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Voto de VeoCine:
7
Voto de VeoCine:
7
5,5
2.425
Drama. Thriller
Una pareja joven y enamorada, Grace y Jackson, se muda desde Nueva York a una casa heredada en el campo. Al poco tiempo, Grace intenta encontrar su identidad en ese entorno aislado, acompañada de su bebé recien nacido. Pero al redescubrirse a sí misma tras un periodo de desmoronamiento, no lo hace en la debilidad, sino en la fortaleza y la imaginación.
26 de diciembre de 2025
26 de diciembre de 2025
2 de 3 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lynne Ramsay vuelve a filmar desde el borde. Die My Love no es una película cómoda ni transparente, y tampoco parece interesada en serlo. Su apuesta pasa menos por contar una historia en términos clásicos que por sumergir al espectador en un estado mental: el de una mujer en pleno proceso de descomposición emocional. Y ahí está, probablemente, tanto su mayor fortaleza como su principal límite.
Aunque el punto de partida remite inevitablemente a la maternidad y al período posterior al nacimiento de un hijo, la película evita reducir el conflicto a un diagnóstico clínico o a una lectura estrictamente ligada a la depresión postparto. Lo que Ramsay propone es algo más difuso y, a la vez, más inquietante: un quiebre que atraviesa el cuerpo, el deseo, la identidad y el vínculo con los otros. La maternidad aparece, sí, pero más como un catalizador dentro de un malestar previo y más amplio que como su causa exclusiva.
Esa experiencia de fractura se expresa a través de un relato deliberadamente ambiguo, donde la frontera entre lo real, lo imaginado y lo percibido se vuelve inestable. Hay escenas que parecen recuerdos, otras impulsos, otras fantasías, y la película nunca se preocupa demasiado por aclarar en qué plano estamos. No es un descuido narrativo, sino una decisión consciente: Ramsay filma desde adentro de la protagonista, y el mundo se ordena (o se desordena) según su percepción alterada.
Aunque el punto de partida remite inevitablemente a la maternidad y al período posterior al nacimiento de un hijo, la película evita reducir el conflicto a un diagnóstico clínico o a una lectura estrictamente ligada a la depresión postparto. Lo que Ramsay propone es algo más difuso y, a la vez, más inquietante: un quiebre que atraviesa el cuerpo, el deseo, la identidad y el vínculo con los otros. La maternidad aparece, sí, pero más como un catalizador dentro de un malestar previo y más amplio que como su causa exclusiva.
Esa experiencia de fractura se expresa a través de un relato deliberadamente ambiguo, donde la frontera entre lo real, lo imaginado y lo percibido se vuelve inestable. Hay escenas que parecen recuerdos, otras impulsos, otras fantasías, y la película nunca se preocupa demasiado por aclarar en qué plano estamos. No es un descuido narrativo, sino una decisión consciente: Ramsay filma desde adentro de la protagonista, y el mundo se ordena (o se desordena) según su percepción alterada.

Jennifer Lawrence
En ese sentido, el trabajo con el sonido resulta fundamental. Más que la música, lo que domina son los ruidos: ladridos, llantos, motores, fuego, respiraciones. Sonidos que no acompañan la imagen sino que la tensan, la invaden, la vuelven física. El sonido funciona casi como una cámara invisible que nos empuja a compartir la ansiedad, la irritación y el encierro emocional de Grace.
Jennifer Lawrence sostiene todo ese dispositivo con una entrega absoluta. Su actuación es visceral, incómoda, expuesta, tanto en lo emocional como en lo corporal. Hay algo de animalidad en su presencia, un gesto permanentemente al borde del estallido, que conecta con una de las ideas centrales del film: la de un cuerpo que se resiste a ser domesticado. Grace aparece muchas veces más cerca del instinto que de la palabra, como si el lenguaje ya no alcanzara para ordenar lo que le sucede.
El bebé, curiosamente, ocupa un lugar ambiguo. Por momentos parece ser la única certeza, el único vínculo no contaminado por la frustración o el desencanto. Por otros, queda casi desplazado, como si la película eligiera deliberadamente correrse del ideal del lazo materno para poner el foco en una identidad que se desarma. Esa tensión —entre conexión y carga, entre refugio y prisión— nunca se resuelve del todo, y ahí también reside parte de su incomodidad.
Jennifer Lawrence sostiene todo ese dispositivo con una entrega absoluta. Su actuación es visceral, incómoda, expuesta, tanto en lo emocional como en lo corporal. Hay algo de animalidad en su presencia, un gesto permanentemente al borde del estallido, que conecta con una de las ideas centrales del film: la de un cuerpo que se resiste a ser domesticado. Grace aparece muchas veces más cerca del instinto que de la palabra, como si el lenguaje ya no alcanzara para ordenar lo que le sucede.
El bebé, curiosamente, ocupa un lugar ambiguo. Por momentos parece ser la única certeza, el único vínculo no contaminado por la frustración o el desencanto. Por otros, queda casi desplazado, como si la película eligiera deliberadamente correrse del ideal del lazo materno para poner el foco en una identidad que se desarma. Esa tensión —entre conexión y carga, entre refugio y prisión— nunca se resuelve del todo, y ahí también reside parte de su incomodidad.

Robert Pattinson
Visualmente, Ramsay trabaja con una paleta muy precisa. Las noches azules y las penumbras dominan buena parte del metraje, reforzando una sensación de encierro y ansiedad, mientras que los estallidos de luz o de color más saturado parecen marcar momentos de desborde. El uso del formato comprimido acentúa esa idea de claustrofobia, como si el mundo se cerrara sobre la protagonista.
El fuego, finalmente, funciona como el gran símbolo articulador: destrucción, purificación, catarsis. No tanto como un acto literal con consecuencias claras, sino como una imagen de aniquilación de las estructuras que la constriñen —la pareja, la maternidad normativa, las expectativas sociales— y también como una pregunta abierta sobre lo que puede nacer después.
Estamos frente a una película que se arriesga, que incomoda y que confirma a Ramsay como una autora más interesada en explorar estados emocionales extremos que en satisfacer expectativas narrativas. No es una obra redonda ni completamente accesible, pero sí una propuesta potente, coherente con su universo y sostenida por una actuación central difícil de ignorar.
El fuego, finalmente, funciona como el gran símbolo articulador: destrucción, purificación, catarsis. No tanto como un acto literal con consecuencias claras, sino como una imagen de aniquilación de las estructuras que la constriñen —la pareja, la maternidad normativa, las expectativas sociales— y también como una pregunta abierta sobre lo que puede nacer después.
Estamos frente a una película que se arriesga, que incomoda y que confirma a Ramsay como una autora más interesada en explorar estados emocionales extremos que en satisfacer expectativas narrativas. No es una obra redonda ni completamente accesible, pero sí una propuesta potente, coherente con su universo y sostenida por una actuación central difícil de ignorar.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Die My Love no busca cerrar su arco narrativo de manera clásica ni ofrecer respuestas tranquilizadoras. Prefiere quedarse en el terreno del símbolo, de la repetición, de la experiencia sensorial. Eso puede resultar fascinante para algunos y exasperante para otros.
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