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4
17 de febrero de 2009
17 de febrero de 2009
180 de 239 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las dos películas que conozco de Danny Boyle (“Trainspotting” y “Millones”) me gustaron bastante; la crítica a “Slumdog millionaire” es prácticamente unánime a la hora de deshacerse en elogios; la media en filmaffinitty es de 8.1..., y además se nos presenta como la sorpresa de los Oscar, algo así como la hermana pobre que se cuela por todo lo alto entre las grandes superproducciones. Con semejante carta de presentación, mis expectativas eran inevitablemente grandes. Y sin embargo me encuentro, para mi decepción y asombro, con una película facilona, inverosímil, artificiosa, efectista, ñoña, previsible (¿quién puede no adivinar a la media hora cual es la pregunta final del concurso?) y hasta absurba..., todo lo cual podría pasarse por alto si hubiera un halo poético o sugerente que lo tamizara todo y le diera aspecto de cuento de hadas (como he leído que la definen), pero no, aquí todo pretende ser tan narrativo como realista (de hecho, en su estilo sucio y hasta escatológico se parece más a "Trainspotting" que a "Millones", por ejemplo)..., y moraleja no veo por ningún lado. La propia trama argumental de la película es pura trampa, ya que por las razones que se nos explican cualquiera podría ser ganador del 50 x 15... Así que no me explico a qué viene tanta euforia generalizada. Ni la historia es creíble, ni el guión es bueno, ni la construcción de personajes es coherente -¡ese personaje del hermano, pordiós! ¡si es de telefilm de sobremesa!-.
Vamos, que ni siquiera me parece fuego de artificio, sino más bien pólvora mojada.
En fin, que me toca ser el bicho raro...
En fin, que me toca ser el bicho raro...
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
¿Por qué el presentador tiene tanto empeño en que el chico no se lleve el premio? ¿Es creíble que en la trastienda del concurso haya unos matones preparados para trasladar a los calabozos de tortura policiales a los concursasntes que, por pasar de las 10000 rupias, son sospechosos de fraude? ¿Y que sea el presentador quien conduzca al concursante a esta trastienda? Es que no es verosímil... ¿Por qué el torturador se vuelve tan comprensivo de repente? ¿Por qué Latika se lía con Salim, con quien pone a Jamal de patitas en la calle, y luego, al volver a ver a éste, resulta que de pronto está enamorada de él? ¿Por qué Salim impide a Latika fugarse con Jamal y le raja la cara por intentarlo, si resulta que luego le da el móvil y las llaves del coche para que huya con su amor? Todo esto es incoherente..., producto de unos personajes superficiales y poco auténticos... ¿Por qué Salim tiene ese gesto final tan heroico, y el de salvar a su hermano de que le saquen los ojos, si está claro que es un ser sin escrúpulo ninguno? Esto es una pura complacencia comercial, una concesión a la galería menos exigente. ¿Cómo es posible que en un programa como ése la pregunta de las 20000 rupias sea tan fácil? Es ridículo. ¿Alguien no adivina que la pregunta final va a ser ésa, o que Latika va a convertirse en carne de burdel o que a los turistas americanos les van a desvalijar el cohe? Todo es fácil, previsible... En fin..., no sigo porque aburro...

Y luego hay otra cosa que es de traca: entiendo que en la India haya sentado mal una película en la que no hay ni un solo indio bueno y donde los únicos americanos que aparecen son ese par de turistas despistados a los que, tras encontrarse desvalijado el coche, Jamal les dice que “ésta es la verdadera India”, a lo que ellos responden dándole un billete de agradecimiento al chico y diciéndole que “esto es la verdadera América”. Esto es ya de un propagandeo americano sonrojante y de una falta de seriedad espantosa.
7
19 de enero de 2015
19 de enero de 2015
126 de 136 usuarios han encontrado esta crítica útil
Con lo trillados que están sus temas y la cantidad de películas malas que se hacen al año, resulta tarea difícil seguir encontrando cosas que refresquen el género del terror de manera satisfactoria y sin sentirse al final decepcionado. Pero de cuando en cuando afortunadamente surgen, haciendo que no perdamos la fe en el género. “Babadook” es la última sorpresa, pese a que el objeto de su discurso sea el más clásico de los terrores: las pesadillas nocturnas y los monstruos bajo la cama y en los armarios. Manido, ¿verdad? Pues esta película lo borda. Y no quiero sacar conclusiones prejuiciosas precipitadas y maniqueas, pero, mira por donde... ¡producto ajeno a la industria americana tenía que ser!
