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Drama
Un hombre camina por el desierto de Texas sin recordar quién es. Su hermano lo busca e intenta que recuerde cómo era su vida cuatro años antes, cuando abandonó a su mujer y a su hijo. A medida que va recuperando la memoria y se relaciona con personas de su pasado, se plantea la necesidad de rehacer su vida. (FILMAFFINITY)
22 de febrero de 2010
22 de febrero de 2010
63 de 70 usuarios han encontrado esta crítica útil
Intento normalmente afrontar una crítica de la manera más objetiva y analítica, distanciándome del objeto para desmenuzarlo con la máxima claridad expositiva que pueda. Hoy no puedo. Hoy he visto “París, Texas” ¿Y qué puedo decir? ¿Escribir veinte líneas sobre la estupenda estructura narrativa, de lo pausado pero fascinante de su desarrollo, de las magníficas actuaciones de Harry Dean Stanton, Nastassja Kinski y Dean Stockwell, de las desoladoras cuerdas de guitarra de Ry Cooder, de las panorámicas del desierto del Mojave y cómo el cabrón de Wenders consigue que te quedes hipnotizado hasta con un letrero de neón?
Paso, porque me quedaría corto. Pocas veces un film emociona y llega al alma de verdad. Algunos tocan cierta parte de ti que un día tuviste. Que te recuerdan cuánto amaste, y el enorme vacío que sucede al darte cuenta que aquello en torno a lo cual giraba tu existencia, se ha perdido y no volverá. Y duele, joder, cómo duele. Aunque haya pasado mucho tiempo y tu corazón esté en otra parte, hay pedazos del alma que una vez se te desprenden, no hay manera de volverlos a pegar. “París, Texas” nos enseña que, a pesar de que las heridas no acaben de cicatrizar del todo jamás, nunca es tarde para intentar hacer lo correcto y quedarnos, al menos, en paz con nosotros mismos. Aunque sea a base de renunciar a recuperar lo que más deseamos en el mundo. Y lo hace con maestría, sin prisas, y con dolor, mucho dolor en el camino. Te odio, Wim Wenders.
Paso, porque me quedaría corto. Pocas veces un film emociona y llega al alma de verdad. Algunos tocan cierta parte de ti que un día tuviste. Que te recuerdan cuánto amaste, y el enorme vacío que sucede al darte cuenta que aquello en torno a lo cual giraba tu existencia, se ha perdido y no volverá. Y duele, joder, cómo duele. Aunque haya pasado mucho tiempo y tu corazón esté en otra parte, hay pedazos del alma que una vez se te desprenden, no hay manera de volverlos a pegar. “París, Texas” nos enseña que, a pesar de que las heridas no acaben de cicatrizar del todo jamás, nunca es tarde para intentar hacer lo correcto y quedarnos, al menos, en paz con nosotros mismos. Aunque sea a base de renunciar a recuperar lo que más deseamos en el mundo. Y lo hace con maestría, sin prisas, y con dolor, mucho dolor en el camino. Te odio, Wim Wenders.
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