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El dios de la guerra

Aventuras Edad Media, Brabante, siglo XI. Un caballero normando (Heston) se convierte en señor feudal de unas tierras extrañas habitadas por hombres semisalvajes. Se enamora perdidamente de Bronwyn (Forsyth), una misteriosa doncella por la que acaba perdiendo el poder y el honor. (FILMAFFINITY)
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9
11 de octubre de 2009
15 de 16 usuarios han encontrado esta crítica útil
El inteligente guión genera más preguntas que respuestas y la dirección acompaña estupendamente a los acontecimientos. La tensión no decae nunca, funcionando el ritmo a las mil maravillas y aunque el final resulta un poco abrupto, no deja insatisfecho en absoluto.

Se plantean, además, preguntas que si bien en el cine moderno son comunes, no tanto en el Hollywood de los 60. ¿Puede la PASIÓN llevar al AMOR cuando tradicionalmente ha sido al revés?

¿Que es verdaderamente el poder? ¿Son más libres los poderosos? Los campesinos sufren, pues apenas son los esclavos del Señor feudal. Pero en un sistema tan restrictivo y estratificado como aquel, no existe la verdadera libertad. Tampoco para los líderes. Chrysagon se encuentra atrapado en ese espantoso territorio, literalmente encerrado en una torre ruinosa y obligado a mantener la paz. Sus decisiones sólo abarcan hasta donde permite la voluntad del Duque el cual puede, en cualquier momento, poner a otro gobernante en su lugar.
Se trata con inteligencia la superioridad física y legal (que no moral) del Señor feudal, personificado por el héroe ambiguo que es Chrysagon. Él ejerce como juez, como alcalde, como jefe militar y como dueño de las tierras y cuantos las habitan. Su palabra es ley, tocarle significa la muerte. Pero no es un dios lejano, como los reyes orientales. Es apenas un cacique, que los aldeanos identifican como humano y contra el cual no tienen problemas para revelarse si no ejerce su labor correctamente (lo cual no tiene por que implicar "justicia").

También estamos ante una película trepidante que no olvida los necesarios momentos de acción y heroismo. Abrimos con un enfrentamiento contra los Frisios, donde se aprecian las cualidades guerreras de nuestros protagonistas. Y a partir de la segunda mitad, estalla nuevamente la violencia. Esto tiene lugar mediante tres emocionantes batallas en las cuales centenares de guerreros bárbaros combaten contra un puñado de valientes soldados. Pero el clímax llega más adelante, cuando nuestro protagonista se enfrenta al despechado prometido de su amada e incluso a su propio hermano.
Otro elemento que merece la pena destacar es la maravillosa banda sonora de Jerome Moross.

En definitiva: estamos ante una obra indispensable para amantes de la Edad Media, admiradores de Charlton Heston o, directamente, fanáticos del buen cine.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Chrysagon no conoce de nada a Bronwyn. Carece de la menor conexión con ella y ni siquiera son de la misma clase social. Pero es una mujer hermosa y él lleva años sin sexo... el señor feudal utiliza sus inmorales poderes y se hace con el cuerpo de la chica. Pero tras la primera noche ya no quiere separarse de ella. No se trata de una posesión egoista, sino de un aprecio sincero, profundo. Al mismo tiempo, ella tampoco quiere separarse de él. ¡Se han enamorado!


