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23 de noviembre de 2012
23 de noviembre de 2012
76 de 98 usuarios han encontrado esta crítica útil
La escena inicial de Holy Motors muestra una sala de cine llena hasta el tope en la que los espectadores parecen estar muertos, absortos, en un letargo, con los párpados caídos y ausentes por lo que la película que está siendo proyectada frente a ellos, una película antiquísima a blanco y negro en la que un hombre desnudo de cuerpo atlético hace distintas demostraciones de su musculatura, la están dando porque sí ya que nadie la ve. Un hombre deja su cama y en una pared empapelada encuentra una puerta secreta que abre y da a ese cine de los espectadores duermientes: por uno de los pasillos se ve a un bebé desnudo que al parecer está dando sus primeros pasos, a este le sigue un perro negro. No es tan difícil encontrarle un significado a esto: Leos Carax, arrogantemente, se ve a sí mismo como el artista revolucionario y transformador del séptimo arte que con este largometraje nos sacudirá y hará despertar de esa hibernación en la que nos tiene sumidos el cine comercial y sus creadores. ¡Tarán! Yo esto lo veo primero como un atrevimiento, pero luego me doy cuenta de que este fulano lo que hace es insultar la inteligencia del público y dar por hecho que es poco menos que un cretino, el insulto se extiende también a sus colegas directores y a sus obras. Esta es la declaración de principios que desfachatadamente hace este bufón al inicio de su película: el público que va al cine es un idiota. Luego viene el desarrollo de esta obra que promete revitalizar nuestros sentidos: un tipo feo como gárgola se sube a una limosina y emprende un viaje –esto se parece mucho a Cosmopolis de Don DeLillo que Cronenberg llevara al cine de manera pésima– frente a su asiento tiene un espejo rodeado de focos como los que hay en los camerinos de los teatros (la vida como un teatro, mira, qué novedoso, somos actores en nuestra propia obra), esta es la segunda metáfora, el viaje en limosina es la vida misma que nos conduce por distintos rumbos, a veces perdemos nuestra identidad a falta de un director de escena, de una guía que es Dios, y no queda de otra que voltear al pasado o hacernos recordar quiénes somos en realidad, monitorearnos constantemente para no perdernos en el viaje, en la representación, en la vida. Pero qué nos dijo Leos Carax al principio, ¿recuerdan? Que él es el director, el que nos guiará en el camino oscuro hasta hacernos recuperar la visión, ahora caigo. ¡Este tipo es un megalómano que se cree Dios! Muy triste por todos aquellos que le llaman a esta eyaculación de Carax el reposicionamiento del cine como arte cuando no es más que una colección de cortos inconexos en los que utiliza el recurso de la metáfora visual hasta la saciedad y provocar el, irónicamente, letargo. Una película rara o que implica el uso de interpretación de símbolos y metáforas no la hace necesariamente mejor o peor que una cinta comercial como digamos Some like it hot o El Padrino o cualquiera de Chaplin o, bueno, más actuales como Toy Story 3 que alguien se lo haga saber a Carax, s'il vous plaît. Ahora bien ni es tan original la idea surrealista del tal Carax puesto que ya existen obras que tratan de explicarnos al ser humano, la vida y la muerte manejando un lenguaje difícil, por llamarlo de alguna manera, plagado de abstracciones, como El Sanatorio de la Clepsidra de Wojciech Has, ni tampoco es suya esa forma de narrar tan desparpajada y azarosa, de hecho es una copia de la usada por Buñuel en El Fantasma de la Libertad. Bueno hasta el final seguro lo sacó de los Transformers.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Si le pongo 3 estrellas a esta obra malísima, pretenciosa y aburrida que además ha insultado mi intelecto descaradamente es por ese momento luminoso en el que se homenajea, a través de Edith Scob, a Les Yeux Sans Visage de Georges Franju cuando deja su papel de chofer de la limosina para ir a casa y continuar con ese papel al que diera vida hace más de 50 años en la película de la que fue protagonista, haciendo aquí un guiño al hecho de que un actor nunca abandona su personaje puesto que en su persona ya hay una parte del mismo y viceversa. Un bonito detalle de este payaso llamado Leos Carax. Ah, y también por la escena del suicidio de Kylie Minogue, un paródico homenaje dramático al género de la comedia musical, creo que esta escena y en esa donde Edith Scob se pone la máscara, en las que el protagonista cara-de-gárgola curiosamente no aparece, son las que más me han gustado, de ahí en más esta Holy Motors es más pesada que una familia de elefantes.
