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Érase una vez en... Hollywood

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Sinopsis
Hollywood, años 60. La estrella de un western televisivo, Rick Dalton (DiCaprio), intenta amoldarse a los cambios del medio al mismo tiempo que su doble (Pitt). La vida de Dalton está ligada completamente a Hollywood, y es vecino de la joven y prometedora actriz y modelo Sharon Tate (Robbie) que acaba de casarse con el prestigioso director Roman Polanski. (FILMAFFINITY)
El juego de Hollywood
La previa de la presentación en sociedad de la novena película (siempre según el recuento oficial) de Quentin Tarantino estuvo marcada por una sensación de suspense a veces insoportable. En la primera ronda de anuncios de películas que estarían en la 72ª edición del Festival de Cannes, el equipo del certamen fue incapaz de confirmarla porque, al parecer, el trabajo aún no estaba terminado. Teníamos al eterno enfant terrible haciendo horas extra en la sala de montaje, y estaba por ver si llegaría a tiempo o no. Al final, ya lo sabemos, fue que sí. Pero hubo más.

La diabólica configuración de la parrilla de proyecciones de prensa dejó muy pocos pases reservados al gremio, y para más inri, ninguno de éstos se celebraría en la sala principal del Palais des Festivals. La aritmética no dejaba lugar a dudas: habría muy poca oferta para tanta demanda de butacas. Y así de angustiados entramos en la sala. Malos ingredientes que, por si todo esto fuera poco, se vieron agravados por un episodio de última hora. Antes de que se pusiera en marcha el proyector, un miembro de la organización agarró un micro y nos transmitió un último deseo por parte del director y sus productores.



Se nos pedía, básicamente, que no desveláramos nada que pudiera estropear la experiencia de visionado a los futuros espectadores. Como si esto fuera a lo que se dedican los periodistas. Como si esta película mereciera más protección que el resto. Como si el encanto de toda la propuesta residiera en un apunte que, de desvelarse, haría que todo el conjunto se desplomara cual castillo de naipes. Pues la verdad es que, una vez pasado el cabreo inicial, a lo mejor sí que se trataba de esto.

‘Érase una vez en... Hollywood’ es un regreso a esa Meca del cine en transición. Lo viejo se estaba muriendo y lo nuevo pedía que le abrieran paso a golpe de una serie de obras maestras que, al poco tiempo, terminarían por acabar de cortocircuitar el viejo sistema de los grandes estudios. En este tan conocido contexto, Tarantino se inventa a dos personajes que vienen de esa antigüedad (un doble de escenas de acción y un actor célebre en los años cincuenta por su participación en un western televisivo) y revive el fantasma de alguien que parecía destinado a estar en la avanzadilla de aquella revolución.



El tercer lado que completa el triángulo es ni más ni menos que Sharon Tate, macabra encarnación de aquel futuro que, en agosto de 1969, desapareció para siempre. Con estos ingredientes, Quentin Tarantino hace lo que mejor sabe. Esto es, ponerse a jugar. En este caso, como en ‘Malditos bastardos’, con la realidad y la ficción. En ese espacio tan moldeable en el que reside la verdad del artista. ‘Érase una vez en... Hollywood’ es, como todos los trabajos de este genial director, un divertimento. Una diversión de altísima sofisticación, tanto en la escritura como en la ejecución cinematográfica.

La película, de hecho, responde a la clásica construcción (y remate) del relato “tarantiniano”. Recordemos aquel último capítulo de ‘Four Rooms’; recordemos aquella charla que parecía no acabar nunca... y que se terminaba, de repente, con un hilarante estallido de violencia. Pues aquí sucede lo mismo, pero en la versión extendida que obviamente exige el formato largometraje. Ahí está el qué, en un montaje que al menos en el primer visionado, aquel normalmente condicionado por las (¿desmedidas?) expectativas, parece injustificadamente estirado.



Durante las casi tres horas que dura, pocos diálogos llegan a esa gracia marca de la casa, y da la sensación de que no acaba de prender la mecha. Hasta llegar, claro está, a un desenlace que, a lo mejor, justifica todo el aparato (de ahí, tal vez, el infame aviso previo por parte de la organización). En un momento, Margot Robbie (Sharon Tate en esta ficción) va al cine a ver una película en la que sale ella misma. Tarantino, siempre generoso con sus propias filias, la filma espachurrada en la butaca y con las piernas en alto. Nosotros, espectadores, vemos una pantalla invadida por unos pies.

No hay duda: la cinefilia como fetiche. Como pretexto para ensalzar aquel recuerdo idealizado... a la vez que para hacerlo saltar en mil sangrientos pedazos. Así es ‘Érase una vez en... Hollywood’, una realidad "doble"; un juego que a veces suena más a capricho. Una base poderosa a la que le cuesta salir del estatus de simpática ocurrencia. Una carta de amor al sublime pero a la vez sacrificado oficio del actor, en la que precisamente se produce el lucimiento de dos intérpretes. En este sentido, el mayor logro que se puede adjudicar aquí Tarantino, es potenciar, de manera espectacular, el ya de por sí espectacular carisma de Brad Pitt y Leonardo DiCaprio. Ellos dos sostienen la película, y esa traca final con la que siempre se puede contar, la justifica. Un balance más que positivo, pero por debajo de la media a la que nos tenía acostumbrados el maestro. Un Tarantino estimulante; a ratos brillante... pero menor.
Escrita por Víctor Esquirol (FilmAffinity)
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