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My Buddha Is PunkDocumental

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8
14 de junio de 2026 Sé el primero en valorar esta crítica
Sudeste asiático, 54 millones de habitantes, en ese pedacito de mundo que en febrero 2021 vio arder revueltas contra la dictadura en la que están viviendo, en esa geografía que por acá podría resultarnos -por ajena y lejana- casi inexistente, se despliega esta película con la banda Rebel Riot. Jóvenes que exploran otras formas de vida y que dejan a la vista como Mierda se grita con igual rabia, en el idioma que sea.
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Una pieza casi íntima que nos asoma por la mirilla de un modo de estar, de quienes hacen intentos como Common street, "la unión entre punks y skins para que sean mejores" mientras afirman "en el punk no hay padres ni amos ni reyes, no quiero vivir a la sombra de nadie" "¿Qué clase de gente somos los punks?", se preguntan en un país también plagado de consumos, que vende remeras nazis, que tiene el diario Myanmar Times y que implora "sálvanos Obama" al tiempo que hacen ceremonias de rezo a Buda en medio de arrasamientos religiosos y raciales.
Un país yankilisado y desbordado de consumos donde aparecen, en un recoveco, unos jóvenes que se preguntan en una especie de asamblea vital, por drogarse o no, por el dinero que faltó en la casa y se interpelan por vivir el budismo a fondo. Y en lo pasajero de una charla de tren, sentencian: "Hay que ser buenas personas, ya seas poli, soldado o gente normal", cuando ya sabemos de las "bondades" de las violencias normalizadas; y con la misma dulce dedicación con que peinan sus crestas, se cuestionan: "Al final del día, ¿hiciste algo por el punk?"
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