5 de enero de 2013
5 de enero de 2013
102 de 153 usuarios han encontrado esta crítica útil
LO BUENO:
El aspecto visual de Life Of Pi es deslumbrante. El extremo cuidado y logros en los apartados de dirección de arte y fotografía son sobresalientes, y esto queda de manifiesto desde el minuto 1. Posteriormente, cuando es momento de la intervención de los efectos especiales éstos no desmerecen y el empleo del 3D es muy bueno como quizás en ninguna otra película se había visto a la fecha. La banda sonora de igual manera es excelente, de esas que consiguen unificar casi de manera mágica lo que está sucediendo en pantalla. Es decir, que a la parte técnica de Life Of Pi no se le objeta nada.
LO REGULAR:
La dirección. Las actuaciones. El ritmo.
LO MALO:
La historia y su mensaje.
El aspecto visual de Life Of Pi es deslumbrante. El extremo cuidado y logros en los apartados de dirección de arte y fotografía son sobresalientes, y esto queda de manifiesto desde el minuto 1. Posteriormente, cuando es momento de la intervención de los efectos especiales éstos no desmerecen y el empleo del 3D es muy bueno como quizás en ninguna otra película se había visto a la fecha. La banda sonora de igual manera es excelente, de esas que consiguen unificar casi de manera mágica lo que está sucediendo en pantalla. Es decir, que a la parte técnica de Life Of Pi no se le objeta nada.
LO REGULAR:
La dirección. Las actuaciones. El ritmo.
LO MALO:
La historia y su mensaje.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Life Of Pi es una fábula en 3 actos que nos es contada –al mismo tiempo en la pantalla se le cuenta a un escritor que carece de ideas para una novela– a través de un flashback por su protagonista (¿un teólogo-genio-filósofo-animal whisperer a la Steve Irwin-indofrancocanadiense vegetariano?) cuando ya es adulto. La introducción a la vida de Pi es de una inverosimilitud que ni en la revista de casos insólitos se la comprarían; realismo mágico le llaman a esas escenas retrospectivas y explicativas en las que se pone a contar por qué se llama así (3.14159…) y por qué los animales y por qué profesa 3 religiones. El segundo acto desarrolla el naufragio que el poster promociona y en el que Pi pasa por penurias con mayor similitud a las que sufrió Tom Hanks en Náufrago que a las narradas en El viejo y el mar o en Moby Dick como muchos dicen, de hecho aquí podríamos equiparar la relación que Hanks mantuvo con el balón Wilson con el vínculo que se crea entre Pi y el tigre de bengala Richard Parker; desconociendo aún la vuelta de tuerca del acto final, el progreso de este segundo acto por momentos se vuelve tedioso, repetitivo y, de nuevo, no llega a convencernos de que es real (¿cadáveres de animales que desaparecen de un bote salvavidas sin dejar rastro, un manual de supervivencia donde dice cómo lidiar con carnívoros salvajes, una isla viviente que por las noches se alimenta de carne? Que esto se lo crea la mamá de Ang Lee, o de Yann Martel, si es que alguno tiene), pero bueno apela una vez más al realismo mágico, a las licencias que se permite la narrativa extraordinaria, eso quiero pensar. El tercer acto, en una confesión austera que se supone debería de conmovernos o impactarnos, nos revela que el astuto Pi nos ha tomado el pelo a todos, la fábula que nos ha contado es falsa y ni a Esopo se le hubiera ocurrido; las figuras de animales que Pi emplea en su relato son representaciones de los tripulantes que con él lograron subir al bote salvavidas cuando el barco en el que según viajaba a Canadá se hundió, en realidad lo que ocurrió en ese bote salvavidas es más parecido a lo que nos presentó Hitchcock en Lifeboat, la animalización, no literal como en la historia falsa narrada en base a metáforas expiatorias por Pi, sino la pérdida de la humanidad, la degradación y la bajeza, las constantes riñas entre los náufragos que terminaron de la peor manera y, quizás lo más penoso, el tener que alimentarse, como animales de carroña, del prójimo, de ahí que el lado animal de él mismo en su cuento fuera al que más temía, el tigre de bengala que al final fue el único sobreviviente. Se supone, porque ese fue el mensaje que yo recibí de Life Of Pi que la realidad es tan cruel, tan dolorosa e insoportable que para sobrellevarla el humano necesita crear y a la vez creer en un mundo aparte y superior a las situaciones cotidianas, asirse de