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España España · Barcelona
Críticas de Rómulo
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231 críticas
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7
6 de abril de 2020
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La invitación - The Invitation

Karyn Kusama es una directora y guionista de cine nacida hace 52 años en el barrio de Brooklyn, N.Y. totalmente desconocida para este cronista y de la que no había visto absolutamente nada. Pero al husmear con la intensidad y determinación de un insaciable sabueso entre los anaqueles virtuales de Netflix, encuentro “La invitación”, un estupendo film de la cineasta neoyorkina estrenado hace ahora tres años. Se trata de un thriller psicológico con considerables dosis de suspense, terror y misterio como para mantener al espectador en ascuas durante algo más de hora y media.
Y no voy a caer en la exageración de calificar “La invitación” como extraordinaria pero sí debo reconocer se trata de una muy buena película que cumple con todas y cada uno de los objetivos que persigue.
Desde el comienzo mismo, Kusama ya nos previene -o nos envía una sobrecogedora señal- de lo que se nos avecina a través de una escena que bien pudiera suponer la cruel metáfora de los hechos que van a ser revelados a lo largo del metraje.
Es noche cerrada y al confinar -ahora que el término es ya de dominio público y una buena parte de la población, no hay mal que por bien no venga, ha descubierto su significado- a un grupo de amigos durante el transcurso de una distendida cena en el interior de la casa de una elegante urbanización de Los Ángeles, Kusama dispone del dispositivo escénico perfecto para crear la atmósfera adecuada.
Hábilmente, dosifica la temperatura de la amigable reunión en un lento crescendo que, poco a poco, se tornará irrespirable. Sorprenden los desplazamientos de cámara y la agilidad con la que ésta se mueve a través de los interiores y el jardín de la casa. Aprovecha sus amplios ventanales y el espacio exterior ajardinado para crear, desde dentro y desde fuera, efectos y reflejos visuales en los que ojos indiscretos y turbadoramente inquietantes vigilan los movimientos de unos y otros. Un astuto y bien planificado tratamiento del guion permite a nuestra directora jugar con el espectador y mantenerlo constantemente desconcertado sin que éste logre vislumbrar el desenlace y ajeno de si lo que se le muestra es el preludio de una broma inapropiada con final feliz o la oscura antesala de una espantosa tragedia.
Y si a usted, mi improbable lector, le gustan las emociones fuertes, si disfruta de la espesa bruma nocturna que precede al amanecer y si, como dijera aquel estrafalario personaje televisivo, la noche le confunde, esta, no lo dude, es su película.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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7
31 de marzo de 2020
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El hoyo

Todo indica que la película española “El hoyo” está haciendo furor en la plataforma digital Netflix. Y no deja de sorprenderme que habiéndose estrenado en el 2019, después de ser la gran triunfadora en el Festival de Cine Fantástico de Sitges de ese mismo año, pasara prácticamente de puntillas por las salas de cine y que ahora, un año después, despierte repentinamente la curiosidad del público.
Puede que la combinación de una mayor disponibilidad del tiempo libre debido al aislamiento que padecemos, aunado al tirón de la poderosa plataforma de pago, sean algunas de las causas de este curioso fenómeno.
Es innegable la originalidad del guion no tanto por su temática, que ya ha sido suficientemente explorada en los tres últimos siglos por filósofos, pensadores, ciencia médica en general e incluso la literatura, sino por su insólito montaje escénico, un atrezzo tan inquietante, claustrofóbico y opresivo que roza la genialidad.Y más sorprendente aún me parece el hecho de que el director de esta incalificable realización sea la ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia, un director bilbaíno dedicado hasta ahora a la publicidad y dirección de algunos cortos.
La primera parte es realmente fascinante, nos introduce en la comprensión del artefacto que soporta la trama misma, mientras, paralelamente, desgrana su despiado discurso sobre el comportamiento de la naturaleza humana cuando es sometida a situaciones extremas de supervivencia. Pero agotadas ambas cuestiones y una vez el espectador ya las ha entendido y asimilado, Gaztelu-Urrutia recurre -muy hábilmente por cierto- a todo tipo de tácticas adicionales para mantener la expectación del público. Comienza así la parte más escatológica y repugnante del guion: destripamientos, canibalismo, cadáveres agusanados en descomposición, defecaciones, sangre y vísceras por doquier en un espeluznante catálogo de los horrores difíciles de soportar sin contener el sabor de la náusea.
El final de la historia me parece confuso, no muy bien resuelto, falto de imaginación. Y me asalta la sospecha de que los guionistas David Desola y Pedro Rivero nos quieren endosar, mediante el viejo truco del simbolismo encriptado, la ingrata tarea de descifrarlo, pero este cronista, poco inclinado a resolver alegorías de naturaleza esotérica, no está dispuesto a perder un solo segundo en ello.
La película cumple sobradamente una de las premisas del cine: obligarnos a un ejercicio de profunda introspección. Un espejo, al fin, en el que mirarnos, nítido reflejo de nuestra fealdad, ferocidad, egoísmo y aterradora reverberación de la propia condición humana.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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8
26 de marzo de 2020
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El juego de Gerald - Gerald’s Game

