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Críticas 5
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
3
23 de diciembre de 2020
131 de 211 usuarios han encontrado esta crítica útil
En Otra ronda, cuatro profesores de secundaria que ya han cumplido los cuarenta deciden poner en práctica la teoría de un psicólogo noruego, según la cual mantener un nivel moderado de alcohol en sangre te hace ser más creativo y desenvuelto.

Thomas Vinterberg, uno de los directores europeos de cine de autor más reconocidos —y sobrevalorados para quien esto escribe— vuelve a poner sobre el tapete un tema incómodo que contraviene los valores de la sociedad occidental (el consumo excesivo de alcohol) como ya hiciera en La caza (la acusación de abuso sexual a un menor) y La comuna (la vida en una comuna en los años 70). En los tres casos, el danés comete el mismo pecado: en vez de explorar su propuesta hasta el final, se pone moralista y recula para virar hacia el melodrama más convencional (ver spoiler), tan del gusto de los dadores de premios.

En una escena, Martin (Mads Mikkelsen) propone a sus alumnos elegir entre tres candidatos a presidente, dos de los cuales beben y fuman en exceso, gozan de mala salud y tienen comportamientos reprobables, mientras el tercero no. Y escogen al tercero, claro, sin tomar en consideración su capacidad, experiencia, proyectos, ideología... Un perfecto ejemplo de lo tramposa que resulta la película, desde el estudio tan poco científico que llevan a cabo (una misma cantidad de alcohol afectará de manera diferente a un individuo según la edad, constitución física, hábitos, alimentos ingeridos, etc.) hasta el uso del alcoholímetro justo después de la ingesta, como si el organismo asimilara el alcohol ipso facto. Y así hasta perder el control.

Dos aspectos evitan que el desastre sea absoluto: la dirección, cámara en mano, con predominio de planos medios y cortos y tomas de poca duración, logra así implicarnos con los personajes y dar ritmo a la narración; el elenco, con Mads Mikkelsen a la cabeza, cumple con holgura.

Como los protagonistas de Otra ronda, Vinterberg y su colega Von Trier —con Nymphomaniac y La casa de Jack— parecen atravesar también una crisis de la mediana edad en la que se dedican a provocar por provocar. Brindemos por que se les pase pronto.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Cuando los guionistas deciden dar por finalizado el experimento, aparece de la nada la infidelidad de la esposa de Martin, que no nos llega a importar demasiado y se resuelve tan levemente como apareció. Aún menos justificación tiene el suicidio de Tommy: el filme no aporta ningún indicio que nos lleve a comprender por qué ha tomado esa decisión el segundo personaje del reparto; la moralina está muy barata en Dinamarca. El momento del funeral con los pequeños es una buena muestra de emotividad impostada. Y el final, abrazando el manido término medio, de vergüenza ajena.
27 de diciembre de 2020
16 de 26 usuarios han encontrado esta crítica útil
Ryan Murphy, prolífico y exitoso showrunner de la televisión estadounidense, dirige su cuarto largometraje, la adaptación de un musical para Netflix. The Prom narra la historia de un grupo de actores de Broadway que busca lavar su imagen con el objetivo de relanzar sus respectivas carreras; así, llegan a un pueblo de la América profunda para ayudar a una adolescente a quien han prohibido asistir al baile de graduación por ser lesbiana.

Murphy ofrece una dirección absolutamente bochornosa, con la cámara girando sin descanso y sin el menor sentido; enfoca a los personajes, en numerosas ocasiones, de cintura para arriba, opacando así las coreografías que, junto a las canciones, son la esencia de un musical. La fotografía, además, recurre a colores chillones, potenciando el efecto mareante de las imágenes. El guion, previsible e insultantemente obvio, a pesar de las buenas intenciones, subraya tanto el mensaje que acaba por resultar moralizante. El montaje disparatado y la doble trama acaban desembocando en un completo caos narrativo; la película habría agradecido una generosa reducción de metraje. Las canciones, mediocres y repetitivas, se olvidan tan pronto como se acaban de escuchar. Y el reparto, aunque no tiene mucho donde agarrarse, también descarrila.

Maryl Streep sale más airosa que sus compañeros pero no evita la sobreactuación. James Corden, tras el ridículo antológico de Cats, repite en el género, ahora como protagonista, con una interpretación vergonzosa en la que recurre a todos los tópicos posibles para encarnar a un personaje homosexual. Nicole Kidman, desaprovechada, se ausenta de la película durante un buen tramo pero en el fondo no llega a importar; parece que solo pasaba por allí para hacer su número y cobrar el cheque. El resto de personajes secundarios, poco desarrollados, son meros resortes de guion para hacer avanzar la trama.

