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Columbus

Drama Jin se encuentra atrapado en Columbus, Indiana, donde su padre arquitecto está en coma. Allí conoce a Casey una joven de 19 años, bibliotecaria y muy apasionada a la arquitectura que quiere quedarse en la ciudad con su madre, una adicta que se está recuperando, en lugar de perseguir sus sueños. (FILMAFFINITY)
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8
15 de diciembre de 2017
62 de 65 usuarios han encontrado esta crítica útil
El arquitecto Mathias Goeritz formuló en 1953, el Manifiesto de la Arquitectura Emocional, comprimiendo brevemente el discurso sobre el que se sostenía el Museo ECO de la Ciudad de México. En dicho manifiesto, Goeritz defendía que "el arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo". Casi 65 años después, el artista Kogonada, respetado por sus montajes audiovisuales, que reflexionan sobre algunas de las claves del arte cinematográfico, debuta en el largometraje y en la ficción con un manifiesto audiovisual que viene a secundar los postulados de Goeritz. Para Kogonada la arquitectura debe ser capaz ya no sólo de reflejar el espíritu de una época, si no también debe contribuir a generar, por sí misma, sentimientos, liberándose del tiempo en el que fue pensada o construida, para pegarse al tiempo en el que es usada y, sí, sentida.

Columbus, Indiana, es una ciudad pequeña (no llega a los 50.000 habitantes) que sin embargo alberga una amplia colección de edificaciones que suponen un riquísimo muestrario de la arquitectura americana del último siglo. Ello hace que Columbus sea un caso de estudio particularmente estimulante para urbanistas, arquitectos y artistas. Kogonada, construye su análisis arquitectónico-emocional, a través de la historia de dos personajes que se encuentran y reconocen el uno en el otro, una chica brillante que se niega a ir a la universidad porque no quiere abandonar a su inestable madre, y un hombre que se aproxima a la cuarentena que acude a la ciudad porque su padre, un reputado arquitecto, se encuentra ingresado en un hospital de la misma. Estas dos historias se cruzan y fusionan, con los diversos edificios y espacios públicos de Columbus como escenario y, en última instancia, como tercer personaje protagonista. Así, la arquitectura funciona en Columbus como catalizador de emociones, pero también como productor de sentimientos y facilitador de catarsis emocionales. Para Kogonada la arquitectura no sólo es emocional si no también curativa. A través de su contemplación y ocupación, los personajes son capaces de gestionar su dolor y seguir adelante. Columbus es una hermosa carta de amor a la arquitectura como arte. Una defensa radical de su poder y de la necesidad de pensar en los sentimientos que produce en las personas que le van a dar uso y no sólo en su funcionalidad. Precisamente Goeritz aseveraba en su manifiesto que "el hombre del siglo XX se siente aplastado por tanto “funcionalismo”, por tanta lógica y utilidad dentro de la arquitectura moderna". Ponía así el acento en denunciar el movimiento funcionalista que había pasado a dominar la arquitectura a comienzos del S.XX. En Columbus, Kogonada no es tan explícito, pero su defensa de la arquitectura como catarsis emocional deja poco lugar a dudas a la hora de afirmar que se adscribe a las tesis de Goeritz.
La ópera prima de Kogonada reivindica, a través de su análisis de las posibilidades que ofrece la arquitectura para entender la psicología humana, la importancia de comunicarse, la relevancia del espacio público a la hora de entablar relaciones personales entre nosotros. Gracias a los maravillosos espacios de Columbus, esta mujer y este hombre, ambos dolidos por las complicadas relaciones que mantienen con sus padres, son capaces de verse reflejados en el otro, conversar y vomitar sus frustraciones al cielo libre de una ciudad extraordinaria. Kogonada filma una película que transpira humanismo y un fascinante amor por el arte arquitectónico. Plagada de diálogos inteligentes, personajes construidos con sumo cuidado y cariño y una puesta en escena delicada y hermosa, que muestra en toda su grandeza los espacios que retrata, Columbus es una pequeña obra de culto en potencia.
7
30 de diciembre de 2017
17 de 19 usuarios han encontrado esta crítica útil
A veces se nos olvida que nuestra vida se encuentra enmarcada en el espacio y que ordenar dicho espacio suele ser la tarea de los arquitectos. Y en el cine la situación se vuelve aún más rebuscada y confusa, ya que los personajes se mueven en un entorno - real o fingido - y la mirada del director se presta a fragmentar y reconstruir a su libre albedrío aquello que considera relevante, dejando fuera (de campo) los desechos o descartes, según su criterio y antojo. Pocos han sabido entender mejor esta diáfana simpleza que el maestro nipón Ozu, tan insustituible como incomprendido, tan inmarchitable como necesitado de una inmediata revisión.