Por otro lado, se explora la convivencia del cristianismo con los últimos paganos. El feudo donde transcurre todo el argumento es una espantosa ciénaga cuyos habitantes compaginan su fé católica con la adoración de seres inanimados, en este caso, "El árbol" y "La roca". Tal circunstancia es vista por algunos como una espantosa aberración y por otros con comprensión paternalista.
7
15 de abril de 2009
14 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
El film de Schaffner es una magnífica muestra de aventura histórica caracterizada por el riguroso equilibrio entre la vertiente exterior y sus matices psicológicos, que entremezcla sensualidad y putrefacción, amor sincero con oscurantismo y represión, lealtad con traición. Y lo hace además en un entorno físico sutilmente envuelto de aromas mágicos, en donde en muchos momentos no sabemos si realmente la atracción del guerrero por Bronwyn en realidad ha desatado la ira de los dioses paganos. La película destaca por la espléndida y física labor de su reparto –a las excelencias de Heston hay que sumar la presencia de un cómplice Richard Boone-, por la articulación dramática y casi telúrica que ofrece el en ocasiones recargado cromatismo fotográfico propuesto por el gran Russell Metty, o el espléndido uso de la pantalla ancha, en una narración de corte clásico que no incurre en las debilidades narrativas que sí hicieron acto de presencia en la posterior y más conocida PLANET OF THE APES (El planeta de los simios, 1968). Dentro de su planificación destaca en sus secuencias de interiores –que tienen como marco la torre propiedad del guerrero protagonista-, una abundancia de motivos religiosos que Chrysagon irá paulatinamente dejando de lado, imbuido progresivamente de ese elemento pagano que previamente ha ido rechazando, pero del cual emana la mujer que ama. Todos estos detalles no oscurecen en modo alguno el brillo de las secuencias en donde la aventura física cobra protagonismo, centradas sobre todo en el asedio que sufren por parte de los frisios unidos a los lugareños, que conforman un bloque narrativo ejemplar. Pero incluso en esas imágenes, el espectador adquiere conciencia de que, aunque nuestro protagonista logre vencer, su mundo y su propia andadura vital es prácticamente un halo espectral.
En una película bañada de tantos elementos de interés, hay sin embargo algunos que impiden que su conjunto alcance esa categoría de obra maestra que en algún momento llega a apuntar. Con ello me refiero a algún abrupto corte de secuencia, a la poca convicción que a mi juicio tiene la secuencia de la ceremonia pagana, o el fondo musical impuesto a las secuencias del asedio y ataque al torreón. Pocas reservas son, sin embargo, para una película espléndida, dolorosa en algunos momentos y que, reitero, estimo contiene la mejor interpretación cinematográfica de Charlton Heston.
9
20 de octubre de 2015
13 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
Desgraciadamente estrenada sin éxito, quizás porque el público estaba un poco harto del cine histórico y el cine de romanos que se había prodigado durante la década de los cincuenta con la llegada a las pantallas del Cinemascope. “El señor de la guerra” me parece una obra maestra y sin duda alguna la mejor película de Franklin J. Schaffner, pendiente todavía hoy de revalorización como lo que es: una de las más interesantes aproximaciones que haya dado el cine al periodo medieval. Una de las virtudes de “El señor de la guerra” reside en su espléndida descripción del conflicto entre cristianismo y paganismo, dicho de otra forma, entre civilización y barbarie. Descargando buena parte de su dramatismo en un planteamiento estético muy refinado, hasta el punto de convertir el film en uno de esos raros ejemplos en los que la belleza de sus ideas va indisolublemente unida al estilo de su realizador.

Durante el siglo XI, Chrysagón (Charlton Heston), un caballero normando, toma posesión de un mísero territorio en el que imperan la superstición y la ignorancia. Su desencanto decrece cuando se enamora de una bella lugareña a punto de contraer matrimonio con otro joven del lugar. Es un guerrero que domina con maestría el oficio de las armas, pero cansado por tantos años de lucha y sufrimiento, un hombre complejo situado en el centro de un dilema moral, un magistral Heston, su rostro refleja la lucha interior de un ser atormentado que pretende ejecutar el “derecho de pernada” violando sus íntimas convicciones en un film cuyo motor narrativo es el amor.
Inspiradísimo en la composición de los encuadres, a la vez bellos y significativos, refuerza visualmente la soledad y el aislamiento del guerrero que es recibido con abierta hostilidad. Schaffner fue un cineasta y director teatral, procedente de la televisión, poco conocido en aquella época pero de gran interés, si repasamos ahora su filmografía. Gracias a una gran dirección de actores en la puesta en escena, con esos primeros planos de miradas cómplices realiza un melodrama medieval de aliento shakesperiano lleno de magia y misterio. El tratamiento de la edad media es original, sugerente y sugestivo. Una excelente fotografía de Russell Metty (Espartaco) donde destacan colores oscuros, tonos pardos y otoñales, reflejando espléndidamente esa época realista de pobreza y miseria. Una ambientación muy alejada de la iconografía de Hollywood. El bosque como lugar mágico y mitológico, con batallas caóticas y desordenadas.

