Backrooms: Sin salida
6.4
9,977
Intriga. Terror. Fantástico
Una extraña puerta aparece en el sótano de una tienda de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella deberá adentrarse en lo desconocido para intentar rescatarlo. Adaptación de un cortometraje del propio Kane Parsons. (FILMAFFINITY) Existe una versión extendida "Backrooms: Liquidación total" (en inglés "Backrooms: Everything Must Go Edition") que Incluye 16 minutos de metraje ... [+]
29 de mayo de 2026
29 de mayo de 2026
212 de 244 usuarios han encontrado esta crítica útil
La liminalidad o liminaridad (del latín limes, "límite", "frontera" o "umbral") significa no estar en un sitio (físico o mental) ni en otro. Es estar en un umbral, entre una cosa que se ha ido y otra que está por llegar. La enfermedad, la adolescencia, el duermevela o la locura transitoria son estados liminales, como también lo son los viajes, ya sean por placer o por necesidad. También puede haber lugares liminales, como un aeropuerto o una cárcel, y también pueden ser sucesos personales o grupales...
'Backrooms' encaja perfectamente en esta descripción, en una suerte de trasliteración cinematográfica; tanto de la definición expuesta de "liminalidad o liminaridad" -cortesía de Wikipedia y no de una IA- como del fenómeno viral inspirado en los creepypastas sobre espacios laberínticos que existen más allá de la realidad que a un servidor, debo admitirlo, le ha pillado ya un poco "boomer". No importa. Todos sabemos que mirar las musarañas puede llegar a resultar un tanto... inconfortable.
'Backrooms' encaja perfectamente en esta descripción, en una suerte de trasliteración cinematográfica; tanto de la definición expuesta de "liminalidad o liminaridad" -cortesía de Wikipedia y no de una IA- como del fenómeno viral inspirado en los creepypastas sobre espacios laberínticos que existen más allá de la realidad que a un servidor, debo admitirlo, le ha pillado ya un poco "boomer". No importa. Todos sabemos que mirar las musarañas puede llegar a resultar un tanto... inconfortable.

Renate Reinsve
La palabra que no obstante mejor define 'Backrooms', no tanto una película como una experiencia inmersiva "inconfortable" en la que merece la pena adentrarse. A diferencia de muchos otros jóvenes talentos, Kane Parsons no se deja llevar por el ansia. Ese ansia que arruina tantas óperas primas: el ansia por intentar correr antes de saber andar. Por intentar imponerse desde el minuto uno. Parsons, sin embargo, confia de sobra en lo que tiene como para no sentir la necesidad de salir corriendo.
¿A dónde? Ese es el quiz de la cuestión: 'Backrooms' no parece tener a dónde ir, no digamos ya como para hacerlo corriendo. Un complejo laberíntico de infinitas habitaciones (con el amarillo como color predominante) que coquetea de forma peligrosa con el found footage, en una especie de reinvención onírica de 'Cube' donde las trampas están en nuestra mente. La misma que Parsons se ingenia para subyugar a través de un brillante minimalismo escénico que resulta de lo más estimulante... e incómodo.
¿A dónde? Ese es el quiz de la cuestión: 'Backrooms' no parece tener a dónde ir, no digamos ya como para hacerlo corriendo. Un complejo laberíntico de infinitas habitaciones (con el amarillo como color predominante) que coquetea de forma peligrosa con el found footage, en una especie de reinvención onírica de 'Cube' donde las trampas están en nuestra mente. La misma que Parsons se ingenia para subyugar a través de un brillante minimalismo escénico que resulta de lo más estimulante... e incómodo.

No tanto una película, como una experiencia inmersiva que se transforma en un esquivo recuerdo al que a una IA le costaría definir con precisión. Y es que en verdad 'Backrooms' no tiene mucho sentido; tampoco tiene por qué tenerlo. Como si fuera el resultado de una sesión de hipnosis que nos ha sumergido en una paranoia compartida que no está sustentada en los sustos, sino en las posibilidades del cine como una emulación sugestiva de los mundos abiertos de los videojuegos "atmosféricos".
O, en efecto, inconfortables.
No es necesariamente miedo o terror, sino ese continuo estado "inconfortable". No es tanto que vaya a asomar algo de pronto y nos asuste, como de un desconcierto figurado cuyo influjo está siempre presente de manera subliminal. Son esas habitaciones, tan comunes a simple vista, en las que siempre hay algo que sin embargo no encaja... 'Backrooms' adopta esta desarmonía como forma de vida para erigirse, con firmeza y sobriedad funcionales, en un perturbador y enigmático sueño...
