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Voto de Piensoluegoescribo:
8
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8
6,7
11.442
Serie de TV. Ciencia ficción. Intriga
Serie de TV (2025). 1 temporada, 6 episodios. Una noche de verano en Buenos Aires, una misteriosa nevada mortal acaba con la mayor parte de la población y deja aisladas a miles de personas en sus casas. Versión contemporánea basada en la novela gráfica homónima.
Segunda temporada confirmada.
Segunda temporada confirmada.
30 de abril de 2025
30 de abril de 2025
253 de 279 usuarios han encontrado esta crítica útil
Había mucha niebla —tóxica, mediática y emocional— alrededor de esta adaptación. Que si Darín no era Salvo, que si Netflix la iba a arruinar con su filtro de algoritmo globalizador, que si el cómic era demasiado argentino para funcionar fuera de Avellaneda. Pero aquí estamos: El Eternauta ha llegado. Y ha llegado bien. Muy bien.
Adaptar El Eternauta es meterse en un jardín lleno de trampas. La historieta de Oesterheld y Solano López no es solo un clásico del cómic, ni una obra cumbre de la sci-fi latinoamericana. Es —y sobre todo— un manifiesto emocional, político y cultural que vive en el ADN argentino. Conviene recordar el contexto: Oesterheld fue secuestrado y asesinado por la dictadura en 1977, como gran parte de su familia. Su obra es mucho más que una historieta: es testimonio, herida, legado y memoria colectiva.
Que Netflix y Bruno Stagnaro (el de Okupas, sí, ese) se hayan atrevido ya es una buena noticia. Que lo hayan hecho con respeto, potencia visual y sin rebajar su carga ideológica es mucho más que eso. Stagnaro no solo ha respetado la obra: la ha entendido.
Adaptar El Eternauta es meterse en un jardín lleno de trampas. La historieta de Oesterheld y Solano López no es solo un clásico del cómic, ni una obra cumbre de la sci-fi latinoamericana. Es —y sobre todo— un manifiesto emocional, político y cultural que vive en el ADN argentino. Conviene recordar el contexto: Oesterheld fue secuestrado y asesinado por la dictadura en 1977, como gran parte de su familia. Su obra es mucho más que una historieta: es testimonio, herida, legado y memoria colectiva.
Que Netflix y Bruno Stagnaro (el de Okupas, sí, ese) se hayan atrevido ya es una buena noticia. Que lo hayan hecho con respeto, potencia visual y sin rebajar su carga ideológica es mucho más que eso. Stagnaro no solo ha respetado la obra: la ha entendido.

Ariel Staltari
Es una relectura fiel, con personalidad propia. Y no es poca cosa pasar del cómic a la televisión, adaptar y dar contexto actual a una historia que es mitad ciencia ficción y mitad herida nacional. El guion, trabajado por un equipo que incluye al nieto de Oesterheld, esquiva el costumbrismo barato y la grandilocuencia artificial para instalarse en ese raro espacio donde conviven el género y la memoria.
Buenos Aires no es solo el escenario: es un personaje más. La serie lo transforma en un espacio cargado de sentido, una ciudad herida que respira junto a los protagonistas, que sufre, resiste y acompaña. Ese entorno postapocalíptico no se limita a lo visual; amplifica los conflictos íntimos, aporta textura emocional y refuerza la sensación de encierro, amenaza y fragilidad. La ambientación, lejos de ser mero decorado, se convierte en parte activa del relato.
Frente al tono reflexivo y algo más contemplativo del cómic, Stagnaro imprime a la serie un clima de urgencia constante. Aquí los pequeños dramas se intensifican, se localizan y se agitan para que la historia fluya. La narrativa audiovisual exige movimiento, ritmo, y la serie lo entiende: se sacude la rigidez y busca un equilibrio entre emoción duradera y estímulo inmediato, sin perder profundidad en el camino.
Buenos Aires no es solo el escenario: es un personaje más. La serie lo transforma en un espacio cargado de sentido, una ciudad herida que respira junto a los protagonistas, que sufre, resiste y acompaña. Ese entorno postapocalíptico no se limita a lo visual; amplifica los conflictos íntimos, aporta textura emocional y refuerza la sensación de encierro, amenaza y fragilidad. La ambientación, lejos de ser mero decorado, se convierte en parte activa del relato.
Frente al tono reflexivo y algo más contemplativo del cómic, Stagnaro imprime a la serie un clima de urgencia constante. Aquí los pequeños dramas se intensifican, se localizan y se agitan para que la historia fluya. La narrativa audiovisual exige movimiento, ritmo, y la serie lo entiende: se sacude la rigidez y busca un equilibrio entre emoción duradera y estímulo inmediato, sin perder profundidad en el camino.

