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Gloria Mundi

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Sinopsis
Una familia se reúne en Marsella para celebrar el nacimiento de la pequeña Gloria. A pesar de que todos se alegran, la vida es dura y viven tiempos difíciles. Pero al ambicioso tío de Gloria se le ocurre una idea para un negocio que podría sacarles del mal momento.
Trabajadores en lucha
Desde su debut en 1981 con "Último verano", el marsellés Robert Guédiguian se ha esforzado por azotar a la sociedad contemporánea, especialmente a sus relaciones de poder, y se ha posicionado junto a los desfavorecidos, los débiles, los abusados. Su carrera es un compendio de lucha cinematográfica y política, además de un modelo de coherencia fílmica y temática. Siempre rodeado del mismo equipo técnico y artístico, a la manera de una gran cooperativa, Guédiguian ha alcanzado cimas como "Marius y Jeannette", "De todo corazón", "La ciudad está tranquila" o "Las nieves del Kilimanjaro"; películas ardientes, combativas, constantes (una media de una película cada dos años), obras de una hondura cinematográfica al alcance de muy pocos.

No será "Gloria Mundi", pese a algunas deficiencias, la que aleje a Guédiguian de sus habituales postulados, del cariño hacia sus personajes y del cuidado de una puesta en escena que parece leve, pero que siempre es profunda. Tampoco de su intención de soliviantar al espectador, de zarandearlo ante el espejo de una realidad social ante la que tantas veces giramos la mirada…

El retrato familiar que plantea "Gloria Mundi" es demoledor, sin duda. Pero no más que muchas de las historias que pueblan nuestros barrios y ciudades. Guédiguian, eso sí, hace que explote de manera cruenta. Y no corren buenos tiempos para el cine de autores como este marsellés irreductible. O para el de Ken Loach. O para el de los hermanos Dardenne. El cine social se agita bajo miradas críticas que oscilan entre la condescendencia y el ninguneo, pero vive aún, recio, consistente, tan sólido como las injusticias que denuncia. A Guédiguian también se le acusa de maniqueo. Quizá la recriminación provenga de los mismos que no la vierten hacia las películas de superhéroes o hacia las comedias populares que diseñan, desde el más puro 'stablishment', comportamientos sociales, roles de género, deseos culturales o modos de consumo. Vivir para ver…



La locución latina "Sic transit gloria mundi" ("Así pasa la gloria del mundo") inspira el título y define el espíritu de esta nueva bofetada a una sociedad miserable, insolidaria, inhumana y antropófaga, en la que vive una familia a la que la hija menor, Mathilda, añade a un nuevo miembro, la pequeña Gloria (las primeras imágenes muestran su nacimiento y el lavado del cuerpo del bebé, una suerte de bautismo laico que limpia a la recién llegada, que pronto se manchará con las miserias humanas). Pero la familia tendrá también una incorporación más, Daniel, ex marido de la madre, recién salido de la cárcel y con un pasado turbio, a quien, sin embargo, se aferrarán todos. Un sujeto incierto, pero bonancible, en cuya calma, en cuyos movimientos, en cuyo rostro, se lee la aceptación de la vida, que es tanto como decir la aceptación de la desgracia.

Junto con su incombustible trío de intérpretes, Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan, Guédiguian asume a esta familia como unidad narrativa para volcarse en el mundo de la precariedad obrera, en el devenir de unos personajes asfixiados por la escasez, por los apuros económicos, por la insatisfacción vital, por los trabajos inestables, cuando no efímeros, que merman las vidas y las convierten en frágiles. O por los arribistas, siempre al acecho de sus presas, personificados en la innoble hija mayor y su execrable marido, trabajadores con sueños pequeñoburgueses aferrados al desapego, a la mezquindad moral, al odio hacia su propia clase. Dedicados a la compra y venta de artilugios de segunda mano: "los pobres se arruinan comprando barato y nos compran a nosotros", asegura el yerno; "su trabajo es sacar pasta a los pobres", afirma el padre. Consumismo y precariedad caminan de la mano. Como en las mejores sociedades.



Sí, Guédiguian carga las tintas en las desdichas que asolan a sus protagonistas. Y, sí, se arroja a un tremendismo que invade el relato y lo ahoga en algunas ocasiones. Pero se advierte la ira que vuelca en la pantalla (y que le lleva a algunas de esos defectos en forma de desproporciones), pero su dibujo es veraz. Es certero. Es batallador. Y aún asombra su talento para crear personajes verosímiles con apenas unos trazos que resultan ser los rasgos imprescindibles, los que resumen su esencia. Y resulta pasmosa la fluidez de su puesta en escena, siempre libre, siempre elocuente, para aprisionar en la pantalla retazos de vida.

No existen demasiados asideros en esta película negra y brutal, que muestra a las claras la fuerza de la mendacidad, la hipocresía y el abuso de poder. Las penurias que vive esta familia desolada atacan sin compasión, pero Guédiguian va aún más allá, y muestra los mecanismos bien engrasados que consiguen que nazca la insolidaridad y la división entre los propios trabajadores, entre los menesterosos: la enemistad entre iguales para beneficio de los poderosos. Finalmente, los malvados, los mentirosos, los ruines, son los que vencen. Los que crecen.
Escrita por Miguel Ángel Palomo (FilmAffinity)
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