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El bailarín

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Sinopsis
Rusia, 1961. Rudolf Nureyev, el bailarín de ballet más grande de todos los tiempos, viaja por primera vez fuera de la Unión Soviética como miembro de la prestigiosa Kirov Ballet Company. Aunque el KGB sigue de cerca sus pasos y a pesar del gran peligro que conllevaba entonces la deserción, Nureyev huirá tomando una decisión que podría cambiar el curso de su vida para siempre.
La inspiradora soledad del cuervo blanco
Las inquietudes de Ralph Fiennes como director se pueden captar a través de tres ejemplos (de momento, no disponemos de más) que si bien no dan para marcar un modelo sólido, por lo menos sí llegan a insinuar una tendencia bastante clara. Cuando este reputado actor británico se sitúa detrás de las cámaras (aunque sin escapar jamás de la atenta mirada del teleobjetivo), apunta hacia esos referentes cuya genialidad caló en sus respectivos campos de actuación, y sobrevivió al implacable paso del tiempo.

Tanto en ‘Corolianus’, como en ‘The Invisible Woman (La mujer invisible)’, como ahora en ‘El bailarín’, centra su atención en figuras fundamentales para entender unas disciplinas artísticas en las que, inevitablemente, dejaron huella. Primero, en el teatro de William Shakespeare, después en la literatura de Charles Dickens, luego en la danza de Rudolf Nureyev. Con este último nos quedamos. Con un talento y una personalidad que inevitablemente desmarcan al sujeto del colectivo en el que la providencia le ha colocado.



En un abarrotado y destartalado tren, una mujer da a luz. Acaba de nacer, sin que nadie de los ahí presentes lo sepa, una estrella. Un “cuervo blanco”, para la emplear la jerga al uso. Una persona entre un millón. Un privilegiado puesto cruelmente en un mundo alérgico a los privilegios. De política hablamos, de una época muy definida por los caprichos de ésta, también... pero sobre todo de los rasgos más definitorios de la condición humana. Phiennes en su salsa: (ad)mirando el arte para comprender aquello que nos distingue de cualquier otro ser mínimamente inteligente. Ya no digamos sensible.

París, 1961, de un autocar cualquiera desciende un grupo de personas excepcionales. Se trata de los mejores bailarines soviéticos de ballet. Su cometido, como el de cualquier espía, es el de mirar y aprender, y el de trabajar para su amada nación. Deben observar, pero también lucir. Su misión consiste en impregnarse del mundo que están a punto de visitar, y al mismo tiempo deslumbrarlo con sus inigualables dotes. Al igual que los padres de Pawel Pawlikowski, homenajeados en ‘Cold War’, son parte de la maquinaria propagandística del régimen al que, les guste o no, representan.



De modo que cuando se aparta el foco público, un ejército de ojos y manos fisgonas les confisca el pasaporte y les recuerda que aquello que les hace especiales, es también lo que les encadena. Tan liberados, y a la vez tan encorsetados. Esto es, al fin y al cabo, una película inspirada en la vida de Rudolf Nureyev... como ‘Noches de sol’ lo estaba en la de su actor protagonista, Mikhail Baryshnikov. Pero lo que distingue a ‘El bailarín’ de esta referencia tan obvia (hablamos, no en vano, de recorridos vitales muy parecidos) son los desvíos que toma con respecto a los esquemas más típicos del biopic, algo cuyo mérito, de nuevo, debe adjudicarse al Ralph Fiennes más autoral.

En su nueva película, el hombre reivindica al Louvre de París y al Hermitage de San Petersburgo como sendos templos donde la humanidad ha encapsulado y preservado buena parte de su esencia (en algún rincón, Aleksandr Sokurov asiente). En el primer enclave sagrado, por ejemplo, el protagonista de esta historia se queda hipnotizado ante “La balsa de la Medusa”, de Théodore Géricault, y tras un breve pero intenso período de meditación sostenida, cree alcanzar un conocimiento supremo sobre el cuerpo humano.



Pues lo mismo pretende Ralph Fiennes. Cuando su cámara sube al escenario o corretea por los bastidores, queda prendada por la belleza corporal. Los músculos, articulaciones y los tendones filmados parecen esculturas en grácil movimiento; cuando saltan los bailarines, parece que leviten, y que desafíen elegantemente todas las leyes de la física; todas las ataduras sociales. Del ballet de París pasamos a la sala de alterne Crazy Horse: formidable carambola; emocionante guiño a la filmografía de aquel Frederick Wiseman que iba a en busca de la excelencia. El arte elevado para hermanar, dignificar y, precisamente, elevar al género humano... a pesar de sus evidentes defectos.

Asumiendo la antipatía de su protagonista, ‘El bailarín’ renuncia a la calidez del carisma para reivindicar aquello que que trasciende y, claro, permanece. A través de una bella filmación granulada, y con exquisito mimo lingüístico, Ralph Fiennes firma un estiloso regreso al pasado, eventualmente engrandecido por el placer sublime de lo estético... pero al mismo tiempo envilecido por una deriva narrativa insostenible en su último acto, además de por un subrayado demasiado textual de sus tesis. Cuando debe entrar en materias más mundanas, como la sexualidad del protagonista o los atajos diplomáticos que éste tuvo que tomar, el ahora director pierde el pulso del relato. El cuervo blanco, fuera de su hábitat natural, aletea torpemente, en un lastimero vagar emocional que muy a punto está de eclipsar su principal activo. Esto es, la virtud artística.
Escrita por Víctor Esquirol (FilmAffinity)
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