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España España · O Carballiño
Críticas de odaesu
Ordenadas por:
65 críticas
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9
4 de enero de 2011
232 de 267 usuarios han encontrado esta crítica útil
Primero. No me abandones. Segundo. Si me abandonas vuelve a mí. Tercero y último. A pesar de todo el dolor te querré siempre.
En Never let me go, Mark Romanek nos muestra un pasado-futuro, una realidad histórica alternativa, dónde la ciencia y la medicina evolucionaron a ritmos agigantados después de la II Guerra Mundial, y dónde la moralidad quedó sepultada por el instinto natural de supervivencia. En este mundo todo es lo que parece. No hay trampas. No hay salidas. Es la dura realidad chocando contra nuestros más altos ideales, contra aquellas cosas en las que todos confiamos creer, hoy y mañana.
La película adquiere la forma de un corazón dolido, justo antes del final de su camino, justo antes de cambiar de recipiente, y deshacerse de eso a lo que aún llamamos sentimientos. Y que tenemos todos. Todos. A pesar de la forma cuadriculada que quieren imponer a nuestros cerebros. Podremos perder nuestra voluntad, ser siervos, pero nunca dejaremos de amar, y de querer ser amados.
Por encima de todas estas cosas, del debate “ética contra ciencia”, del autoritarismo, de la dominación y adormilamiento de las masas, del escaso dolor que parece generar en el individuo la colectivización de la culpabilidad, todos ellos temas temiblemente desarrollados por los totalitarismos del siglo XX (desde el nazismo hasta el stalinismo), por encima de todas ellas, esta película cuenta con un alma descarnada. Porque sí, todos tenemos alma también. Una alma coartada que vemos a través de las miradas tristes, melancólicas, apagadas, de unos personajes derrotados sin luchar, interpretados magistralmente por Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley. Sin ellos, sin sus gestos cansados, sin sus voces rotas, esta película no podría haber sido posible. Tampoco sin la maravillosa música de Rachel Portman o la apagada fotografía de Adam Kimmel. Forma y fondo al servicio de unas ideas concebidas por el escritor Kazuo Ishiguro, y plasmadas por el guionista Alex Garland y el director Mark Romanek.
Never let me go es, en definitiva, un caballo que no puede correr, un toro que solo sirve para procrear, una bestia dominada, con una vida programada antes ya de nacer. Never let me go es lo que sus personajes le hacen ser. Y a lo mejor nosotros también somos así. Es tan pesimista el mensaje, el texto y el subtexto de esta película, tan retorcidos los sentimientos que produce en el espectador, y tan auténticos, que tiene que haber algo de verdad en todo ello, algo de presente en este alternativo pasado futurista. Algo de nosotros. Algo de amor y de dolor. Algo de realidad.
odaesu
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9
23 de enero de 2009
188 de 206 usuarios han encontrado esta crítica útil
Al hacer esta crítica podría realizar un ejercicio de escritura automática, poniendo en orden aleatorio todos los sentimientos que sentí durante las dos horas que duró, y los que todavía me revientan la cabeza. Podría por otro lado convertir el texto en una carta abierta a Kate Winslet, diciéndole que su April me ha parecido lo más soberbio que he visto desde la interpretación de Julianne Moore en Las Horas, que está más allá ya no de todo elogio (como dijo Boyero), ni siquiera del bien y del mal, sino de la propia concepción del cine como arte construida por el ser humano, y por supuesto que es la mejor actriz del mundo, y que ni todos los (no) oscars que nos podamos imaginar cambiarán eso. Podría también comparar Vía Revolucionaria y Las Horas, su dureza, su mirada desoladora sobre la clase media, su carga de melancolía y fatalidad, sus ansias irremediables de ser libres y su discurso poliédrico y extremadamente doloroso.

Pero no haré nada de eso, a pesar de que los sentimientos me atormenten, a pesar de que Kate sea Dios, y a pesar de que Las Horas, Pequeña Infancia y Vía Revolucionaria constituyan una trilogía ilegítima tan provocadora como incontestable y tan hermosa como terrible.

En cambio diré que esta película habla de nosotros, residuos sociales, piezas del engranaje, almas podridas y carcomidas por los desengaños y la crueldad del mundo, víctimas anónimas de una sociedad insaciable, diré alto y claro que esta película habla de mí, de mis miserias, de mi locura, de mi cobardía, de mis ansias acalladas de libertad, de mi autodestrucción, de mi maldad, de mi hipocresía, de mis ganas de ir a Paris, de mis sueños de iniciar una revolución que me libre de las ataduras que me atan a esta gran campana de cristal.

En mi último aliento diré, entre susurros, que esta película habla de una revolución imposible.
odaesu
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9
15 de febrero de 2009
124 de 140 usuarios han encontrado esta crítica útil
Esta no es una película perfecta, que hable de una mujer impecable y de un apuesto caballero, El lector es una historia de claroscuros, de monstruos y crímenes, de castigos y culpas.

