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8
14 de marzo de 2008
14 de marzo de 2008
13 de 15 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mucho he tardado en hablar de La gran seducción. Junto con Despertando a Ned, mi película rural favorita. Sí, ese pequeño subgénero de pueblo minúsculo que se une ante las adversidades -ahí están los ejemplos de Ned, Tocando al viento, El inglés que subió una colina y bajó una montaña y compañía- tiene en esta película uno de sus exponentes más alegres y entrañables. Y el cine español. Como se nota que a Jean-François Pouliot le gusta Berlanga. Junta Calabuch con Bienvenido Mister Marshall y añádele un extravagante toque francés, y obtendremos La gran seducción. Están locos estos canadienses.
Opera prima de Pouliot, fotografiada por Allen Smith, musicalizada por Jean-Marie Benoît, escrita por Ken Scott, cómico, escritor y guionista, y protagonizada por él mismo, La gran seducción consiguió el premio Genie del cine canadiense al mejor director de fotografía, clausuró la Quincena de Realizadores de Cannes del 2003, y se presentó en Sundance el 2004, dentro de la sección World Cinema, donde consiguió el premio del público. Y no me extraña.
Y es que es una película encantadora. Desde ese comienzo tan a lo Amelié pasamos por todo el proceso de seducción, recopilando información del médico para construir un nuevo pueblo a su medida: el estilo de las mujeres, la comida, aficiones, deportes... Tampoco faltan las enfermedades imaginarias, para que el sorprendido doctor no tenga tiempo de echar de menos su hogar. Y no sabe que este minúsculo pueblecito quiere convertirse en su casa.
Divertidísima y llena de gags desternillantes, poco a poco el patetismo de muchas situaciones va dejando al descubierto el dolor de un pueblo olvidado. La desgracia y la vergüenza que supone el vivir del subsidio social no da pie a situaciones violentas. Mejor combatir los problemas con el esfuerzo de todos, que así sí se puede vivir con dignidad. Eso es lo que importa. Aun cuando Germain y los demás tendrán que escoger entre la fábrica y su integridad cara al médico.
Y resulta tan real... Montar una partida de criquet sin tener ni idea del juego. Aguantar la música de jazz. Descalzar tobillos, aunque haga un frío que pela. Una sesión de "pesca". Intentar convencer a los patrones de que tienen el doble de habitantes. Hasta el amor se puede encontrar entre los escasos habitantes de Sainte Marie La Mauderne. Podría ser tu pueblo.
Como dice Rafael Pucela, "Como es la condición humana. Llega a crear mayor motivación el miedo al rechazo que sensación de sentirse deseado". Hay días en que necesitas una película llena de ternura y esperanza. Una que esté llena de magia y de humor. Siempre hay una luz al final del túnel.
Opera prima de Pouliot, fotografiada por Allen Smith, musicalizada por Jean-Marie Benoît, escrita por Ken Scott, cómico, escritor y guionista, y protagonizada por él mismo, La gran seducción consiguió el premio Genie del cine canadiense al mejor director de fotografía, clausuró la Quincena de Realizadores de Cannes del 2003, y se presentó en Sundance el 2004, dentro de la sección World Cinema, donde consiguió el premio del público. Y no me extraña.
Y es que es una película encantadora. Desde ese comienzo tan a lo Amelié pasamos por todo el proceso de seducción, recopilando información del médico para construir un nuevo pueblo a su medida: el estilo de las mujeres, la comida, aficiones, deportes... Tampoco faltan las enfermedades imaginarias, para que el sorprendido doctor no tenga tiempo de echar de menos su hogar. Y no sabe que este minúsculo pueblecito quiere convertirse en su casa.
Divertidísima y llena de gags desternillantes, poco a poco el patetismo de muchas situaciones va dejando al descubierto el dolor de un pueblo olvidado. La desgracia y la vergüenza que supone el vivir del subsidio social no da pie a situaciones violentas. Mejor combatir los problemas con el esfuerzo de todos, que así sí se puede vivir con dignidad. Eso es lo que importa. Aun cuando Germain y los demás tendrán que escoger entre la fábrica y su integridad cara al médico.
