Buenos días
7.8
3,843
Comedia
Japón, años 50. Como todos los días, los miembros de una familia se disponen a afrontar sus problemas, sueños y realidades. El padre, con los altibajos de su trabajo y las exigencias que impone la educación de los hijos. La madre, administrando los ingresos familiares y atendiendo a las múltiples complicaciones de la vida doméstica. Y los hijos obsesionados por tener televisión en casa, y uno de ellos enfrascado en sus estudios y ... [+]
17 de abril de 2013
17 de abril de 2013
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me estoy ajaponesando a pasos de gigante; en una semana llevo dos pelis niponas! Quién me iba a decir a mí que a estas alturas de mi vida cinéfila me iba a dar por este vicio!Bueno, es tanta mi empatía con lo japonés que mi primera crítica de Yasujiro Ozu ha sido literalmente bombardeada… a negativos. Se ve que a unos cuantos fans del reputado director no debió hacerle mucha gracia. En fin, a ver si ésta les gusta un poco más y me salvan la vida.
Para mí hay una palabra que define perfectamente el cine de Ozu: sencillez. Eso es lo que a mí más me gusta de él. Sus películas no tienen apenas acción; son meros testimonios costumbristas, estampas de la sociedad nipona. Gente que habla, que ríe, que come, que se levanta y que se acuesta. Y alguno dirá: y para eso voy yo al cine? Vaya rollo! Pues mira, no resulta rollo porque encima el tío tiene un gran sentido del humor y al mismo tiempo que te vas enterando de los entresijos de la sociedad japonesa, te ríes.
Para mí hay una palabra que define perfectamente el cine de Ozu: sencillez. Eso es lo que a mí más me gusta de él. Sus películas no tienen apenas acción; son meros testimonios costumbristas, estampas de la sociedad nipona. Gente que habla, que ríe, que come, que se levanta y que se acuesta. Y alguno dirá: y para eso voy yo al cine? Vaya rollo! Pues mira, no resulta rollo porque encima el tío tiene un gran sentido del humor y al mismo tiempo que te vas enterando de los entresijos de la sociedad japonesa, te ríes.

En este caso Ozu se centra en la vida de una comunidad, una especie de “La que se avecina” pero a la nipona. Con su radiopatio, sus chismecillos, sus intrigas, sus dimes y diretes, sus pequeñas tragedias diarias y el complejo entramado social que todo ello implica. Y entre todas esas historietas domésticas, dos niños que deciden hacer una huelga de palabras porque su padre les dice que hablan demasiado.
Y ése es precisamente el contraste, por un lado el constante blablabla vacuo de los vecinos y por el otro el silencio cómplice de los dos hermanos, que dicho sea de paso, son dos niños comestibles, ñam ñam ñam, sobre todo el peque. Y mira que yo tengo fobia a los niños actores, que me dan un repelús de morirme, pero es que estos críos son otro mundo. Vamos, que dan hasta ganas de adoptarlos, aunque a estas alturas ya deben de andar por los 90 años o por ahí.
En definitiva, una película amable, divertida, sin pretensiones, libre de artificios, pero también cuidada y estilosa. Un pequeño gran descubrimiento que recomiendo a todos los que buscan en el cine una forma amena de adentrarse en otros mundos que, después de todo, no son tan diferentes al nuestro.
Y ése es precisamente el contraste, por un lado el constante blablabla vacuo de los vecinos y por el otro el silencio cómplice de los dos hermanos, que dicho sea de paso, son dos niños comestibles, ñam ñam ñam, sobre todo el peque. Y mira que yo tengo fobia a los niños actores, que me dan un repelús de morirme, pero es que estos críos son otro mundo. Vamos, que dan hasta ganas de adoptarlos, aunque a estas alturas ya deben de andar por los 90 años o por ahí.
En definitiva, una película amable, divertida, sin pretensiones, libre de artificios, pero también cuidada y estilosa. Un pequeño gran descubrimiento que recomiendo a todos los que buscan en el cine una forma amena de adentrarse en otros mundos que, después de todo, no son tan diferentes al nuestro.
8 de abril de 2014
8 de abril de 2014
7 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
El director nipón Yasujiro Ozu (1903 – 1963), uno de los pilares del cine clásico japonés, abarcó durante su carrera el cine mudo así como el blanco y negro y el color. Con la familia como eje de su filmografía, su obra se basa en el retrato de la sociedad japonesa contemporánea, lo cual hizo creer a sus compatriotas que este cine sería difícilmente entendido fuera de sus fronteras. Es por ello que la primera retrospectiva de Ozu no se llevó a cabo en Occidente hasta finales de los 70 en el Reino Unido.