... en ese perturbador y enigmático sueño al que uno le sigue dando vueltas, una vez cree haber despertado con la esperanza de darle algún sentido al porqué de su discreto pero convincente impacto.
O, en efecto, inconfortables.
No es necesariamente miedo o terror, sino ese continuo estado "inconfortable". No es tanto que vaya a asomar algo de pronto y nos asuste, como de un desconcierto figurado cuyo influjo está siempre presente de manera subliminal. Son esas habitaciones, tan comunes a simple vista, en las que siempre hay algo que sin embargo no encaja... 'Backrooms' adopta esta desarmonía como forma de vida para erigirse, con firmeza y sobriedad funcionales, en un perturbador y enigmático sueño...
... en ese perturbador y enigmático sueño al que uno le sigue dando vueltas, una vez cree haber despertado con la esperanza de darle algún sentido al porqué de su discreto pero convincente impacto.
27 de mayo de 2026
27 de mayo de 2026
138 de 165 usuarios han encontrado esta crítica útil
‘Backrooms: Sin salida’, dirigida por el joven Kane Parsons, es una de las propuestas más interesantes del terror independiente reciente. Parsons toma su propio corto viral de YouTube —el cual ayudó a popularizar aún más el creepypasta de los Backrooms— y lo expande con inteligencia hasta convertirlo en un largometraje que respeta el espíritu original sin caer en la mera repetición.
La trasposición es atinada: mantiene la esencia liminal y desconcertante del concepto, pero añade capas narrativas y desarrollo de personajes que enriquecen la premisa sin traicionarla. Lo que en el corto funcionaba como un golpe de efecto impactante, aquí se convierte en una inmersión continua que justifica su paso al largometraje.
Uno de los mayores logros de Parsons es su habilidad para generar y mantener la tensión a lo largo de todo el metraje. En lugar de recurrir a jumpscares baratos o efectos fáciles, construye un relato inquietante que se alimenta del malestar progresivo del espectador. Los pasillos infinitos y el sonido ambiental opresivo crean una atmósfera que atrapa desde los primeros minutos y no suelta. La cámara se mueve con una inquietud calculada, y las decisiones de montaje y sonido consiguen que el vacío se sienta vivo.
La trasposición es atinada: mantiene la esencia liminal y desconcertante del concepto, pero añade capas narrativas y desarrollo de personajes que enriquecen la premisa sin traicionarla. Lo que en el corto funcionaba como un golpe de efecto impactante, aquí se convierte en una inmersión continua que justifica su paso al largometraje.
Uno de los mayores logros de Parsons es su habilidad para generar y mantener la tensión a lo largo de todo el metraje. En lugar de recurrir a jumpscares baratos o efectos fáciles, construye un relato inquietante que se alimenta del malestar progresivo del espectador. Los pasillos infinitos y el sonido ambiental opresivo crean una atmósfera que atrapa desde los primeros minutos y no suelta. La cámara se mueve con una inquietud calculada, y las decisiones de montaje y sonido consiguen que el vacío se sienta vivo.

Chiwetel Ejiofor
A pesar de su juventud, Parsons demuestra una madurez narrativa notable. Evita los vicios comunes del terror moderno y apuesta por lo sugerente en lugar de lo explícito, dejando que la imaginación del público complete los huecos más aterradores. ‘Backrooms: Sin salida’ es un recordatorio de que no siempre se necesitan grandes presupuestos para crear algo eficaz.
‘Backrooms: Sin salida’ coloca a Kane Parsons como un nombre a seguir en el terror contemporáneo. No solo expande con éxito su creación original, sino que demuestra que la pasión y la comprensión profunda del medio pueden superar limitaciones técnicas.
‘Backrooms: Sin salida’ coloca a Kane Parsons como un nombre a seguir en el terror contemporáneo. No solo expande con éxito su creación original, sino que demuestra que la pasión y la comprensión profunda del medio pueden superar limitaciones técnicas.
1 de junio de 2026
1 de junio de 2026
176 de 258 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esto es arte moderno, conceptual, vanguardista... también lo era la famosa "mierda enlatada de autor". Y no es un comentario al aire: la obra existe, fue polémica en su día y se vendió por una pasta. Igual que esos cuadros en blanco o lienzos con un solo punto que se cotizan como obras maestras (últimamente se vende hasta el espacio vacío, de verdad).
