César debe morir
2012 

6.7
4,206
18 de febrero de 2017
18 de febrero de 2017
3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
El arte es vida, belleza, despertar, descubrimiento… Es magnificación y cuidada interpretación de las hermosas y fascinantes vivencias que suelen ocurrir en la cotidianidad; es exaltación de las poderosas hazañas por las que algunos seres humanos han alcanzado la inmortalidad y, entre otras cosas, con espíritu crítico también da cuenta de los deplorables hechos que jamás deberían volver a suceder.
Con el hacer, el arte da sentido a la vida del hombre, lo saca de la inanidad, la dispersión y el desencanto; le da ocasión de encontrar, o reencontrarse, con el amor, la grandeza y la magia que abunda en el mundo; y le va llevando por el camino del conocimiento, el cual le permitirá allegar la plenitud, la compasión y la esperanza.
Los directores italianos, Paolo y Vittorio Taviani, saben mucho de la vida del hombre del común, y fue esto lo que los impulsó a sacar avante un novedoso ejercicio: Filmar un montaje teatral (la obra: “Julio César” de William Shakespeare ¡nada menos!) en el que, los protagonistas, fueran reclusos en una penitenciaría de alta seguridad, tarea que, además de ofrecer un alto riesgo, cualquier eventualidad podía tirarla al traste. Para el caso se eligió la cárcel de Rebibbia (Casa Circondariale Rebibbia) y tras un amplio casting llevado a cabo por el director de actores Fabio Cavalli, se eligió a Giovanni Arcuri para representar a Julio César, Cosimo Rega (Cassio), Salvatore Striano (Brutus) y Antonio Frasca (Marco Antonio), entre otros. Todos ellos, condenados a cadena perpetua o a largos años de confinamiento, por participación en el crimen organizado, tráfico de drogas y otros graves delitos.
La tarea fue ardua y compleja –con alto aporte del Centro de Estudios Enrico María Salerno-, y el producto final, tiene tres admirables y memorables méritos: Primero, las actuaciones resultaron particularmente emotivas, muy calificadas y de la más alta trascendencia por la ‘autenticidad’ de sus intérpretes y el compromiso que asumieron a todo lo largo del proceso. Dos, el montaje se llevo a cabo con el mayor profesionalismo y sus logros visuales son incuestionables. Por último, el gran valor agregado, es la demostración de que, lo que todo hombre necesita es una oportunidad.
Lo que luego pasó con la vida de algunos de ellos, lo veremos al final del filme y esto nos reafirma en la idea por la que venimos luchando desde hace muchos años: Lo único que puede dignificar a las cárceles, es que se asuma en ellas el más alto compromiso por la resociliación del hombre y, sólo al llegar a este proceso, podremos decir que estamos avanzando hacia verdaderos niveles de civilización.
Hay momentos muy significativos como cuando Striano se impacta con una frase de Shakespeare que le recuerda un episodio semejante que él mismo vivió… o cuando Arcuri lamenta no haber valorado el arte y la historia cuando se los enseñaron en el colegio.
En fin, que, “CÉSAR DEBE MORIR” -filme galardonado con el Oso de Plata en el Festival de Berlín-, hace honor a los caídos en desgracia, muchos de los cuales todavía purgan sus condenas por los errores y horrores cometidos, y con gran altura y compromiso, demuestra que también en ellos continúa latente la voluntad de ser, el talento dignificante… y ciertos rasgos de la Divinidad presente.
Si tú has tenido la generosidad de leer esto y has accedido a la película, ¡por favor, envíale una copia del filme a tu presidente, y mantengamos la esperanza de que alguno se anime a replicar éste relevante ejercicio! Ganará el hombre y ganará la sociedad.
Con el hacer, el arte da sentido a la vida del hombre, lo saca de la inanidad, la dispersión y el desencanto; le da ocasión de encontrar, o reencontrarse, con el amor, la grandeza y la magia que abunda en el mundo; y le va llevando por el camino del conocimiento, el cual le permitirá allegar la plenitud, la compasión y la esperanza.