En esta ocasión, nos presenta en color unos suburbios japoneses donde sus habitantes están obligados a vivir en comunidad. Se vale de una cámara fija que no se mueve en ningún momento y de unos encuadres milimétricamente planificados, en el que cualquier objeto de decoración o movimiento de los personajes ha sido antaño ideado en la mente del director. La posición de la cámara cuando hay movimiento de personajes se sitúa en la distancia justa que en la que se ha calculado la secuencia espacio-temporal.
En esta ocasión, nos presenta en color unos suburbios japoneses donde sus habitantes están obligados a vivir en comunidad. Se vale de una cámara fija que no se mueve en ningún momento y de unos encuadres milimétricamente planificados, en el que cualquier objeto de decoración o movimiento de los personajes ha sido antaño ideado en la mente del director. La posición de la cámara cuando hay movimiento de personajes se sitúa en la distancia justa que en la que se ha calculado la secuencia espacio-temporal.

En clave de comedia, Buenos días, nos presenta un seguido de personajes, las mujeres que disfrutan de las habladurías y de las invenciones sobre los demás guardando en ellas reminiscencias de la crueldad japonesa de antaño (la forma de tratar a la madre cuando le dice que la debería de llevar a morir al monte de Narayama), los padres de familia anclados en el tradicionalismo cuya vida va del trabajo al bar y del bar a casa a dormir, una generación joven con una vista más amplia hacia occidente (profesor de inglés y la joven de la cual está enamorado) y por último, unos niños los cuales reclaman la llegada irremediable de la occidentalización.
En estos niños se muestra lo que es la occidentalización japonesa, que no es un cambio de culturas ni de tradiciones (aunque sí que existe cierta destradicionalización vigente), sino que el fruto de esto será la convivencia de dos mundos condenados a entenderse. ¿Para qué desean con tanto fervor una televisión? Pues ni más ni menos que para ver combates de sumo, una tradición japonesa milenaria.
En estos niños se muestra lo que es la occidentalización japonesa, que no es un cambio de culturas ni de tradiciones (aunque sí que existe cierta destradicionalización vigente), sino que el fruto de esto será la convivencia de dos mundos condenados a entenderse. ¿Para qué desean con tanto fervor una televisión? Pues ni más ni menos que para ver combates de sumo, una tradición japonesa milenaria.
Lo que observamos en esta película, no se distancia mucho de lo que podría pasar en cualquier zona rural de nuestro país, donde hay mujeres que hablan por hablar (el gusto por el noble arte de malmeter sin fundamento), hombres que trabajan y se emborrachan y nuevas generaciones exigiendo una renovación de sus formas de vida.
Quizás lo que más se aleje de nuestra cultura sea la forma de protesta, la huelga de silencio, pues no es sino una huelga a la japonesa, en la cual lo que prima es la sobreproducción, es este caso de silencio, ya que su padre les culpa de hablar demasiado.
http://cinemonogatari.blogspot.com.es/2014/04/ohayo-buenos-dias-1959.html
Quizás lo que más se aleje de nuestra cultura sea la forma de protesta, la huelga de silencio, pues no es sino una huelga a la japonesa, en la cual lo que prima es la sobreproducción, es este caso de silencio, ya que su padre les culpa de hablar demasiado.
http://cinemonogatari.blogspot.com.es/2014/04/ohayo-buenos-dias-1959.html
12 de diciembre de 2020
12 de diciembre de 2020
6 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Se alza el Sol y cada uno de los vecinos debe comenzar sus quehaceres diarios: preparar la colada, hacer el desayuno para la familia, despertar a los niños para mandarlos al colegio y otras cosas.
Y entre ellas uno no puede olvidarse de mantener las formas y de saludar con el clásico "ohayo-gozaimasu".
Había llovido desde que la primera película en color fue realizada en Japón por Keisuke Kinoshita, pero muchos realizadores tardaron en adoptar esa nueva forma de cine; a Yasujiro Ozu la oportunidad le llegó, y casi por imposición del estudio, con su mordaz y dura "Flores de Equinoccio". Entre medias de ésta y de una especie de revisión del clásico "Historia de una Hierba Errante", no dirigida para su estudio sino para Daiei, y quizás porque ya se le está reconociendo más allá de su país natal (al ganar "Cuentos de Tokyo" en algunos festivales internacionales), decide filmar una comedia.
