Nunca es demasiado tarde
6,4
2.000
22 de noviembre de 2014
22 de noviembre de 2014
75 de 79 usuarios han encontrado esta crítica útil
Estamos ante un estudio paciente, delicado y minucioso del carácter de un – en apariencia – anodino y gris funcionario municipal. Su tarea consiste en encontrar a familiares o amigos de aquellas personas que han fallecido en soledad y abandono, con la esperanza de que alguien reclame sus cuerpos o al menos asista al sobrio sepelio, costeado por las menguantes arcas municipales. Concienzudo y metódico hasta la obsesión, calmoso y laborioso hasta la exasperación, su cometido es su razón de ser e impregna de sentido toda su callada y ascética existencia. Podría parecer que su labor es improductiva e inútil en un mundo tan tergiversado y sojuzgado por los resultados inmediatos, con una productividad reducida a ratios de eficiencia y rapidez de procedimientos. El objetivo de acompañar a los muertos, darles una despedida digna y serena se pierde de vista, no resulta rentable.
Cinta atípica, peculiar y muy original, alejada de cualquier apresuramiento narrativo, de todo efectismo visual, va calando muy hondo poco a poco, casi sin darte cuenta. La discreta presencia de su protagonista apenas oculta su inmenso corazón y su profunda ternura, basta con rascar un poquito para que salga a la luz su altruista generosidad que no se compensa con dinero ni busca otra remuneración que hacer el bien a sus semejantes, sin aspavientos, sin darle importancia, sin querer obtener nada a cambio. Qué rara y atípica se nos hace la bondad de nuestros conciudadanos, cuando todo parece tener precio y estar tasado, pero nadie sabe valorar lo importante, lo esencial, lo trascendente.
Esta singular y logradísima película corre el riesgo de pasar desapercibida para un público ahíto de mercadotecnia, embotado de banalidad, estragado de ruido, explosiones, efectos especiales, parafernalia de saldo y sagas clónicas de nulo interés y desorbitado presupuesto. Es la prueba sangrante de que tan sólo hace falta un personaje interesante, una historia bien trabada, atender a la sinceridad de los vericuetos argumentales, para dar en la diana de la turbación. Sin fórmulas trilladas, sin plantillas adocenadas, sin alardes ni alharacas, sin afectación deshumanizada. Basta con escuchar los sentimientos y reflejarlos con naturalidad y sencillez.
Sin duda, es una cinta minoritaria, pero los espectadores en busca de tesoros fortuitos se verán recompensados. Alberga uno de los finales más emotivos, honestos y jubilosos que recuerdo, donde la emoción se desborda, sin subrayados, ni falsificación. Un manjar para gourmets del buen cine.
Cinta atípica, peculiar y muy original, alejada de cualquier apresuramiento narrativo, de todo efectismo visual, va calando muy hondo poco a poco, casi sin darte cuenta. La discreta presencia de su protagonista apenas oculta su inmenso corazón y su profunda ternura, basta con rascar un poquito para que salga a la luz su altruista generosidad que no se compensa con dinero ni busca otra remuneración que hacer el bien a sus semejantes, sin aspavientos, sin darle importancia, sin querer obtener nada a cambio. Qué rara y atípica se nos hace la bondad de nuestros conciudadanos, cuando todo parece tener precio y estar tasado, pero nadie sabe valorar lo importante, lo esencial, lo trascendente.
Esta singular y logradísima película corre el riesgo de pasar desapercibida para un público ahíto de mercadotecnia, embotado de banalidad, estragado de ruido, explosiones, efectos especiales, parafernalia de saldo y sagas clónicas de nulo interés y desorbitado presupuesto. Es la prueba sangrante de que tan sólo hace falta un personaje interesante, una historia bien trabada, atender a la sinceridad de los vericuetos argumentales, para dar en la diana de la turbación. Sin fórmulas trilladas, sin plantillas adocenadas, sin alardes ni alharacas, sin afectación deshumanizada. Basta con escuchar los sentimientos y reflejarlos con naturalidad y sencillez.
