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La bella y la bestia

Fantástico. Romance. Drama Érase una vez un mercader arruinado que vivía con su hijo Ludovic y sus tres hijas. Dos de ellas, Felicie y Adelaide, son seres egoístas que explotan a su hermana pequeña Bella. Un día, el padre se pierde en el bosque y llega hasta un castillo. Allí encuentra una preciosa rosa y decide cogerla para Bella, entonces aparece el señor del castillo que le impondrá un duro castigo por su osadía. (FILMAFFINITY)
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9
16 de agosto de 2007
83 de 97 usuarios han encontrado esta crítica útil
En un palacio oculto en el bosque, Bella, una joven tierna y comprensiva, conoce a Bestia, una suerte de león antropomórfico que se debate entre su animalidad y su humanidad. Gracias al amor de ella por él la belleza interior triunfa sobre la belleza exterior y, así, Bestia muda su deformidad en beldad. Grosso modo, esta es la idea que sustenta la fábula de La bella y la bestia. La película de Cocteau recoge el espíritu cándido y algo cursi de la historia y lo plasma en las interpretaciones amaneradas y en los diálogos. Pero, ¿qué subyace bajo tanta cursilería? La belle et la bête es una historia de amor más compleja de lo que aparenta.

Bestia es un macho solitario cuya mirada emite destellos (literalmente) de furia cuando su jardín es mancillado por el padre de Bella. Sin embargo, al conocer a Bella, su mirada pierde fiereza. Bestia se esfuerza en mostrar su humildad y sumisión a Bella. Por ello, ciñe sus encuentros a las horas en que su apetito está saciado, pues la auténtica mirada de Bestia es voraz: su mirada instintiva, enmarcada en primerísimo plano, se acerca a la Bella durmiente con obvio apetito, tal vez de sexo, quizá simple gazuza. Duda que se disipa cuando, en ausencia de su huésped, toma la manta de la cama de Bella y la mima con placer fetichista. En palabras de Bestia: “Tu mirada me abrasa”.
Jean Marais & Josette Day
Bella es una muchacha narcisista a tope. Siempre tiene a su alcance espejos o suelos encerados que le devuelven su hermosura física y moral. Al conocer a Bestia, su mirada expresa la repulsión por el físico, mirada que se repite hasta que Bella comprende la vulnerabilidad de Bestia. Al descubrir la mirada triste de Bestia, la mujer acepta la convivencia con el animal. En su casa, Bella era la cenicienta hacendosa, despreciada por sus hermanas y acosada por el galán de turno. En el palacio, es la princesa que luce joyas y que no tiene ni que abrirse las puertas. En cualquier caso, Bella acepta a Bestia como amigo hasta que...
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... , cuando regresa con su familia, decide abandonarle, traición de la que se arrepiente y que el objetivo casi desenfocado de la cámara recoge en la mirada de Bella, cuyo rostro en penumbra acentúa la iluminación de sus ojos llorosos. Bella se encuentra en la tesitura de optar por uno de los dos mundos que conoce. Y es un espejo el que, por primera vez en su vida, devuelve a Bella un alma horrenda hasta el punto de hacer añicos el cristal; rotura que, a la vez, advierte de que la muerte se cierne sobre el entristecido Bestia.

El príncipe en que se transforma Bestia explica a Bella que “mis padres no creían en las hadas y les castigaron con mi persona. Sólo podía ser salvado por una mirada de amor”. Sin embargo, la mirada fanfarrona del príncipe me transmite poca sinceridad. Efecto que corrobora la mirada de Bella al escucharle, entre asombrada y burlona. Ambos, al final, han conseguido lo que deseaban: él, un cuerpo bello del que no pueda avergonzarse; y ella, un amante bello, rico e influyente que bese sus pies y le haga volar entre las nubes.
Jean Marais & Josette Day
Al final, la cursilería y la ingenuidad me dan la impresión de que es fingida. Me queda la sensación de que en el fondo son un par de interesados. Al fin y a la postre, el amor interesado es también amor. ¿O quizá no?
6
8 de agosto de 2009
46 de 55 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un anciano arranca un rosa de un jardín encantado para su hija preferida; al instante, surge un bramido terrible que rompe la calma de la tarde y un ser monstruoso aparece para exigir un pago de muerte por la rosa robada. Así da comienzo uno de los más hermosos cuentos de hadas que se hayan escrito jamás.

Todos conocen el resto: la Bestia -el chico malo- sucumbe ante los encantos de la joven buena e inocente y gracias al amor que ella acaba sintiendo por él se transforma en un hombre hermoso. Una historia por tanto universal que eleva a las alturas de lo poético ese impulso redentor que lleva a las mujeres a creer que cualquier hombre merece ser salvado de sí mismo, que cualquier ser humano merece ser querido a pesar de todo.