Como punto de inspiración se recuerda "He Nacido, pero...", uno de los más memorables trabajos de su primera etapa, y "El Coro de Tokyo", cuyas historias están enfocadas (parcialmente) desde el punto de vista de los niños; así comienza "Ohayo", con Zennosuke, Kozo y los dos hermanos Minoru e Isamu dirigiéndose al colegio, niños que se divierten, como niños que son, con las mayores tonterías y que no pueden apartar la vista de la televisión, lo cual será objeto de afilada crítica por parte de Ozu y Kogo Noda. Pero la situación es distinta a la presentada en 1.932, y lo importante no es tanto más el comportamiento de los pequeños como el microcosmos en el que moran y el cual se alza a su alrededor.
Ese microcosmos es una pequeña comunidad de vecinos donde, como en cualquier otra, cada uno de sus integrantes lidia con sus propias vicisitudes, ilusiones, tragedias y rutina; allí todos se conocen muy bien y todos saben qué se cuece en cada casa por mucho que se mienta para guardar las apariencias (lo más importante, según parece): un marido sin trabajo que no deja de regresar alcohólico, un hijo demasiado suelto del vientre o una madre con la cabeza desgastada por la edad. En el exterior, también como en toda comunidad, se práctica el chismorreo, la hipocresía, la calumnia y el desprecio en sordina.
Se modela el reflejo de la sociedad japonesa en ese vecindario, una sociedad que a finales de los '50 está cambiando mucho donde se enfrentan (otra vez en el cine del director) la cara moderna y la tradicional, situándose la primera en la vivienda de esa chica joven que viste muy a la moda occidental, tiene televisión y pósters de films extranjeros ("Fugitivos", la francesa "Los Amantes"); eso sí, no se tocará el tema del matrimonio por primera vez desde "Primavera Tardía". Ozu y Noda radiografían la dificultad de la vida profesional para el hombre maduro, con marcada melancolía.
La película está así más emparentada con "Memorias de un Inquilino", donde también se disponía una comunidad de vecinos (aunque todos unidos para superar la desgracia de la guerra), o "El Sabor del Té verde con Arroz". Sí es cierto que habrá un conflicto con el padre, pero a diferencia de lo sucedido con Keiji y Ryoichi se dará por algo tan banal y estúpido como es la manía de comprar un televisor; esta pelea es también el reflejo del choque entre una generación y otra, aunque Ozu se olvida de temas demasiado trascendentales y lo enfoca todo desde un punto de vista muy lúdico, a veces absurdo (los "chistes" de flatulencias son de no creérselo).
Son criticadas la testarudez y mal comportamiento de los malcriados niños, y a la vez también se observa la forma de ser tan cínica de esos adultos que sólo se dedican a quejarse, acusar al prójimo sin saber nada y parlotear de cosas insignificantes que no llevan a ningún sitio; no se deja títere con cabeza. Mientras, un profesor de inglés sin empleo da clases en casa, y el inglés, claro, está muy presente para los pequeños (que a menudo lo hablarán), y la televisión se presenta cómo un mal difícil de extirpar en la sociedad actual, un trasto invasor que atonta, pervierte y es capaz de destrozar el seno del hogar.
Tiene a bien quejarse Ozu en boca de su álter-ego Chishu Ryu (quien no se corta a la hora de decir que se trata de un cacharro con el que la sociedad se irá a pique y todos se volverán más imbéciles), pues veinte años más tarde será precisamente la popularidad de la televisión y el vídeo los que lleven al cine a una etapa de mediocridad y baja popularidad; esta crítica es muy necesaria y comprensible, visto el film hoy día. De hecho, al contrario de cómo se desenvolvían los problemas para los hermanos de la versión original, que aceptaban y comprendían la situación del padre de una forma madura, aquí los progenitores harán por satisfacer sus caprichos y finalmente se saldrán con la suya.
Además de Ryu, quien ofrece una actuación cuando menos discreta, tenemos la presencia de grandes actores como Kuniko Miyake, Eijiro Tono, Sadako Sawamura, Haruko Sugimura (otra vez detestable) y Keiji Sada que, sin embargo, se prestan a unos personajes quizás demasiado planos teniendo en cuenta lo que el director suele ofrecer normalmente. Los niños también acaparan la atención, pero la pareja Koji Shitara y Masahiko Shimazu no resultan carismáticos como los de "He Nacido, pero...", más bien aborrecibles hasta el punto de desear haber visto al padre cogiendo la televisión en brazos y estampándosela en sus respectivas cabezas.
