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Críticas 432
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
8
15 de agosto de 2025
90 de 111 usuarios han encontrado esta crítica útil
Elegir tu compañero será el desafío mayor en este viaje lleno de incertidumbres. Conoces a alguien que rompe tus esquemas y eres hechizado de una forma antes desconocida. Química corporal antes de intelecto. Pero amor es soledad, un sentimiento egoísta. Nunca podrás amar con el amor que te profesa el otro. Más o menos nunca la misma intensidad. No hay reciprocidad posible y de alguna manera no lo compartes, es egoísta en el mejor sentido. Sólo puedes controlar tu lado de la ecuación, pero eliges ser la energía del otro.

Estas ideas luminosas surgen por contraposición a la atmósfera enrarecida de esta película de body horror con final inesperado, pero que te deja en paz. Busca el conflicto, uno visiona el filme con los dientes apretados, pero sin duda hace estallar tu cabeza en extrañas direcciones.

Una cinta de terror sobrenatural sumamente satisfactoria.

La tesis del filme es que para amar hay que fundirse en el otro. Renunciar a tu propia esencia y tus sueños porque deseas ser la mejor versión, no para ti, sino para la persona que comparte tu vida.
Esta descripción si bien es correcta, es demasiado amable para el viaje oscuro a que nos invita.

La anécdota esotérica de un templo que se hundió en una caverna, de Platón para los intelectuales, el lugar donde un agua sagrada permite la unión con la pareja, no la espiritual, sino la carnal al estilo body horror.

Esta derivada es algo estúpida.

El agua del manantial transmuta la idea de amor espiritual para expresarla en términos físicos. Cuando crees comprender a la otra persona, en realidad Tim y Millie la sienten en sus entrañas.

Este amor simbiótico es más científico, biológico se entiende, se potencia con la cercanía de los cuerpos. El agua infectada separa al cerebro del cuerpo, los somníferos actúan sobre la mente y detienen el amor visceral.

Una idea interesante es que desear al otro es también odiarlo. Querer comértelo para saber a tu pareja. Cada instante que compartes es una renuncia, para respirar el mismo aire debes escuchar quejas, reclamos, que te destruya con una simple frase, querer matarla porque en el fondo es tu espejo. Uno vacío e ingrávido porque tu opinión deja de importar.
Ya no puedes vencer a la química y renuncias a tu persona. Millie lo es todo para Tim y viceversa, es un amor tóxico que destruye, que requiere una cercanía contaminante. Un cuerpo puede resucitar al otro en el momento en que los dos cerebros se fusionan y ya no hay peleas ni diferencias. Estás conforme con desaparecer en el otro, la unión significará matar a una entidad y transformarse en otra.

Esta ópera prima de Michael Shanks es perturbadora, pero no causa repulsión, al revés, el espectador anhela desaparecer en estas imágenes y ruidos corporales.

Al comienzo hay música en la fiesta de despedida de estos jóvenes que se van a vivir al campo, a Millie le gustan las Spice Girls y Tim es un amante de la música, pero no le importa, es la segunda vez que surge música en esta película delirante.

Elegir a tu compañero de viaje es un desafío lleno de incertidumbres. Una ruta de tropiezos y a veces instantes mágicos. ¿Por qué no fundirse en uno solo y beber de una sola copa?

El amor es soledad, no hay reciprocidad posible, es egoísta en el mejor sentido. Sólo puedes controlar tu lado de la ecuación, pero eliges ser la energía del otro.

Es un desafío que requiere voluntad, puedes elegir ser alguien o fundirte en algo nuevo. La decisión es tuya, sabes que si te alejas te debilitarás, ese es otro camino.

Tú elijes entre tener una relación tóxica y aniquilante o compartir a ratos el túnel de otra persona.
14 de febrero de 2017
63 de 64 usuarios han encontrado esta crítica útil
Western extemporáneo, cine negro o crítica social, es difícil catalogar este guion que marcha a la perfección al ritmo tejano, sin apuros de ninguna especie, como si la vida diera lo mismo afrontarla de cualquier manera. Dos hermanos se reúnen luego de varios años con el objeto de ejecutar un minucioso plan. El mayor (Tanner) viene saliendo de la cárcel, hombre de pocas luces que siente predilección por las armas. En pocos días asaltaran varias sucursales de un determinado banco para cubrir la hipoteca que pesa sobre el rancho de su madre que acaba de morir.