Sin duda, es una cinta minoritaria, pero los espectadores en busca de tesoros fortuitos se verán recompensados. Alberga uno de los finales más emotivos, honestos y jubilosos que recuerdo, donde la emoción se desborda, sin subrayados, ni falsificación. Un manjar para gourmets del buen cine.
23 de noviembre de 2014
23 de noviembre de 2014
42 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿'Almibarada' esta película? ¡Qué hipócritas son a veces algunos críticos!
El miserable envés de la vida contemporánea es lo que muestra esta película, y lo hace de forma implacable. La muerte -no la muerte sangrienta y espectacular y tarantiniana, sino la muerte pequeña, triste y sórdida que nos espera a la mayoría- es el tema del film, precisamente dirigido por el sr. Pasolini y preciosamente interpretado por el sr. Marsan.
Amigo filmaffinitista, visiona esta película, recreáte con sus pequeños detalles y disfruta de la soberbia interpretación del sr. Marsan. No te la pierdas.
El miserable envés de la vida contemporánea es lo que muestra esta película, y lo hace de forma implacable. La muerte -no la muerte sangrienta y espectacular y tarantiniana, sino la muerte pequeña, triste y sórdida que nos espera a la mayoría- es el tema del film, precisamente dirigido por el sr. Pasolini y preciosamente interpretado por el sr. Marsan.
Amigo filmaffinitista, visiona esta película, recreáte con sus pequeños detalles y disfruta de la soberbia interpretación del sr. Marsan. No te la pierdas.
19 de marzo de 2015
19 de marzo de 2015
29 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
Magnífica película. Enhorabuena al excelente director, ya que sólo puede calificarse de excelente director al que sabe finalizar su construcción artística, al que como todo gran torero sabe acabar o rematar con acierto su faena, su función, cosa que logra Uberto Pasolini con unos minutos finales de filme que solo pueden ser la genial consecuencia de poseer gran valía profesional en el arte de hacer cine con mayúsculas.
El contenido del filme es una delicia para los que somos espíritus gustosos de la dimensión espiritual de los seres humanos, dimensión que intuimos como la causa y el plus de lo verdaderamente cósmico y humano; dimensión espiritual que ha levantado los cuatro hitos occidentales que caracterizan y son la insignia de la magnificencia de Occidente: la metafísica griega, el derecho romano, la religión de Israel y la ciencia moderna. Pues bien, todo este manifiesto occidental lo recoge y sintetiza Uberto Pasolini, con suma delicadeza espiritual, en el día a día de un funcionario de ayuntamiento cuya labor es encargarse de personas que mueren solas y a quienes nadie reclama.
Sin duda estamos ante una película profunda y súper sensible, donde el espectador asiste a la pugna entre el personaje central, hombre de educación paciente, ciudadano y funcionario ordenado, con sentido existencial de estar muy por encima del burdo utilitarismo que lo ensucia todo, y su jefe, un burócrata «progre“, representativo del burocratismo insensible, quien pretende prescindir del protagonista y de su función con «trascendencia» en la política pública. En dicho panorama de razones de ser y de comportamientos que se repelen, me atrevo a decir que solo sobra una escena*.
En fin, no se demore usted más si aún no ha visto esta película: es toda una pieza de calidad, disfrute y bellísimo acabado, de las muy aconsejables de contemplar, degustar e interiorizar. Además, pertenece también a un buen año de producción y cosecha cinematográfica, 2013, todo un año generador de películas sobresalientes en sabor espiritual como en muy pocos años suele darse, véanse: «Nebrasca», de Alexander Paynek, USA; «En solitario», de Christopher Offenstein, Francia; o «La mejor oferta», de Giuseppe Tornatore, Italia. Mientras que de otros años como por ejemplo 2005 ó 2012, ¿qué filme podemos destacar en tan relevante dimensión?
