168 de 198 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Yo quiero ser como tu, amigo Eduardo. Quisiera poder amar a mi padre con la pureza con la que tú lo haces. Te creó inacabado, pero le amas igual. Tu padre que te enseñaba cuantas tazas de te era necesario aceptar y cuantas rechazar, tu padre, que paraba su sabia explicación para leerte poesía. Nunca le reprochaste que no te diera manos, es más se lo agradeciste con tu creatividad, yo quiero ser como tu, amigo Eduardo.
Yo quiero ser como tú, amigo Eduardo, porque desde el primer momento en el que te sacaron de tu hábitat intentaste adaptarte con todo tu corazón a la mezquina vida mundana. Para todos tenías una palabra o un acto amable ya sea poniendo tu cara al servicio de los productos Avon o abriendo una lata de coca cola en una barbacoa.
Yo quiero ser como tú, amigo Eduardo, y hacer cosas bonitas como tus dinosaurios verdes y tus estatuas de hielo. Me bastaría saber hacerlas con mi cuerpo que a primera vista no está trabado pero tal vez se trate de eso tú utilizas tu deformidad para crear belleza, los tipos normales como yo y como los vecinos que a ti te rodean pocas cosas podemos hacer que se salgan de lo rutinario, yo quiero ser como tu amigo Eduardo.
Yo quiero ser como tú, amigo Eduardo, y enamorarme de una chica imposible por el simple hecho de enamorarme. Sabes que nunca podrás abrazarla pero la amarás igual y robarás y matarás por ella pero no por dinero o por hacer daño sino simplemente por amor, yo quiero ser como tú, amigo Eduardo.
Yo como quiero ser como tú, amigo Eduardo, porque eres un tipo sabio que repartiría una bolsa llena de dinero encontrada al azar entre sus seres queridos. ¿Dársela a la policía? ¿Que haría la policía?: repartirla entre sus "amigos" (que no seres queridos), yo quiero ser como tú amigo Eduardo.
Yo quiero ser como tú, amigo Eduardo, porque hay que saber llegar al límite en el momento justo. Ese límite donde no importa pinchar una rueda de un coche o cortarle una pata a un dinosaurio verde. Yo siempre llego al límite a destiempo y cuando eso sucede no hago más que tonterías, yo quiero ser como tú, amigo Eduardo.
Yo quiero ser como tú, amigo Eduardo, porque aunque pierdas a la chica sabes que la has ganado para siempre y ella nunca podrá ver la nieve de la misma forma y le contará a sus nietos una y otra vez tu hermosa historia que es a la vez la suya. Yo cuando pierdo a una chica me niega hasta el saludo.
103 de 123 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Os confesaré algo: Woody Allen es mi amigo. Y lo es desde hace mucho tiempo, desde mis 12 o 13 años, tal vez antes. Quise ser amigo suyo porque me hacía reír. Me encantaban sus primeras películas tontas: Toma el Dinero y Corre, El Dormilón, Bananas... y también Sueños de un Seductor que yo pensaba entonces que era suya. Poco a poco fui descubriendo su filmografía: Annie Hall, La Rosa Púrpura del Cairo, Días de Radio, Delitos y Faltas... y cada vez me sentía más cercano a él porque además de la risa me enseñaba muchas cosas, sobre el amor, el sexo, la vida, la muerte, la ironía, la moral, la religión, la psique, el optimismo, la esperanza... en cierto modo cuando me disponía a ver una de sus películas yo me sentía como si estuviera tomándome una cerveza con un amigo sabio de habla reposada y lúcida que conseguiría a cada momento emocionarme.
Y mi amigo Allen comenzó a visitarme una vez al año. Solía venir a finales de Septiembre o principios de Octubre y nos citábamos en un cine. Yo me quedaba en silencio y el me contaba una de sus historias. Y en el momento de la despedida yo siempre tenía una amplia sonrisa en el rostro y mi visión de la vida se había enriquecido. Me gustaba caminar por la ciudad después del adiós porque aquel amigo tenía el don de cambiar mis ojos, y nunca fue una despedida triste porque yo sabía que al año siguiente, recién entrado el otoño, el volvería.