La paralizante, turbadora y casi siempre terrorífica narrativa que caracteriza la literatura de Stephen King, uno de los novelistas más leídos en todo el mundo, ha sido y es un apetitoso e irresistible anzuelo para la industria cinematográfica. Quién no recuerda “Carrie”, “El resplandor”, “Cadena perpetua” o “Misery”, por citar algunas de las más logradas y brillantes adaptaciones o, al menos, algunas de las que más he disfrutado.
A través de la plataforma Netflix y en la bendita paz de mi hogar, veo ahora “El juego de Gerald”, una espeluznante historia basada en otra de las novela de King y dirigida magistralmente por el estadounidense Mike Flanagan con la que consigue aterrorizarnos y ponernos, literalmente, los pelos de punta.
La actriz, también estadounidese, Carla Gugino, en el papel de la atormentada Jessie, y el actor canadiense Bruce Greenwood, como su desconcertante esposo Gerald, son los dos principales protagonistas de la película. Ambos están formidables, pero es Carla Giginola quien soporta todo el peso de la película, sobre ella gira la escalofriante trama argumental y puedo asegurarles que su interpretación no va a dejarles indiferentes y que dudo de su capacidad para soportar algunas escenas sin apartar la vista de la pantalla.
Como si de una broma macabra se tratara, un casual y desgraciado incidente coloca a nuestra protagonista en una situación que jamás hubiera imaginado ni en el peor de sus sueños ¿Pero, es tan sólo una horrible pesadilla lo que está viviendo Jessie o la consecuencia de una insoportable realidad? Pronto descubriremos la verdad mientras Jessie se ve obligada a luchar en dos frentes simultáneamente. En el primero, ha de concentrar todo su coraje, energía, imaginación y esfuerzo por preservar y salvar su propia vida; y en el segundo, por espantar los fantasmas del pasado sepultados durante largos años y que ahora vuelven para añadir sufrimiento a su ya desesperada situación.
“El juego de Gerald” escarba, reflexiona y describe cuestiones de vital importancia que afectan a buena parte de nuestra sociedad. Aquellos que, desde edades muy tempranas, cuando su vulnerabilidad es más latente, fueron víctimas de todo tipos de abusos y humillaciones por parte de familiares, personas muy próximas e, incluso, de sus mismos progenitores. Ellos quedarán marcados, malheridos, a veces de por vida, por dolorosos traumas emocionales que deberán arrastrar a lo largo de su existencia como una pesada losa sin que ninguna ley -humana o divina- repare tan insufrible castigo.
Una diabólica e inteligente mezcla de cine gore, drama psicológico, terror y suspense, ponen a prueba la resistencia anímica del espectador hasta límites prácticamente insoportables. De manera que aconsejo a todas aquellas personas de alma sensible y delicada condición se abstengan de verla, no vaya a resultar yo el causante de daños irreparables que ni en mis más lóbregos y oscuros pensamientos hubiera deseado.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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8
24 de marzo de 2020
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Godless