En The Prom todo resulta falso, hueco, abigarrado y excesivo. La experiencia de su visionado responde, más que a un musical, a una película de terror.
18 de agosto de 2020
28 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hace unos años se consideraba que estábamos en la edad dorada de las series de televisión, en la que coincidieron varios pesos pesados que no hace falta volver a nombrar. Como consecuencia, la serie se convirtió en objeto de consumo y aumentó su producción. Y no se trataba solo de seguir un producto interesante y de calidad, sino que llegó a convertirse en un medio de socialización: cómo no estar al tanto de qué había sucedido en el último capítulo para poder comentarlo en la reunión de amigos, en el descanso del trabajo o en la comida familiar del domingo.

El final de la etapa anterior dejó un mercado bastante saturado. Recientemente, las plataformas de vídeo bajo demanda han incrementado aún más la oferta disponible para captar al espectador y, pese a contadas excepciones, el nivel de las series ha sufrido un acusado descenso. Pero es necesario generar interés para que la rueda siga girando, y así surge la sobrevaloración que estamos padeciendo en los últimos tiempos, siendo El colapso uno de sus más recientes e insignes exponentes.

El colapso (L'effondrement) es una serie francesa que, en ocho capítulos autoconclusivos de unos veinte minutos rodados en plano secuencia en diferentes localizaciones, retrata el hundimiento de la civilización tras una catástrofe no especificada. Esta propuesta, en principio prometedora, ha llamado la atención por llegar a España en pleno confinamiento por la pandemia pero, si rascamos un poco, no quedan más que unos cuantos clichés del género bastante manidos y puro exhibicionismo con que embaucar al espectador.

Por una parte, la decisión de filmar en plano secuencia y cámara en mano ofrece una experiencia inmersiva que genera tensión, pero la propuesta se agota pronto para convertirse en mero exhibicionismo visual y camuflar las falencias del conjunto. Por otro lado, cada episodio no tiene más motivo que recrearse en la exaltación de las miserias humanas. Veamos:

a) El hombre es egoísta, la lucha por los recursos y sálvese quien pueda: capítulos del supermercado, la gasolinera, la residencia y la aldea, siendo este último particularmente execrable.
b) Los ricos y poderosos se salen siempre con la suya: capítulos del aeródromo y la isla.
c) El modelo actual es insostenible y los gobiernos y grandes corporaciones no hacen nada para remediarlo: capítulo de la emisión.

El episodio de la central es el único que huye de esta tónica general y muestra algún rasgo positivo del colectivo humano. Sin embargo, y a pesar de la escasa información disponible, la trama carece de cualquier lógica: se trata de la crítica habitual a la energía nuclear que no puede faltar en el género catastrofista.

Tópicos y miserabilismo bajo un envoltorio atrayente. No hay nada más.

De la edad dorada de las series hemos pasado a la burbuja de las plataformas de streaming, tendencia que no tiene visos de cambiar sino todo lo contrario. Mientras llega el colapso habrá que poner mucho más cuidado a la hora de elegir una serie, porque en estos tiempos que corren cualquier mediocridad concita el aplauso de crítica y público.
9 de julio de 2024
4 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Imaginan a David Ficher rodando "El asesino" colocado con cannabis? El resultado no estaría muy alejado de Aggro Dr1ft, el último esperpento cinematográfico perpetrado por Harmony Korine. La nueva ocurrencia del genio californiano consiste en filmar usando cámaras térmicas, cuyas imágenes modifica unas veces alterando los colores y otras añadiendo un filtro tipo Instagram o Snapchat para que aparezca una máscara en el rostro de los personajes. Tal cual.

¿Y qué pretende el director con este dispositivo formal? ¿Realizar un experimento audiovisual? ¿Buscar nuevas formas expresivas? ¿Conseguir imágenes con cierto valor estético? En mi humilde opinión fracasa en todas ellas, aunque conociendo la trayectoria profesional de Korine probablemente no sea más que una mamarrachada sin sentido. La novedad pronto da paso al tedio y tras soportar 80 minutos de estas imágenes que pareces salidas de un videojuego escuecen las retinas. Como ejercicio de estilo, el cortometraje habría dado mejores resultados.