Si esta película tan original se pudo filmar, fue gracias a Charlton Heston en la cima de su carrera (había generado mucho éxito y dinero para Hollywood, “Los diez mandamientos”, “Horizontes de Grandeza”, “Ben-Hur” y “El Cid”), con su apoyo personal a Franklin J. Schaffner, como antes había ocurrido con “Sed de mal” de Orson Welles y con “Mayor Dundee” de Peckinpah, su presencia fue decisiva para estos films de escasa confianza artística y apoyo presupuestario. A pesar de su leyenda negra como miembro de la nefasta asociación del rifle, hay que reconocerle su categoría de actor con una fisicidad apabullante y hombre de cine que apoyó proyectos más por interés artístico que económico.
7
1 de septiembre de 2011
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Pese a que este film está ambientado en la llamada Edad Media, no acaba de encajar dentro de la denominación "cine de aventuras". Efectivamente, la historia del caballero Crisagón (Chartlon Heston), un leal servidor de un duque, quien en pago a sus esforzados servicios recibe un trozo de tierra en un lugar alejado y fronterizo donde ni siquiera el cristianismo ha conseguido arraigar, tiene de por sí un aire de extraño desde los momentos iniciales. Shaffner se aleja de los tópicos del cine de aventuras situando la acción en un tiempo y un lugar, indefinidos y fronterizos al mismo tiempo.

Y es que podríamos considerar que Shaffner articula el film en base a diversos conflictos pero sin grandes batallas en realidad. Por un lado tenemos el más evidente, que es el de los caballeros llegados de quien sabe dónde, a tomar posesión de un territorio hostil, además amenazado permanentemente por la cercanía de los bárbaros. Pero en medio de este conflicto podemos encontrar muchos otros larvados y que van estallando a medida que avanza el film, tenemos la cuestión religiosa, representada por la atracción que siente Crisagón por una bella joven pagana. Por otro lado tenemos el conflicto fraterno, con su hermano menor, resentido eternamente por ser el segundón y siempre a la sombra.
El film es una muestra más del cambio de modelo en el cine, cuya forma de producción a través de grandes estudios estaba ya agotado en los años 60. El glamour y las deslumbrantes producciones, son sustituidas aquí por una historia ambientada en un recóndito lugar, dejado por la mano de Dios, al que hay que civilizar, y que Shaffner representa como una especie de "realismo histórico" sucio. No sólo las localizaciones exteriores son más bien desoladoras, que incluso tienen un punto amenazante, sino que los interiores son más bien mínimos y rudimentarios consiguiendo reforzar la impresión que estamos en unos territorios remotos, alejados de las esferas de poder.

De hecho, la presencia del "duque", señor de Crisagón, es meramente verbal, nunca llegamos a verle, pese a que su sola mención es motivo de temor y respeto casi reverencial. Aquí no hay "corte", ni príncipes, ni princesas y la convivencia entre los diversos grupos se debe a frágiles equilibrios que pueden alterarse con facilidad. Seguramente, la falta de medios jugó en favor del conjunto del film, consiguiendo que la escasez de decorados, e incluso de excesivos protagonistas jugaran en favor de representar unas tierras salvajes, aún por civilizar, en las que la llegada de la "civilización" provoca tensiones y conflictos que acabarán por estallar en uno y otro bando. Sin duda Shaffner realiza un film de difícil digestión, sobretodo para los estómagos acostumbrados a los estándares del clasicismo del género de aventuras, pero no por ello se debería infravalorar una propuesta interesante, diferente, y elaborada de una forma casi "artesanal".
6
31 de julio de 2013
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay veces que ciertas películas consiguen una fama tan grande que llegan a convertirse en auténticos monstruos. Una de ellas es el Planeta de los simios (1968) realizada por el más que interesante director Franklin J. Schaffner e interpretada por el mítico actor Charlton Heston. La película tuvo una fenomenal acogida ya en su época (en esa época la categoría de Oscar al mejor maquillaje aún no estaba implantada, sin embargo el Planeta de los simios lo consiguió de manera honorífica). No sólo fue el éxito en taquilla sino que la película se convirtió en una de las primeras que explotó el Merchandising de una manera desmesurada…Camisetas, Muñecos, tebeos..Todo valía si daba dinero y no hace falta decir la cantidad de secuelas, precuelas y remakes que la saga ha explotado, aún hoy en día (para el año que viene se prevé otra película de la saga).

El caso es que el director Franklin J. Schaffner ha quedado bastante relegado y son pocos los que hoy se acuerdan de su más que dilatada carrera. dirigió entre otras la magnífica Papillon (1973) la interesante cinta Los niños del Brasil (1978) o la Oscarizada Patton (1970) que consiguió la estatuilla a la mejor película por parte de la academia.
Charlton Heston
El señor de la guerra es el segundo largometraje de Schaffner, realizada en el 1965. Para ella cuenta con el mismísimo Charlton Heston, el que seguiría siendo su protagonista en su cuarta película, de la que ya hemos hablado. No sólo eso sino que en el reparto también coincidirían Maurice Evans, quien en El señor de la guerra coge además un papel bastante destacable.