Y resulta tan real... Montar una partida de criquet sin tener ni idea del juego. Aguantar la música de jazz. Descalzar tobillos, aunque haga un frío que pela. Una sesión de "pesca". Intentar convencer a los patrones de que tienen el doble de habitantes. Hasta el amor se puede encontrar entre los escasos habitantes de Sainte Marie La Mauderne. Podría ser tu pueblo.
Como dice Rafael Pucela, "Como es la condición humana. Llega a crear mayor motivación el miedo al rechazo que sensación de sentirse deseado". Hay días en que necesitas una película llena de ternura y esperanza. Una que esté llena de magia y de humor. Siempre hay una luz al final del túnel.
16 de octubre de 2010
16 de octubre de 2010
11 de 11 usuarios han encontrado esta crítica útil
Cuando el amor no es locura, no es amor. (Pedro Calderón de la Barca)
Ni contigo ni sin ti.
A mucho amor, mucho perdón.
Allá los ojos se van donde los amores están. Henrik y Anna se hablan con la mirada.
Sumemos el guión biográfico de Bergman y la medida dirección de Bille August y obtendremos 3 horas de una intensidad emocional aplastante. Si bien la disección familiar de Bergman, dura y minuciosa, es la clave de la película, August no molesta con la profusión de primeros planos y la realización arquetípica, un pelín televisiva -la acumulación de hechos, inevitable conociendo los orígenes- es el contrapunto perfecto a los sabios diálogos que bucean en la memoria. Destacan las interpretaciones y una fotografía muy cuidada.
El primer tramo de la película es muy bello, y el ritmo parsimonioso se rompe de repente en la última escena, muy intensa. Entre medias, las sombras y la penumbra que crean una atmósfera muy gris, donde ni siquiera el amor puede terminar de iluminarla. Henrik y Anna viven en un mundo lleno de luz y tinieblas. Entre amargura y resignación, la mediocridad sombría de él y el desilusionado dolor de ella, y determinación a no reconocer que las madres son sabias.
Nos gustaría creer que las mejores intenciones bastan.
Ni contigo ni sin ti.
A mucho amor, mucho perdón.
Allá los ojos se van donde los amores están. Henrik y Anna se hablan con la mirada.
Sumemos el guión biográfico de Bergman y la medida dirección de Bille August y obtendremos 3 horas de una intensidad emocional aplastante. Si bien la disección familiar de Bergman, dura y minuciosa, es la clave de la película, August no molesta con la profusión de primeros planos y la realización arquetípica, un pelín televisiva -la acumulación de hechos, inevitable conociendo los orígenes- es el contrapunto perfecto a los sabios diálogos que bucean en la memoria. Destacan las interpretaciones y una fotografía muy cuidada.
El primer tramo de la película es muy bello, y el ritmo parsimonioso se rompe de repente en la última escena, muy intensa. Entre medias, las sombras y la penumbra que crean una atmósfera muy gris, donde ni siquiera el amor puede terminar de iluminarla. Henrik y Anna viven en un mundo lleno de luz y tinieblas. Entre amargura y resignación, la mediocridad sombría de él y el desilusionado dolor de ella, y determinación a no reconocer que las madres son sabias.
Nos gustaría creer que las mejores intenciones bastan.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El mejor refrán popular: "Aquel que no ama a sus parientes deberían romperle los dientes". Cuanta razón; quizá la historia de Henrik y Anna hubiera sido diferente.
La ausencia de perdón.
La ausencia de perdón.
22 de febrero de 2008
22 de febrero de 2008
14 de 18 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lo que sé de Lola. El cartel ya nos dice que estamos ante una película poco convencional, artística, de autor. La historia de una fascinación, del deseo, de la mirada, de un voyeur. Como el Monsieur Hire de Patrice Leconte, León se dedica a observar a Lola, una chica que se acaba de instalar en su mismo edificio. El vecino espía, observa, escucha y hasta interviene en la vida de Lola, sin que ésta se de cuenta de la presencia de una sombra que vela por ella y la sigue a todas partes.
Lo que sé de Lola es el debut del madrileño Javier Rebollo, joven cineasta con una galardonada carrera de cortometrajes a sus espaldas. Simple y compleja a la vez, la película es la máxima expresión del estilo de su autor, una historia de amor atípica, intimista, sobre los problemas de incomunicación, de lo que se piensa y nunca se dice. