de la taiga siberiana. Obra maestra sin discusión.
Robert Denigro
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7
16 de mayo de 2020
6 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desde la primera escena caemos en picado en territorio de Nicolas Winding Refn. Un espacio fantasma controlado por la disciplina extrema de la forma. El espectador es arrastrado a un monótono trance narcótico de artificio y cromatismo fluorescente. El tedio de sus eternas panorámicas y los retratos estáticos resultan incómodos pero de una adicción perversa. El mundo ralentizado de Winding Refn esta poblado de autómatas sin emociones que parecen proclamar el advenimiento de un futuro bestial. Un entorno de silencio primitivo, al estilo de Herman Melville, donde el hombre no necesita palabras y se mueve con el sigilo de un animal salvaje. El hábitat del cazador.

Las fuerza brutal de las imágenes de Winding Refn funciona como una provocación al espectador, que experimenta una colisión de emociones en direcciones opuestas. Por un lado la triste sensación de vacío sin vida, como una clausura de toda esperanza, pero por otro lado una seducción imparable hacia la vibración radiactiva de la pantalla en busca del deseo obsesivo. Entre el horror y el placer, el erotismo de cada plano es una constante psicológica que emparenta a Winding Refn con el universo nocturno de David Lynch. Pero si Lynch fabulaba con mundos paralelos, donde la oscuridad acechaba al otro lado de la cortina, Winding Refn nos advierte que no existen otros mundos, que toda la extrañeza, toda la belleza, toda la maldad están aquí, entre nosotros.
Robert Denigro
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10
17 de julio de 2020
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con "Excalibur" no soy objetivo. Personalmente significó el descubrimiento del cine como emoción pura. Y todavía hoy entiendo el cine como la imagen del Rey Arturo atravesando a caballo una constelación de pétalos blancos. Caballeros de armaduras refulgentes entre almendros en flor y los coros del Carmina Burana con su hermoso clamor de batalla. Supongo que no fui el único que gracias a esta obra maestra de John Boorman descubrió las cantatas profanas de Carl Orff, hoy en día muy manoseadas por la cultura pop, pero que siguen siendo una de las cimas de la épica músical.

Sigo cautivado por la puesta en escena de "Excalibur", sus frondosos bosques, las pesadas armaduras que convierten a los personajes en astronautas metálicos y la fotografía de Alex Thomson con esos reflejos verdosos. Nunca antes la solemnidad operística de Richard Wagner había tenido tanto sentido en cine como en "Excalibur". En realidad un anacronismo histórico, pues casi 400 años separan al compositor alemán de las lejanas leyendas artúricas. Bendito anacronismo.

Una película redonda con unos diálogos bellísimos capaces de convertir a la fe católica al más ateo. Nigel Terry, fallecido en 2015, siempre será el atribulado Rey Arturo y Perceval (Paul Geoffrey) con su pureza de espíritu nos convence de que Dios existe para quien aprende a mirar con los ojos del alma.

Incluso con películas de culto como "Deliverance" o "A quemarropa" ninguna película de Boorman alcanzó el fulgor de "Excalibur". Sin ser un director genial se puede afirmar que con "Excalibur" Boorman alcanzó el mismo estado de gracia que Perceval contemplando el Grial. Obra maestra.
Robert Denigro
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