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Voto de TOM REGAN:
6
Voto de TOM REGAN:
6
7.0
2,106
Romance. Drama
Siglo XIX, Rusia zarista. Adaptación de la novela homónima del escritor ruso Leon Tolstoi. El conde Vronsky, un joven y apuesto oficial, se enamora perdidamente de Anna Karenina, esposa de un alto funcionario de San Petersburgo. Cuando se conocieron en una estación de tren, un guardavías murió arrollado por un tren, y Anna interpretó este hecho como un mal augurio. Como el marido de Anna se niega concederle el divorcio, deciden vivir ... [+]
14 de abril de 2026
14 de abril de 2026
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
196/16(08/04/26) Con esta versión de “Anna Karenina” tengo la sensación de haber asistido a una gran tragedia comprimida hasta la asfixia: un melodrama elegante, visualmente impecable, interpretado con altura —sobre todo por Greta Garbo—, pero dramáticamente mutilado, incapaz de hacerme creer del todo en el amor que pretende elevar a mito. La fatalidad está ahí, sí, pero avanza más como obligación narrativa que como destino inevitable.
Lo primero que me asalta es la desproporción: adaptar a León Tolstói —y concretamente “Anna Karenina”, una de las cumbres de la literatura universal— en apenas hora y media es poco menos que una temeridad. Metro-Goldwyn-Mayer, siempre tan consciente de su prestigio, apuesta por la vía del lujo y la síntesis, confiando en que la forma supla al fondo. Y en parte lo logra… pero solo en parte.
Dirige Clarence Brown (“Intruder in the Dust”), artesano refinado, más preocupado por la elegancia que por la profundidad. Se nota que la película está concebida como un gran vehículo para Garbo, más que como una adaptación integral del texto. El guion poda sin piedad: desaparecen subtramas esenciales, especialmente todo el arco de Levin, que en la novela es casi el eje moral. Aquí, en cambio, todo se reduce al triángulo Anna–Vronsky–Karenin.
El resultado es una narrativa que avanza como ese tren que tanto simboliza la historia: imparable, sí, pero también rígido, predeterminado, incapaz de detenerse a respirar.
Donde la película sí brilla —y con fuerza— es en su envoltorio. La ambientación es fastuosa: salones aristocráticos, estaciones envueltas en vapor, teatros convertidos en escaparates sociales… Todo respira ese refinamiento artificial que Hollywood sabía construir como nadie.
La dirección artística es impecable, el vestuario opulento y perfectamente integrado en la dramaturgia social de la historia: aquí el traje no solo viste, sino que define jerarquías y máscaras. La fotografía, elegante y clásica, se recrea en los primeros planos de Garbo como si supiera que ahí reside el verdadero núcleo emocional.
La música de Herbert Stothart (“El mago de Oz”) acompaña con solvencia, oscilando entre lo popular y lo sinfónico sin estridencias. Todo suena bien, todo luce bien… pero pocas veces duele como debería.
Si la película no se derrumba por completo, es por Greta Garbo. No es una exageración: Garbo es la película. Hay algo en su presencia —esa mezcla de frialdad, fragilidad y misterio— que convierte incluso los momentos más precipitados en algo digno de contemplación. Su voz, grave y melancólica, sostiene diálogos que, en otras bocas, sonarían impostados. Su rostro, filmado con devoción casi religiosa, transmite más que muchas escenas enteras. Desde su aparición entre el vapor de la estación hasta su descenso final hacia la tragedia, Garbo dota al personaje de una sensación de fatalidad que el guion no siempre justifica. Ella sí me convence de que Anna está condenada. La película, en cambio, no siempre. Especialmente poderosa me resulta su progresiva descomposición: esa manera de pasar del control al temblor, de la dignidad al desgarro. Y frases como: “Sea cual sea la forma en que uno viva, supongo que hay un precio que pagar”. Resuenan más por cómo las dice que por lo que realmente construye la película a su alrededor.
El contraste con sus compañeros es evidente.
Fredric March, como Vronsky, me resulta sorprendentemente débil. Hay algo impostado en su interpretación, una falta de naturalidad que hace difícil creer en su magnetismo. Su amor por Anna no arde: se declara.
En cambio, Basil Rathbone (“The Adventures of Robin Hood”) está magnífico como Karenin. Su contención, su rigidez moral, su forma de convertir la humillación en orgullo herido… todo en él tiene una densidad que la película agradece. Es, probablemente, el único que logra equilibrar a Garbo.
El resto del reparto cumple sin más, aunque destaca cierta irritación en el tratamiento del hijo de Anna, interpretado por Freddie Bartholomew, cuyo sentimentalismo roza lo empalagoso hasta romper la tensión dramática.
