Manon del manantial
16 de enero de 2019
16 de enero de 2019
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La continuación de la fascinante El manantial de las colinas tuvo una buen vástago en La venganza de Manon.
La fusión del hombre con la naturaleza se encarna en Manon, una excelente Enmanuelle Beart, y la descripción de la vida de los villanos en el campo de la Provenza es magistral y muy creíble, no exenta de ironía.
Sin embargo, es inferior a la primera parte por el tramo final donde se abusa del melodrama y acerca el film a un culebrón.
La fusión del hombre con la naturaleza se encarna en Manon, una excelente Enmanuelle Beart, y la descripción de la vida de los villanos en el campo de la Provenza es magistral y muy creíble, no exenta de ironía.
Sin embargo, es inferior a la primera parte por el tramo final donde se abusa del melodrama y acerca el film a un culebrón.
16 de febrero de 2025
16 de febrero de 2025
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
La verdad, después de ver la primera parte, ya no esperaba mucho de esta segunda, porque había visto señales que me advertían que no había inocencia en aquella producción, lo contrario de lo que parece se quiere contar.
Por cierto, muchas gracias a los distribuidores de por aquí, nos clavan un título con un spoiler incluido, estupendo, que así habrá más ganas de sacar ticket de entrada.
Y efectivamente, mis malos presagios se cumplieron. Bueno, fue realmente a peor. La sensación que tuve es que había que estirar el chicle (ese epílogo interminable), que había que dejar buen sabor de boca al espectador blando (con la venganza de Manon), que quizás se podían burlar un poco más de los pueblerinos (fijarse en la diferencia de comportamiento del maestro y el resto del pueblo).
Poco voy a comentar, porque poco he bateado entre los fotogramas que valga la pena. Me sorprenden los halagos a la actriz Emmanuelle Beart, con una actuación plana e insípida donde las haya (apenas ponen textos en su boca, nos podemos imaginar por qué)… aunque un bellezón, eso sí. Me resultó cansino que se reiterara tantas veces la “ocurrencia” de que siempre hay un testigo escondido entre los matorrales vigilando la oportuna escena. Ni que fuera tan fácil espiar a los demás en un terreno de campo no muy frondoso. No abundaré, pero hay varias escenas que no tienen ningún sentido (particularmente cuando la bella Manon, que no era vista por el pueblo en años, hace sus apariciones, como si nada).
Sí, Auteuil tiene su gracia. La belleza de contemplar una historia con un marco tan bello y luminoso como es el paisaje escogido ya es un valor de por sí. Esto es lo que más me ha llamado la atención, no es mucho, ya ven.
No cabe duda de que en esta producción pusieron “pasta”, y eso suele lastrar los contenidos mayormente. Mi conclusión es que es una película pretenciosa y nada inocente, aunque lo que busca es una apariencia de cuento trágico con trasfondo buenista. O dicho de otra manera, una tragedia contada desde una narración infantil. No soy de los que hoy día se conforman, lo siento. Un 4.
Por cierto, muchas gracias a los distribuidores de por aquí, nos clavan un título con un spoiler incluido, estupendo, que así habrá más ganas de sacar ticket de entrada.
Y efectivamente, mis malos presagios se cumplieron. Bueno, fue realmente a peor. La sensación que tuve es que había que estirar el chicle (ese epílogo interminable), que había que dejar buen sabor de boca al espectador blando (con la venganza de Manon), que quizás se podían burlar un poco más de los pueblerinos (fijarse en la diferencia de comportamiento del maestro y el resto del pueblo).
Poco voy a comentar, porque poco he bateado entre los fotogramas que valga la pena. Me sorprenden los halagos a la actriz Emmanuelle Beart, con una actuación plana e insípida donde las haya (apenas ponen textos en su boca, nos podemos imaginar por qué)… aunque un bellezón, eso sí. Me resultó cansino que se reiterara tantas veces la “ocurrencia” de que siempre hay un testigo escondido entre los matorrales vigilando la oportuna escena. Ni que fuera tan fácil espiar a los demás en un terreno de campo no muy frondoso. No abundaré, pero hay varias escenas que no tienen ningún sentido (particularmente cuando la bella Manon, que no era vista por el pueblo en años, hace sus apariciones, como si nada).
Sí, Auteuil tiene su gracia. La belleza de contemplar una historia con un marco tan bello y luminoso como es el paisaje escogido ya es un valor de por sí. Esto es lo que más me ha llamado la atención, no es mucho, ya ven.
No cabe duda de que en esta producción pusieron “pasta”, y eso suele lastrar los contenidos mayormente. Mi conclusión es que es una película pretenciosa y nada inocente, aunque lo que busca es una apariencia de cuento trágico con trasfondo buenista. O dicho de otra manera, una tragedia contada desde una narración infantil. No soy de los que hoy día se conforman, lo siento. Un 4.
25 de septiembre de 2025
25 de septiembre de 2025
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344/47(25/09/25) Si la primera parte era la crónica de una ambición disfrazada de tradición campesina, esta segunda parte del díptico pretende ser la ópera de cierre, la justa compensación cósmica en la que la hija del mártir ajusta cuentas con toda la aldea. Y digo “pretende” porque, en el fondo, lo que entrega Claude Berri es un melodrama que oscila entre lo épico y lo folclórico, un fresco rural tan bello como irregular, donde la tragedia griega se mezcla con la superstición de pueblo y con una ingenuidad que, por momentos, raya en lo irritante. Me atrapó en más de un pasaje, pero también porque su solemnidad impostada y sus deslices románticos la alejan de la contundencia que Jean de Florette sí alcanzaba. Aunque en su valor hay que decir que es un banquete visual en la Provenza que, sin embargo, se indigesta con tanta palabrería y una heroína más fotogénica que convincente.
La génesis de esta película es tan literaria como endogámica. Marcel Pagnol, titán de las letras francesas, ya había adaptado en 1952 su historia en “Manon des sources”, filmada para su esposa Jacqueline Bouvier. Diez años después, recicló aquel guion en formato novelístico, pero con un truco: añadió una precuela, “Jean de Florette”, que cerraba la tragedia del agua. Cuando Claude Berri, tras varios éxitos comerciales en Francia, se obsesionó con adaptarlo, no se contentó con una sola película, levantó la producción más cara de la historia del cine francés hasta entonces, rodando ambas partes de manera simultánea.
El guion, firmado por Berri y Gérard Brach (célebre colaborador de Polanski, responsable de “Tess”), navega entre la fidelidad al texto y la tentación de subrayar lo evidente. Y ahí reside parte del problema, donde Pagnol sugería, Berri recalca. Donde había silencios cargados, aquí hay discursos interminables sobre el destino, el agua y las culpas colectivas.
Si algo no se le puede reprochar al film es su factura técnica. La fotografía de Bruno Nuytten (“Camille Claudel”) acaricia las colinas provenzales como si fueran reliquias. El polvo, las piedras, los campos resecos, todo parece pintado al óleo, con una obsesión por capturar la luz mediterránea en su estado más cruel y más poético. El paso de las estaciones no solo marca la trama, se incrusta en nuestra retina con esa luminosidad cegadora que convierte hasta un rebaño de cabras en símbolo mitológico; La música de Jean-Claude Petit (“Cyrano de Bergerac”) cumple la función que Berri le asigna, levantar el dramatismo con acordes que se asoman descaradamente a Verdi, concretamente a ‘La forza del destino’. A ratos funciona, en otros roza lo enfático, como un narrador que nos dice qué sentir; La dirección artística también merece mención, con el pueblo, sus casas encaladas, las grutas y las fuentes naturales componen un microcosmos verosímil, casi etnográfico. Aquí Berri demuestra que su presupuesto no se fue solo en salarios de Montand y Auteuil, sino en levantar una Provenza cinematográfica con aire de mural histórico.
Emmanuelle Béart (“Un corazón en invierno”), su belleza es innegable, tanto que a veces devora al personaje. Manon debería ser una criatura agreste, moldeada por el rencor y la soledad, pero Béart aparece como una ninfa salida de un anuncio de champú. Su César la premió como Mejor Actriz de Reparto, pero yo sigo dudando: su mirada transmite furia, sí, pero su dicción es tan parca y sus escenas de romance con Bernard tan planas, que uno siente que la venganza no surge de sus entrañas sino del guion; Daniel Auteuil (“La reina Margot”), sublime. Ugolin es un pobre diablo patético, medio troll y medio niño, un payaso trágico que nos arranca risas incómodas y compasión. Auteuil se vacía, literalmente, con escenas como la de la cinta cosida a la piel. Su interpretación eleva lo que en otras manos sería grotesco, y lo convierte en un lamento humano; Yves Montand (“Z”), su César Soubeyran es menos villano y más espectro. Montand ofrece quizá una de sus últimas grandes interpretaciones, un hombre que confunde dinastía con redención, y que terminará abrazando la desgracia con la resignación de quien ya intuía que el castigo estaba inscrito en su sangre. Su rostro al final, devastado, compensa media película de sermones; Hippolyte Girardot (“La vida soñada de los ángeles”).como el maestro de escuela enamorado de Manon es poco más que un recurso decorativo. Su romance diluye la tensión trágica y nos hace pensar que Berri necesitaba un contrapunto urbano, pero a costa de sabotear la cohesión del relato.