Madre mía... y pensar que hay gente partiéndose el lomo a diario currando como cabrones para ganar un sueldo. A ver, reconozco que esto tiene su mérito, pero por los huevazos que hay que tener para venderlo (me explico en la zona de spoiler).
El director parece estar jugando la baza de enchufarle el producto a alguien que no haya visto Cube, Vivarium, Méandre, Session 9, Exit 8, Arctic Void, En la hierba alta, etc... Ojo, que algunas de estas me encantan (otras para nada), pero el rollo de "atmósfera opresiva, pocos personajes, misterio, ¿purgatorio?, ¿experimento del gobierno?, ¿un delirio mental? ¿Un apartado extraterrestre?, ¿Un lugar recóndito en la psique?... Respóndelo tú mismo..." ya está muy visto. No ser original no es malo; de hecho, a veces apetece ver algo predecible. Pero si no vas a ser original y encima te centras solo en la atmósfera dejando el guion vacío, pues yo voy y me meo en la boca de todo el enigma planteado.
Madre mía... y pensar que hay gente partiéndose el lomo a diario currando como cabrones para ganar un sueldo. A ver, reconozco que esto tiene su mérito, pero por los huevazos que hay que tener para venderlo (me explico en la zona de spoiler).
El director parece estar jugando la baza de enchufarle el producto a alguien que no haya visto Cube, Vivarium, Méandre, Session 9, Exit 8, Arctic Void, En la hierba alta, etc... Ojo, que algunas de estas me encantan (otras para nada), pero el rollo de "atmósfera opresiva, pocos personajes, misterio, ¿purgatorio?, ¿experimento del gobierno?, ¿un delirio mental? ¿Un apartado extraterrestre?, ¿Un lugar recóndito en la psique?... Respóndelo tú mismo..." ya está muy visto. No ser original no es malo; de hecho, a veces apetece ver algo predecible. Pero si no vas a ser original y encima te centras solo en la atmósfera dejando el guion vacío, pues yo voy y me meo en la boca de todo el enigma planteado.

Renate Reinsve
Personalmente, prefiero que la historia la invente el mismo que la crea. Hay ejemplos de bajo presupuesto con personajes atrapados, atmosfera asfixiante y lugares que parecen umbrales entre lo real y lo irreal, que resuelven con un guion currado y una explicación (o al menos un intento) y por lo tanto, me resultan más honestas: Coherence, Triangle, El muro negro, Await Further Instructions, Freaks, The Man from Earth, Identidad, Déjame salir, La invitación (2015) o Nosotros. Unas son joyas y otras no tanto, pero al menos se esfuerzan en crear una historia, desarrollar personajes y dar un desenlace solvente. Lo intentan. No todas resultan ser un buen cuadro pero no son raya punto raya sobre un lienzo en plan "Venga, pongo esto, no tengo ni puta idea de lo que es, pero el arte no se explica y que se lo explique cada uno a sí mismo".
En resumen: vender solo el envoltorio ya se ha hecho antes. Pueden seguir haciendo cien pelis más así y bienvenidas sean pero hombre, que le pongan un argumento mínimo con su planteamiento, nudo y desenlace. Qué menos.
En resumen: vender solo el envoltorio ya se ha hecho antes. Pueden seguir haciendo cien pelis más así y bienvenidas sean pero hombre, que le pongan un argumento mínimo con su planteamiento, nudo y desenlace. Qué menos.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El público le resta tres estrellas a una película en cuanto no le encaja un detalle, pero ensalza decenas de cintas en las que ni siquiera se intenta dar una respuesta a todo lo sucedido. Ahí si que no hay fallos de guion ni supresión de la incredulidad excesiva ni nada. Si no tiras el penalti es imposible fallarlo. O si no lavas tu los plantos como vas a romper uno. No sé si me explico. Fijo que me caen ostias como panes.
5 de junio de 2026
5 de junio de 2026
81 de 100 usuarios han encontrado esta crítica útil
El salto de un fenómeno viral de internet a la gran pantalla siempre entraña un riesgo superlativo, y Backrooms, dirigida por el jovencísimo Kane Parsons, es la confirmación empírica de este peligro. Nacida al amparo de las leyendas urbanas digitales y de un exitoso cortometraje del propio realizador, la premisa nos sumerge en una pesadilla dimensional: una terapeuta se adentra en un portal oculto en el sótano de una tienda de muebles para rescatar a un paciente desaparecido. Lo que en sus orígenes fue una píldora concentrada de terror atmosférico, al dar el salto al largometraje se diluye hasta convertirse en un páramo narrativo. La película es un triunfo incuestionable del diseño de producción, pero fracasa estrepitosamente a la hora de hilvanar una historia, demostrando que ciertas pesadillas funcionan mejor cuando se mantienen como breves misterios inexplorados.