Fej Delvahe
El contenido del filme es una delicia para los que somos espíritus gustosos de la dimensión espiritual de los seres humanos, dimensión que intuimos como la causa y el plus de lo verdaderamente cósmico y humano; dimensión espiritual que ha levantado los cuatro hitos occidentales que caracterizan y son la insignia de la magnificencia de Occidente: la metafísica griega, el derecho romano, la religión de Israel y la ciencia moderna. Pues bien, todo este manifiesto occidental lo recoge y sintetiza Uberto Pasolini, con suma delicadeza espiritual, en el día a día de un funcionario de ayuntamiento cuya labor es encargarse de personas que mueren solas y a quienes nadie reclama.
Sin duda estamos ante una película profunda y súper sensible, donde el espectador asiste a la pugna entre el personaje central, hombre de educación paciente, ciudadano y funcionario ordenado, con sentido existencial de estar muy por encima del burdo utilitarismo que lo ensucia todo, y su jefe, un burócrata «progre“, representativo del burocratismo insensible, quien pretende prescindir del protagonista y de su función con «trascendencia» en la política pública. En dicho panorama de razones de ser y de comportamientos que se repelen, me atrevo a decir que solo sobra una escena*.
En fin, no se demore usted más si aún no ha visto esta película: es toda una pieza de calidad, disfrute y bellísimo acabado, de las muy aconsejables de contemplar, degustar e interiorizar. Además, pertenece también a un buen año de producción y cosecha cinematográfica, 2013, todo un año generador de películas sobresalientes en sabor espiritual como en muy pocos años suele darse, véanse: «Nebrasca», de Alexander Paynek, USA; «En solitario», de Christopher Offenstein, Francia; o «La mejor oferta», de Giuseppe Tornatore, Italia. Mientras que de otros años como por ejemplo 2005 ó 2012, ¿qué filme podemos destacar en tan relevante dimensión?
Fej Delvahe
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
* Me refiero a la escena donde el protagonista se pone a orinar sobre la rueda del coche de su jefe. Resulta una acción que no casa ni es acorde a la personalidad que se nos ha ido mostrando del personaje principal del filme: hombre pulcrísimo que siempre va de frente sin perder su talante excepcionalmente educado y formal.
25 de noviembre de 2014
25 de noviembre de 2014
21 de 23 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Por qué se celebran los funerales? Obviamente la persona fallecida no se va a enterar de nada y lo que hagan con su cuerpo ya le dará lo mismo. Se trata más bien de un acto de despedida en el que los vivos dicen adiós a quien se marcha, sobre todo los que tenían vínculos sentimentales con él o ella. El resto de los que acuden lo hacen por ser conocidos de la familia y por respeto hacia su dolor. Yo he ido a funerales en los que no conocía al fallecido o no llegué a tratarlo nunca, pero lo he hecho por consideración hacia alguien para quien esa persona era importante. Nunca sé qué decir en esos casos así que opto por un escueto "lo siento mucho", los besos en las mejillas y un pequeño apretón consolador en el hombro. Y me aparto rápidamente para dejar a los deudos tranquilos con su pena. No me gusta inmiscuirme en plan voyeur en el dolor ajeno, me parece que estoy invadiendo un espacio que no me corresponde. La tristeza es privativa de cada uno. Como escribía Tolstoi al comienzo de "Anna Karenina", todas las familias felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera.
Es muy triste que nadie acuda a un funeral. Yo estoy acostumbrada a que el tanatorio se llene hasta desbordarse de parientes, amigos, vecinos y conocidos, y a que durante todas las horas de espera haya alguien velando hasta el entierro o la incineración.
Si hasta los hombres primitivos realizaban rituales funerarios desde que eran poco más que primates, eso da la medida de la suma importancia que para todas las civilizaciones ha tenido el tránsito hacia la muerte.
Excepto, probablemente, para la nuestra. La indiferencia general hacia todo lo que suponga actos de fe (y que además conlleven soltar pasta, porque hoy día incluso morirse cuesta caro), y el egoísmo colectivo de la gente que va a lo suyo sin preocuparse siquiera de lo que ocurre en casa del vecino, hacen que un número elevado de personas (imagino que ante todo en las grandes ciudades) se marchen completamente solas de este mundo, sin nadie que les llore ni que acuda a llevarles flores a sus tumbas.