En primer lugar se agradece que su narración difiera de la de la clásica película de miedo con sustos de infarto desde los primeros diez minutos. Aquí hay más pausa. Menos prisa por dar sustos. Más interés por ir llevando al espectador al meollo del asunto paso a paso, dándole tiempo para pensar antes de asustarle, en lo que sin duda es un ejercicio perfecto de desarrollo del terror psicológico.
En primer lugar se agradece que su narración difiera de la de la clásica película de miedo con sustos de infarto desde los primeros diez minutos. Aquí hay más pausa. Menos prisa por dar sustos. Más interés por ir llevando al espectador al meollo del asunto paso a paso, dándole tiempo para pensar antes de asustarle, en lo que sin duda es un ejercicio perfecto de desarrollo del terror psicológico.

Se agradece infinitamente que no haya los manidos y fulleros golpes de sonido que te asustan por sí mismos. Es muy fácil asustar cuando todo está en silencio y te gritan “¡buh!”. Eso afortunadamente no existe aquí. Sí hay en cambio efectos de sonido, pero están asociados a lo que pasa en la pantalla. La música es muy discreta, tanto que apenas hay, pero surge de forma brillante cuando debe para reforzar la idea que quiere transmitir. Magnífico en este sentido el momento de la comisaría.
Y finalmente se agradece que, por una vez, no se trate al espectador como a un idiota y que, a cambio, se nos dejen claves y pistas por el camino para que vayamos recomponiendo la historia conforme se va desarrollando y encajemos las piezas al final. En este sentido, podría incluso entenderse que la película queda abierta a la interpretación del espectador y que encaja tanto para quien haga una lectura literal de lo que ha visto como para quien saque una lectura en clave, si bien pienso que podrá decepcionar al primero y que está más hecha para satisfacer al segundo, entre quienes me cuento. Aún así, para mí es demasiado evidente que sólo tiene una lectura. Continúo en el spoiler.
Y finalmente se agradece que, por una vez, no se trate al espectador como a un idiota y que, a cambio, se nos dejen claves y pistas por el camino para que vayamos recomponiendo la historia conforme se va desarrollando y encajemos las piezas al final. En este sentido, podría incluso entenderse que la película queda abierta a la interpretación del espectador y que encaja tanto para quien haga una lectura literal de lo que ha visto como para quien saque una lectura en clave, si bien pienso que podrá decepcionar al primero y que está más hecha para satisfacer al segundo, entre quienes me cuento. Aún así, para mí es demasiado evidente que sólo tiene una lectura. Continúo en el spoiler.
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Yo lo tengo claro. Los fantasmas están dentro de uno mismo. Cuando se está convencido de eso, se les puede plantar batalla. En el fondo, la película no cuenta otra cosa que un trágico drama familiar que deviene en pesadilla. La mujer perdió al marido en accidente de tráfico cuando la trasladaba al hospital para dar a luz, lo que no sólo la hunde en una depresión crónica sino que marcará su relación con el hijo, culpabilizado inconscientemente de la tragedia y estigmatizado desde su nacimiento por la falta de cariño materno. Cada año, el cumpleaños del hijo coincide con el aniversario de la muerte del padre, lo que reverdece la depresión de la madre y la tensión hacia el hijo, al punto de no haber celebrado nunca su cumpleaños. El hijo, que ha crecido lleno de miedos e inseguridades por todo ello, descubre un día en el sótano de la casa un cuento de estética infantil pero con historia de terror en torno a un personaje siniestro llamado Babadook, que probablemente escribió su madre años atrás, tras el accidente y lastrada por su trauma, aunque eso ni el chiquillo lo sepa ni ella lo recuerde. En un momento de la película se nos da la pista para pensarlo así: se nos dice que la madre fue escritora de cuentos infantiles hasta que, según ella misma confiesa, ya no pudo seguir escribiendo (no explica el por qué, pero deducimos a posteriori que, tras el accidente, sólo le salían historias de terror -la de Babadouk, por ejemplo- inspiradas inconscientemente por su drama personal no superado). A partir de ahí asistimos al desarrollo de la psicosis de la madre, que, en su mente atormentada y estimulada por el consumo de somníferos, acabará convirtiendo a Babadook en un ser real. Y enloquece. Pero Babadook es no es otra cosa que sus propios fantasmas, su monstruo interior: su depresión derivada en esquizofrenia. Sólo cuando, en el momento clímax de la película, el hijo la acaricia y le dice que la quiere mientras ella le estrangula, saldrá del shock. Y entonces se enfrentará a Babadouk, esto es, a su demencia. Y le grita que no podrá con ella. Y se sobrepone a él... El monstruo no desaparecerá, pero aprenderá a dominarlo (eso representa la escena final del sótano, además de sugerir también su particular manera de normalizar la memoria del marido muerto con la visita natural al sótano donde guarda sus recuerdos).