Donde la cinta no admite reproche alguno es en su deslumbrante propuesta inmersiva. Parsons demuestra un dominio absoluto de la arquitectura de la incomodidad, recreando a la perfección esos "espacios liminales" que colonizaron la cultura de internet. La dirección de arte compone un infierno burocrático atemporal de pasillos infinitos, empapelados con un enfermizo tono mostaza y bañados por el irritante y perpetuo zumbido de las luces artificiales. El director sabe cómo utilizar la profundidad de campo y los encuadres para generar la sensación de que el código mismo del universo ha sufrido una fisura irrecuperable. No busca el sobresalto ruidoso, sino que instaura un desasosiego subliminal sostenido en la idea de que lo verdaderamente aterrador no es lo que acecha en la sombra, sino la imposibilidad física y mental de encontrar una salida.
Donde la cinta no admite reproche alguno es en su deslumbrante propuesta inmersiva. Parsons demuestra un dominio absoluto de la arquitectura de la incomodidad, recreando a la perfección esos "espacios liminales" que colonizaron la cultura de internet. La dirección de arte compone un infierno burocrático atemporal de pasillos infinitos, empapelados con un enfermizo tono mostaza y bañados por el irritante y perpetuo zumbido de las luces artificiales. El director sabe cómo utilizar la profundidad de campo y los encuadres para generar la sensación de que el código mismo del universo ha sufrido una fisura irrecuperable. No busca el sobresalto ruidoso, sino que instaura un desasosiego subliminal sostenido en la idea de que lo verdaderamente aterrador no es lo que acecha en la sombra, sino la imposibilidad física y mental de encontrar una salida.

Renate Reinsve
Este poderío estético alcanza su máxima expresión durante los primeros compases de la obra, concretamente en la incursión inicial del paciente en este purgatorio geométrico. Es aquí donde la película respira verdadero terror, integrando sutiles guiños a las dinámicas de los videojuegos de exploración y al formato de metraje encontrado, apoyándose en la sólida fisicidad que aporta Chiwetel Ejiofor. Durante estos minutos de aclimatación, la cámara captura el desconcierto y la ruptura de la realidad con una cadencia hipnótica que promete un thriller psicológico de altos vuelos.
Lamentablemente, el espejismo se desmorona con fatal celeridad una vez superada la introducción, dejando al descubierto los estragos del temido "síndrome del cortometraje estirado". Al carecer de un armazón literario robusto, el metraje se convierte en una agónica repetición de secuencias donde la protagonista simplemente deambula por corredores idénticos mientras respira de forma agitada. Además, la película renuncia a la progresión dramática; en lugar de expandir su mitología o enriquecer el conflicto, se limita a estirar el chicle de su atmósfera hasta que el miedo inicial muta en una insoportable monotonía. Es por ello que lo que pretendía ser un viaje opresivo a la locura acaba transformándose en un ejercicio de senderismo arquitectónico profundamente aburrido.
Lamentablemente, el espejismo se desmorona con fatal celeridad una vez superada la introducción, dejando al descubierto los estragos del temido "síndrome del cortometraje estirado". Al carecer de un armazón literario robusto, el metraje se convierte en una agónica repetición de secuencias donde la protagonista simplemente deambula por corredores idénticos mientras respira de forma agitada. Además, la película renuncia a la progresión dramática; en lugar de expandir su mitología o enriquecer el conflicto, se limita a estirar el chicle de su atmósfera hasta que el miedo inicial muta en una insoportable monotonía. Es por ello que lo que pretendía ser un viaje opresivo a la locura acaba transformándose en un ejercicio de senderismo arquitectónico profundamente aburrido.

Chiwetel Ejiofor
Este desierto argumental arrastra consigo a un reparto de primerísimo nivel, dejándolo en la más absoluta inoperancia. Resulta doloroso comprobar cómo actores de la talla de Renate Reinsve y el propio Ejiofor naufragan ante líneas de diálogo completamente artificiales y forzadas. La falta de construcción de los personajes es tan severa que resulta imposible creerse su tormento; recitan sus textos sin convicción porque el guion no les ha proporcionado un asidero emocional real. La gravedad gestual de Reinsve se siente hueca, pues aunque intente aportar solemnidad, el propio libreto la ignora y desdibuja constantemente a lo largo del metraje.