Escenas importantes: La confesión tras la puerta, con Ugolin intentando admitir su amor ante César es tragicomedia pura. Ridículo, entrañable, desesperado. Auteuil logra que uno ría y se le quiebre la voz en el mismo instante; Manon cerrando la fuente, metáfora obvia, pero poderosa. Si el agua era vida y riqueza, aquí se convierte en arma divina. Los aldeanos, condenados a la sequía, pagan su silencio cobarde; El espía de la poza, Ugolin fisgoneando a Manon mientras se baña desnuda es casi grotesco. Berri parece fascinado con la dinámica “la bella y la bestia”, pero el resultado raya en el cliché voyeurista.
Diferencias de tono respecto a la primera parte: La primera era vitalista, sostenida en el optimismo ingenuo de Jean (Depardieu), que parecía poder vencer la sequía con ilusión y trabajo. La segunda es más sombría, más discursiva, menos natural. Donde la primera respiraba camaradería (Ugolin con Jean), la segunda rezuma rencor y aislamiento (Manon contra todos). El tránsito es lógico, pero el resultado no siempre convence, la épica campesina se convierte en sermón moralizante.
“La venganza de Manon” tiene lo que se esperaba, paisajes idílicos, tragedia griega, actores franceses en estado de gracia. Pero también arrastra un exceso de solemnidad, un romance que sobra y una protagonista más preocupada por lucir impecable que por transmitir fiereza campesina... (sigo en spoiler)
La génesis de esta película es tan literaria como endogámica. Marcel Pagnol, titán de las letras francesas, ya había adaptado en 1952 su historia en “Manon des sources”, filmada para su esposa Jacqueline Bouvier. Diez años después, recicló aquel guion en formato novelístico, pero con un truco: añadió una precuela, “Jean de Florette”, que cerraba la tragedia del agua. Cuando Claude Berri, tras varios éxitos comerciales en Francia, se obsesionó con adaptarlo, no se contentó con una sola película, levantó la producción más cara de la historia del cine francés hasta entonces, rodando ambas partes de manera simultánea.
El guion, firmado por Berri y Gérard Brach (célebre colaborador de Polanski, responsable de “Tess”), navega entre la fidelidad al texto y la tentación de subrayar lo evidente. Y ahí reside parte del problema, donde Pagnol sugería, Berri recalca. Donde había silencios cargados, aquí hay discursos interminables sobre el destino, el agua y las culpas colectivas.
Si algo no se le puede reprochar al film es su factura técnica. La fotografía de Bruno Nuytten (“Camille Claudel”) acaricia las colinas provenzales como si fueran reliquias. El polvo, las piedras, los campos resecos, todo parece pintado al óleo, con una obsesión por capturar la luz mediterránea en su estado más cruel y más poético. El paso de las estaciones no solo marca la trama, se incrusta en nuestra retina con esa luminosidad cegadora que convierte hasta un rebaño de cabras en símbolo mitológico; La música de Jean-Claude Petit (“Cyrano de Bergerac”) cumple la función que Berri le asigna, levantar el dramatismo con acordes que se asoman descaradamente a Verdi, concretamente a ‘La forza del destino’. A ratos funciona, en otros roza lo enfático, como un narrador que nos dice qué sentir; La dirección artística también merece mención, con el pueblo, sus casas encaladas, las grutas y las fuentes naturales componen un microcosmos verosímil, casi etnográfico. Aquí Berri demuestra que su presupuesto no se fue solo en salarios de Montand y Auteuil, sino en levantar una Provenza cinematográfica con aire de mural histórico.