algo místico, que de antemano sabe que es ficticio, pero que le sirve a sí mismo para abstraerse de su realidad angustiante. Si me equivoco, que alguien me corrija o me haga abrir los ojos, pero yo creo que lo que esta película hace, con la mano en la cintura, es dar por hecho que todas las religiones, los credos, se sustentan en el engaño. Sea lo que sea, haya entendido lo que haya entendido, la sensación final tras haber visto Life Of Pi es la de que fuimos engañados. Como si fuéramos ese pequeño niño, Giousè, al que para que no descubriera que estaba en un campo de concentración nazi su padre, Guido, inventó juegos y le hizo creer que en base a puntos él sería el ganador de un tanque en La vita è bella de Roberto Benigni, pero en este caso, como sí lo hacemos en la película italiana, no entendemos el propósito del engaño de Pi, ¿dónde está esa historia en Life Of Pi de la que tantos hablan y que dicen que les ha cambiado la vida?
8 de enero de 2013
8 de enero de 2013
54 de 63 usuarios han encontrado esta crítica útil
No entiendo la animadversión de la crítica hacia The Paperboy. Quizás sea por su atrevimiento al mezclar por lo menos 4 géneros reconocibles en su trama (la coming-of-age movie, el thriller noir de detectives, la comedia negra sexualizada y ese estilo de película que como The Help o The Long Walk Home iban de la denuncia contra el racismo) lo que contribuye a que no haya una clara definición de cuál es el propósito de la historia, sólo hasta los últimos minutos del melodrama conseguimos entender -luego de unas escenas de suspense que recuerdan y mucho a Cape Fear- , al menos en mi caso, que The Paperboy es un irónico, retorcido y grotesco alegato existencialista sobre la obsesión y la injusticia (¿de la vida?) que al final nos deja en un estado absoluto de indefensión. Es cierto que Lee Daniels no es el gran director que el cine esperaba, en Shadowboxer hizo un esfuerzo más loable que en esa suerte de tragedia bufa llamada Precious, sin embargo, de alguna manera, a pesar de su naturaleza pretenciosa, ha logrado que figuras respetables y reconocidas del medio participen en sus proyectos en papeles que rompen sus estereotipos ofreciendo interpretaciones realmente buenas (desde Helen Mirren pasando por Mo’Nique y en este caso Nicole Kidman). Quizás sea algo confuso, pero más o menos esta sería una sinopsis de The Paperboy: en un pueblo de Florida en los últimos años de la década de los 60s ocurre el crimen de un respetado sheriff (cuyos antecedentes no son muy respetables), por el crimen se culpa a Hillary (John Cusack) un tipo de aspecto y psique nauseabundos que es condenado a la silla eléctrica, de él se enamora ciegamente, aún sin conocerlo en persona, Charlotte (Nicole Kidman) una cuarentona sexual -que recuerda a Sylvia Miles (sobre todo por su bronceado e ímpetus y al procurar su imagen artificiosa de muñeca Barbie) en Heat de Morrissey- que tiene como hobby escribir cartas a encarcelados, Charlotte contacta a Ward (Matthew McConaughey) un reportero que tiene oscuras aficiones sexuales, para que revise el caso de Hillary a quien asegura que se le ha procesado injustamente; el hermano de Ward es Jack (Zac Efron) un veinteañero que gusta de andar por la vida en trusa y que se obsesiona con Charlotte, todo esto es narrado muchos años después de los hechos en los que se centra la trama por Anita (Macy Gray) la empleada doméstica negra en casa de Jack y Ward. La historia comienza a desarrollarse de manera peculiar, procurando sobre todo cuidar la estética de la época, con una banda sonora muy buena con temas de aquellos años y una fotografía que nos intenta trasladar en tiempo y espacio a esa Florida calurosa; en ningún momento las situaciones que cuenta ni su forma de hacerlo son planas –como Boyero dice-, al contrario, hay que estar al pendiente de la trama para captar las sutilezas y sobreentendidos. No sé, creo que si Almodóvar la hubiera realizado como desde hace tiempo se venía diciendo y sería su crossover al cine americano no se le estaría juzgando tan duramente como ahora sucede sobre todo por el respeto internacional que se le tiene como director, porque esta historia The Paperboy posee muchos momentos… digamos, sórdidos, que perturban, almodovarianos. The Paperboy está lejos de ser la mejor película pero tampoco es como se dice “una película que no debió de haber existido nunca”.