Los encuadres potencian la narración, las elipsis refuerzan el sello poético de la cinta, al tiempo que Nick Cave y Warren Ellis nos deleitan con una banda sonora inspirada.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Toby (el menor) cuenta con el apoyo incondicional de su hermano y desea dejarle la granja a sus hijos debido a que han descubierto petróleo. No le interesa recuperar a su esposa, sino que sus hijos rompan con varias generaciones de pobreza. Texas es un lugar inhóspito donde la miseria se huele en cada pueblo a pesar de estar rodeados por pozos de petróleo. A los atracadores les hacen frente Marcus Hamilton (Ranger a punto de jubilar) y su compañero mestizo Alberto. Quizás sería otra cinta de los hermanos Coen, pero cuando la película insinúa derroteros donde la mediocridad se abrirá paso, el director nos sorprende otorgándoles a cada uno lo suyo. El que saca la peor parte es Alberto, quien describe la cruda realidad: hace 150 años estas tierras eran de los comanches, luego de los colonizadores blancos y ahora es de los banqueros que no necesitaron ejércitos. Esta crítica social es reforzada por el hecho de que ese mismo banco que están custodiando es aquel que le prestó dinero a la madre de Toby y Tanner, sabiendo que ella sería incapaz de pagar la hipoteca. Hay un ajuste de cuentas de los asaltantes contra un sistema que empobrece a la población, incluso son ayudados a blanquear el dinero y los testigos se niegan a reconocerlos. Tanner muere en su ley matando a diestra y siniestra hasta que Hamilton le da un tiro en la cabeza. Toby se sale con la suya, de ningún modo es el perdedor del universo de los Coen, se la ha jugado por la familia, en tanto Hamilton (un Jeff Bridges enorme) representa al policía recto que, aunque jubilado, quiere hacerle pagar sus culpas. Cada uno tiene su propia ética y se citan a las afueras del pueblo. No hay prisa para el ajuste de cuentas.
4 de febrero de 2017
68 de 77 usuarios han encontrado esta crítica útil
El encuadre fijo, en silencio, muestra a un chico de dieciséis años (Patrick) observando tres retratos, los rostros no aparecen y Patrick empatiza con el dolor de su tío (Lee Chandler). «No puedo superarlo», le confidenciará, simplemente a Chandler no le queda fuelle para afrontar la vida.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Al comienzo lo vemos haciendo de maestro chasquilla para algunos edificios en la ciudad de Boston, no tiene miramientos con sus inquilinos, los trata irrespetuosamente si se meten en sus asuntos, acude al bar sólo con la intención de beber cerveza, emborracharse, tampoco le interesa flirtear con mujeres, simplemente no quiere llamar la atención, desea que lo dejen en paz. Estalla de rabia e impotencia (no sabemos por qué) y golpea a los clientes, pareciera que todo le da lo mismo, pero explota y al espectador le inspira risa. Destapa wáteres, hay algo patético en su vida. Todo transcurre dentro de un tono desesperanzador y la cinta no tiene prisa por internarse en la existencia del protagonista. De pronto, desde Manchester (New Hampshire) recibe una llamada del hospital, acude raudo, pero su hermano ha muerto. El abogado lo nombra tutor de su sobrino, Chandler le dice que sólo era el plan de contingencia, que no puede hacerse cargo. Tanto Lee como Patrick no muestran sus emociones, no saben cómo actuar ante la pérdida. Los incómodos silencios se interrumpen para gritarse, no pueden ponerse de acuerdo, simplemente se enrostran verdades que pueden herir al otro, pero Chandler es inmune a los insultos. Descubre que Patrick también va por la vida como si nada le importara, entiende que la madre es una extraterrestre con la que su sobrino no puede contar. Se encuentra solo al igual que él, ambos se ven como espejos y eso los asusta. Chandler se encuentra en el funeral con su antigua esposa (Randi), no sabe cómo reaccionar, pero intuimos algo doloroso. En mitad del metraje nos enteramos de la razón por la que Lee abandono su ciudad natal, un hecho desgarrador lo desplazó fuera de