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Voto de PeteSalinger:
10
Voto de PeteSalinger:
10
8,1
27.202
Comedia
Chicago, 1929. Earl Williams, convicto del asesinato de un policía, espera en la cárcel el momento de su ejecución. Mientras tanto, en la sala de prensa del Tribunal Supremo, un grupo de periodistas espera el indulto o la confirmación de la sentencia. Hildy Johnson, el cronista de sucesos del Chicago Examiner, que tendría que cubrir la información, está a punto de contraer matrimonio y abandonar su trabajo; pero Walter Burns, el ... [+]
18 de marzo de 2011
18 de marzo de 2011
1 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una comedia que parece impulsada por un motor que nunca descansa: la neurosis alegre del periodismo en su versión más desvergonzada. Billy Wilder, que entendía como pocos la crueldad amorosa del oficio, convierte la redacción en un corral lleno de gallos viejos, cada uno cantando más fuerte que el otro, todos convencidos de ser indispensables en el caos.
La película podría haber sido solo un brillante ejercicio de ritmo y diálogos, pero Wilder introduce una melancolía casi subterránea. Debajo de la velocidad y las carcajadas hay un retrato de un gremio que ya está en vías de extinción incluso en 1974: reporteros que viven devorados por sus historias, incapaces de separarse del ruido porque fuera de él no sabrían quiénes son. Hildy, intentando escapar hacia una vida “normal”, encarna esa contradicción con una torpeza entrañable; es un hombre que quiere dejar de correr mientras sigue corriendo.
El dúo Lemmon–Matthau funciona como un pequeño milagro. Matthau interpreta al editor Burns como un depredador que se alimenta de café, cinismo y adrenalina. No es un villano, aunque se comporta como uno; es simplemente la fuerza gravitatoria que mantiene unido ese universo de humo, urgencia y teletipos. Lemmon, en cambio, aporta una humanidad temblorosa: su Hildy es brillante, pero también consciente de que cada exclusiva le roba un trozo de la vida civil que pretende recuperar. Esa tensión es lo que genera la comedia más auténtica: la que surge de la incapacidad de los personajes para ser lo que dicen querer ser.
La película podría haber sido solo un brillante ejercicio de ritmo y diálogos, pero Wilder introduce una melancolía casi subterránea. Debajo de la velocidad y las carcajadas hay un retrato de un gremio que ya está en vías de extinción incluso en 1974: reporteros que viven devorados por sus historias, incapaces de separarse del ruido porque fuera de él no sabrían quiénes son. Hildy, intentando escapar hacia una vida “normal”, encarna esa contradicción con una torpeza entrañable; es un hombre que quiere dejar de correr mientras sigue corriendo.
El dúo Lemmon–Matthau funciona como un pequeño milagro. Matthau interpreta al editor Burns como un depredador que se alimenta de café, cinismo y adrenalina. No es un villano, aunque se comporta como uno; es simplemente la fuerza gravitatoria que mantiene unido ese universo de humo, urgencia y teletipos. Lemmon, en cambio, aporta una humanidad temblorosa: su Hildy es brillante, pero también consciente de que cada exclusiva le roba un trozo de la vida civil que pretende recuperar. Esa tensión es lo que genera la comedia más auténtica: la que surge de la incapacidad de los personajes para ser lo que dicen querer ser.

Walter Matthau & Jack Lemmon
Wilder dirige con una precisión que roza la crueldad. Cada puerta que se abre, cada teléfono que suena, cada interrupción es un recordatorio de que el caos domina y nadie podrá domesticarlo. El humor no nace de chistes aislados, sino de una sucesión de colisiones: ideales contra intereses, humanidad contra espectáculo, periodistas contra sí mismos. Y sin embargo, la película es sorprendentemente cálida. Wilder nunca desprecia a estos personajes; los observa con ironía, sí, pero sobre todo con una empatía resignada —como quien conoce demasiado bien ese mundo para condenarlo.
En última instancia, Primera plana es una celebración amarga del periodismo, una comedia que se ríe de la miseria laboral sin perder de vista el extraño heroísmo que puede haber en contar una historia. Es ruidosa, veloz, casi agotadora… y justamente por eso tan viva. Al terminarla uno no recuerda solo la trama, sino la sensación de haber asistido a un carnaval de palabras y urgencias, donde el oficio es una enfermedad incurable y, al mismo tiempo, una forma de permanecer en el mundo.
En última instancia, Primera plana es una celebración amarga del periodismo, una comedia que se ríe de la miseria laboral sin perder de vista el extraño heroísmo que puede haber en contar una historia. Es ruidosa, veloz, casi agotadora… y justamente por eso tan viva. Al terminarla uno no recuerda solo la trama, sino la sensación de haber asistido a un carnaval de palabras y urgencias, donde el oficio es una enfermedad incurable y, al mismo tiempo, una forma de permanecer en el mundo.

Me encanta Billy Wilder. Cada película suya que veo le confirma como uno de los mejores directores de toda la historia.
La pareja Lemmon-Matthau tiene una química especial, difícil de igualar. Pocas veces se han hecho 3 versiones de una misma película de tanto nivel (Milestone y Hawks, anteriormente). Los diálogos son trepidantes y mordaces y dejan al Periodismo y a la Justicia en no muy buen lugar.
Totalmente recomendable. De visión obligada. Y el que no la vea....¡¡¡¡él/ella se lo pierde!!!!
La pareja Lemmon-Matthau tiene una química especial, difícil de igualar. Pocas veces se han hecho 3 versiones de una misma película de tanto nivel (Milestone y Hawks, anteriormente). Los diálogos son trepidantes y mordaces y dejan al Periodismo y a la Justicia en no muy buen lugar.
Totalmente recomendable. De visión obligada. Y el que no la vea....¡¡¡¡él/ella se lo pierde!!!!
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