15 de diciembre de 2012
15 de diciembre de 2012
52 de 62 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es inevitable no pensar en Todd Haynes (Far From Heaven), Almodóvar (La Ley del Deseo) o Fassbinder (Ali Fear Eats The Soul), especialistas en filmar melodramas exacerbados herederos todos del trágico por excelencia, Douglas Sirk (All That Heaven Allows), durante el visionado de Laurence Anyways. Xavier Dolan narra en su tercer largometraje un cuento sobre la imposibilidad del amor como pareja, imposible por los inflexibles estándares de la sociedad pero también por el daño que se causan a sí mismos sus miembros mientras se fuerzan a permanecer juntos en una situación así: un maestro de literatura y escritor vive una vida de ensueño con su pareja, una asistente de director de cine, todo parece ir de maravilla para ambos hacia 1989 hasta que inesperadamente a él le resulta imposible seguir pretendiendo que todo está bien consigo mismo cuando siempre ha sentido que su auténtico yo es el de una mujer. Luego de la revelación sobreviene una serie incontable de momentos tópicos en la película: escenas donde hay rechazo por parte de todos ante la elección de ella de seguir al lado de su hombre-mujer, escenas de frustración y donde el mundo se les viene encima a ambos, escenas donde deciden alejarse por el bien propio, escenas donde se sienten miserables el uno sin el otro, etc. Lo mejor de Laurence Anyways es que Xavier Dolan ha conseguido que sus películas sean identificables con su marca de casa: una cautivadora estética hipster-ochentera-vintage-arty-pop que es llena de colorido, bonita, en la que presenta detalles surrealistas y momentos elaborados con gran plasticidad para el deleite sensorial del espectador. Sin embargo, hay que decirlo, lo peor es que el engolosinamiento de Dolan al crear esos momentos estéticos es su propio enemigo ya que muchas veces lo hace desviarse del camino inicial que es contar la historia lo que impide vincularnos, encontrar el pathos: ¿en serio necesitaba de casi 3 horas para contarnos una historia que en 1 hora y media hubiese quedado más que correcta?, es que la historia abarca 10 años en la relación de los protagonistas desde finales de los ochenta hasta inicios del nuevo milenio y esto lo justifica, probablemente, y, sí, son muy buenos esos momentos que en realidad parecen videoclips y caracterizan las películas de Dolan en los que acompañados de música pop a todo volumen hay eventos en cámara lenta, o esos detalles surrealistas (una mariposa emergiendo de la boca del protagonista como señal de que ha emergido del capullo su verdadero yo), pero seamos serios le hace falta mucha edición, síntesis, a esta Laurence Anyways tanta que por momentos mueve al bostezo o a revisar la hora en el reloj de pulso. Es innegable el mérito que tiene Xavier Dolan, el tan llamado enfant terrible canadiense –el otro es Jacob Tierney, que por cierto aquí hace una breve aparición–, quien a su corta edad ya ha realizado 3 largometrajes interesantes (los 2 anteriores son mejores que este) en los que ha dado esbozos de su propia, refescante y peculiar, voz autoral, pero del mismo modo hay que ver que aún se encuentra en vías de hallar la medida justa en su visión como director para que no interfiera su estética, su lenguaje cinematográfico con lo que nos quiere contar. Ah... y quien diga que esta es la mejor interpretación de Melvil Poupaud seguramente no ha visto la devastadora Le Temps Qui Reste de François Ozon.