Los directores italianos, Paolo y Vittorio Taviani, saben mucho de la vida del hombre del común, y fue esto lo que los impulsó a sacar avante un novedoso ejercicio: Filmar un montaje teatral (la obra: “Julio César” de William Shakespeare ¡nada menos!) en el que, los protagonistas, fueran reclusos en una penitenciaría de alta seguridad, tarea que, además de ofrecer un alto riesgo, cualquier eventualidad podía tirarla al traste. Para el caso se eligió la cárcel de Rebibbia (Casa Circondariale Rebibbia) y tras un amplio casting llevado a cabo por el director de actores Fabio Cavalli, se eligió a Giovanni Arcuri para representar a Julio César, Cosimo Rega (Cassio), Salvatore Striano (Brutus) y Antonio Frasca (Marco Antonio), entre otros. Todos ellos, condenados a cadena perpetua o a largos años de confinamiento, por participación en el crimen organizado, tráfico de drogas y otros graves delitos.
La tarea fue ardua y compleja –con alto aporte del Centro de Estudios Enrico María Salerno-, y el producto final, tiene tres admirables y memorables méritos: Primero, las actuaciones resultaron particularmente emotivas, muy calificadas y de la más alta trascendencia por la ‘autenticidad’ de sus intérpretes y el compromiso que asumieron a todo lo largo del proceso. Dos, el montaje se llevo a cabo con el mayor profesionalismo y sus logros visuales son incuestionables. Por último, el gran valor agregado, es la demostración de que, lo que todo hombre necesita es una oportunidad.
Lo que luego pasó con la vida de algunos de ellos, lo veremos al final del filme y esto nos reafirma en la idea por la que venimos luchando desde hace muchos años: Lo único que puede dignificar a las cárceles, es que se asuma en ellas el más alto compromiso por la resociliación del hombre y, sólo al llegar a este proceso, podremos decir que estamos avanzando hacia verdaderos niveles de civilización.
Hay momentos muy significativos como cuando Striano se impacta con una frase de Shakespeare que le recuerda un episodio semejante que él mismo vivió… o cuando Arcuri lamenta no haber valorado el arte y la historia cuando se los enseñaron en el colegio.
En fin, que, “CÉSAR DEBE MORIR” -filme galardonado con el Oso de Plata en el Festival de Berlín-, hace honor a los caídos en desgracia, muchos de los cuales todavía purgan sus condenas por los errores y horrores cometidos, y con gran altura y compromiso, demuestra que también en ellos continúa latente la voluntad de ser, el talento dignificante… y ciertos rasgos de la Divinidad presente.
Si tú has tenido la generosidad de leer esto y has accedido a la película, ¡por favor, envíale una copia del filme a tu presidente, y mantengamos la esperanza de que alguno se anime a replicar éste relevante ejercicio! Ganará el hombre y ganará la sociedad.
22 de noviembre de 2012
22 de noviembre de 2012
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
El Belrinale Palast estaba hasta los topes... de invitados por la organización. Actores, directores y otras caras bonitas, además de otros visitantes que estaban allí por compromiso se apelotonaban en las butacas de la instalación insignia de un festival que estaba a punto de cerrar su 62ª edición. A unos escasos doscientos metros del epicentro mediático, cuatro gatos se daban encuentro en la sala de cine habilitada para que los miembros acreditados de la prensa pudieran ver en directo una gala de clausura que (la pírrica asistencia a aquel potente refugio invernal no mentía) despertaba más bien poco interés. Más que por el discreto -dejémoslo así- nivel competitivo en la Sección Oficial, porque el ganador del Oso de Oro estaba cantado... o esto parecía.
El húngaro Benedek Fliegauf aparecía en la pole position de la amplísima mayoría de quinielas, merced a su terrorífica y arriesgada última creación: 'Just the Wind', sobre los recientes -y lamentablemente perdurables- estallidos de odio y violencia contra la comunidad gitana en el propio país del director. El segundo en discordia era el portugués Miguel Gomes con su ''murnauesca'' 'Tabu', ensoñación amorosa a través del tiempo y del cine que se hizo especialmente con el corazón de la crítica. O uno o el otro. No había lugar para la sorpresa. Pero la gala empezó, y mientras el director del certamen Dieter Kosslick rozaba el ridículo -dejémoslo así también- a ritmo bollywoodiense, los grandes favoritos iban subiendo al escenario antes de tiempo, obviamente con cara de Poker. Premio Alfred Bauer para Gomes y Gran Premio del Jurado para Fliegauf. Llegado el momento, y con Ursula Meier también fuera de juego (a ella le tocó el regalo envenenado del Premio Especial del Jurado), quedó la pregunta: ¿Quién demonios queda para premiar?
