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Voto de TOM REGAN:
8
Voto de TOM REGAN:
8
2025 

Diego San José (Creador), Elena Trapé ...
7.2
5,257
Serie de TV. Drama
Serie de TV (2025). 6 episodios. José Ramón Garrido es un exjugador olímpico de bádminton que sobrevive dando clases de educación física en un instituto público de Vallecas. Divorciado y sin ilusiones, Joserra cree descubrir en un torneo escolar el diamante que puede darle un giro a su vida: Mar, una jugadora adolescente que podría ser el billete que le lleve a cumplir su sueño de competir en Yakarta, la ciudad donde los exjugadores ... [+]
30 de noviembre de 2025
30 de noviembre de 2025
28 de 28 usuarios han encontrado esta crítica útil
467/53(29/11/25) Esta es la historia de dos derrotados que avanzan como pueden por una España que no les recuerda, que no les quiere y que tampoco los necesita, pero donde todavía se puede encontrar una chispa de humanidad entre gasolineras, bingos y karaokes de provincias. Es una serie tan honesta como incómoda, tan áspera como luminosa, que hace del bádminton un simple espejo para hablarnos de todo lo demás. Una dramedia con espinas, sí, pero también con un corazón pertinaz que late, aunque a veces parezca que se ha quedado sin pilas. Me parece más un golpe al estómago que un producto televisivo, imperfecta, magnífica, y peligrosamente real.
Creada por Diego San José que lleva años demostrando que no necesita una cámara para convertirse en autor— es posiblemente su obra más comprimida, menos complaciente y más sangrante. Esta serie, producida por 100 Balas y Buendía Estudios Canarias, nace de ese espacio extraño donde el costumbrismo se mezcla con una tristeza que parece hija ilegítima de “Fe de etarras” (Borja Cobeaga, 2017) y los pasillos silenciosos de “La Maternal” (2022). Lo que hay detrás de “Yakarta” es pura intuición narrativa, una historia pequeña que quiere ser grande sin elevar la voz, confiando en los detalles, en las semillas, en los silencios, en lo que se dice entre líneas.
Creada por Diego San José que lleva años demostrando que no necesita una cámara para convertirse en autor— es posiblemente su obra más comprimida, menos complaciente y más sangrante. Esta serie, producida por 100 Balas y Buendía Estudios Canarias, nace de ese espacio extraño donde el costumbrismo se mezcla con una tristeza que parece hija ilegítima de “Fe de etarras” (Borja Cobeaga, 2017) y los pasillos silenciosos de “La Maternal” (2022). Lo que hay detrás de “Yakarta” es pura intuición narrativa, una historia pequeña que quiere ser grande sin elevar la voz, confiando en los detalles, en las semillas, en los silencios, en lo que se dice entre líneas.

Carla Quílez & Javier Cámara
San José escribe junto a Daniel Castro y Fernando Delgado-Hierro, y juntos articulan un guion milimétrico pero con apariencia de espontaneidad, de improvisación incluso. Esa es la trampa más hermosa de “Yakarta”, parece fácil, pero no hay nada fácil en esto. Cada frase de Javier Cámara (“El problema no es el bádminton, es España”, T1E2) está alineada con intenciones ocultas; cada diálogo tiene poso, contexto y trauma. Es un guion que respira. Que tose. Que huele a humanidad y a derrota.
La dirección principal corre a cargo de Elena Trapé (“Yo, adicto”), que ofrece esta vez un registro más árido que en “Celeste”, más gris, más pegado a la tierra. Como siempre, se nota su mano para dejar que los actores respiren en primer plano sin convertirlo en un festival de manierismos.
Delgado-Hierro dirige el Episodio 3 (T1E3), probablemente el más denso emocionalmente. Y Cámara, en un alarde inesperado, firma un Episodio 4 (T1E4) de esos capítulos botella que funcionan como radiografía, su mirada es íntima, claustrofóbica, casi autocrítica consigo mismo. A veces uno siente que está viendo el reverso emocional de su personaje incluso antes de que abra la boca.
La dirección principal corre a cargo de Elena Trapé (“Yo, adicto”), que ofrece esta vez un registro más árido que en “Celeste”, más gris, más pegado a la tierra. Como siempre, se nota su mano para dejar que los actores respiren en primer plano sin convertirlo en un festival de manierismos.
Delgado-Hierro dirige el Episodio 3 (T1E3), probablemente el más denso emocionalmente. Y Cámara, en un alarde inesperado, firma un Episodio 4 (T1E4) de esos capítulos botella que funcionan como radiografía, su mirada es íntima, claustrofóbica, casi autocrítica consigo mismo. A veces uno siente que está viendo el reverso emocional de su personaje incluso antes de que abra la boca.