Esta es una película dura, de esas que te atan a una silla y te llenan las entrañas con una masa viscosa, un cuento terrorífico que hace daño por ser sincero con el espectador.

Esta no es una película fácil, más bien es de ese tipo de filmes que calan hondo y hacen que su sombra crezca en el interior del ser humano con el paso de las horas, que entretejen en el fondo de los mecanismos mentales una serie de cuestionamientos ético-emocionales tan dolorosos como terribles por lo descorazonador de su lógica.

Esta es una película dramática, llena de pasiones encontradas, de seres humanos al borde del precipicio, de miedos y de certezas que se derraman por el resbaladizo suelo de la historia.

Esta no es una película de nazis, ni de judíos, ni sobre la expiación de los pecados. Es una historia de dolor, de incomprensión, de perdida, de fatalidad. Es un análisis certero sobre la culpabilidad compartida, la inculpación, la demagogia y los mecanismos judiciales. Es un poema al amor prohibido, a la pasión abocada al fracaso, a los besos perdidos, a las confesiones desoídas, a los secretos malévolos y a la inocencia robada.

Esta es, por lo tanto, una película de sensaciones.
odaesu
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8
10 de enero de 2014
91 de 104 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace no mucho leí a alguien (como siempre, no recuerdo quién) que decía que la familia es esa institución social de la que siempre estamos preconizando su defunción y que en cambio nunca termina de morir. Como si estuviera hecha a prueba de bombas. En August. Osage County, adaptación de la obra homónima del dramaturgo, guionista (adapta su propia pieza teatral) y actor Tracy Letts, se narra la descomposición de una familia que se encuentra bajo el yugo de una matriarca gravemente enferma de cáncer (una Meryl Streep a ratos alucinada y alucinógena, y casi siempre demoledora) que ha hecho del ataque a sus seres queridos su única forma de vida. Ahora, que la muerte golpea a su puerta.

Cuanto más decimos que la familia está al borde del colapso más, en realidad, se fortalecen sus lazos. Hay más interdependencia (emocional, no estoy hablando de cuestiones económicas) entre nuestros padres y nosotros que la que hay entre ellos y nuestros abuelos, y seguramente menos de la que habrá entre nosotros y nuestros hijos (si es que algún día esta generación alcanza la suficiente estabilidad económica para tenerlos). Esta cuestión la toca de pasada August durante la fabulosa secuencia de la cena familiar. Ante las quejas de sus hijas por el trato que les dispensó su madre durante su infancia esta responde hablando de la suya, de la terrible relación con su madre, ya no de la frialdad de su relación, sino directamente de la agresividad que la presidía. Más adelante, el personaje de Meryl Streep les dice a sus tres hijas, lacónicamente, que quizás eso es lo que ha heredado de su madre. Esa maldición/necesidad de devorar a sus crías. Y quizás su hija mayor (Julia Roberts, fantástica, en uno de los mejores trabajos de su carrera) lo haya heredado también. Quizás toda esa fuerza volcánica, ese odio, ese rencor, es una maldición familiar que corre por los genes y se traspasa de generación en generación, creando madres que de tanto amar a sus hijos los asfixian en sus ansias de control.

Esta película dirigida por John Wells, sin mucha personalidad pero con solvencia, es por lo tanto una gran reflexión sobre la familia como estado de sitio, como cárcel de la que no es posible escapar. En esta película no hay mucho sitio para la esperanza, la familia es una condena a cadena perpetua. Cuando la hija del medio (Julianne Nicholson, la más contenida y aún así la que más desgarra de todo el reparto) dice que la familia no es más que un grupo de personas unidas por estrictos lazos biológicos se equivoca al restarle importancia a ese hecho. Letts acaba demostrándonos que la unión genética viene acompañada de algo más, algo que quizás no sea producto ni de la convivencia ni del cariño, algo espeso que se mueve por las entrañas impregnándolo todo. No hay posibilidad de escapar de la familia, porque la familia está dentro de ti desde que naces.