Pero la esencia romántica no se encuentra en esta versión de Jean Cocteau, tan acartonada en su descripción de situaciones y personajes. Aquí ni la Bella y la Bestia evolucionan ni entendemos el porqué de su amistad o de su posterior enamoramiento. Creo que el cuento no fue más que un vehículo para crear un mundo estético... esos visillos fantasmales bailando en el pasillo de piedra, las manos que brotan de las paredes para esgrimir candelabros que nunca se apagan, las estatuas que sonríen al paso de los amantes, el vuelo suspendido como una escena de Botticelli, el espejo que habla, la maraña negra y petrificada del bosque...Visualmente, estamos no ante un cuadro, sino ante una sucesión pictórica de escenografía viva y mágica que traslada simplemente a otro estado de la mente, aquel que absorbe la luz de la belleza pura sin cuestionarse su verdadera sustancia.
Tanta imaginería exquisita y onírica puede hacerte olvidar que en realidad, antes de que existiese el cine, existían los cuentos de hadas. Pero estaban ahí y aquellos que los narraban sólo utilizaron palabras para transmitirlas a través de los tiempos. Sobrevivieron a pesar de todo y eso nos enseña algo sobre la diferencia entre el nivel más esencial de la narración y la redundancia que supone el cine cuando intenta construir la imagen por encima del lenguaje. En "La Bella y la Bestia", el lenguaje ha sido desterrado: no sé si es un logro, pero aunque resulte una visión maravillosa, no es un cuento de hadas.
7
3 de marzo de 2008
31 de 36 usuarios han encontrado esta crítica útil
Jean Cocteau trasladó a la pantalla uno de los más conocidos cuentos de hadas, y lo llevó a cabo respetando admirablemente la esencia de lo que debe ser un cuento. La puesta en escena es magnífica, plasmando a la perfección la ambientación mágica e imaginativa, y derrochando imágenes plagadas de belleza que harán las delicias de cualquiera que haya escuchado esta historia desde pequeño y se haya dejado atrapar por su encanto.
Lo más cautivador de la película es, sin duda, el romanticismo llevado a su expresión más galante, exacerbado por esos escenarios barrocos en los que conviven la naturaleza, objetos bellos como joyas, muebles vistosos y ropajes elegantes, y los toques de magia en el mobiliario (candelabros con brazos humanos que se encienden solos, estatuas que se mueven, puertas que se abren sin que nadie las toque...). La estudiada iluminación resalta los claroscuros y confiere a la fotografía un acabado suave y casi etéreo; cuando aparece el castillo de la Bestia, la luz reviste una importancia fundamental a la hora de transmitir el eterno femenino de Bella en su esplendor, y los intensos sentimientos de la Bestia, reflejados a través de sus ojos, quien trata de reprimir sus fieros instintos alentados por la soledad que ha sufrido, los cuales van siendo sustituidos por su creciente amor.
Jean Marais & Josette Day
El aire de cierta teatralidad que se advierte en algunas escenas no hace sino resaltar la convicción de que estamos ante un cuento visual. Los relatos orales tradicionales son narrados empleando determinados recursos que proporcionan el efecto adecuado para mantener hechizada a la audiencia, y Cocteau supo transmutarlos en su equivalente de efectos visuales y sonoros, acompañados por una música que completa el conjunto.
Esta atmósfera romántica contrasta con otra más burda que envuelve a la vulgar familia de Bella (sobre todo en lo que atañe a sus hermanas y su hermano) y al amigo de su hermano, que la pretende y al que ella no corresponde.
Muchos años han pasado por esta película que no tiene más objetivo que poner ante nuestros ojos este cuento universal, de sobra conocido. Al principio se nos pide que volvamos a nuestra ingenuidad infantil, y con ello se nos deja claro que no hay más pretensiones que las de hacernos rememorar aquellas noches en las que nuestros padres nos trasladaban a mundos lejanos y en los que ocurrían cosas fantásticas. Y todo sin movernos de nuestra habitación.
Josette Day & Jean Marais
Un pequeño regalo para quienes estén dispuestos a dejarse llevar por un poco de imaginación, por ese romanticismo de antaño, y por un relato que, pese a ser trillado y previsible como en cualquier cuento, no deja de tener su embrujo.
9
25 de mayo de 2017
22 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
Debo ser completamente sincero, cuando yo voy a ver una versión de "La bella y la bestia" siempre acabo haciendo la comparación con la versión de Disney de 1991.
Y en cuánto veo que algo falla o algún detalle de la adaptación no me gusta, casi siempre acabo pensando "La de Disney es mejor". Y afortunadamente ésta vez, no solo no la he comparado con la de Disney, he sentido que es mucho mejor que aquella. Tal vez no trabaje tanto la relación entre Bella y la bestia, debido a que en esta adaptación, la bestia no puede aguantar que Bella le sostenga la mirada mucho tiempo.
Me gusta que sea una película más íntima que las dos de Disney (Dejemos de lado secuelas animadas), ya que aquí la mayor parte del tiempo estamos en un siniestro castillo en el que solo vemos a dos personajes. Debo destacar que este castillo es absolutamente terrorífico, y no ha envejecido mal para nada. Aquí no tenemos simpáticos candelabros parlantes, las columnas del castillo están vivas y observan cada movimiento, y las antorchas de la pared son sostenidas por brazos humanos. ¡Absolutamente brillante!
Josette Day & Jean Marais
Conozco poco del cine francés, pero al César lo que es del César, y Jean Cocteau era un auténtico genio. Las interpretaciones son soberbias, especialmente por parte de Jean Marais, que encarna a dos personajes. Y Josette Day hace una versión fantástica de Bella, en mi opinión el personaje más adorable del film.