La fotografía de Rita Noriega (“Celeste”) opta por una paleta apagada que acompaña perfectamente el tono de la serie. Los interiores son cálidos, casi sucios, los exteriores, desangelados, como si España fuera un domingo eterno sin nada abierto. No hay alardes, no hay pirotecnia, no hay glamour, solo luz natural, textura y verdad.El montaje (de Ana Pfaff, responsable de “La Maternal”) es limpio, casi quirúrgico, pero nunca frío. Alterna silencios con estallidos, miradas con huidas, carreteras con pasillos de instituto. Yakarta es gris, sí, pero no depresiva, es honesta. Y en su honestidad encuentra su belleza; La música juega un papel fundamental, Julio Iglesias aparece como un fantasma amable pero implacable. “Me olvidé de vivir” (1978) funciona como leitmotiv, como advertencia, como espejo roto. A veces la serie parece escrita desde esa línea.
Javier Cámara, el hombre que perdió todo, salvo la capacidad de aguantar. Cámara está bestial, seguramente en uno de sus mejores papeles desde “Vota Juan”. Su Joserra es un ser cansado, torcido, quemado por dentro, incapaz de olvidar y también incapaz de seguir adelante. Hay algo profundamente español en su mirada: ese hombre que sigue apostando al 92 porque es el año que más brilla en su memoria, aunque todo lo demás se haya caído. Cámara compone un personaje cómico, patético y trágico sin cambiar de tono, sin forzar nada. Le basta un gesto mínimo, una frase murmurada, una mirada esquiva.
Carla Quílez, rabia de niña, temple de veterana. Quílez confirma por qué “La Maternal” fue su trampolín. Construye a Mar sin clichés, sin domesticarla. Es feroz y tierna, silenciosa y explosiva. Su rabia no es un síntoma, es un idioma. Y las escenas con Cámara —sobre todo cuando él se desmorona— tienen una electricidad que en España no se ve tan a menudo.
Secundarios que sostienen, moldean y rompen: David Lorente, como Millán, ofrece una presencia que recuerda constantemente que el pasado no desaparece, solo cambia de forma; Marina Guerola, como Laura, aporta una humanidad desde la distancia, casi como un eco; Pilar Gómez está soberbia, menos es más, siempre.
“Yakarta” es una serie en la que casi todo lo importante sucede fuera de campo, lo cual no es casual, es una apuesta estética y narrativa. Pero cuando decide mostrar, lo hace con precisión quirúrgica.
Episodio 2 (T1E2): “El problema no es el bádminton, es España”.
Una frase que define la serie entera. Es política sin ser panfletaria. Es amarga sin ser cinismo.
Episodio 3 (T1E3): El trauma revelado, ese silencio que se rompe como un cristal viejo. Delgado-Hierro dirige el capítulo con una contención admirable.
Episodio 4 (T1E4): El regreso a Tardajos. La conversación en el bar de carretera, con Mar y Joserra enfrentados por una mesa que parece un océano. El espejo roto que abre el capítulo: metáfora explícita que funciona.
Los pájaros: Metáfora insistente, sí, pero tremendamente efectiva. El agaporni aterrado es quizá la imagen más triste de la serie.
Los karaokes de imitadores de Julio Iglesias: Brillante mezcla de patetismo y ternura. España en estado puro. “Yakarta” está construida como una carretera emocional: Llena de baches, pero avanza. Avanza siempre.
Javier Cámara, el hombre que perdió todo, salvo la capacidad de aguantar. Cámara está bestial, seguramente en uno de sus mejores papeles desde “Vota Juan”. Su Joserra es un ser cansado, torcido, quemado por dentro, incapaz de olvidar y también incapaz de seguir adelante. Hay algo profundamente español en su mirada: ese hombre que sigue apostando al 92 porque es el año que más brilla en su memoria, aunque todo lo demás se haya caído. Cámara compone un personaje cómico, patético y trágico sin cambiar de tono, sin forzar nada. Le basta un gesto mínimo, una frase murmurada, una mirada esquiva.
Carla Quílez, rabia de niña, temple de veterana. Quílez confirma por qué “La Maternal” fue su trampolín. Construye a Mar sin clichés, sin domesticarla. Es feroz y tierna, silenciosa y explosiva. Su rabia no es un síntoma, es un idioma. Y las escenas con Cámara —sobre todo cuando él se desmorona— tienen una electricidad que en España no se ve tan a menudo.