Recuerdo la vez que mi amigo regresó en otra fecha, porque lo habían llamado para darle un premio. Cuando lo supe, soñaba con ir a verlo, solo para estrecharle la mano y darle las gracias. Pero luego pensé que la mejor manera de demostrarle mi amistad era no molestarle en unos días donde su intimidad se vería continuamente mermada. Y fui feliz viendo a mi amigo por televisión, paseando por muchos de los sitios en los que a veces yo le había echado de menos. Dicen de él que se enamoró de la tierra que conoció en aquel viaje y tras halagar la ciudad de Oviedo fue honrado con una estatua. Y sí, mi amigo ahora está siempre allí, caminando eternamente con aire despreocupado, con las manos metidas en el bolsillo y la frente pensativa. Cuando le preguntan, en cualquier parte del mundo por su estatua, entre humilde y divertido suele decir “Es lo más simpático que he visto en mi vida”.
Por aquel entonces sucedía además que yo veía como mi amigo se iba haciendo mayor. Seguía yendo a verle cada año pero las emociones no eran las mismas. Aún así en cada uno de aquellos encuentros siempre quedaban destellos de su magia y yo le perdonaba, por supuesto que sí, los momentos bajos, y me dolía seguir el deterioro de su inigualable talento. Pero tengo que reconocerles que llegué a perder la fe en él rehuyéndolo con dolor el año que vino a contarme una historia que se llamaba “El Sueño de Casandra”. Falté a la cita para negar lo que parecía inevitable, mi amigo se apagaba y yo era demasiado cobarde y sentimental como para enfrentarme algo así.
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spoiler:
Sin embargo, esta noche, vencí mis miedos, y acudí a ver a mi amigo una vez más. Y me ha dado una lección maravillosa. Me dejé llevar por su historia y en los últimos 15 minutos aquello se elevo hacia el firmamento de tal manera que yo quería levantarme y aplaudir y decirles a todos que aquel tipo era mi amigo y que yo no era digno de su amistad porque había dudado de él retirándole mi confianza. Entonces una lágrima difusa, entre la culpa y la ternura recorrió mi mejilla, mientras agazapado en la butaca, mis tímidos labios esbozaban “Hasta el año que viene, maestro”
74 de 85 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Hubo un tiempo en el que encender la televisión podía ser sinónimo de entretenimiento, evasión y calidad. Hace muchos años de eso pero a menudo mis ojos de niño vuelven al pasado cuando a traición una televisión encendida te escupe en la cara la triste realidad actual en donde programas que solamente dan vergüenza ajena se suceden una y otra vez, día tras día en todas las cadenas donde apenas existe ya un espacio para el buen cine.
En mi lejana niñez con solo dos canales a nuestra disposición solía haber al menos una gran película diaria. Un día tocaba Primera Plana, al siguiente Días de Vino y Rosas o tal vez Vértigo, o Sopa de ganso o por que no El Golpe.
Mi edificio era un corral de niños cinéfilos. Cuando terminábamos nuestra enésima carrera de chapas o cuando una resignada madre nos decía una y otra vez que ya iba siendo hora de dejar de machacar las teclas del Spectrum comunitario que tenía el niño rico del 2º B, sabíamos que después de la cena tocaba una película más como parte indispensable de nuestro crecimiento.
Recuerdo la noche que pusieron El Golpe. Mi padre ya me avisó por la mañana “la de esta noche si que es buena”, dijo. Aquel día El Golpe fue la comidilla en el patio vecinal. Todos los papás habían avisado a sus respectivos vástagos y la tarde se nos hizo muy larga, más aún sabiendo que uno de los protagonistas era aquel tipo que una vez se había tragado 50 huevos, hazaña por la cual era considerado un héroe indiscutible entre todos nosotros.
Y vimos El Golpe. Y no hay nada más que decir, salvo que el efecto que causó en nuestras vidas perdura hasta hoy.
80 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Debía tener unos 13 años cuando vendí mi alma al Rock and Roll. Una elección importante. Puede que a día de hoy no sea directivo de una gran empresa, y que mi cuenta corriente espante a todas las pretty women que pueblan la tierra. Pero... puedo decir que lo he vivido, colega. Formar una banda de rock en el instituto es la mejor opción para una época empañada por las litronas y la masturbación. Guns and Roses eran la banda del momento y no había una sensación más cojonuda que maltratar una guitarra hasta sacar nota a nota el imponente riff agudo de "Sweet Child O' Mine". Y luego vinieron aquellos primeros conciertos inolvidables, en los bares del barrio. Rock sudoroso, garitos de mala muerte, humo tóxico, whisky de garrafa. Y las chicas. Las chicas más peligrosas de la ciudad. Maldita sea, no se ponían por ti si no por el puto Rock and Roll.