Nunca he ocultado mi ferviente y casi patológica admiración por el buen western, un género cinematográfico que inventó el cine estadounidense. Desde que era niño quedaron nítidamente grabadas en mi memoria las fabulosas historias narradas por directores irrepetibles de la talla de Ford, Peckinpah, Mann, Hawks o Walsh, seguidos de un interminable etcétera que el breve espacio de esta reseña no me permite incluir.
Y ahora, con las velas del tiempo soplando a mi favor en esta obligada e inesperada reclusión hogareña, descubro “Godless”, un tesoro que Netflix ocultaba en el cofre de su filmoteca digital. Se trata de una serie de siete capítulos -siete horas de metraje en total- consumidos vorazmente de un solo tirón ante la imposibilidad de dar un respiro a mi irrefrenable glotonería.
En 1880, 15 años después de la Guerra de Secesión, muchos lugares de la Unión aún no han sido domesticados por el imperio de la ley y permanecen sometidos bajo la tiranía de insaciables caciquillos, desertores de la guerra civil que hicieron del pillaje su modo de vida y toda una serie de truhanes, matones, tramposos y estafadores de distinto pelaje. Tiempos aquellos en los que el lenguaje de las armas resultaba más convincente que cualquiera de los argumentos en los que se sustenta la razón.
Y en este desolador campo de cultivo se desarrolla “Godless”, en el que se mueven infinidad de personajes -héroes y villanos- de lo más variopinto, todos ellos perfectamente trabajados, dibujados con maravillosa precisión: Frank Griffit, un carnicero sádico, escalofriantemente astuto, jefe de una banda de forajidos; un renegado exmiembro del grupo buscando su redención en el amor de una bella granjera viuda y madre de un hijo que luchan por sobrevivir; un viejo sheriff medio cegato y atolondrado decidido a liquidar a Frank Griffit y su banda a cualquier precio... Todos confluirán en La Belle, un pequeño pueblo en el condado de Santa Fe, Nuevo México, habitado casi exclusivamente por mujeres que perdieron a sus hombres en el derrumbe de una mina de plata cuya explotación era la razón de su existencia. Ellas habrán de defenderse no solo de la ferocidad de la pandilla de Griffit sino de la codicia de los tiburones de una compañía minera que quieren apropiarse de la explotación.
Sobre un guion sólido, muy bien escrito y unos diálogos sobrios, incisivos, siempre coherentes, que brillan por su lúcido e inteligente contenido, la acción discurre a ritmo lento, pausado, mientras contemplamos paisajes de extraordinaria belleza, pausados travelings de inabarcable profundidad y grandeza, apasionantes cabalgadas, persecuciones, peleas, duelos a muerte y emoción a raudales, aderezados con la música de una estupenda banda sonora. Todo ello hace de esta serie un espectáculo vivo, colorido, vibrante, que todo cinéfilo aficionado al género va a disfrutar, como yo le he hecho, de manera inequívoca.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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8
19 de marzo de 2020
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La trinchera infinita

Ahora que una maldición se cierne sobre nosotros mientras inválidos palidecemos recluidos, ahora que dominados por el terror de un virus desconocido buscamos la ayuda de un dios inexistente, ahora que la vida vuelve a los canales de Venecia y se tornan transparentes sus aguas mientras las salas de cine permanecen ominosamente silenciosas, cerradas y enmohecidas por razón de Estado, este cronista busca en las plataformas digitales el consuelo, espero que transitorio, que palíe tan inesperada pérdida.
Y encuentro recompensa a mi incesante búsqueda en una película que no llegué a ver cuando la normalidad era, no hace mucho, una realidad menospreciada.
Se trata de “La trinchera infinita”, cuyo guion, como la carcajada de una sardónica burla, viene a recordarme lo insustancial de mis ridículas cuitas cuando otros muchos, antes que yo, para salvar su pellejo amenazados de muerte por los franquistas, hubieron de pasar lagos años ocultos como ratas en algún insalubre agujero de sus propios domicilios. Ellos fueron los famosos “topos”, de cuya existencia nos enteramos cuando comenzaron a salir de sus madrigueras 30 años después de haber finalizado la Guerra Civil Española. Y aunque no es la primera vez que el cine español y la literatura se han referido a esta cuestión, un reconocido trío de directores vascos: Jon Garaño, Airor Arregui, José Mari Goenaga -autores de realizaciones tan estimables como “Handia” o “Loreak”, reseñadas por este cronista con anterioridad-, han logrado una soberbia película de casi dos horas y media de duración, sin que sobre un solo minuto de metraje, narrada con sobriedad y talento sobre uno de estos trágicos episodios.
Por su veracidad, hondura narrativa, opresiva ambientación y fuerza dramática, la historia adquiere tintes de angustiosa intensidad al extremo de enterrar al espectador en la misma sepultura en la que la víctima sufre y se descompone para hacerle sentir su insoportable calvario.
La modélica utilización del “fuera de campo” donde lo que no vemos es tanto o más revelador que aquello que la cámara nos muestra, contribuye a crear esa atmósfera de desasosiego y temor permanente; imágenes, conversaciones, ruidos e ininteligibles susurros que nuestro protagonista no puede ver e interpretar son recursos cinematográficos que Garaño, Arregui y Goenaga utilizan con notable conocimiento del oficio.
Higinio, el desgraciado confinado, es interpretado por Antonio de la Torre y su sacrificada esposa Rosa por Belén Cuesta, en una actuación memorable digna de los mayores elogios. Ambos forman una pareja indisoluble, unida por un sólido compromiso en el que la fuerza de un amor inquebrantable conforma las fuertes raíces en la que arraiga su heroica resistencia. Y no soy capaz de calibrar cual de los dos soporta mayor carga de sufrimiento, si él enjaulado en su lóbrego presidio o ella defendiendo con uñas y dientes la clandestinidad de su marido.
No tenemos demasiadas oportunidades de celebrar los éxitos del cine español pero cuando éste acierta una luz de esperanza se enciende en nuestra alma cinéfila aunque luego languidezca para aparecer de nuevo dosificada con cuentagotas.

Emilio Castelló Barreneche
Rómulo
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