Hay momentos donde la película roza lo que podría haber sido.
La escena del teatro es especialmente reveladora: no es tanto una representación artística como un circo social, un escaparate de hipocresías donde Anna es juzgada sin piedad. Ahí sí aparece el Tolstói crítico, el que desenmascara la moral de la aristocracia.
También funciona el arranque, con ese presagio brutal del hombre aplastado en la estación: una imagen potente, simbólica, que anticipa el destino de Anna.
Y, por supuesto, el desenlace. Aunque llega demasiado rápido, la escena final conserva una fuerza trágica innegable, en gran medida gracias a Garbo, que consigue que el espectador sienta el peso de lo inevitable.
Y aquí está el núcleo de mi decepción: no termino de creer en la historia de amor. El romance entre Anna y Vronsky surge con una rapidez que roza lo arbitrario. Falta desarrollo, falta tiempo, falta conflicto interno. Cuando la película me dice que ese amor lo es todo, yo aún estoy intentando entender por qué. Esto es especialmente grave porque toda la tragedia depende de ello. Si no creo en ese amor, tampoco creo en su destrucción.
El guion intenta compensarlo con frases intensas —“Estoy harta del amor!”»— y con una progresión dramática acelerada, pero no basta. La emoción necesita madurar, y aquí apenas tiene tiempo de existir.
Al final, lo que me queda es una sensación de oportunidad desaprovechada.
La película simplifica la complejidad moral de la novela, elimina sus múltiples capas sociales y filosóficas, y se centra en un melodrama que, aunque elegante, carece de la profundidad necesaria para trascender.
Desaparece el contraste entre campo y ciudad, la reflexión sobre las clases sociales, la dimensión espiritual del texto original… Todo queda reducido a una historia de adulterio con barniz de tragedia.
Lo primero que me asalta es la desproporción: adaptar a León Tolstói —y concretamente “Anna Karenina”, una de las cumbres de la literatura universal— en apenas hora y media es poco menos que una temeridad. Metro-Goldwyn-Mayer, siempre tan consciente de su prestigio, apuesta por la vía del lujo y la síntesis, confiando en que la forma supla al fondo. Y en parte lo logra… pero solo en parte.
Dirige Clarence Brown (“Intruder in the Dust”), artesano refinado, más preocupado por la elegancia que por la profundidad. Se nota que la película está concebida como un gran vehículo para Garbo, más que como una adaptación integral del texto. El guion poda sin piedad: desaparecen subtramas esenciales, especialmente todo el arco de Levin, que en la novela es casi el eje moral. Aquí, en cambio, todo se reduce al triángulo Anna–Vronsky–Karenin.
El resultado es una narrativa que avanza como ese tren que tanto simboliza la historia: imparable, sí, pero también rígido, predeterminado, incapaz de detenerse a respirar.
Donde la película sí brilla —y con fuerza— es en su envoltorio. La ambientación es fastuosa: salones aristocráticos, estaciones envueltas en vapor, teatros convertidos en escaparates sociales… Todo respira ese refinamiento artificial que Hollywood sabía construir como nadie.
La dirección artística es impecable, el vestuario opulento y perfectamente integrado en la dramaturgia social de la historia: aquí el traje no solo viste, sino que define jerarquías y máscaras. La fotografía, elegante y clásica, se recrea en los primeros planos de Garbo como si supiera que ahí reside el verdadero núcleo emocional.
La música de Herbert Stothart (“El mago de Oz”) acompaña con solvencia, oscilando entre lo popular y lo sinfónico sin estridencias. Todo suena bien, todo luce bien… pero pocas veces duele como debería.
Si la película no se derrumba por completo, es por Greta Garbo. No es una exageración: Garbo es la película. Hay algo en su presencia —esa mezcla de frialdad, fragilidad y misterio— que convierte incluso los momentos más precipitados en algo digno de contemplación. Su voz, grave y melancólica, sostiene diálogos que, en otras bocas, sonarían impostados. Su rostro, filmado con devoción casi religiosa, transmite más que muchas escenas enteras. Desde su aparición entre el vapor de la estación hasta su descenso final hacia la tragedia, Garbo dota al personaje de una sensación de fatalidad que el guion no siempre justifica. Ella sí me convence de que Anna está condenada. La película, en cambio, no siempre. Especialmente poderosa me resulta su progresiva descomposición: esa manera de pasar del control al temblor, de la dignidad al desgarro. Y frases como: “Sea cual sea la forma en que uno viva, supongo que hay un precio que pagar”. Resuenan más por cómo las dice que por lo que realmente construye la película a su alrededor.
El contraste con sus compañeros es evidente.