La dirección es soberbia, la ambientación maravillosa y la atmósfera del film está tan cargada de intriga terror y romance que pese a su pausado ritmo, nunca se hace aburrida para nada. Algo muy admirable en el cine francés. No es que en Francia hagan mal cine, pero lo que yo he visto suele pecar de lentitud para mi gusto.
Pero no aquí, no en "La bella y la bestia".
En conclusión, esta película es tan buena que le voy a conceder una puntuación de 9 sobre 10.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Aquí en el spoiler quiero dejar algunos datos interesantes; el primero es que el episodio del robo de la rosa es clavado al del cuento original. Y lo increíble es que mucho antes de que la bestia aparezca, Jean Cocteau crea una atmósfera tan agobiante que no hace falta que la bestia aparezca para que lo pasemos mal.

Otro detalle es que me gusta mucho que en esta versión aparezcan las hermanas y el hermano de Bella, así como un chico llamado Avenant que está enamorado de ella.

Y la revelación final es maravillosa; la codicia puede a Avenant y éste muere convertido en una bestia por su codicia, en cambio la auténtica bestia adquiere el aspecto humano de Avenant, por haber demostrado ser una bellísima criatura al otorgarle a Bella la mayor prueba de confianza que puede dar a una persona.

(Aunque no puedo negar que eso de que acaben volando los dos juntos, por muy metafórico que sea es una flipada, ni que fueran Superman y Lois Lane.)
10
30 de noviembre de 2009
22 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Edgar Morin, pensador francés, en su ensayo "El cine o el hombre imaginario" (1956) pone de manifiesto los paralelismos entre el cine y los sueños. El cine es ilusión de quien lo crea y de quien lo observa. Me quedo con esta frase especialmente tras haber visto La Bella y la Bestia de Cocteau, donde el sueño se hace arte. El séptimo. Y es que la película sobrepasa los límites de nuestros aparatos de TV o aquellas pantallas grandes donde los espectadores más afortunados pudieron ver el film. Y los sobrepasa para apoltronarse cómodamente en su hábitat natural: en esa parte desconocida de nuestro cerebro donde se gestan los sueños, porque Cocteau crea mis sueños. Si, leyeron bien, "mis sueños". Tal vez en eso consista el surrealismo.

En una época donde el cine lleva la consistencia de lo real a extremos donde el espectador acaba húmedo de sangres, sordo de estampidos y hasta cansado de tantas carreras sin sentido, con todas las excepciones que ustedes quieran, que serán aceptadas por mi, La belle y la bête de Jean Cocteau nos remite no solo a un cuento de hadas tradicional - eso también lo hace Disney - sino a nuestros propios sueños, a nuestras íntimas (y confesables) fantasías. O dicho de otra forma. Cuando sueño esta historia la sueño de la misma manera que Cocteau. Y las manos que agarran los candelabros, son las mismas. La que sirve el vino también. El susto del padre, nuestra pesadilla. El ballet de Belle entre cortinas al viento, nuestra sonrisa de relax en la profundidad del sueño. ¿Cocteau oficiando de Freud? Es una forma de verlo.
Jean Marais & Josette Day
El análisis de este film ya ha hecho correr ríos de tinta. Añadir algo original es imposible. Sin embargo me gustaría exponer aquí una idea que se me ha quedado después de leer a los que de verdad saben de esto. Y es que, a diferencia del sentido original del cuento, donde se plantea el dualismo belleza interior-belleza física, aquí se añada un tercer elemento, otro dualismo, el de belleza recompensa versus fealdad castigo. La flecha certera de Diana pone las cosas en su sitio, de forma que el bello pero malvado Avenant "otorga" su rostro a una Bête cuya hermosura interior ya había enamorado a Belle.

Muchas lecturas que seguro que encuentran. Hay quien argumenta simbología masónica. Puede ser. Yo por mi parte me quedo con ese universo onírico de bosques, de nieblas, de caminos que se abren y se cierran, de caballos blancos, de llaves mágicas, de rosas, de agua en el cuenco de las manos...

Obra maestra. ¡Que grande es el cine!
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