Otra de las claves que acierta completamente es conservar es la visión coral del heroísmo. Aquí no hay un mesías o un líder solitario: hay grupo, hay comunidad. La supervivencia no depende del más fuerte, sino del más solidario. Y eso, en tiempos de individualismo rampante, es casi subversivo.
Darín, claro, está maravilloso. Convertirlo en Juan Salvo era una apuesta segura. No, mejor: una jugada inteligente. Da igual cuántas veces lo veamos con mirada grave y mandíbula apretada: sigue funcionando. Aquí encuentra el tono exacto: humano, vulnerable, sin épica impostada. Darín no interpreta: da testimonio. Está perfecto, pero el héroe es el grupo. El reparto coral ayuda: Carla Peterson, Ariel Staltari, Andrea Pietra o César Troncoso dan carne y verdad a personajes que nacieron en blanco y negro.
Visualmente, la serie no disimula sus limitaciones presupuestarias, pero las sortea con inteligencia. En lugar de grandilocuencia hollywoodense, opta por las buenas interpretaciones y la creación de atmósferas: la nieve mortal, el encierro, la paranoia colectiva... Todo transmite angustia, sí, pero también esperanza, resistencia y una profunda humanidad. Hay músculo en la producción, y la sensación global es de coherencia, compromiso y fe en la historia. Memoria, comunidad y ciencia ficción en clave nacional.
No existe una lectura neutra (ni falta que hace): la obra original ya apostaba por el compromiso social. En su momento, la invasión alienígena no era solo un recurso narrativo, sino que funcionaba como una metáfora del control, la represión y los golpes de Estado que marcaron el país, y también de la resistencia democrática entendida como algo colectivo. Nadie se salva solo.
La metáfora sigue funcionando y conecta con nuestra realidad más allá de su contexto original. Lo hace de forma global, cruzando el charco y traspasando fronteras a través de fenómenos como la pandemia, la DANA o el gran apagón del sur de Europa. Escenarios “apocalípticos” que demuestran que las respuestas más efectivas siguen viniendo de la solidaridad colectiva de la ciudadanía, no de los poderes con traje y sonrisa de CEO.
¿Está politizada? Sí, por supuesto. Igual que la obra original. Oesterheld hablaba de resistencia colectiva, de la importancia de lo común frente a lo individual, y esta adaptación recoge ese legado, lo respeta, lo adapta y lo actualiza. No es nostalgia: es legado activo. La serie está viva, respira y late con la historia. Y eso, en tiempos de algoritmos y contenido desechable, es casi una revolución.
Nota: B+
Darín, claro, está maravilloso. Convertirlo en Juan Salvo era una apuesta segura. No, mejor: una jugada inteligente. Da igual cuántas veces lo veamos con mirada grave y mandíbula apretada: sigue funcionando. Aquí encuentra el tono exacto: humano, vulnerable, sin épica impostada. Darín no interpreta: da testimonio. Está perfecto, pero el héroe es el grupo. El reparto coral ayuda: Carla Peterson, Ariel Staltari, Andrea Pietra o César Troncoso dan carne y verdad a personajes que nacieron en blanco y negro.
Visualmente, la serie no disimula sus limitaciones presupuestarias, pero las sortea con inteligencia. En lugar de grandilocuencia hollywoodense, opta por las buenas interpretaciones y la creación de atmósferas: la nieve mortal, el encierro, la paranoia colectiva... Todo transmite angustia, sí, pero también esperanza, resistencia y una profunda humanidad. Hay músculo en la producción, y la sensación global es de coherencia, compromiso y fe en la historia. Memoria, comunidad y ciencia ficción en clave nacional.
No existe una lectura neutra (ni falta que hace): la obra original ya apostaba por el compromiso social. En su momento, la invasión alienígena no era solo un recurso narrativo, sino que funcionaba como una metáfora del control, la represión y los golpes de Estado que marcaron el país, y también de la resistencia democrática entendida como algo colectivo. Nadie se salva solo.
La metáfora sigue funcionando y conecta con nuestra realidad más allá de su contexto original. Lo hace de forma global, cruzando el charco y traspasando fronteras a través de fenómenos como la pandemia, la DANA o el gran apagón del sur de Europa. Escenarios “apocalípticos” que demuestran que las respuestas más efectivas siguen viniendo de la solidaridad colectiva de la ciudadanía, no de los poderes con traje y sonrisa de CEO.
¿Está politizada? Sí, por supuesto. Igual que la obra original. Oesterheld hablaba de resistencia colectiva, de la importancia de lo común frente a lo individual, y esta adaptación recoge ese legado, lo respeta, lo adapta y lo actualiza. No es nostalgia: es legado activo. La serie está viva, respira y late con la historia. Y eso, en tiempos de algoritmos y contenido desechable, es casi una revolución.
Nota: B+
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