Aun admitiendo que estamos ante una propuesta en la prima la forma sobre el fondo, la historia que nos cuenta Aggro Dr1ft termina por condenar la película al más absoluto desastre. Un asesino a sueldo, interpretado por Jordi Mollà, va a enfrentarse a su némesis. Se pasa una hora de metraje contándonos lo bueno que es en su trabajo, lo mucho que ama a su familia y desgranando monólogos existencialistas, con unas líneas de guion que alcanzan niveles de vergüenza ajena difícilmente superables; dejo en la zona de spoiler una pequeña muestra de ello. ¿Y los últimos 20 minutos? No me resisto a comentarlos (spoiler hasta el final del párrafo): los antagonistas se encuentran en una casa, pasan diez minutos jugando al escondite y finalmente se ven las caras en el jardín; después de 70 minutos soporíferos esperando el clímax, el malo se enfrenta al héroe con un catana y este lo mata en apenas cinco segundos... con la navaja del cortaúñas.

Como resulta habitual en el cine de Harmony Korine, son fieles a la cita varios elementos constantes en toda su obra: lugares venidos a menos, personajes en los márgenes, violencia, misoginia, armas, canutos, lenguaje soez... y ese afán por recrearse en lo sórdido, grotesco y de mal gusto para llamar la atención. Como con todo cineasta catalogado por algunos con la etiqueta de autor, tampoco faltarán los exégetas que traten de convencernos del valor cinematográfico y las profundas connotaciones que encierran tanto este como todos sus filmes.

Para finalizar, un fragmento de la crítica de Brianna Zigler para Paste Magazine tan demoledor como certero: "Aggro Dr1ft rezuma la angustia existencial de un artista de 50 años, antaño un fumeta provocador que intenta a duras penas seguir en la onda mientras se hace mayor, deja de molar y se queda desfasado."
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
I am a hero.
I am a hero.
I am a solitary hero.
I have nobody but myself.
I am a hero.
I am a hero.
I am a hero.
I am a hero.
I am a hero.
I am a hero.
On my own.
I am a solitary hero.
I am a solitary hero.
I am alone.
I am a solitary hero.
Alone.
It's going to be alright.
Alone.
21 de diciembre de 2020 0 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
Hay dos corrientes cinematográficas que en los últimos tiempos se hallan cada vez más extendidas: por un lado, el cine de la crueldad, que se recrea en la violencia, sexo y sordidez gratuitos sin ningún discurso que los sustente; por otro, cierto cine social que ha degenerado en la acumulación de desgracias para los personajes que retrata con una absoluta falta de respeto hacia los mismos, lo que popularmente se conoce como pornografía emocional. En Dirty God convergen ambas.

La película de Sacha Polak sigue a Jade, una joven madre soltera con escasos recursos que acaba de salir del hospital tras sufrir un ataque con ácido por parte de su expareja. En principio, la protagonista intenta superar las secuelas físicas y psicológicas de la agresión, recuperar la relación con su hija y continuar con su vida, pero el filme no está interesado en explorar la importancia de la imagen en la sociedad actual, la violencia machista o los esfuerzos de Jade por salir adelante, sino que vira hacia el tremendismo mientras se suceden los reveses del destino y las escenas desagradables.

La anodina dirección de Polak, con la cámara siempre cerca de su protagonista y regodeándose en sus cicatrices, y la fotografía, en la que predominan los tonos fríos, son ya un cliché en este tipo de propuestas. Vicky Knight, actriz no profesional, encarna a Jade solo con corrección. Sus cicatrices son reales, consecuencia de un incendio, por lo que molesta aún más la oportunidad desaprovechada para retratar con mayores respeto y profundidad sus circunstancias. El resto del reparto tampoco está a la altura.

En Dirty God no hay ninguna reflexión sobre la religión; el título procede de una línea de diálogo insustancial. Ese llamar la atención y querer impactar con un discurso vacío son perfecta síntesis de lo que ofrece esta película.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Catálogo de desgracias que padece la protagonista:

- Desfigurada tras un ataque con ácido.
- Situación económica precaria.
- La hija no la reconoce y le llama monstruo.
- Pesadillas con su agresor.
- En el juicio se hace pis encima.
- En su primer día de trabajo recibe un insulto gratuito.
- La madre la sorprende practicando sexo online.
- El vídeo se filtra y sus compañeros de trabajo se burlan de ella.
- La madre le pide que se vaya de casa.
- Estafada con una operación de cirugía plástica.
- La madre es detenida por robo.

Mención especial para los momentos más forzados del guion. Primero, cuando Jade pierde el bolso y decide pasar la noche en la oficina y una parada de autobús con su bebé. ¿Tanto le costaba llamar a la madre o a la amiga por teléfono desde allí? Después, con la operación de cirugía plástica. ¿De verdad no sospechas de una clínica que te opera en Marruecos cuando en Reino Unido te dicen que no es recomendable? ¿No pides una segunda opinión y contrastas precios? ¿No compruebas las referencias de una clínica en un país extranjero, aunque sea la dirección en Google Maps?
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