Este sencillo relato sobre la finitud, la belleza, la pasión, las simetrías, el olvido y las segundas oportunidades nos confronta, a su manera, con todo un fascinante catálogo de imágenes: tan sutiles como primorosamente elaboradas, tan sobrias como complejas, tan hermosas como filosas, tan elípticas como profundas. Pocas veces he visto en el cine occidental una mirada en apariencia tan despegada y fría, bullir y alborotarse por todo lo que las palabras ocultan y disimulan - porque se pasan las casi dos horas sin parar de decirse naderías - y que un espectador atento sabrá discriminar y calibrar en su justa medida, comprendiendo que la vida es un mero jeroglífico de proporciones y medidas... Encontrar el equilibrio es la incógnita a despejar.

Quizás adolezca de muchos tics del cine independiente yanqui, pero también es verdad que en este caso sus limitaciones y modestia juegan a su favor. Pocos personajes, estudiadas elipsis y opacos silencios: todo suma y nos ofrece un acerado estudio sobre el temor cotidiano, sobre el mundo que habitamos, sobre los fantasmas que nos acechan y las pesadillas que nos encadenan, sobre los sueños que desatendemos y los cigarrillos que compartimos por cortesía (o ilusión)...No hay mayor pérdida que las oportunidades negadas. Arriesgarse es vivir y hablar nos ayuda a dar el salto mortal.

La vigencia de Ozu no se limita al mínimo espacio de esta reseña... Redescubrirlo es abrirse a una arquitectura misteriosa, indescifrable e infinita.
7
24 de febrero de 2018
9 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hablando en el FICLPGC acerca de sus ‹supercuts› —esos en los que la obra de Ozu, Tarantino o Kubrick era percibida a partir de una búsqueda estética—, Kogonada decía entender el cine como «un punto para la discusión, en el que concurren las miradas de todos». En Columbus, el norteamericano de origen surcoreano se dirige a grandes rasgos a esa discusión a través de un punto de partida cuanto menos insólito: la arquitectura confrontada con el espacio emocional; aquello visto desde una perspectiva lógica, racional, descrito en definitiva mediando un vínculo más afectivo. El encuentro, en ese sentido, de dos personajes sin aparente relación —más allá del lazo casual propiciado por el progenitor de uno de ellos—, el hijo de un famoso arquitecto y una estudiante que encuentra precisamente en ese arte una de sus grandes devociones, se propone como punto de partida de un estimulante debut tras las cámaras.

La arquitectura, pues, predomina en un film donde además de tomar un papel importante en su tesis, lo hace a través de una forma que encuentra en el plano y su simetría un modo de dibujar los espacios en los que se mueven los personajes y disponerlos como algo trascendental. Así, la crónica de Jin (con n), ese surcoreano que visita la ciudad de Columbus para estar al lado de su padre enfermo, y se ve atrapado en un escenario del que no puede huir pero en el que parece improbable avanzar, y la redundancia en esos emplazamientos a los que sus protagonistas vuelven vez tras otra, como si todo estuviese conectado, en una forma de explorar esa frustración, contrasta con la decisión de Casey de seguir presa de un marco en el que se siente cómoda pero no es sino un reflejo de sus temores e inseguridad por seguir avanzando. El retrato de ambos personajes se hace patente mediante el diálogo y también en la consecución de esos pequeños detalles a través de los que Jin y Casey se descubren mutuamente, encontrándose y reflejándose el uno en el otro. Esa conexión que establece el cineasta a nivel de espacios, queda extrapolada en una correlación que también vincula a los protagonistas con los edificios acerca de los que se constituye una emoción, llevando su transparencia y luminosidad a una extraña concomitancia para con la relación de ambos.

