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Fréwaka

Terror La historia de una estudiante de enfermería de cuidados paliativos que está acosada por un trauma de su pasado que tiene un efecto desorientador en su presente: su relación, su carrera y su capacidad para funcionar. (FILMAFFINITY)
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4
19 de marzo de 2025
22 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
El folk-horror está en peligro de extinción, pero no por falta de películas, sino porque el género se está abrasando a sí mismo con historias cada vez más parecidas y menos arriesgadas. Fréwaka entra de lleno en esta tendencia: su atmósfera opresiva, su exploración de traumas intergeneracionales y su folclore irlandés están ahí, pero el terror de verdad brilla por su ausencia. En lugar de sumergirse en lo oscuro, lo pagano, lo inquietante, la película se queda atrapada en el drama psicológico de sobremesa.

Aislinn Clarke tiene buen ojo para crear tensión y algunas imágenes son potentes, pero la película nunca termina de explotar su potencial. Se adentra en un mundo de supersticiones y rituales, pero al final parece más interesada en el dolor emocional que en el horror visceral. El resultado es un film que, aunque formalmente cuidado y con una gran banda sonora de Die Hexen, se siente demasiado contenido, demasiado seguro. Fréwaka es un viaje hacia la oscuridad que se queda en el umbral, sin atreverse a cruzar la puerta.
6
16 de octubre de 2024
21 de 25 usuarios han encontrado esta crítica útil
Uno de los calificativos en los que menos nos fijamos a la hora de hablar de una cinta, es el idioma en el que está rodada. El cine ya sabemos que tiene su propio lenguaje. En esta ocasión sí que tenemos que destacar que Fréwaka está rodada en gaélico, la lengua celta oficial de Irlanda. Aparte de esto nos encontramos ante un film de terror, que es lo que realmente nos interesa.

La historia que nos explica se aparta algo del terror más salvaje. Mezcla modernidad y tradición en una trama que va ganando enteros conforme avanza y dónde las sorpresas se guardan para el final.

Sohoo es una mujer que estudia enfermería y que hace las prácticas atendiendo las necesidades de Peig, una anciana con problemas de movilidad y que fue secuestrada en su noche de bodas por Na Sídhe, un ser de la mitología irlandesa. Entre ellas se establece una relación que marcará su vida actual, sus relaciones y su filosofía de vida.

Aislinn Clarke hizo su aparición en el largometraje en 2018 con The Devil's Doorway, en la cual también se introdujo en el terror en una película con el tema religioso detrás. En Fréwaka abre el abanico para ofrecernos algo más sórdido, explorando la relación entre dos mujeres que a pesar de sus diferencias esconden un pasado que las relaciona irremediablemente.
Clare Monnelly
El guion nos va mostrando, casi a cuentagotas, algo que al principio nos parece soso y que parece derivar hacia la clásica trama de la malsana relación entre una anciana y su joven cuidadora. Conforme van pasando los minutos nos vamos dando cuenta de que detrás nos está acechando el terror más crudo con el trasfondo, eso sí, de la relación entre las dos mujeres.

Estamos ante un terror psicológico que prácticamente esconde todo. Es decir, la ausencia de escenas escabrosas o duras, está sustituido por lo que flota en el ambiente. Un suspense que hace que permanezcamos atentos a la pantalla para no perdernos nada.

Sin ser una película folk horror en el sentido más estricto, toma elementos del folklore irlandés, como pueden ser las hadas y, también, rituales de sacrificio de animales, sobre todo cabras. Naturalmente, en la actualidad, se han sustituido esos sacrificios por ceremonias de exhibición.

El duelo interpretativo está protagonizado por Clare Monnelly y Bríd Ní Neachtain que a pesar de su diferencia de edad se entienden de maravilla. Es como una coreografía en la cual cada paso está medido a pesar de los espacios reducidos en los cuales tienen que desarrollar su trabajo.
Fréwaka es una película que nos traslada a un mundo casi mágico pero que esconde una perturbadora historia detrás. Como comentó la misma directora, Aislinn Clarke: “Hay mucho dolor y sufrimiento en la historia de Irlanda” algo que en principio no lo parece pero que visto lo visto, nos lo tenemos que creer.

https://www.terrorweekend.com/2024/10/frewaka-review.html
4
14 de junio de 2025
12 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Otro ladrillo que nos envían desde Irlanda a cuenta de su folklore y sus macabras leyendas. Una cuidadora social que, como no podía ser de otra manera, arrastra un trauma, es enviada a la casa de una anciana con trastornos mentales. Como pueden suponer, lo de los trastornos es cuestión de perspectiva.