En definitiva, Backrooms es un colosal cascarón vacío. Una cinta que aprueba con honores en su diseño de producción y en su capacidad para recrear el horror de los espacios liminales, pero que fracasa estrepitosamente como obra cinematográfica. Kane Parsons demuestra tener un ojo prodigioso para la imagen, pero se olvida de que una atmósfera asfixiante, por muy amarilla e inquietante que sea, no puede sustituir a una buena historia. En suma, estamos ante un experimento fallido que confirma que, a veces, los terrores que habitan en internet deberían quedarse allí, atrapados en su fascinante y breve formato original.
En definitiva, Backrooms es un colosal cascarón vacío. Una cinta que aprueba con honores en su diseño de producción y en su capacidad para recrear el horror de los espacios liminales, pero que fracasa estrepitosamente como obra cinematográfica. Kane Parsons demuestra tener un ojo prodigioso para la imagen, pero se olvida de que una atmósfera asfixiante, por muy amarilla e inquietante que sea, no puede sustituir a una buena historia. En suma, estamos ante un experimento fallido que confirma que, a veces, los terrores que habitan en internet deberían quedarse allí, atrapados en su fascinante y breve formato original.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Para intentar dotar de falso empaque a esta vacuidad, el guion recurre al comodín más trillado del terror contemporáneo: la metáfora del trauma reprimido. La película coquetea torpemente con la idea de que este laberinto es un reflejo de las fracturas mentales de los personajes, navegando por aguas hipertransitadas (¿es un experimento estatal, el purgatorio, una proyección del subconsciente?). Esta falta de originalidad no sería un pecado capital si el tratamiento fuese brillante, pero el libreto opta por una brocha gorda exasperante. La cinta abusa de flashbacks redundantes y academicistas que, lejos de enriquecer el perfil de las víctimas, actúan como frenos de mano que mastican la información, alejando al espectador de la experiencia inmersiva para ofrecerle una lección de psicología de manual.
La debacle culmina en un tercer acto que, en su desesperación por atar los hilos de la conspiración gubernamental con el drama íntimo de los personajes, abraza la torpeza absoluta. El clímax se percibe apresurado, tosco y plagado de saltos lógicos que mueven a los protagonistas de un escenario a otro sin el menor rigor narrativo. Las resoluciones se sienten caprichosas, como si el director, incapaz de encontrar una salida natural a su propio laberinto de ideas, decidiera dar carpetazo a las escenas por pura extenuación. En lugar de una revelación catártica, el final ofrece un choque frontal entre ambiciones desmedidas y nula pericia escrita.
La debacle culmina en un tercer acto que, en su desesperación por atar los hilos de la conspiración gubernamental con el drama íntimo de los personajes, abraza la torpeza absoluta. El clímax se percibe apresurado, tosco y plagado de saltos lógicos que mueven a los protagonistas de un escenario a otro sin el menor rigor narrativo. Las resoluciones se sienten caprichosas, como si el director, incapaz de encontrar una salida natural a su propio laberinto de ideas, decidiera dar carpetazo a las escenas por pura extenuación. En lugar de una revelación catártica, el final ofrece un choque frontal entre ambiciones desmedidas y nula pericia escrita.
5 de junio de 2026
5 de junio de 2026
90 de 120 usuarios han encontrado esta crítica útil
Algo inherente al concepto de Backrooms es que no han sido creados para atraer un público, basados en estudios de mercado o pensados como decorado cinematográfico.
Surgieron de un post aleatorio que engendró otros, que fascinó otras mentes, que post a post, vídeo VHS mediante, fueron revelándose.
Casi como si quisieran conjurarse ellos solos, como si los estuviéramos buscando.
La película, como piedra angular de "oficializarlos" en el imaginario colectivo, refleja ese proceso: los Backrooms surgen como extensión oculta en el "imperio del mueble" de Clark, un nervioso jefe de tienda en lucha contra los patrones repetidos que le impiden avanzar, y en última instancia como eco para Mary, psicóloga del primero, a quien le recuerda la masa uniforme que llegó a ser su hogar.
El mundo de ambos fuera del espacio liminal titular es intencionalmente plano, desangelado, poblado de grabaciones a baja calidad e imágenes rayadas a fuerza de repetirse; un limbo color apagado donde la apatía se estanca sin opción a explotar en alivio o simple, pura, ira.