Respecto al hijo, nunca llega a ver a Babadook. Sólo lo presiente. Y tiene pesadillas con él. Es lógico: se trata de un niño de siete años (“todos los niños tienen pesadillas” -le dice el médico) que, por más inri, ha crecido interiorizando las angustias de su madre. Blanco y en botella.
Tampoco los espectadores vemos objetivamente a Babadook, quiero decir: si lo vemos es sólo a través de los ojos de ella en planos más o menos subjetivos. Babadook, como monstruo externo, pues, no existe, y todo lo que parecen experiencias paranormales (las bombillas que estallan, las cucarachas, el agujero en la pared, los golpes en la puerta..., incluso la aparición del libro recompuesto y las levitaciones del hijo en la escalera) son producto de la imaginación enferma de la protagonista.
Tampoco los espectadores vemos objetivamente a Babadook, quiero decir: si lo vemos es sólo a través de los ojos de ella en planos más o menos subjetivos. Babadook, como monstruo externo, pues, no existe, y todo lo que parecen experiencias paranormales (las bombillas que estallan, las cucarachas, el agujero en la pared, los golpes en la puerta..., incluso la aparición del libro recompuesto y las levitaciones del hijo en la escalera) son producto de la imaginación enferma de la protagonista.
14 de noviembre de 2011
14 de noviembre de 2011
49 de 55 usuarios han encontrado esta crítica útil
Puedo entender la mayor parte de las críticas negativas que he leído hacia “Melancolía”. Primero es un drama familiar. Luego, una historia catastrofista y apocalíptica…, sin aparente relación una con otra…, o al menos sin una necesaria dependencia la una de la otra. Como suma de factores, la cosa chirría, aunque su potencia visual y dramática –especialmente en la segunda parte– es tal que no deja de parecer, cuando menos, interesante. Hasta ahí lo aparente…, lo obvio quizá…, lo que puedo entender que provoque críticas adversas. Pero, cuando salgo del cine, confundido aún, desconcertado, y empiezo a comentarla, a rumiarla, a darle vueltas, a descascarillarla buscando posibles significados, descubro de pronto la película fascinante que es “Melancolía”, me admira verdaderamente lo que he visto y comprendo que Lars Von Trier me ha conquistado sin condiciones. Una posible lectura en clave filosófica me lleva a ello: Lars ha firmado una obra de un pesimismo filosófico rayano en el existencialismo de Kierkegaard o, más aún, de Schopenhauer. El pesimismo como postura vital conscientemente asumida…, la soledad como única opción cabal…, y su aceptación sin caer en la desdicha. Esa aceptación consciente y cabal tiene un nombre: melancolía.
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La metáfora de Lars Von Trier es tan explícita que corre el riesgo de pasar desapercibida. Melancolía es un planeta que se dirige hacia la Tierra; la melancolía, a su vez, es una actitud vital. La película no sólo cuenta las reacciones de sus protagonistas al posible desastre cósmico que se avecina; cuenta también, y nos propone, un posicionamiento vital frente a la melancolía. Y da por hecho, de paso, que la melancolía es el sino inevitable al que está condenado el mundo… El hombre, terco, ciego, inmaduro, se engaña queriéndola evitar con rituales, sean sociales (una celebración de bodas, por ejemplo) o íntimos (descorchar una botella de buen vino y escuchar solemnemente a Beethoven mientras se aguarda un acontecimiento decisivo). Eso encarnan Claire y su prepotente marido. Subterfugios. Trampas. El único remedio contra la melancolía es aceptarla, pero ello exige tener una herramienta básica y sencilla que, sin embargo, la mayor parte de los seres humanos han perdido en el camino: la inocencia…, la inocencia de esperar el fin del mundo bajo la protección de cuatro ramas mal cortadas puestas en forma de cabaña… Y eso es lo que encarnan Justine y su sobrino Leo.

Kiefer Sutherland, Charlotte Gainsbourg & Kirsten Dunst
Me quedo con una imagen que expresa líricamente el poderoso mensaje que yo personalmente he querido extraer de esta película: Justine desnuda tomando en la noche un baño de melancolía… A su hermana Claire, el planeta acechante (o lo que es igual: la melancolía) le produce desasosiego y temor; a Justine, en cambio, sabedora y pura, le inspira un hondo sentimiento místico y la necesidad de bañarse tranquila y feliz en su luz azul… Nunca se podrá expresar de manera más hermosa aquella célebre máxima de Víctor Hugo ya citada por aquí: “la melancolía es la alegría de estar triste”.