La razón queda contrapuesta a una emoción que es recogida por Kogonada con una sutileza imperceptible, ya sea a partir de la introspección realizada por sus personajes o apoyándose en la imagen independizada del diálogo —como en ese maravilloso momento en el que Casey (maravilloso descubrimiento, por cierto, el de una Haley Lu Richardson que otorga otra magnitud tanto a su personaje como al film) se dispone a responder a Jin y no vemos otra cosa que el entusiasmo reflejado en su rostro—. Si su apartado visual funciona como motor de una propuesta en la cual el sentimiento huye de la exaltación y reposa en su sosegado carácter, la narrativa deconstruye a través de su disposición los escenarios por los que Columbus va transitando, escapando así de una sensación de temporalidad que sin duda complementa todos y cada uno de los encuentros entre sus protagonistas. La ópera prima de Kogonada traza así y desde la vía estética una profunda reflexión sobre los mecanismos del arte y nuestra respuesta ante ellos, pero sabe del mismo modo dotar de profundidad a un relato donde el recorrido importa tanto o más que su discurso. Porque, al fin y al cabo, tanto la postura establecida por Jin y Casey como su destino final marcan un camino que el arte no siempre puede comprender o abarcar, y en el que la vida debe abrirse camino, para bien o para mal.


Crítica para www.cinemaldito.com
@CineMaldito
6
26 de diciembre de 2017 6 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
El escritor y director Kogonada nos presenta su ópera prima, una más que emocionante película que estuvo presente en la sección oficial del Festival de cine de Rotterdam y en la sección oficial del Festival de cine de Mar de Plata.

Nos cuenta la relación de una joven pareja en la ciudad de Columbus, Indiana. Los personajes escriben, hablan y se relacionan sobre una extraordinaria colección de estructuras modernistas.

Casey, papel interpretado por Haley Lu Richardson ha vivido siempre en Columbus, tiene mucho sueños, pero nunca los ha llevado a cabo, ha preferido quedarse cerca de su madre, la cual se está recuperando de su adicción al juego. Ella presenta un gran interés por la arquitectura y los edificios emblemáticos de la ciudad. Esa pasión le permite conocer a Jin, papel interpretado por John Cho, que dejó hace muchos años los Estados Unidos para mudarse a Corea, allí se dedica a traducir literatura.

Cuando el padre de Jin, prestigioso profesor de arquitectura se derrumba y sufre un derrame que le deja en coma, su hijo deberá dejarlo todo y volver a Columbus para estar a su lado, Jin siente una constante culpa por su falta de compromiso familiar.

Cuando la pareja se encuentra de manera fortuita, nacerá entre ellos una bonita amistad, el director nos muestra su pasión por la vida y la visión que tienen los personajes sobre la cultura y la educación.

Dentro de la película hay muchas referencias a grandes directores como pueden ser Yasujiro Ozu y Hirokazu Koreeda.

La película es hipnótica en todo momento, es un tipo de cine independiente, pero con una psicología y una puesta en escena muy lograda. Es una historia que parece sacada de otro tiempo, con una fotografía y unos decorados magníficos.

Un drama que mezcla muy bien las relaciones humanas con la arquitectura, la ciudad de Colombus es un pilar fundamental en la historia, con todo su entorno.

El reparto está bastante bien, con unas interpretaciones creíbles y para nada forzadas.

Lo mejor: La atmósfera que se va formando.
Lo peor: Se hace algo pesada y cuesta un poco entrar en ella.
3
13 de abril de 2020
5 de 7 usuarios han encontrado esta crítica útil
Trataré de ser justo. La fotografía y los edificios arquitectónicos que muestra el director, son muy lindos para una disertación sobre arquitectura antigua y moderna. Me imagino, como plantea la película, a un afamado arquitecto, dando una charla para un grupo de estudiantes ávidos de saber y aprender del tema. Pero el grave problema de Columbus es el guión que no cuenta nada interesante. La pareja protagonista de John Cho y la bonita de Haley Lu Richardson, tampoco transmite nada de nada. La madre de la muchacha, casi no habla. Al padre del protagonista lo vemos de lejos y al comienzo. La mujer del afamado arquitecto enfermo, pasa casi desapercibida dentro de una historia aburrida, sin alma. Me ilusioné de que pudiese suceder "algo" en una escena entre la susodicha mujer del anciano enfermo, y su hijo resentido, pero no: Se queda ahí.

Algunos diálogos que parece que terminarán en algo interesante, también se quedan a mitad de camino. Rara vez me sucede, estar a un paso de quedarme dormido, Sinceramente me parece una cinta pretenciosa y elogiada . vaya uno a saber por qué razón - por la crítica especializada, que se torna larga y muy aburrida. Un híbrido con un final sin emoción, ni siquiera una sola escena que justifique estar tanto tiempo mirando edificios. Con todo respeto, yo no sé qué le vieron.
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