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Doctor Sueño

6,6
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votos
Sinopsis
Secuela del film de culto "El resplandor" (1980) dirigido por Stanley Kubrick y también basado en una famosa novela de Stephen King. La historia transcurre algunos años después de los acontecimientos de "The Shining", y sigue a Danny Torrance (Ewan McGregor), traumatizado y con problemas de ira y alcoholismo que hacen eco de los problemas de su padre Jack, que cuando sus habilidades psíquicas resurgen, se contacta con una niña de nombre ... [+]
El terror perpetuo. El terror interior
Parece haber un cierto consenso: “Doctor Sueño” no es una de las mejores novelas de Stephen King. Quizá el peso de una obra maestra como “El resplandor” sea demasiado abrumador. Y ante la noticia de su adaptación cinematográfica, la primera impresión era la de ser pesimista. No están las cosas como para tocar ciertos mitos. Pero el asunto se animaba un poco al pensar que tras la cámara se encuentra Mike Flanagan. Y si hay que fiarse de alguien en el diezmado panorama del terror comercial contemporáneo es de James Wan y de Mike Flanagan. El británico ya había mostrado su categoría en “Oculus: El espejo del mal” y en “Hush”, obras más o menos modestas que revelaban a un creador visual en plena forma. También, por supuesto, en “La maldición de Hill House”, la mejor serie de terror de la década que ya termina.

Danny, el hijo de Jack Torrance en “El resplandor” (el inicio de la película no evita recrear algunos momentos de su infancia que han quedado en el corazón de cualquier cinéfilo), es ahora un adulto que aún acarrea algunos traumas del pasado y que lidia con la ira y el alcoholismo que parece haber heredado de su padre. Danny aún “resplandece” y llega a utilizar su don para ayudar a morir plácidamente a enfermos terminales (de ahí el sobrenombre con el que se le conoce y que da título a la película). Su camino se cruzará con el de Abra, una niña que también posee la facultad de resplandecer (con la que establecerá una interesante relación casi paternofilial, en oposición a la mantenida con su padre) y con el de un grupo de “vampiros vitales” que secuestra y asesina niños que poseen el resplandor para alimentarse de su esencia.



Se ha hablado, a propósito de la película de Flanagan, de un intento por conciliar a Stephen King y a Stanley Kubrick. Sería un intento vano: King es visceral y se mueve entre emociones, mientras que Kubrick es en esencia cerebral, desapasionado, y camina en torno al raciocinio. De ahí que King detestase “El resplandor” en el cine, ya que traicionaba el espíritu de la novela para crear un relato diferente; apasionante, magistral, pero opuesto. Lo que en realidad intenta Flanagan es armonizar el mundo de King con los iconos visuales de la película de Kubrick, se correspondan con el texto original o no (el recordado laberinto del filme, entre otros elementos, no existía en la novela. El hotel ‘Overlook’ fue destruido en el libro, pero se mantuvo en pie, atención, en la película.). Es decir, quiere traer a “Doctor Sueño” el universo de King e introducir en él las imágenes de Kubrick. De ahí que los seguidores del cineasta vayan a poder darse todo un nostálgico festín visual gracias a Flanagan. Aunque aquí debemos parar para no incurrir en revelaciones.

No obstante, “Doctor Sueño” acarrea varios problemas, que Flanagan sortea con mayor o menor fortuna. Uno de ellos es el de la falta de entidad terrorífica de la villana de la función (la falta de ductilidad interpretativa de Rebecca Ferguson tampoco ayuda demasiado), la líder del grupo de ‘vampiros’. Y otro contratiempo es el de las diferencias de intensidad de los tres actos, bien diferenciados, que componen la trama. Si hubiera que simplificar un poco, diríamos que el primero es un tanto medroso, el segundo una explosión de cine y el tercero, un festival para fans (quizá un tanto gratuito, pero festival al fin).

Flanagan comienza su película con demasiada prudencia, como si se contuviese para no invadir la pantalla de inquietud antes de lo necesario. Y alarga el relato para dejar caer ciertas claves sobre la personalidad de Danny que podrían haberse resumido con alguna elipsis que otra. Aún así, muestra su categoría como director en el manejo de los espacios, en la elección de los encuadres, en el juego con el montaje… Un cineasta a carta cabal que se apropia de los resortes de su oficio. Por otro lado, ha de pelear con una música altisonante y casi perenne, que asfixia muchas de las imágenes, emitida además a un volumen tan feroz que bien pareciera que quiere dejar sin conocimiento al espectador (un notable estorbo que hace aconsejable acudir a la proyección provisto de auriculares protectores).



Pero llega un momento en el que el verdadero Flanagan hace acto de presencia. Y en ese instante, “Doctor Sueño” explota al fin, paradójicamente, cuando Danny está un tanto ausente del relato. Flanagan filma con demoledora maestría, con un alarde de puesta en escena, un momento de insólita brutalidad, casi impropio de una película de un gran estudio: el feroz asesinato de un niño por parte del grupo de villanos (“comer gritos y beber miedo”, asegura uno de ellos). Un monumento al trabajo de montaje (Flanagan también ejerce de montador) y un ejemplo de la puesta en valor de la capacidad expresiva de un plano general. Pocos minutos después, llega el primer encuentro entre la líder de los vampiros y la niña Abra (un encuentro mental, por supuesto), en una de las secuencias más intensas filmadas por el británico en toda su carrera, que marca a conciencia el tono alucinado y sobrecogedor del resto del filme. Asusta pensar en lo que podrían haber perpetrado con semejante material algunos de los presuntos directores que pueblan el cine de terror actual.

Desde ese momento, “Doctor Sueño” se asienta y empieza a revelar sus cartas: un cuento cruel sobre la posibilidad de la redención, sobre el valor del sacrificio y sobre la brutalidad de la existencia. Todos ellos asuntos ya abordados por King en muchas de sus novelas, pero que en manos de Flanagan adquieren una tonalidad grave, casi angustiada, envuelta en el colorido papel de regalo que supone una película consciente de su categoría comercial.

De ese modo, la inquietud creativa de un cineasta trasciende una película de género para lanzar una mirada personal sobre el género mismo. Irregular, desajustada, si se quiere (150 minutos de metraje son demasiados minutos y el guion no salva las redundancias), pero valiente y decidida. Resulta bastante bagaje en el cine del nuevo siglo, en el que aún pueden tener cabida los entrelazados narrativos entre iconos de la cultura popular sin caer ni en la trivialidad, ni en la desnaturalización ni en la grandilocuencia.
Escrita por Miguel Ángel Palomo (FilmAffinity)
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