9 de noviembre de 2009
9 de noviembre de 2009
72 de 105 usuarios han encontrado esta crítica útil
Me parece que me toca otra vez sentirme bicho raro. Y no es porque no me haya gustado la película, ni mucho menos, sino porque no me ha gustado tanto como, a tenor de las críticas y opiniones entusiastas que leo y escucho, esperaba, lo que, en cierto modo, es una forma de decepción. “El secreto de sus ojos” es una película sin duda interesante, cuya virtud principal, en mi opinión, radica en la elegancia exquisita y en el preciso pulso narrativo con que se desarrolla y que hacen que uno se sienta como llevado en una balsa aceite por una película que, justo es decirlo, se gana al espectador por sensibilidad y por derecho propio. Pero al margen de eso, la historia en sí tiene varias concesiones inverosímiles que no debieran pasar inadvertidas a cualquier espectador con la suficiente sangre fría como para mantener el sentido crítico en esa hipnótica balsa de aceite a que antes me refería. Si pasa uno por alto esos detalles la película puede resultar espléndida; si no, como fue mi caso, se arrastra un lastre insalvable que impide a la película alcanzar la altura que se esperaba. Y francamente, este tipo de concesiones no suelen importarme en una película de corte sugerente, evocador, lírico o intelectual, porque entiendo que la historia es sólo un pretexto, un vehículo, pero no puedo ignorarlas en una película cuya pretensión no es otra que contar una buena historia.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Para muestra de lo que digo, tres botones: la manera en que se descubre, se detiene y se arranca la confesión al asesino es de una ingenuidad naïf rayana en la puerilidad. ¿No podían los autores de la historia haberse trabajado más estos detalles, que no son tales porque depende de ellos la continuidad de la historia misma? ¿Es creíble que se descubra al asesino porque aparece en un par de fotos de graduación mirando a la víctima? ¿Acaso salir en una foto de grupo mirando embobado a una chica es razón para sospechar que uno sea un asesino? Y si es que éste ya rumiaba asesinarla, ¿tiene sentido posar en la foto mirándola fijamente? ¿Es verosímil que “la doctora” se convenza de que el detenido es el criminal sólo porque le pilla mirándole el escote, un escote tan poco discreto que deja al descubierto uno de sus pechos? Si con eso se nos quiere dar a entender que el tipo es un enfermo sexual, ¿por qué debemos entenderlo así si no comete, que sepamos, más delitos de índole sexual? ¿Acaso no chirría que le encuentren como quien encontrara una aguja en un pajar, buscando uno por uno, foto en mano, entre los miles de aficionados vociferantes que abarrotan un campo de fútbol? Y la escena del pene al aire y el interrogatorio de “la doctora”, ¿no resulta de un simplismo tan evidente como poco riguroso? ¿O es que me estoy volviendo demasiado exigente?
28 de marzo de 2009
28 de marzo de 2009
41 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
En general estoy bastante de acuerdo con lo que ha comentado Enoc777.
Obviamente hay cosas indelebles en “Frankenstein”, como la caracterización misma del personaje encarnado por Boris Karloff o la mítica escena del lago, y con esto no digo nada nuevo, pero por lo demás me parece que estamos ante un claro ejemplo de clásico mayúsculo al que no han sentado bien los años. Si permanece en nuestro imaginario cual mano incorrupta de santo es más por la imperecedera fuerza del mito (el literario del personaje de Mary Sheeley y el cinematográfico del personaje de Boris Karloff) que otra cosa.
El guión apenas guarda semejanza con la historia original ni aprovecha siquiera mínimamente los dilemas morales en que ésta hurgaba. Si al menos todo ello sirviera para cuajar una buena historia, la cosa tendría justificación, pero no es el caso.
En fin, para echar el rato se deja ver, pero no es el oro del moro.
Obviamente hay cosas indelebles en “Frankenstein”, como la caracterización misma del personaje encarnado por Boris Karloff o la mítica escena del lago, y con esto no digo nada nuevo, pero por lo demás me parece que estamos ante un claro ejemplo de clásico mayúsculo al que no han sentado bien los años. Si permanece en nuestro imaginario cual mano incorrupta de santo es más por la imperecedera fuerza del mito (el literario del personaje de Mary Sheeley y el cinematográfico del personaje de Boris Karloff) que otra cosa.
El guión apenas guarda semejanza con la historia original ni aprovecha siquiera mínimamente los dilemas morales en que ésta hurgaba. Si al menos todo ello sirviera para cuajar una buena historia, la cosa tendría justificación, pero no es el caso.
En fin, para echar el rato se deja ver, pero no es el oro del moro.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
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Y su final, por cierto, es todo lo contrario de lo que hubiera podido imaginar Mary Shelley, casi una agresión al sentido de su obra…
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