Resulta curioso cómo el nipón, que desde hace tiempo ha abrazado el melodrama con un sentido del humor negro y afilado, decide desviarse por un momento hacia una comedia más ligera y mundana, con sus mismos personajes de siempre, tan cotidianos y humanos, pero ubicados en situaciones mucho menos ásperas.
Sería además la primera obra de Ozu en estrenarse en EE.UU., quien vuelve pronto al drama con la superior "La Hierba Errante". Lo más destacado es el vivo color que brinda la fotografía de Yuharu Atsuta.
Y entre ellas uno no puede olvidarse de mantener las formas y de saludar con el clásico "ohayo-gozaimasu".
Había llovido desde que la primera película en color fue realizada en Japón por Keisuke Kinoshita, pero muchos realizadores tardaron en adoptar esa nueva forma de cine; a Yasujiro Ozu la oportunidad le llegó, y casi por imposición del estudio, con su mordaz y dura "Flores de Equinoccio". Entre medias de ésta y de una especie de revisión del clásico "Historia de una Hierba Errante", no dirigida para su estudio sino para Daiei, y quizás porque ya se le está reconociendo más allá de su país natal (al ganar "Cuentos de Tokyo" en algunos festivales internacionales), decide filmar una comedia.
Como punto de inspiración se recuerda "He Nacido, pero...", uno de los más memorables trabajos de su primera etapa, y "El Coro de Tokyo", cuyas historias están enfocadas (parcialmente) desde el punto de vista de los niños; así comienza "Ohayo", con Zennosuke, Kozo y los dos hermanos Minoru e Isamu dirigiéndose al colegio, niños que se divierten, como niños que son, con las mayores tonterías y que no pueden apartar la vista de la televisión, lo cual será objeto de afilada crítica por parte de Ozu y Kogo Noda. Pero la situación es distinta a la presentada en 1.932, y lo importante no es tanto más el comportamiento de los pequeños como el microcosmos en el que moran y el cual se alza a su alrededor.
Ese microcosmos es una pequeña comunidad de vecinos donde, como en cualquier otra, cada uno de sus integrantes lidia con sus propias vicisitudes, ilusiones, tragedias y rutina; allí todos se conocen muy bien y todos saben qué se cuece en cada casa por mucho que se mienta para guardar las apariencias (lo más importante, según parece): un marido sin trabajo que no deja de regresar alcohólico, un hijo demasiado suelto del vientre o una madre con la cabeza desgastada por la edad. En el exterior, también como en toda comunidad, se práctica el chismorreo, la hipocresía, la calumnia y el desprecio en sordina.
Se modela el reflejo de la sociedad japonesa en ese vecindario, una sociedad que a finales de los '50 está cambiando mucho donde se enfrentan (otra vez en el cine del director) la cara moderna y la tradicional, situándose la primera en la vivienda de esa chica joven que viste muy a la moda occidental, tiene televisión y pósters de films extranjeros ("Fugitivos", la francesa "Los Amantes"); eso sí, no se tocará el tema del matrimonio por primera vez desde "Primavera Tardía". Ozu y Noda radiografían la dificultad de la vida profesional para el hombre maduro, con marcada melancolía.
La película está así más emparentada con "Memorias de un Inquilino", donde también se disponía una comunidad de vecinos (aunque todos unidos para superar la desgracia de la guerra), o "El Sabor del Té verde con Arroz". Sí es cierto que habrá un conflicto con el padre, pero a diferencia de lo sucedido con Keiji y Ryoichi se dará por algo tan banal y estúpido como es la manía de comprar un televisor; esta pelea es también el reflejo del choque entre una generación y otra, aunque Ozu se olvida de temas demasiado trascendentales y lo enfoca todo desde un punto de vista muy lúdico, a veces absurdo (los "chistes" de flatulencias son de no creérselo).
Son criticadas la testarudez y mal comportamiento de los malcriados niños, y a la vez también se observa la forma de ser tan cínica de esos adultos que sólo se dedican a quejarse, acusar al prójimo sin saber nada y parlotear de cosas insignificantes que no llevan a ningún sitio; no se deja títere con cabeza. Mientras, un profesor de inglés sin empleo da clases en casa, y el inglés, claro, está muy presente para los pequeños (que a menudo lo hablarán), y la televisión se presenta cómo un mal difícil de extirpar en la sociedad actual, un trasto invasor que atonta, pervierte y es capaz de destrozar el seno del hogar.