La solución al gran enigma encontró como protagonista a una película olvidada, firmada por unos directores precisamente a punto de caer -por méritos propios- en el más profundo de los olvidos. El Oso de Oro acabó volando a Italia, adjudicándose éste a Paolo y Vittorio Taviani, quienes volvían al estrellato gracias a una cinta en un principio menospreciada, pero posteriormente revalorizada. En efecto, en el momento de su presentación oficial en sociedad quizás no recibiera ésta la atención que exigía y, de hecho, pedía a gritos, pero poco a poco (y más rápidamente después del fallo final del Jurado presidido por Mike Leigh), fue creciendo dentro de la memoria de unos espectadores que al final de la aventura berlinesa quizás sentían ligeros remordimientos en lo más hondo de su conciencia.
Es lo que acostumbra a pasar con la vorágine que caracteriza cualquier festival cinematográfico: la avalancha de celuloide a la que se somete el cerebro hace que queden enterradas aquellas películas que se empeñan en mostrar su encanto de forma discreta, lejos de la contundencia con la que suelen presentar candidatura las cintas supuestamente predestinadas a acapararlo todo en el palmarés. La titular del último Oso de Oro sin duda pertenece al primer grupo de películas, y su título, por cierto, es 'César debe morir'. Lo mismo debían pensar obviamente muchos de los personajes implicados en el clásico complot político concebido por una de las mentes más geniales de la historia de la humanidad. En el Julio César de William Shakespeare se impartía una lección maestra de retórica, destapándose así las luces y las sombras de una de las armas más poderosas jamás concebidas...
En esta poco-al-uso versión cinematográfica se derivan otras muchas más conclusiones, saltando la mayoría de ellas la ''barrera'' de la pantalla en la que quedan plasmadas. Después de su último y fallido largometraje, en el que contaron con la participación de "nuestra" Paz Vega, los imprevisibles Paolo y Vittorio Taviani decidieron apostar al caballo ganador, y claro está, la jugada les salió bien. Dicho caballo lleva al mismo tiempo y de forma explícita e implícita respectivamente el nombre, tanto del emperador romano por antonomasia, como del mejor dramaturgo de todos los tiempos. La obra escrita por el superlativo autor británico alimenta este interesante documental ficcionado en blanco y negro en su mayor parte, que nos pone en la piel de varios reclusos que se han apuntado a un taller de teatro en la prisión en la que cumplen condena.
Entre los ensayos y la representación final, se va filtrando poco a poco la tensa cotidianeidad del encierro penitenciario, mientras el complot para asesinar al César se va descubriendo como una deliciosa evasión (y a la vez, como un terrible recordatorio) de la cruda realidad. Los Taviani fían la práctica totalidad del proyecto al legendario escritor, al escribir éste casi todo el guión, en un acto de conservadurismo más que justificado. Al fin y al cabo, ¿quién osa contradecir a Shakespeare? A la cuenta redentora y reivindicativa de los germanos se debe adjudicar, una vez más, el perfecto gusto teatral, que se manifiesta en esta ocasión en un delicioso juego entre distintos lenguajes a priori reconciliables, pero que juntos reflexionan lúcidamente sobre los límites de la realidad y la ficción, así como sobre el carácter universal de toda buena pieza artística. Mientras, los presos se transforman y disfrutan con esta impagable experiencia... el espectador todavía más. ¿Y quién no? Al fin y al cabo, ¿a quién diablos no le gusta Shakespeare?