Emmanuelle Béart (“Un corazón en invierno”), su belleza es innegable, tanto que a veces devora al personaje. Manon debería ser una criatura agreste, moldeada por el rencor y la soledad, pero Béart aparece como una ninfa salida de un anuncio de champú. Su César la premió como Mejor Actriz de Reparto, pero yo sigo dudando: su mirada transmite furia, sí, pero su dicción es tan parca y sus escenas de romance con Bernard tan planas, que uno siente que la venganza no surge de sus entrañas sino del guion; Daniel Auteuil (“La reina Margot”), sublime. Ugolin es un pobre diablo patético, medio troll y medio niño, un payaso trágico que nos arranca risas incómodas y compasión. Auteuil se vacía, literalmente, con escenas como la de la cinta cosida a la piel. Su interpretación eleva lo que en otras manos sería grotesco, y lo convierte en un lamento humano; Yves Montand (“Z”), su César Soubeyran es menos villano y más espectro. Montand ofrece quizá una de sus últimas grandes interpretaciones, un hombre que confunde dinastía con redención, y que terminará abrazando la desgracia con la resignación de quien ya intuía que el castigo estaba inscrito en su sangre. Su rostro al final, devastado, compensa media película de sermones; Hippolyte Girardot (“La vida soñada de los ángeles”).como el maestro de escuela enamorado de Manon es poco más que un recurso decorativo. Su romance diluye la tensión trágica y nos hace pensar que Berri necesitaba un contrapunto urbano, pero a costa de sabotear la cohesión del relato.
Escenas importantes: La confesión tras la puerta, con Ugolin intentando admitir su amor ante César es tragicomedia pura. Ridículo, entrañable, desesperado. Auteuil logra que uno ría y se le quiebre la voz en el mismo instante; Manon cerrando la fuente, metáfora obvia, pero poderosa. Si el agua era vida y riqueza, aquí se convierte en arma divina. Los aldeanos, condenados a la sequía, pagan su silencio cobarde; El espía de la poza, Ugolin fisgoneando a Manon mientras se baña desnuda es casi grotesco. Berri parece fascinado con la dinámica “la bella y la bestia”, pero el resultado raya en el cliché voyeurista.
Diferencias de tono respecto a la primera parte: La primera era vitalista, sostenida en el optimismo ingenuo de Jean (Depardieu), que parecía poder vencer la sequía con ilusión y trabajo. La segunda es más sombría, más discursiva, menos natural. Donde la primera respiraba camaradería (Ugolin con Jean), la segunda rezuma rencor y aislamiento (Manon contra todos). El tránsito es lógico, pero el resultado no siempre convence, la épica campesina se convierte en sermón moralizante.
“La venganza de Manon” tiene lo que se esperaba, paisajes idílicos, tragedia griega, actores franceses en estado de gracia. Pero también arrastra un exceso de solemnidad, un romance que sobra y una protagonista más preocupada por lucir impecable que por transmitir fiereza campesina... (sigo en spoiler)
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
... Me fascinó a ratos, me aburrió en otros. La vería otra vez, pero con la paciencia que se le dedica a un álbum de estampas bellas donde el relato a veces queda sepultado bajo la estética.
La venganza de Manon se cumple, pero no como ella había planeado. Sí, deja al pueblo sin agua, condena a todos a la desesperación y se venga del silencio cómplice. Pero la verdadera tragedia está en César: descubre que Jean era, en realidad, su propio hijo. Es decir, que toda la miseria, la ruina y la muerte de Florette y su familia eran consecuencia directa de su codicia ciega… contra su propia sangre. La justicia poética se vuelve incestuosa, el destino se ríe de todos y Montand nos regala un rostro devastado. No hay victoria, ni siquiera para Manon: lo que queda es la certeza de que la tragedia campesina estaba escrita desde el primer engaño. Gloria Ucrania!!!
La venganza de Manon se cumple, pero no como ella había planeado. Sí, deja al pueblo sin agua, condena a todos a la desesperación y se venga del silencio cómplice. Pero la verdadera tragedia está en César: descubre que Jean era, en realidad, su propio hijo. Es decir, que toda la miseria, la ruina y la muerte de Florette y su familia eran consecuencia directa de su codicia ciega… contra su propia sangre. La justicia poética se vuelve incestuosa, el destino se ríe de todos y Montand nos regala un rostro devastado. No hay victoria, ni siquiera para Manon: lo que queda es la certeza de que la tragedia campesina estaba escrita desde el primer engaño. Gloria Ucrania!!!
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