Sí, es muy triste. Porque hasta unas cuantas especies animales lamentan la pérdida de sus congéneres. Y nosotros, que se supone que estamos más evolucionados, ¿cómo podemos dejar que alguien se muera solo como un perro? Y no hablo de personas que hayan sido malvadas, esos monstruos que lo único que se merecen es el desprecio universal. Hablo de muchos, como cualquier hijo de vecino que, por unas u otras circunstancias, acaban atrapados en una soledad de la que no saben o no pueden salir.
John May es un funcionario atípico en estos tiempos de desidia. Dedica prácticamente su vida entera a investigar sobre fallecidos de su distrito a los que nadie reclama. Busca datos, fotos, objetos personales, cartas, lo que sea que los vincule con su pasado, con personas a las que amaron. En cuanto halla conexiones, llama por teléfono, viaja de acá para allá, trata de convencer a los reticentes familiares o antiguos amigos para que vayan al funeral. La mayoría se niega y entonces el abnegado funcionario acaba siendo el único asistente, junto con el sacerdote u oficiante, del acto, que es llevado a cabo con la misma dignidad y solemnidad que si la sala estuviese llena.
John May, ese hombrecillo que parece una sombra apacible y dulce, rinde a todos, fueran quienes fuesen, un homenaje tan sincero que conmueve hasta la lagrimilla. Realmente adora su trabajo, un oficio aparentemente nada grato que lleva veintidós años ejerciendo. Y cuando te das cuenta de por qué lo adora, es cuando le tomas afecto y lo admiras.
Lo adora porque es un acto de fe. Y él cree en esas cosas.
Cree que los que se van no son simples muertos, simples cadáveres engorrosos. Los ve siempre, siempre, como a los seres humanos que fueron. Tal vez incluso llega a conocerlos mejor de lo que los ha conocido nadie más mientras vivían. Tiene un pequeño don para descubrir detalles hermosos.
Como, por ejemplo, que Billy Stoke amaba a una hijita cuyo álbum de fotos conservaba en su destartalado apartamento.
Y el bueno de John May, que dedica también sus horas libres a acompañarlos, es feliz rodeado de sus queridos fantasmas, y no se rinde jamás al desencanto. Un héroe anónimo y discreto que glorifica una profesión, y una vocación, que cae víctima, como otros valores, de la codicia, los recortes, la deshumanización.
Tal vez cuando nos llega la hora nos da igual o ni siquiera nos damos cuenta, y muchos considerarán que es una tontería, pero sería precioso que un John May estuviera ahí diciéndonos adiós no porque se lo imponga su trabajo, no por rutina ni por dinero, sino porque realmente hace el esfuerzo por vernos como éramos, y nos tiende una mano amiga como acto de fe y de amor.
Con la bondad de pensar en que (y quizás casi está convencido de ello), si la muerte es un tránsito, tal vez el que se va se sentirá mejor en su camino hacia el otro lado si sabe que le están acompañando en el viaje.
Es muy triste que nadie acuda a un funeral. Yo estoy acostumbrada a que el tanatorio se llene hasta desbordarse de parientes, amigos, vecinos y conocidos, y a que durante todas las horas de espera haya alguien velando hasta el entierro o la incineración.
Si hasta los hombres primitivos realizaban rituales funerarios desde que eran poco más que primates, eso da la medida de la suma importancia que para todas las civilizaciones ha tenido el tránsito hacia la muerte.
Excepto, probablemente, para la nuestra. La indiferencia general hacia todo lo que suponga actos de fe (y que además conlleven soltar pasta, porque hoy día incluso morirse cuesta caro), y el egoísmo colectivo de la gente que va a lo suyo sin preocuparse siquiera de lo que ocurre en casa del vecino, hacen que un número elevado de personas (imagino que ante todo en las grandes ciudades) se marchen completamente solas de este mundo, sin nadie que les llore ni que acuda a llevarles flores a sus tumbas.