El húngaro Benedek Fliegauf aparecía en la pole position de la amplísima mayoría de quinielas, merced a su terrorífica y arriesgada última creación: 'Just the Wind', sobre los recientes -y lamentablemente perdurables- estallidos de odio y violencia contra la comunidad gitana en el propio país del director. El segundo en discordia era el portugués Miguel Gomes con su ''murnauesca'' 'Tabu', ensoñación amorosa a través del tiempo y del cine que se hizo especialmente con el corazón de la crítica. O uno o el otro. No había lugar para la sorpresa. Pero la gala empezó, y mientras el director del certamen Dieter Kosslick rozaba el ridículo -dejémoslo así también- a ritmo bollywoodiense, los grandes favoritos iban subiendo al escenario antes de tiempo, obviamente con cara de Poker. Premio Alfred Bauer para Gomes y Gran Premio del Jurado para Fliegauf. Llegado el momento, y con Ursula Meier también fuera de juego (a ella le tocó el regalo envenenado del Premio Especial del Jurado), quedó la pregunta: ¿Quién demonios queda para premiar?
La solución al gran enigma encontró como protagonista a una película olvidada, firmada por unos directores precisamente a punto de caer -por méritos propios- en el más profundo de los olvidos. El Oso de Oro acabó volando a Italia, adjudicándose éste a Paolo y Vittorio Taviani, quienes volvían al estrellato gracias a una cinta en un principio menospreciada, pero posteriormente revalorizada. En efecto, en el momento de su presentación oficial en sociedad quizás no recibiera ésta la atención que exigía y, de hecho, pedía a gritos, pero poco a poco (y más rápidamente después del fallo final del Jurado presidido por Mike Leigh), fue creciendo dentro de la memoria de unos espectadores que al final de la aventura berlinesa quizás sentían ligeros remordimientos en lo más hondo de su conciencia.
Es lo que acostumbra a pasar con la vorágine que caracteriza cualquier festival cinematográfico: la avalancha de celuloide a la que se somete el cerebro hace que queden enterradas aquellas películas que se empeñan en mostrar su encanto de forma discreta, lejos de la contundencia con la que suelen presentar candidatura las cintas supuestamente predestinadas a acapararlo todo en el palmarés. La titular del último Oso de Oro sin duda pertenece al primer grupo de películas, y su título, por cierto, es 'César debe morir'. Lo mismo debían pensar obviamente muchos de los personajes implicados en el clásico complot político concebido por una de las mentes más geniales de la historia de la humanidad. En el Julio César de William Shakespeare se impartía una lección maestra de retórica, destapándose así las luces y las sombras de una de las armas más poderosas jamás concebidas...
En esta poco-al-uso versión cinematográfica se derivan otras muchas más conclusiones, saltando la mayoría de ellas la ''barrera'' de la pantalla en la que quedan plasmadas. Después de su último y fallido largometraje, en el que contaron con la participación de "nuestra" Paz Vega, los imprevisibles Paolo y Vittorio Taviani decidieron apostar al caballo ganador, y claro está, la jugada les salió bien. Dicho caballo lleva al mismo tiempo y de forma explícita e implícita respectivamente el nombre, tanto del emperador romano por antonomasia, como del mejor dramaturgo de todos los tiempos. La obra escrita por el superlativo autor británico alimenta este interesante documental ficcionado en blanco y negro en su mayor parte, que nos pone en la piel de varios reclusos que se han apuntado a un taller de teatro en la prisión en la que cumplen condena.
Entre los ensayos y la representación final, se va filtrando poco a poco la tensa cotidianeidad del encierro penitenciario, mientras el complot para asesinar al César se va descubriendo como una deliciosa evasión (y a la vez, como un terrible recordatorio) de la cruda realidad. Los Taviani fían la práctica totalidad del proyecto al legendario escritor, al escribir éste casi todo el guión, en un acto de conservadurismo más que justificado. Al fin y al cabo, ¿quién osa contradecir a Shakespeare? A la cuenta redentora y reivindicativa de los germanos se debe adjudicar, una vez más, el perfecto gusto teatral, que se manifiesta en esta ocasión en un delicioso juego entre distintos lenguajes a priori reconciliables, pero que juntos reflexionan lúcidamente sobre los límites de la realidad y la ficción, así como sobre el carácter universal de toda buena pieza artística. Mientras, los presos se transforman y disfrutan con esta impagable experiencia... el espectador todavía más. ¿Y quién no? Al fin y al cabo, ¿a quién diablos no le gusta Shakespeare?