Tiene a bien quejarse Ozu en boca de su álter-ego Chishu Ryu (quien no se corta a la hora de decir que se trata de un cacharro con el que la sociedad se irá a pique y todos se volverán más imbéciles), pues veinte años más tarde será precisamente la popularidad de la televisión y el vídeo los que lleven al cine a una etapa de mediocridad y baja popularidad; esta crítica es muy necesaria y comprensible, visto el film hoy día. De hecho, al contrario de cómo se desenvolvían los problemas para los hermanos de la versión original, que aceptaban y comprendían la situación del padre de una forma madura, aquí los progenitores harán por satisfacer sus caprichos y finalmente se saldrán con la suya.
Además de Ryu, quien ofrece una actuación cuando menos discreta, tenemos la presencia de grandes actores como Kuniko Miyake, Eijiro Tono, Sadako Sawamura, Haruko Sugimura (otra vez detestable) y Keiji Sada que, sin embargo, se prestan a unos personajes quizás demasiado planos teniendo en cuenta lo que el director suele ofrecer normalmente. Los niños también acaparan la atención, pero la pareja Koji Shitara y Masahiko Shimazu no resultan carismáticos como los de "He Nacido, pero...", más bien aborrecibles hasta el punto de desear haber visto al padre cogiendo la televisión en brazos y estampándosela en sus respectivas cabezas.
Resulta curioso cómo el nipón, que desde hace tiempo ha abrazado el melodrama con un sentido del humor negro y afilado, decide desviarse por un momento hacia una comedia más ligera y mundana, con sus mismos personajes de siempre, tan cotidianos y humanos, pero ubicados en situaciones mucho menos ásperas.
Sería además la primera obra de Ozu en estrenarse en EE.UU., quien vuelve pronto al drama con la superior "La Hierba Errante". Lo más destacado es el vivo color que brinda la fotografía de Yuharu Atsuta.
26 de octubre de 2008
26 de octubre de 2008
8 de 12 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pequeña joya, que aunque no es de las más conocidas de la filmografía de Ozu, si se puede considerar como un excepcional reflejo de la sociedad nipona de la época. Narrada de una manera pausada, pero para nada aburrida, nos relata la historia de una pequeña barriada japonesa, la relación entre los vecinos, entre padres e hijos, la llegada de la tecnología y los cambios que ello supone en un país tan tradicional y un largo etc de entresijos que dotan a la película de una gran riqueza narrativa, conformando un film muy entretenido a la vez que sencillo y recomendable para toda la familia.
21 de agosto de 2012
21 de agosto de 2012
7 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ver una película de este director es como llamar a la puerta de cualquier familia de Japón de los años 50, entrar y observar.
A pesar de tener ya sus añitos encima, trata una temática que siempre será actual e imperecedera.
Es una película tranquila, que te relaja completamente y que consigue hacerte olvidar los problemas del día a día, pues, ¿acaso no estamos viendo los problemas de los demás? Eso de que "en todas casas cuecen habas" es muy cierto y aquí tenemos una muestra de ello.
Es un cine costumbrista, sencillo pero con unas imágenes tan poderosas que ríanse los Batmans o los Avatares.
Señores, si alguna vez desean conocer otras culturas, si quieren consumir cine antiguo y de calidad o simplemente quieren conocerse a sí mismos vean a Ozu y descubrirán como este genio ha sabido desmenuzar la sociedad y servirla en películas que quedarán en el recuerdo de tantos y tantos.
Lo mejor: es Ozu, la mejor marca para saber que nunca te falla.
Lo peor: ¿porqué es tan complicado conseguir estas películas en España?
A pesar de tener ya sus añitos encima, trata una temática que siempre será actual e imperecedera.
Es una película tranquila, que te relaja completamente y que consigue hacerte olvidar los problemas del día a día, pues, ¿acaso no estamos viendo los problemas de los demás? Eso de que "en todas casas cuecen habas" es muy cierto y aquí tenemos una muestra de ello.
Es un cine costumbrista, sencillo pero con unas imágenes tan poderosas que ríanse los Batmans o los Avatares.
Señores, si alguna vez desean conocer otras culturas, si quieren consumir cine antiguo y de calidad o simplemente quieren conocerse a sí mismos vean a Ozu y descubrirán como este genio ha sabido desmenuzar la sociedad y servirla en películas que quedarán en el recuerdo de tantos y tantos.
Lo mejor: es Ozu, la mejor marca para saber que nunca te falla.
Lo peor: ¿porqué es tan complicado conseguir estas películas en España?
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