Secundarios que sostienen, moldean y rompen: David Lorente, como Millán, ofrece una presencia que recuerda constantemente que el pasado no desaparece, solo cambia de forma; Marina Guerola, como Laura, aporta una humanidad desde la distancia, casi como un eco; Pilar Gómez está soberbia, menos es más, siempre.
“Yakarta” es una serie en la que casi todo lo importante sucede fuera de campo, lo cual no es casual, es una apuesta estética y narrativa. Pero cuando decide mostrar, lo hace con precisión quirúrgica.
Episodio 2 (T1E2): “El problema no es el bádminton, es España”.
Una frase que define la serie entera. Es política sin ser panfletaria. Es amarga sin ser cinismo.
Episodio 3 (T1E3): El trauma revelado, ese silencio que se rompe como un cristal viejo. Delgado-Hierro dirige el capítulo con una contención admirable.
Episodio 4 (T1E4): El regreso a Tardajos. La conversación en el bar de carretera, con Mar y Joserra enfrentados por una mesa que parece un océano. El espejo roto que abre el capítulo: metáfora explícita que funciona.
Los pájaros: Metáfora insistente, sí, pero tremendamente efectiva. El agaporni aterrado es quizá la imagen más triste de la serie.
Los karaokes de imitadores de Julio Iglesias: Brillante mezcla de patetismo y ternura. España en estado puro. “Yakarta” está construida como una carretera emocional: Llena de baches, pero avanza. Avanza siempre.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Hay una idea esencial que late en toda la serie: solo pierden los que lo intentan. Un lema perverso, derrotista, que define a España mejor que miles de tesis doctorales. Joserra lo cree, Mar lo intuye, la Federación lo confirma. Yakarta no va de éxito, va de la imposibilidad de alcanzarlo. Va de volver, siempre volver, incluso cuando ya no queda nada a lo que regresar. Va de entender que los triunfos no importan porque nadie los recuerda, pero los fracasos se quedan incrustados como metralla emocional.
La decisión de no mostrar los partidos es brillante. Las victorias y derrotas están en otro lado: en una llamada telefónica, en una discusión, en un silencio compartido. El bádminton es un McGuffin, sí, pero uno honesto: nunca se pretende engañar al espectador.
El contraste entre la España gris y la Yakarta soñada es tan deliberado como devastador. Yakarta no es un lugar, es el derecho a imaginar que la vida puede ser de otra manera.
ZONA SPOILER
La decisión de no mostrar los partidos es brillante. Las victorias y derrotas están en otro lado: en una llamada telefónica, en una discusión, en un silencio compartido. El bádminton es un McGuffin, sí, pero uno honesto: nunca se pretende engañar al espectador.
El contraste entre la España gris y la Yakarta soñada es tan deliberado como devastador. Yakarta no es un lugar, es el derecho a imaginar que la vida puede ser de otra manera.
ZONA SPOILER

La serie culmina en un cierre emocional que no es redondo porque no debe serlo. Es crudo, ambiguo, doloroso. El grito final de Mar —eco del primer episodio— es quizá el mejor cierre posible. No es llamada de auxilio, es llamada de reconocimiento. Es admitir que necesita a Joserra, pero solo porque él también la necesita a ella. Una alianza entre rotos.
El enfrentamiento con la Federación no se resuelve, porque en España nada se resuelve. Se parchea, se olvida, se guarda en un cajón.
El último plano, con la canción de Julio Iglesias flotando sobre la carretera, funciona como un epitafio irónico: “De tanto querer ser en todo el primero, me olvidé de vivir los detalles pequeños”. Ahí está la tesis completa de la serie. Joserra y Mar no llegan a Yakarta. O sí. Pero da igual, Yakarta es un poema, no un destino.
Y así termina esta dramedia imperfecta y maravillosa, esta serie que parece pequeña pero pesa más que muchas superproducciones: Una obra sobre los derrotados, los olvidados y los que siguen respirando, aunque a veces les cueste. Gloria Ucrania!!!
El enfrentamiento con la Federación no se resuelve, porque en España nada se resuelve. Se parchea, se olvida, se guarda en un cajón.
El último plano, con la canción de Julio Iglesias flotando sobre la carretera, funciona como un epitafio irónico: “De tanto querer ser en todo el primero, me olvidé de vivir los detalles pequeños”. Ahí está la tesis completa de la serie. Joserra y Mar no llegan a Yakarta. O sí. Pero da igual, Yakarta es un poema, no un destino.
Y así termina esta dramedia imperfecta y maravillosa, esta serie que parece pequeña pero pesa más que muchas superproducciones: Una obra sobre los derrotados, los olvidados y los que siguen respirando, aunque a veces les cueste. Gloria Ucrania!!!
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