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Voto de Antonio Morales:
8
Voto de Antonio Morales:
8
Drama Frederick Manion (Ben Gazzara), un teniente del ejército, asesina fríamente al presunto violador de su mujer (Lee Remick). Ella contrata como abogado defensor a Paul Biegler (James Stewart), un honrado hombre de leyes. Durante el juicio se reflejarán todo tipo de emociones y pasiones, desde los celos a la rabia. Uno de los dramas judiciales más famosos de la historia del cine. (FILMAFFINITY)
27 de junio de 2014 3 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Preminger, director y productor de sus films, fue un liberal claramente comprometido, se encontraba en el mejor momento de su carrera cuando abordó esta película, uno de los títulos mayores de su filmografía, y uno de los mejores ejemplos de plasmación en el celuloide del funcionamiento y de los procedimientos ordinarios de la justicia. Encuadrada en el subgénero del cine de juicios que tantas grandes películas ha proporcionado y que permanecen en nuestra memoria, esta apasionante película es una de las más logradas, en mi opinión. Desde los créditos del film, presentados por los dibujos del gran diseñador Saul Bass, mientras escuchamos las notas musicales del maestro del jazz, Duke Ellington, el cual aparece en un momento del film al piano, podemos apreciar la vida cotidiana de un perezoso abogado de provincias venido a menos (James Stewart en uno de sus mejores trabajos), derrotado como fiscal que pasa el tiempo pescando y tocando jazz con su piano.

Porque más allá de ese caso de asesinato que le ofrecen para defender, esta es la historia de una redención, la de un hombre de leyes fracasado y un viejo amigo alcohólico (excelente Arthur O´Connell) que ejercerá de pasante para resarcirse de sus heridas y amarguras, defendiendo un caso difícil y morboso junto a una secretaria para todo (Eve Arden), sin remunerar y enamorada de su dubitativo patrón. Acompañan en el reparto a Stewart un grupo de actores emergentes que luego serían grandes, George C. Scott, Ben Gazzara y una fascinante Lee Remick, que encarna a una atractiva y ultrajada esposa que desprende una atracción sexual irrefrenable. La película rinde homenaje a un célebre magistrado liberal perseguido por el macarthysmo, Joseph N. Welch, haciendo el papel del bondadoso juez, y que entonces dejaba atrás la pesadilla antidemocrática que había padecido la sociedad.
James Stewart
A pesar de su larga duración, la película no aburre, pero se toma su tiempo para describir a los personajes, matizar el ambiente y los detalles de su personalidad, transmitiendo cercanía, verosimilitud y cotidianidad. Cosas difíciles de encontrar en el vertiginoso y estereotipado cine actual. Tras los primeros 50 minutos, asistimos al inicio del largo proceso judicial, que ocupa, con un breve receso de 5 minutos entre las dos sesiones, el resto del film, un juicio lleno de trucos sibilinos, brillantes escaramuzas y golpes bajos por ambas partes. Los testigos van relatando lo ocurrido, pero lo más destacable, en mi opinión, es que Preminger acertadamente no toma partido, cuidándose muy mucho de ofrecernos algún “flash back” de lo ocurrido, porque sabe que sería dar legitimidad a los hechos y lo que el cineasta pretende, es que nosotros, el espectador juzgue igual que debe hacer el jurado, que casi no aparece físicamente, porque lo que busca el director es el juicio del espectador, juicio que yo también me reservo.
James Stewart, Lee Remick & Ben Gazzara
Hay una cosa evidente, y es que los personajes hacen precisamente lo contrario de lo que dicen, sus actitudes contradicen sus palabras. Preminger dejará sentadas, además, las claves de su posición ética sobre el asunto. Porque si, por un lado, no duda en explotar, incluso con brillantez, los resortes habituales y peculiares del cine criminal que es el film de procedimiento, jugando siempre con la inteligencia del espectador mientras le muestra la superioridad de los métodos democráticos que incluye las ventajas e inconvenientes del jurado popular. Preminger logra verdaderos prodigios de puesta en escena para subrayar, negar o afirmar, el uso de la profundidad de campo será así un recurso brillante que le permitirá ampliar constantemente el universo visual del espectador, al tiempo que marcará siempre la cambiante superioridad de los argumentos de la acusación o la defensa.
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