Tampoco no vamos a engañar a nadie, la calidad de la película aún dista mucho del Schaffner que años más tarde nos regalaría algunas joyas del séptimo arte. La película se ubica en plena edad media (como viene siendo en estas películas de género, es una voz en off la encargada de ubicarnos) y ofrece un relato típico del cine histórico. No sigue a ninguna figura histórica en especial, sino que se sirve de la ambientación para ofrecer una película que contiene un poco de todo, desde una trama de venganza, unas gotas de pasión amorosa y una buena ración de batallas espada en mano, que siempre son del agrado del público mayoritario.
La trama tiene algunos momentos bastante endebles pero en general ofrece algunas cosas que resultan bastante interesantes. De hecho, hay algunos planteamientos bastante jugosos, donde al igual que en la mítica tragedia griega de Antígona de Sófocles se produce una confrontación entre diversas leyes. El señor de la guerra es Charlton Heston, un hombre que se hace con el máximo poder feudal y que desea a una mujer, pese a que esta ya está escogida para ser casada, con un hombre del pueblo. Él puede acogerse al derecho de Pernada, pero el mismo personaje sabe que pese a que la ley lo ampara ante semejante acción, estaría cometiendo un acto totalmente inmoral. Y sin embargo accede, porque si hay algo aprovechable en la película es que rompe con algunos estereotipos del género. Nuestro protagonista es un valeroso luchador, pero no tiene ese tacto caballeresco que por ejemplo observábamos en otra película del género, como El Cid Campeador de Anthony Mann, rodada cuatro años antes que la película de Schaffner, (el Cid también estaba interpretado por Charlton Heston) sino que el personaje es retratado tanto en sus vicios como en virtudes de tal manera que la película consigue alejarse de los estereotipos de caballeros que comparten un código de honor y una absoluta virtud, sino que resultan más humanos. Evidentemente la película no se acerca al nivel de desmitificación tan salvaje que encontramos en los señores del acero (1985) pero claro aquella película estaba dirigida ni más ni menos que por Paul Verhoeven.

Para seguir con estas insignias el director añade un interesante personaje, el monje, que servirá de contrapunto a la maldad de ciertos personajes supuestamente nobles, al ofrecer algunos interesantes discursos sobre la moral. Hay que destacar el interés de Schaffner por diferenciar el mundo religioso del pagano. Lo hace mediante una separación física entre el pueblo llano y los nobles. El problema es que aquí la jugada le sale mal al maestro, seguramente porque los conocimientos que tenían de las costumbres rurales y de historia eran bastante pobres. Así pues, pese a que es cierto que en muchas zonas rurales el cristianismo se fusionó con las antiguas religiones que ya habían fecundado la tierra hace milenios, la película no consigue retratar ese espíritu. Un claro ejemplo es la fiesta de boda, en la que hay un pastiche iconográfico curioso y en el que el director se anda a medias tintas entre una bacanal y una simple fiesta cualquiera.

La película estuvo rodada enteramente en California, con lo que todo lo que el espectador observa en pantalla resulta una recreación. El director opta más que por un tono documentalista o fidedigno por la imaginación, así que no debería sorprendernos el enigmático castillo en que sucede gran parte de la acción y en el que habita el personaje de Charlton Heston. Lo que sí choca bastante más es como se ha solucionado el tema del color en algunas secuencias y es que el efecto conseguido deja bastante que desear. Mientras los personajes dialogan observamos como el fondo está repleto de color y a veces va variando, pero con unas texturas demasiado agresivas y parecidas a la técnica del pastel que lo único que consiguen es dar la sensación de que nos encontramos ante una luz totalmente artificial y que lo que hay detrás de todo es un estudio. No ayuda que el vestuario de muchos de los personajes durante el asalto al castillo sea absolutamente al mismo y carezca de una imaginación tan poco creativa.



http://neokunst.wordpress.com/2013/07/31/ciclo-franklin-j-schaffner-el-senor-de-la-guerra/
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Donde sí hay que romper una lanza a favor es en las secuencias de acción, especialmente a las del tramo final, en la que las luchas están rodadas a la vieja usanza. Déjense de efectos digitales o de explosiones ruidosas y molestas. Vale la pena ver como Heston agita su mandoble y tira decenas de hombres al agua. Quizá porque sabemos que los extras que caen al río lo hacían de verdad.
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