El síndrome Midsommar vuelve a golpear, y lo hace duro en esta producción de diálogos abstrusos, paseos lánguidos y primeros planos pretendidamente acongojantes con fondo de música drone. Sabía donde me metía y aun así la he sufrido dejando un resquicio a la sorpresa que, por supuesto, no se ha producido. El cine irlandés se suele nutrir de esas leyendas que tienen por allá sobre cultos secretos, ritos ancestrales y naturaleza demoníaca. Ahora solo hace falta que a todo ello le doten de cierto sentido del ritmo para que el mejunje no se convierta en una invitación a la siesta. Al maligno no creo que le guste.

Para conferirle cierto peso social introducen el tema de la salud mental por aquello de que hay que despistar al espectador con el clásico truco de ¿será cierto lo que parece estar ocurriendo o todo está en su cabeza? Para averiguarlo hay que emprender el viaje y visionar la película, pero les recomiendo un café bien cargado antes de hacerlo porque aquí el único ser ultraterreno que va a intentar apoderarse de ustedes es Morfeo. Y no precisamente el de Matrix.
7
2 de septiembre de 2025
10 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Aislinn Clarke firma un folk horror irlandés que respira duelo y mitología a partes iguales. La premisa es sencilla: Shoo, una cuidadora a domicilio, llega a un pueblo remoto para atender a Peig, una mujer mayor y agorafóbica que teme tanto a sus vecinos como a los Na Sídhe —entidades del folclore—, y ese contacto abre heridas antiguas en ambas. La película, hablada en irlandés e inglés y estrenada en streaming por Shudder en abril de 2025 (yo la acabo de ver en Filmin), se sitúa con claridad dentro del auge reciente del terror irlandés de autor.

Tengo la impresión, y esto es lo que más me intranquiliza, que en Fréwaka hay dos mitades muy diferenciadas. El arranque es deliberadamente paciente, casi desesperante por su economía de información y su modo de observar el cuidado, la rutina y la vigilancia mutua. Ese ascetismo formal (miradas, ruidos lejanos, símbolos) puede exigir más de la cuenta. En cambio, la segunda mitad acelera el pulso, encadena hallazgos visuales y dramáticos y lleva el relato hacia un final pletórico, donde lo inevitable y lo inesperado conviven con una lógica de pesadilla que cierra bien las resonancias del mito y del trauma. Varios críticos han subrayado precisamente que la película no busca “romper el género”, sino asentarlo sobre el dolor femenino y la herencia social, algo que aquí está trabajado con convicción. Y esa descompensación entre las dos partes me hace llegar a la conclusión de que es una película buena, pero no redonda.

La puesta en escena es su gran baza. La fotografía de Narayan Van Maele exprime interiores mínimos, puertas “marcadas”, objetos rituales y una luz diurna que, lejos de tranquilizar, asfixia; la dirección de arte despliega iconografía religiosa y folclórica (talismanes, umbrales, animales totémicos) sin convertirla en simple atrezzo. Todo ello está potenciado por la partitura de Die Hexen, una música áspera y envolvente que evita el subrayado fácil y que, con justicia, ha sido reconocida en el circuito irlandés. Los “sustos” funcionan por acumulación de atmósfera y por diseño sonoro, más que por jump scares.

En el reparto, Clare Monnelly (Shoo) y Bríd Ní Neachtain (Peig) sostienen el eje emocional con registros complementarios: contención frente a arrebato, cuidado frente a desconfianza. Esa relación, siempre atravesada por la experiencia femenina del duelo, es el corazón de la película y el lente a través del cual el folclore adquiere peso dramático, no mero exotismo.

No todo encaja: el ritmo del primer tramo puede parecer rígido; alguna elipsis deja huecos que no todos querrán rellenar; y las sugerencias conspirativas alrededor de la comunidad, más que abrir capas, a veces difuminan el foco del conflicto principal. Sin embargo, cuando Fréwaka se decide a hablar claro en su propio idioma —el del mito como metáfora del trauma—, encuentra una voz nítida y un remate emocionalmente eficaz.