Fredric March, como Vronsky, me resulta sorprendentemente débil. Hay algo impostado en su interpretación, una falta de naturalidad que hace difícil creer en su magnetismo. Su amor por Anna no arde: se declara.
En cambio, Basil Rathbone (“The Adventures of Robin Hood”) está magnífico como Karenin. Su contención, su rigidez moral, su forma de convertir la humillación en orgullo herido… todo en él tiene una densidad que la película agradece. Es, probablemente, el único que logra equilibrar a Garbo.
El resto del reparto cumple sin más, aunque destaca cierta irritación en el tratamiento del hijo de Anna, interpretado por Freddie Bartholomew, cuyo sentimentalismo roza lo empalagoso hasta romper la tensión dramática.
Hay momentos donde la película roza lo que podría haber sido.
La escena del teatro es especialmente reveladora: no es tanto una representación artística como un circo social, un escaparate de hipocresías donde Anna es juzgada sin piedad. Ahí sí aparece el Tolstói crítico, el que desenmascara la moral de la aristocracia.
También funciona el arranque, con ese presagio brutal del hombre aplastado en la estación: una imagen potente, simbólica, que anticipa el destino de Anna.
Y, por supuesto, el desenlace. Aunque llega demasiado rápido, la escena final conserva una fuerza trágica innegable, en gran medida gracias a Garbo, que consigue que el espectador sienta el peso de lo inevitable.
Y aquí está el núcleo de mi decepción: no termino de creer en la historia de amor. El romance entre Anna y Vronsky surge con una rapidez que roza lo arbitrario. Falta desarrollo, falta tiempo, falta conflicto interno. Cuando la película me dice que ese amor lo es todo, yo aún estoy intentando entender por qué. Esto es especialmente grave porque toda la tragedia depende de ello. Si no creo en ese amor, tampoco creo en su destrucción.
El guion intenta compensarlo con frases intensas —“Estoy harta del amor!”»— y con una progresión dramática acelerada, pero no basta. La emoción necesita madurar, y aquí apenas tiene tiempo de existir.
Al final, lo que me queda es una sensación de oportunidad desaprovechada.
La película simplifica la complejidad moral de la novela, elimina sus múltiples capas sociales y filosóficas, y se centra en un melodrama que, aunque elegante, carece de la profundidad necesaria para trascender.
Desaparece el contraste entre campo y ciudad, la reflexión sobre las clases sociales, la dimensión espiritual del texto original… Todo queda reducido a una historia de adulterio con barniz de tragedia.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Y sí, entiendo que es imposible adaptar una obra de más de mil páginas en 95 minutos. Pero entre la fidelidad total y la simplificación excesiva hay un término medio que aquí no se alcanza.
Me quedo con la belleza, con la atmósfera, con Garbo dominando cada plano como si el cine existiera solo para ella. Pero también me quedo con la sensación de vacío, de historia amputada, de emoción que no llega a desplegarse. Es una película que se admira más de lo que se siente.
ZONA SPOILER
El desenlace bajo el tren debería ser devastador. Y, sin embargo, aunque visualmente funciona y Garbo lo eleva, no me destruye como debería. Porque la tragedia no se construye solo con destino, sino con recorrido. Y aquí ese recorrido ha sido demasiado breve, demasiado simplificado. Anna no cae: es empujada por un guion que corre más que ella.
Y aun así… cuando la veo, cuando escucho ese temblor en su voz, cuando su rostro se quiebra… casi me convence de que todo ha valido la pena. Casi.
Elegante, icónica por momentos, pero emocionalmente insuficiente para la magnitud de lo que adapta. Garbo la salva; Tolstói, en cambio, se queda fuera del encuadre.
Gloria Ucrania!!!
Me quedo con la belleza, con la atmósfera, con Garbo dominando cada plano como si el cine existiera solo para ella. Pero también me quedo con la sensación de vacío, de historia amputada, de emoción que no llega a desplegarse. Es una película que se admira más de lo que se siente.
ZONA SPOILER
El desenlace bajo el tren debería ser devastador. Y, sin embargo, aunque visualmente funciona y Garbo lo eleva, no me destruye como debería. Porque la tragedia no se construye solo con destino, sino con recorrido. Y aquí ese recorrido ha sido demasiado breve, demasiado simplificado. Anna no cae: es empujada por un guion que corre más que ella.
Y aun así… cuando la veo, cuando escucho ese temblor en su voz, cuando su rostro se quiebra… casi me convence de que todo ha valido la pena. Casi.
Elegante, icónica por momentos, pero emocionalmente insuficiente para la magnitud de lo que adapta. Garbo la salva; Tolstói, en cambio, se queda fuera del encuadre.
Gloria Ucrania!!!
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