los márgenes, no pudo enfrentar la culpa ni a los vecinos y huyó a otra ciudad para vivir en un segundo plano. Sus tres hijos murieron en un incendio, él estaba borracho y dejó prendida la chimenea mientras iba por otras cervezas. En Manchester no encuentra trabajo, todos parecen rehuirlo, un paria que lleva a su sobrino a todos los lugares. Patrick tiene dos novias y no conecta con sus emociones, a Chandler parece no importarle, pero accede a quedarse en Manchester por un año, al menos Patrick parece tener una vida. Un día se topa en una esquina con Randi, ella le pide perdón por las cosas que le dijo, Lee estalla en llanto, la ciudad se hace pequeña, no soporta el dolor reflejado en los ojos de su ex mujer. Acude al bar y golpea a un sujeto para descargarse, desea que lo golpeen para sentir algo, como espectadores sentimos impotencia y nos reímos en silencio, es difícil reaccionar correctamente, he ahí el mérito de la película. Sólo en ese instante Chandler comprende que no puede arrastrar a su sobrino hacia ese punto muerto en que se encuentra. Toma las riendas del asunto y le pide a un amigo y su esposa que adopten a Patrick. Su sobrino tiene amistades, un bote, lazos de pertenencia a fin y al cabo, pero a su vez es el único capaz de entenderlo, desea ser parte de su vida y en cierta medida lo ha conseguido. Lee volverá a Boston, pero a un lugar con dos cuartos para que Patrick lo visite. No puede superar el dolor, los recuerdos de Manchester, simplemente su proyecto de familia fue despedazado en mil pedazos y no tiene fuerzas suficientes para rehacer su vida, prefiere el anonimato, ser uno más dentro de Boston, mientras unas elipsis de la costa de Manchester se suceden, una tras otra, en desgarradores momentos que parecen detenidos en el tiempo ante una naturaleza inmutable.
19 de diciembre de 2015
42 de 42 usuarios han encontrado esta crítica útil
Película que trabaja en dos niveles, la del escritor Herman Melville buscando la historia que lo redima de su vocación, y por otro lado, los hechos verdaderos que inspiraron la novela "Moby Dick" (1851). Hay un paralelismo entre la epopeya de Melville y las dificultades que abordó el Essex, ballenero que en 1820 se embarcó en la empresa temeraria de cazar ballenas para obtener el aceite que permitiría iluminar las ciudades de Nueva Inglaterra. Es una empresa heroica, a la vez que un negocio ambicioso para los banqueros. Recuerda al periplo de Ulises para volver a Ítaca, pero a la película le falta corazón (no reivindica al título) a pesar de ofrecernos imágenes bellísimas y un sonido y banda sonora sobresalientes. Es un relato de sobrevivencia y regreso aciago, al contrario del regreso triunfal del "Apollo 13" (1995) del propio Ron Howard. Si a esta última le sobraba tensión, esta nueva incursión resulta algo previsible y quizás demasiado formal en su puesta en escena. Se nos viene a la mente la fabulosa "Capitán de Mar y Guerra" (2003) de Peter Weir, donde se lucen las actuaciones y el ritmo narrativo a diferencia de lo que ocurre con esta cinta. El elenco es apropiado, pero Howard (esta vez) no logra el lucimiento de los actores. Los efectos visuales son increíbles y, junto al lenguaje náutico, nos sitúan como espectadores privilegiados de una empresa que desde un comienzo estuvo destinada al fracaso. La rivalidad entre los dos protagonistas, el primer oficial y el capitán, de distinta cuna, se desdibuja tan rápido que contribuye a emparentar la película a otras muchas de naufragios.
15 de julio de 2013
79 de 117 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mazinger Z, anime creado en 1972 por Kishioshi Nagai, daba su nombre a un personaje de ficción, que para los nacidos hacia fines de los años 60 y comienzos de los 70, sería nada menos que el primer robot gigante tripulado. Koji Kabuto era quien piloteaba el planeador, pequeña nave que plegaba sus turbinas y se asentaba en la cabeza de Mazinger Z. El proceso de activación del robot concluía satisfactoriamente solo cuando se encendían los ojos del robot.