27 de agosto de 2013
27 de agosto de 2013
35 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil
The Battery es el contrapunto a la mayoría de las películas de zombies que he visto a lo largo de muchos años, podría decirse que es la aportación que el cine indie y hipster, con pretensiones de cine de arte, hace a este subgénero del cine de horror. Es también una road movie y su ritmo es –como el de los propios muertos vivientes al andar– parsimonioso, contemplativo llegando incluso a ser tarkovskiano por momentos; se comporta mesurada de igual manera a la hora de tener que mostrar los grotescos del mundo en decadencia, de alguna forma busca llegar al espectador a través de otros medios que no sea el impacto visual con escenas de vísceras o cuerpos descompuestos como suele suceder en casi todas las películas de esta clase pero, sin embargo, tiene unos sorprendentes estallidos de violencia que dejan helado a cualquiera. The Battery, en realidad, hace uso del tema de los zombies para revestir una enternecedora narración sobre la amistad forjada entre dos hombres al estilo de Butch Cassidy and the Sundance Kid y The Odd Couple: Ben y Mickey son dos jugadores de beisbol que sólo tienen esto en común más el hecho de haberse encontrado juntos cuando sobrevino la plaga de zombies (la película nos sitúa varios meses después de este hecho, cuando ya el mundo está devastado): de ahí el título de la película, son como los polos positivo y negativo de una batería. Ben es un tipo relajado y desaliñado, un sobreviviente nato que pronto se adapta a la situación caótica, entiende que el mundo ha cambiado y se resiste a anclarse a un lugar fijo porque está latente siempre la amenaza de quedar enclaustrado en él por tiempo indeterminado en caso de ser rodeados por una horda de zombies; Mickey, que lleva siempre los audífonos para evadir la realidad, ya está cansado de ese viaje interminable y que parece que no los conduce a ningún lado, se niega a tener que matar por segunda vez a los muertos revividos y tiene la esperanza de encontrar a una mujer a quien amar aun en este mundo. En un momento de la película, en el que ambos discuten, Ben se define a sí mismo como realista y a Mickey, en tono despectivo, le dice que es un romántico empedernido. Ambos protagónicos son carismáticos y las situaciones en las que se les pone, aunque algunas ya sean tópicas en el cine apocalíptico, son bien llevadas y resueltas. Jeremy Gardner maneja con soltura la cámara en su primer largometraje y captura casi con delicadeza los momentos más íntimos y emotivos de Ben y Mickey. Gardner, incluso, ha conseguido filmar la que considero la mejor escena en una película de zombies:
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Es de día, Mickey duerme en la parte trasera de una station wagon estacionada en el bosque y que ambos han acondicionado como una casa rodante. Los fuertes golpes al cristal de la ventanilla despiertan a Mickey quien grita cuando ve que es un zombie quien los da y porque incluso alcanza éste a introducir sus manos al vehículo ya que el vidrio está bajado un poco. Mickey vuelve a gritar pidiendo ayuda de Ben pero él no está, se fue a tomar un baño al río, le dejó un recado que ahora lee y en el que le pide que no se deje morir. Mickey se acurruca en el lado opuesto de la parte trasera de la station wagon donde no puede ser alcanzado y ya con más calma ve que el zombie es una joven mujer: se fija en sus redondos pechos que se aplastan contra el cristal durante su forcejeo intentando agarrarlo. En un acto desesperado, en el que se atestigua la soledad de este su nuevo mundo, Mickey se baja las bermudas que viste así como la ropa interior y teniendo como una motivación visual los pechos de la muerta comienza a masturbarse. Antes de llegar al orgasmo, Mickey es interrumpido por un disparo que destroza el cráneo de la zombie y mancha el cristal de sangre. Es Ben quien dio el disparo y se burla ahora de Mickey cuando se da cuenta de lo que estaba haciendo.
Un momento en el que se mezclan el humor negro, el patetismo, la violencia y que da una pequeña muestra del drama por el que están pasando este par de personajes que lo único que buscan es sobrevivir a este mundo hostil.
Un momento en el que se mezclan el humor negro, el patetismo, la violencia y que da una pequeña muestra del drama por el que están pasando este par de personajes que lo único que buscan es sobrevivir a este mundo hostil.
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