En resumen, Fréwaka es recomendada para quien busque terror de combustión lenta con poso: técnica sólida, interpretaciones entregadas, partitura envolvente y una segunda mitad que compensa la sequedad de la primera.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
En 1973, una boda en un pueblo irlandés se tuerce cuando unos mummers con máscaras de paja irrumpen el banquete y la novia, Peig, desaparece. El folclore local habla de los Na Sídhe, “el buen pueblo”, que roba a la gente en los umbrales de la vida. La noche queda fijada como una deuda pendiente.

Décadas después, Shoo (Siobhán), cuidadora domiciliaria que carga con el reciente suicidio de su madre y un duelo mal cerrado, acepta un trabajo en un caserón aislado: cuidar a Peig, ahora anciana, agorafóbica y convencida de que “ellos” viven “en la casa de debajo de la casa”, más allá de una puerta roja llena de símbolos apotropaicos. Shoo, escéptica al principio, empieza a notar ruidos, sombras y la inquietante coherencia con que Peig describe a los Na Sídhe.

La convivencia revela marcas en la espalda de Peig y pequeñas defensas contra lo feérico (sal, metales, amuletos), mientras el pueblo susurra una historia incómoda: la noche de bodas alguien “negoció” el regreso de Peig… a cambio de otra vida. Con piezas de periódico y recuerdos dispersos, Shoo descubre la verdad: Peig es su abuela y la “ofrenda” que se entregó años atrás acabó marcando el destino de su propia madre… y, por extensión, el suyo. La película sugiere aquí el cruce entre mito y trauma histórico (Magdalene Laundries, violencia institucional).

Cuando “ellos” cercan la casa, Peig comprende que el ciclo va a repetirse. En un intento desesperado por romper la cadena, se hiere mortalmente (en el ojo), como si un sacrificio propio pudiese saldar la deuda y “despertar” a Shoo. El gesto no basta: Shoo oye fuera la voz de Mila, su pareja, y ve señales de que podría estar retenida. Para recuperarla, cruza la puerta roja hacia el sótano: “la casa de debajo de la casa”.

Al otro lado, Shoo encuentra un vestido de novia (eco de 1973) y un claro ceremonial. Figuras encapuchadas la coronan mientras, a lo lejos, una presencia cornuda observa; Shoo sangra por los ojos: imágenes de captura y consagración, no de triunfo. El corte final sugiere que los Na Sídhe han cobrado su deuda: si no es el cuerpo, es el destino.

El sentido último queda deliberadamente ambiguo. Una lectura “sobrenatural” dice que Shoo paga lo que el linaje debía; otra, “psicológica”, ve un colapso disociativo donde la puerta roja es el umbral del trauma y el sacrificio de Peig intenta rescatarla de la locura. La película abraza ambas capas: horror feérico y dolor intergeneracional, y remata con la idea de que hay heridas —familiares y nacionales— que siguen reclamando su tributo.

Un plano final, que queda en la retina para mucho tiempo. Los ojos sangrantes, el Dios Cornudo.
1
10 de agosto de 2025
13 de 21 usuarios han encontrado esta crítica útil
Como cabra que tira al monte, no puedo dejar de ver todo aquello que huele a terror rural y a priori esta película tenía buena pinta: la Irlanda profunda, rituales, un pueblo hostil, en fin, todo aquello que apreciamos los amantes del paganismo atávico en el cine. Pero vaya si me he llevado un chasco.

Aquí las características del género son tomadas como excusa estética para darle algo de color a lo que, por otro lado, no es más que un simple drama homovaginal que involucra a madres disfuncionales e hijas con sentimiento de culpabilidad. Una cuidadora social va a atender a una anciana con demencia en su casa de un pueblo instalado en el campo irlandés y, como siempre, los demonios que allí encuentra son sus propios demonios.

No hay una sola escena capaz de generar el más mínimo terror o ansiedad. La película se distiende sobre sí misma y acaba por hacerse insoportablemente soporífera. Hay una especie de secta pagana, hay una puerta en el sótano que nunca debe abrirse, hay un pueblo que mira mal al forastero pero lo que hay sobre todo es la cara de pánfila de la protagonista en todos y cada uno de los planos. Enseguida nos damos cuenta de que el drama en realidad carece del mayor interés y además está explicado por encima. Y el final es el típico del terror rural pero la verdad es que no viene a cuento, y su mayor logro es simplemente hacerte sentir aliviado porque al fin termina la pesadilla.

Una de las películas más aburridas que he visto nunca, y también la más perfecta en su impericia: no tiene talento, no tiene garra, no tiene buenas actuaciones y tampoco tiene sentido su existencia.
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