Surgieron de un post aleatorio que engendró otros, que fascinó otras mentes, que post a post, vídeo VHS mediante, fueron revelándose.
Casi como si quisieran conjurarse ellos solos, como si los estuviéramos buscando.
La película, como piedra angular de "oficializarlos" en el imaginario colectivo, refleja ese proceso: los Backrooms surgen como extensión oculta en el "imperio del mueble" de Clark, un nervioso jefe de tienda en lucha contra los patrones repetidos que le impiden avanzar, y en última instancia como eco para Mary, psicóloga del primero, a quien le recuerda la masa uniforme que llegó a ser su hogar.
El mundo de ambos fuera del espacio liminal titular es intencionalmente plano, desangelado, poblado de grabaciones a baja calidad e imágenes rayadas a fuerza de repetirse; un limbo color apagado donde la apatía se estanca sin opción a explotar en alivio o simple, pura, ira.

Renate Reinsve
Los Backrooms surgen en sus respectivas vidas como elemento de extrañeza, aparente peligro, pero poco a poco se transforman en algo más, un escape de la rutina, algo que todavía se siente seguro en su familiaridad, pero que, en sus esquinas oscuras, activa esa parte de nuestro cerebro adormecida que pide... "algo más".
Es imposible no leer ese "algo más" en el contexto fuera de esos años 90 que impone la película, y pensar en la IA generativa repitiéndose, añadiendo cada vez más dedos porque sí, creando caras que casi son pero no, mientras al otro lado de la pantalla o la cámara le buscamos explicación, lo mapeamos y nos aventuramos, una y otra vez, buscando que esta vez nos salga algo distinto en aquel otro pasillo.
La realidad es que, al igual que invocamos a los Backrooms como necesidad, su utilidad parece estar limitada a lo que queremos que sean: un desorden ordenado, donde estar en paz, sin quedarnos pensando que queremos algo más, teniéndolo todo sin que a la vez nada pueda ocupar espacio de verdad.
Es imposible no leer ese "algo más" en el contexto fuera de esos años 90 que impone la película, y pensar en la IA generativa repitiéndose, añadiendo cada vez más dedos porque sí, creando caras que casi son pero no, mientras al otro lado de la pantalla o la cámara le buscamos explicación, lo mapeamos y nos aventuramos, una y otra vez, buscando que esta vez nos salga algo distinto en aquel otro pasillo.
La realidad es que, al igual que invocamos a los Backrooms como necesidad, su utilidad parece estar limitada a lo que queremos que sean: un desorden ordenado, donde estar en paz, sin quedarnos pensando que queremos algo más, teniéndolo todo sin que a la vez nada pueda ocupar espacio de verdad.

Renate Reinsve
Sorprende la velada respuesta, a la pregunta: ¿por qué la fascinación, de Clark, y del público que mira, con los Backrooms?
Porque son una salvación.
En un mundo cada vez más caótico e inexplicable, que te pide explicaciones a tus traumas y responsabilidades que te mantienen despierto de madrugada, los Backrooms no exigen.
Son también caóticos e inexplicables, pero solo... son.
Registran.
Permanecen.
Guardan, si se puede o quiere decir.
Existe un consuelo, en pensar que en alguna parte, seguimos existiendo porque un espacio lo quiso así.
Donde se amontonan nuestras impresiones de infancia, donde nunca envejeció la habitación que nos acogió.
Donde todo es libre, infinito... y no perfecto, pero no importa.
Lo intenta, ¿lo será?
Y, en un mundo cada vez más vacuo y pasajero... permanecerá.
Diría Clark, que los Backrooms serán imperfectos, pero los conjuramos porque necesitábamos un sitio que llamar hogar.
Porque son una salvación.
En un mundo cada vez más caótico e inexplicable, que te pide explicaciones a tus traumas y responsabilidades que te mantienen despierto de madrugada, los Backrooms no exigen.
Son también caóticos e inexplicables, pero solo... son.
Registran.
Permanecen.
Guardan, si se puede o quiere decir.
Existe un consuelo, en pensar que en alguna parte, seguimos existiendo porque un espacio lo quiso así.
Donde se amontonan nuestras impresiones de infancia, donde nunca envejeció la habitación que nos acogió.
Donde todo es libre, infinito... y no perfecto, pero no importa.
Lo intenta, ¿lo será?
Y, en un mundo cada vez más vacuo y pasajero... permanecerá.
Diría Clark, que los Backrooms serán imperfectos, pero los conjuramos porque necesitábamos un sitio que llamar hogar.
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