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Las bellas durmientes

Sinopsis
En un mundo sin ley, donde ya no importan las víctimas ni los culpables, el humilde cabo Quispe, lucha por descubrir la verdad sobre los crímenes cometidos a hermosas modelos. En su aturdida e ingenuua investigación, Quispe arriesga su carrera enfrentándose con el sargento, su superior, que se apresura por cerrar el caso y que mantiene, como todos, un orden tan injusto como absurdo... (FILMAFFINITY)
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1 de noviembre de 2017
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Las bellas durmientes: un policial encomiable
Franchesco Díaz Mariscal*
Déjenme comenzar por el final. No voy a contarles cómo acaba la película, sino por el crédito dedicatorio cuando la pantalla se va a negro: “Al Rulo”. Listo. Se me hizo un nudo en la huata y tragué saliva dos o tres veces. Lo mismo les debió pasar a todos quienes lo conocimos. Por eso, esta reseña también va para el hermano de Marcos, Raúl Loayza Montoya, fallecido el año pasado.
Las bellas durmientes significa el retorno a la pantalla grande con una cinta de ficción luego de nueve años para Marcos. Casi una década silente —aunque entremedio haya habido trabajos, públicos y de los otros— implica bastante para un realizador, incluso en países de producción dispersa como el nuestro (Eguino se puso detrás de cámaras luego de 23 años; Sanjinés, cuando hizo Los hijos del último jardín, llevaba nueve sin hacer nada). Lo bueno, y hay que decirlo ya mismo, es que ese retorno se hace con un muy buen producto, tanto en lo narrativo como en lo técnico.
Marcos tiene la teoría de que un espectador nunca se aburre con sus películas. Podemos discrepar, aunque es verdad cuida mucho la expectativa, cedazo del cual nos valemos los cineastas para capturar boquiabiertas a las audiencias. Y en Las bellas, su primera experiencia con el género policial, lo consigue sin maniqueísmos ni efectos baratos de posproducción; es, para puntualizar al lector despistado, puro mérito de quien sabe contarnos algo.
Y quede claro no es el policial de receta: cadáver(es)+policía a punto de jubilarse con policía novato+sicópata maldito in extremis. Esta es una película policial al más puro y libre estilo del Loayza. Partamos por el hecho de que se ve muy poca, casi nada de sangre; agreguémosle que las occisas son verdaderas maniquíes a quienes poner alguna mácula es casi un sacrilegio; rematemos con que la dupla antagónica (no hablo de quien asesina a las bellas) en realidad es la de quien quiere hacer lo correcto —el cabo Quijpe— y quienes no le dejan —su obtuso jefecito el sargento Vaca y, en esencia, el sistema corrompido.
Aunque se pretende, con más sarcasmo que honestidad claro está, desligarse del bulto de entrada nomás con un cartón donde se dice, al estilo de Confidencias, que cualquier parecido con la realidad no es cosa de quienes participaron en la cinta, es por demás evidente que lo mostrado en la proyección sí quiere reflejar cómo andamos en el país.
¿Alguien, verdaderamente, puede decir que confía en la Policía Boliviana? Más allá de su risible lema “Contra el mal, por el bien de todos”, demostrado con creces y a diario está que se trata de una de las más (sino la mayor) corruptas instituciones en el país. Y ni este ni los gobiernos precedentes tienen los cojones para hacer podas porque, contra lo que debería suponerse genere, la Policía mete miedo a todos por igual.
Marcos se mofa de esto con ese humor negro suyo que, a quienes seguimos su obra, nos encanta. Y para ello escoge la vía más inteligente: crearnos empatía inmediata con el protagonista (Luigi Antezana, lejos en su mejor actuación en pantallas nacionales), padre soltero y dependiente de los humores que se le metan en el calzón al calzonudo viriloide superior.
El Cabo Quijpe (con jota, como pone en el pecho de su camisa) es el único que intenta resolver los misteriosos asesinatos de las beldades, apoyado en partes por la Choca (Paola Salinas). El Sargento Vaca (Fred Núñez), entre tanto, quiere salir del embrollo mediático cuanto antes y, como buen especimen de la casta policial, busca salidas y soluciones facilonas —inevitable, disculpen el paralelo, pensar en el famoso Odón Mendoza.
Al más puro estilo de quien practica la mexicana Ley de Herodes (“o chingas o te jodes”), o la más cercana Ley de Arteaga (“el que caga, caga”), el sargento decide que ese cabito no va a joderle la carrera —la secuencia donde se enfrentan es memorable y tal vez la más intensa en lo dramático y emotivo en la película—. Lo manda a cuidar unos pollos, algo que debe ser peor, para los pacos en La Paz, que llegar al cuerpo de Bomberos (no es sarcasmo: indaguen y se enterarán que el cuartelito en la Sucre es un destino castigo para los verde olivo).
Quijpe lucha entonces contra la doble moral del superior, contra un sistema que de por sí ya viene podrido porque no todos pueden ser tocados por las yemas justicieras (puede dar fe cualquiera que haya tenido la desdicha de llegar a la otrora PTJ o la actual FELCC) y contra el potencial desempleo, algo que le privaría, aún más, en su espartana vida al lado de su niña escolar.
Párrafo aparte merecen las imágenes aéreas de Santa Cruz, donde se rodó y produjo toda la trama. Preguntarle a una cruceña por un lugar determinado y que ella no lo reconozca es lo mejor (más allá de los años de eventual lejanía de la indagada para con su tierra natal) que puede pasarle a un cineasta, creo. Se ha logrado así mostrar una ciudad distinta, aun desconocida para sus propios moradores.
Loayza cierra, pero no cierra. Es su estilo y se respeta, aunque quizás en esta cinta hubiera caído mejor un verdadero desenlace y no el cuasi abrupto fade a negro para dar lugar al cartón dedicatorio ya comentado. Más de uno saldrá con dudas por ese hecho, pero no desmerece todo lo presentado antes e incluso —intuimos a esto apuntaba Marcos— abre puertas a la esperanza de una potencial mejoría.
El tiempo dirá si es la mejor película en la obra del cineasta paceño, pero sí podemos afirmar, sin temor a yerros ni haber visto todas las estrenadas, que es la mejor película nacional de 2012. Eso por si sólo ya la convierte en una cinta encomiable. Gracias por volvernos a hacer querer nuestro cine.
Marcos Loayza
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