Sí, es muy triste. Porque hasta unas cuantas especies animales lamentan la pérdida de sus congéneres. Y nosotros, que se supone que estamos más evolucionados, ¿cómo podemos dejar que alguien se muera solo como un perro? Y no hablo de personas que hayan sido malvadas, esos monstruos que lo único que se merecen es el desprecio universal. Hablo de muchos, como cualquier hijo de vecino que, por unas u otras circunstancias, acaban atrapados en una soledad de la que no saben o no pueden salir.
John May es un funcionario atípico en estos tiempos de desidia. Dedica prácticamente su vida entera a investigar sobre fallecidos de su distrito a los que nadie reclama. Busca datos, fotos, objetos personales, cartas, lo que sea que los vincule con su pasado, con personas a las que amaron. En cuanto halla conexiones, llama por teléfono, viaja de acá para allá, trata de convencer a los reticentes familiares o antiguos amigos para que vayan al funeral. La mayoría se niega y entonces el abnegado funcionario acaba siendo el único asistente, junto con el sacerdote u oficiante, del acto, que es llevado a cabo con la misma dignidad y solemnidad que si la sala estuviese llena.
John May, ese hombrecillo que parece una sombra apacible y dulce, rinde a todos, fueran quienes fuesen, un homenaje tan sincero que conmueve hasta la lagrimilla. Realmente adora su trabajo, un oficio aparentemente nada grato que lleva veintidós años ejerciendo. Y cuando te das cuenta de por qué lo adora, es cuando le tomas afecto y lo admiras.
Lo adora porque es un acto de fe. Y él cree en esas cosas.
Cree que los que se van no son simples muertos, simples cadáveres engorrosos. Los ve siempre, siempre, como a los seres humanos que fueron. Tal vez incluso llega a conocerlos mejor de lo que los ha conocido nadie más mientras vivían. Tiene un pequeño don para descubrir detalles hermosos.
Como, por ejemplo, que Billy Stoke amaba a una hijita cuyo álbum de fotos conservaba en su destartalado apartamento.
Y el bueno de John May, que dedica también sus horas libres a acompañarlos, es feliz rodeado de sus queridos fantasmas, y no se rinde jamás al desencanto. Un héroe anónimo y discreto que glorifica una profesión, y una vocación, que cae víctima, como otros valores, de la codicia, los recortes, la deshumanización.
Tal vez cuando nos llega la hora nos da igual o ni siquiera nos damos cuenta, y muchos considerarán que es una tontería, pero sería precioso que un John May estuviera ahí diciéndonos adiós no porque se lo imponga su trabajo, no por rutina ni por dinero, sino porque realmente hace el esfuerzo por vernos como éramos, y nos tiende una mano amiga como acto de fe y de amor.
Con la bondad de pensar en que (y quizás casi está convencido de ello), si la muerte es un tránsito, tal vez el que se va se sentirá mejor en su camino hacia el otro lado si sabe que le están acompañando en el viaje.
15 de junio de 2015
15 de junio de 2015
21 de 24 usuarios han encontrado esta crítica útil
Es una película que no recomiendo a gente de menos de 40 o que no haya tenido una vida con algún fallecimiento importante. Es una joya, pequeña y chiquita, como nuestra propia vida, que con un ejercicio de paciencia y sensatez te situa ante tu propia muerte, y por tanto ante el valor de tu vida.
La perfecta delicadeza con la que consigue llevarte del anodino gris a una suerte de redescubrimiento de la vida utilizando gamas de colores que por si solas te ofrecen el estado emocional del personaje.
Si quieres que la película te llegue de verdad debes verla a solas, sin distracciones, sin ruidos. Te aseguro que entonces te conmoverá. Es posible que se te pase de golpe la tontería que, como yo, como casi todos, tenemos a menudo.
De las pocas películas que me han llegado al alma.
La perfecta delicadeza con la que consigue llevarte del anodino gris a una suerte de redescubrimiento de la vida utilizando gamas de colores que por si solas te ofrecen el estado emocional del personaje.
Si quieres que la película te llegue de verdad debes verla a solas, sin distracciones, sin ruidos. Te aseguro que entonces te conmoverá. Es posible que se te pase de golpe la tontería que, como yo, como casi todos, tenemos a menudo.
De las pocas películas que me han llegado al alma.
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