Si August no duele es porque no persigue que nos encariñemos a sus personajes. Es una historia tan agria, que se mueve por lugares tan oscuros, que hace difícil amar a unos personajes llenos de miseria. No tengo muy claro si esa decisión es un acierto o un error, sólo sé que la película funciona, a pesar de que su clímax, la cena familiar de 20 minutos, esté situada en medio del metraje, condenando al film a deslizarse lentamente cuesta abajo durante los 40 minutos restantes, aun habiendo en ellos varios picos de cruda tensión. Si la primera parte es una comedia negra, tras la cena (o más bien en el transcurso de la misma) la historia torna en un drama familiar que quizás carga demasiado las tintas en alguno de los temas que expone. Si la primera parte es de Meryl Streep, la segunda lo es de Julia Roberts, lo cual no justifica una secuencia final diferente a la de la obra de teatro que no aporta absolutamente nada a una historia que de tanto desgañitarse termina con la voz rota.
odaesu
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8
21 de septiembre de 2014
76 de 88 usuarios han encontrado esta crítica útil
Uno de los cineastas más destroyers del cine de las últimas tres décadas, el canadiense David Cronenberg, se lanza en su última película, Maps to the stars a rodar una enmienda a la totalidad del mundo de las estrellas de Hollywood, con sus relaciones sexuales insanas, sus fiestas desbordadas de drogas y sus contratos multimillonarios. Para ello se sirve de un guion punzante salpicado de dardos envenenados contra gente de la industria del entretenimiento. Precisamente el contraste entre las referencias reales y las secuencias y giros de guion somnolientos, como de mal viaje de LSD, hacen que la película sea ante todo un film de David Cronenberg. Una visión distorsionada y enfermiza de una realidad y una sociedad bastante enfermas de por sí. Por sus excesos tanto visuales como narrativos lo conoceréis. De las carcajadas más sucias que nos regalara el cine de 2014 a los estallidos de violencia más burdos y secos, acompañamos a un grupo de personajes siempre al límite por las calles y las mansiones de un micro-mundo de leyes y moralidad propias.

Lo que ha parido Cronenberg no es una farsa, ni una broma, ni una ridiculización de Hollywood. Es otra cosa. Algo que él domina como pocos. Maps to the stars es una pesadilla. Y como tal, cuando se la cuentas a los demás, en lugar de darles miedo, lo que consigues es que se rían a mandíbula abierta, porque la ensoñación que relatas es demasiado absurda, delirante e imposible. Sin embargo el poso que deja sí que aterroriza, porque eres consciente de que lo que produce tu subconsciente está construido sobre elementos reales. Hollywood no es como el que Maps to the stars pinta con cubos de pintura que se estrellan contra las paredes. Sin embargo, el centro de las acciones hiperbólicas que nos muestra sí que está presente en el mundo de la industria del cine norteamericana. Los padres que convierten a sus hijos en factorías, los actores novatos dispuestos a todo, la endogamia (sexual, laboral) de ese mundo, los actores que se niegan a asumir su edad y esa enfermiza sensación de impunidad, que se resume en “haré algo malo, luego iré a Oprah, y más tarde ganaré aún más dinero”. Vivimos en un mundo edificado sobre la base de que todo crimen recibe su castigo (el actual estado de corrupción no obliga a añadir un “si te pillan”). Sin embargo en L.A. no. Eres detenido, la prensa filtra tu ficha policial, eres condenado a servicios comunitarios, te redimes haciendo una entrevista en profundidad, abrazando la fe o rodando un reality y el mundo sigue girando, el cajero escupiendo dinero, y tú vuelves al punto de partida. Sexo, drogas, impunidad y rock & roll.

Todo lo que nos narra el cineasta canadiense puede provocar que nos indignemos o que nos riamos. Cronenberg pudo haber dirigido un drama muy agrio, sin embargo prefirió rodar una comedia muy negra. El destino final es el mismo: Hollywood es una ciénaga, la nueva Sodoma y Gomorra. Sin embargo el viaje es mucho más divertido viendo a Jualianne Moore interpretar a una especie de Lindsay Lohan de 50 años, de tormentosa relación con su exitosa madre, y que se niega a asumir que ya no puede interpretar personajes en la treintena. Quizás estemos ante la interpretación más valiente de la carrera de Moore. Es un placer verla a caballo entre la locura y el narcisismo destructor, entre la más honda de las banalidades y el más terrible de los miedos. Sin embargo, en lugar de entregarle el protagonismo a los veteranos (Moore, John Cusack, Olivia Williams), la película elige sabiamente fijar el centro del relato en los personajes jóvenes, interpretados por el joven (y perturbador) Evan Bird, y la nueva musa del cine de autor planetario, Mia Wasikowska. Esta decisión tan arriesgada le permite hacer un dibujo preciso del resultado de décadas de degeneración. Al fin y al cabo nos debe interesar más la nueva generación que se está adueñando de Hollywood que la generación de sus padres, que por cuestiones de edad ya se bate (forzosamente) en retirada. Retratando a los vástagos, radiografías a la vez a los progenitores, logrando esbozar el pasado, las tormentas, reflejar el presente, los lodos, y aventurar un futuro aún más corrompido. Siempre decimos aquello de que “la raza mejora”, quizás no, quizás malos padres dan hijos peores, y la espiral de perdición no tiene fin. Esto no lo digo yo, que creo que soy un poco más optimista, lo dice David Cronenberg, uno de los directores más enfermos y cínicos del cine.
odaesu
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