Koji Kabuto representaba el poder infinito que desplegamos cuando somos niños. Seres pequeños queriendo ser grandes como los adultos. Amparados en nuestra imaginación, debíamos ser más colosales, para resolver cualquier problema, no solo los familiares, sino aquellos que salvarían a la humanidad.

Por esa época, nuestra televisión estaba poblada de seres monumentales: Ultraman, Ultraseven y Robot Gigante. Todos ellos peleaban contra monstruos enormes que, para los japoneses, representaban mutaciones genéticas, que habrían surgido luego de las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Esta cruza de imaginación nos invadió justo en aquella etapa, antes de que despertara nuestro interés por el sexo opuesto, y donde nuestras máquinas eran las bicicletas. Salíamos a pedalear por las plazas, emulando a nuestros héroes y de verdad nos creíamos gigantes.

“Pacific Rim” interpreta a la perfección el sentimiento de esa época. Recordemos que en Chile, los nacidos en esos años, no entendíamos lo que significaba Unidad Popular ni el Golpe de Estado de 1973. Éramos demasiado pequeños, y quizás el gobierno militar solo dejaba que los inofensivos personajes de ficción ocuparan nuestras mentes.

El enemigo perfectamente podría haber sido el Abismo, este portal interdimensional con que Guillermo del Toro inicia la interpretación de esa época. Todo era maniqueísta. Por un lado teníamos a los malos, los Kaijus, que provenían del mundo extraterrestre. Y en este otro lado, estábamos nosotros, los Jaegers, que serían los encargados de impedir la colonización de los clones.
Como se habrán dado cuenta, hay una enorme hibridación tomada de otras películas, donde podríamos incluso hacer un paralelo con los Jedis y su contraparte del lado oscuro. Ahí está también, en tono más reciente, “Independence Day” (1996) de Roland Emmerich, cuando el Abismo debe leer el ADN del cadáver de Kaiju, que nuestros héroes utilizan como llave para ingresar al mundo invasor. Hasta aquí comparaciones positivas, aunque sin duda, Guillermo del Toro va más allá y crea un mundo propio. El detallismo por el funcionamiento de las máquinas nos lleva a revivir la niñez, esas luchas de primer plano entre el bien y el mal.

Quizás el director equivocó el camino al incluir dentro de las secuencias un discurso patriotero del general Stacker Pentecost, un muy buen personaje, cuya arenga tiende un puente a productos cinematográficos de segundo orden (específicamente las películas de Michael Bay: Armageddon, Transformers, y otras peores).

Justamente el personaje del general es el nexo entre el héroe venido a menos (Raleigh Becket) y Mako (la novata a quien el general rescató de los Kaijus cuando era niña). Las mentes de nuestros héroes se fusionan en el enlace neuronal, mezclando habilidades para la lucha con recuerdos que pondrán al ser humano como pieza fundamental de esta película.

Es realmente destacable el manejo tecnológico y la madurez emocional que deben tener los combatientes, que supera con creces a esa policía o escuadrones que acompañaban a Ultraman o Ultraseven, que no eran más que un adorno, incapaces de afrontar la potencia destructiva de los monstruos del espacio. Si hilamos fino, la película muestra el equilibrio que debe existir entre el ser humano y la tecnología para no perder el control de las cosas realmente importantes. Justamente Becket le dice a Mako: “No te pierdas en la memoria… solo es un recuerdo… nada de esto es real”.

Hay momentos para el sacrificio kamikaze del general, y también para que los protagonistas escapen en una cápsula al final.

Notable el tratamiento del romance, que no aparece, e incluso la sexualidad y la armadura de Mako es infantil, algo así como las tetas de Afrodita A, lanzando sus proyectiles a las creaciones del Dr. Hell.

La película es una matiné para disfrutar desde el comienzo hasta el fin. “El Abismo está sellado… detengan el reloj”.
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