Sentir la música, hablar de ella. Y un eterno dilema. ¿Cual es el mejor guitarrista? Bizantina discusión: para unos era Keith Richards, para otros no. Yo me quedé con Slash unos años, con Jimmy Page después, con Angus Young más tarde. Pero Keith siempre estaba allí. Ganaba por mayoría.
Y sólo me metí en los Stones muy despacio, intentando descubrir ese "algo" que se suponía que tenía que ver. Hasta que el propio Keith me llevó por delante. De repente a mis veintipocos, tenía novia formal, la mala vida se reducía a café con hielo y cigarrillos y cambié mi puesto de bajista en un power trío del que formaba parte en ese momento por las canciones de Sabina que nos mantenían embelesados hasta las tantas de la madrugada, al ritmo de una guitarra española y bajo la luz de una vela. Sin embargo, ahí seguía él, a sus cincuentaytantos, siendo aún el amo del asunto, retirando a generaciones enteras de supuestos herederos.
Y por eso si alguien me pregunta hoy en día sé que ya no dudaré en mi respuesta porque por fin me he enterado de que va el rollo. Keith no es el guitarrista más técnico, tampoco el más eléctrico pero es la puta esencia del RockandRoll.
Y en esta golosina que nos regala Scorsese, se come la cámara en cada plano, en cada segundo, en cada nota malsana que sale de su siempre caótica guitarra.
Solo tres intrusos hacen bajar la nota a esta maravilla. En primer lugar Bill Clinton y el petardo de su Señora que aparecen durante unos minutos para promocionarse y vendernos la mierda de siempre a costa de tocarnos a todos los cojones. Y en segundo lugar el megaputón de Cristina Aguilera que canta “Live with me” a duo con Jagger, en un momento que nosotros pronto olvidaremos y que ella cuando tenga las tetas caídas será el único de su patética carrera que podrá recordar sin llorar de vergüenza.
58 de 68 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Esto no es una película, es el más desgarrador puñetazo en la cara que recibirás en tu vida. Recuerdo cuando era niño y veía todas las pelis de terror que podía fueran clásicas o actuales porque el terror solo tiene sentido cuando uno es niño y puede sentir el miedo. A los 10 años, más o menos, se cruzó en mi vida esta película por vía televisiva y sin entender muy bien de que iba todo aquello abandoné por una temporada a Drácula y sus amigos porque sí, el miedo era eso y solamente eso. Eran estos dos tipos engullidos una y otra vez por un monstruo implacable que se escondía en las botellas. Era él bajo la lluvia destrozando macetas mientras gritaba enloquecido. Era ella, tan bella como frágil, agarrada a una botella de ginebra.
Cuando uno llega a la adolescencia la desmedida obsesión por el sexo opuesto hace que se cometan muchas tonterías. Mi caso era bastante común. Desamor = ansias de beber. Curiosamente de aquellos años solo recuerdo los pocos besos que me tocaron pero de las infinitas borracheras prefiero no recordar nada de nada. La ecuación es simple: días de vino muchos; días de rosas muy, muy pocos. Y recuerdo de nuevo haberme cruzado con esta agresión al alma al que algunos llaman película. Pero esta vez me pareció haber visto la más hermosa y desgarradora historia de amor que ha parido el celuloide. Era está claro un trío, un trío trágico con multitud de ramificaciones. Él y el monstruo de la botella, ella y el monstruo de la botella, él y ella, ella y él, él y ella y el monstruo todos revueltos. Obviamente como peli de terror sigue funcionando y lo más curioso es ¡que daba más miedo aún que a los 10 años¡. Mientras malgastaba mi vida y mi paga semanal cada fin de semana en los bares de mi ciudad no dejaba de preguntarme si aquellos dos tipos querían decirme algo.
A veces la vida es bonita y ocurren cosas. Un día llegó una chica y allí se quedó y entonces el alcohol fue desapareciendo pero nunca del todo. Pero un día junto a ella me puse a ver otra vez este documental sobre el abismo humano (no, esto una peli no es) y entonces lo comprendí todo. Obviamente ellos me parecía que estaban más enamorados que la vez anterior y (obviamente) volví a pasar mas miedo que siendo adolescente pero lo grande de verdad es que entendí lo que los dos tipos querían decirme: "tienes que matar al monstruo, tienes que matar al monstruo ...". La cosa no resultaba fácil de entender porque yo desde niño quería que el monstruo de las películas no se muriera nunca pero claro esto era diferente pues el monstruo existía de verdad y no vivía dentro de un mundo de fotogramas. Y sí, queridos amigos no volví a probar una gota de alcohol en mi vida.