3 de enero de 2013
3 de enero de 2013
3 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
Sobre todo, arte, arte en estado puro, un camino a seguir como trabajo de actores, directores y demás oficios aquí representados. Una obra que si algo consiguió fue atarme, emocionarme… sorprenderme, algo que no me esperaba. Como gente de un correccional pudiera sacar ese talento y esa magia y de cómo los directores manejan el proyecto, supongo que el cache de los hermanos Tiviani no es en vano, la tranquilidad con la que elaborar la obra es difícil de superar. Un casting donde es brillante ver esa fuerza y espontaneidad. Los actores sin ni siquiera tener nada que ver con el cine o teatro, son o han sido maleantes, mafiosos o ladrones que cumplen condena y que ven en los talleres de teatro de la cárcel de Rebibbia una escapatoria imaginaria, de cómo el camino que tienen que seguir se les hace más corto subidos en el escenario. Los Taviani entran en sus celdas para seguir con su “experimento social” y ver que piensan, enseñarnos sus miedos y mostramos el pasado oscuro y aun así nos siguen asombrando con la espontaneidad y las tablas que tienen.
Rodada en blanco y negro para realzar más el estilo dramático de la obra.
www.cine-autor.com
Rodada en blanco y negro para realzar más el estilo dramático de la obra.
www.cine-autor.com
6 de abril de 2013
6 de abril de 2013
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
No entiendo ciertas críticas. Según yo la eniendo no se trata de mensajes sociales. Trata de un grupo de reclusos que sin el oficio ni los resabios de la cultura teatral afrontan un drama de Shakespeare, prestando sus voces, sus cuerpos y sus sentidos a los personajes del drama. Economía expresiva, utilizando el texto para una puesta en escena dirigida a potenciarlo y hacérselo sentir al público. Diríase una aplicación de las clases de Peter Brook. El por qué de la elección de la obra... quizás como decía Fuller: violencia, amor y muerte.
21 de julio de 2021
21 de julio de 2021
2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
César debe morir es algo más que una interesante propuesta. En una prisión de máxima seguridad en Rebibbia, Italia, un director teatral selecciona varios internos que quieran participar y luego de una selección en las que les induce a actuar un pequeño "guión" en dos tipos de circustancias diferentes (bajo angustia o bajo presión) ensaya con el grupo para poner en escena una obra de teatro basada en el "Julio César" de William Shakespeare.Es un muy interesante análisis semiótico de las almas de las personas con sus cargas y condenas que se entremezclan con los roles que deben interpretar, lo cual lo hace particularmente atractiva, ya que los actores de la película son internos reales y en los casos principales es mencionado el delito que lo llevó a la condena y de cuánto es la condena. Sin riesgo de ser una denuncia al sistema carcelario, es un acercamiento al mismo desde un lugar neutro y más confortable si se quiere, no por ello se puede percibir cierto aire o brisa de implacabilidad. como por ejemplo ver como un actor después de interpretar una escena memorable vuelve a su celda acompañado de un guardia que vigila que entre y cierre con llave sin emitir sonido alguno y oyéndose sólamente el sonido de los pasos y el giro de las llaves al abrir y cerrar las celdas.
Las actuaciones son verdaderamente muy buenas y parece realmente una obra de teatro. No lo interpreté como un film histórico ni como una adaptación del clásico del célebre escritor, sencillamente me deleité con la austera puesta en escena y las magníficas actuaciones y con el paso de los años y el evolucionar de las taquillas siento que cada día se justifica más que existan estas películas. La recomiendo ampliamente
Las actuaciones son verdaderamente muy buenas y parece realmente una obra de teatro. No lo interpreté como un film histórico ni como una adaptación del clásico del célebre escritor, sencillamente me deleité con la austera puesta en escena y las magníficas actuaciones y con el paso de los años y el evolucionar de las taquillas siento que cada día se justifica más que existan estas películas. La recomiendo ampliamente
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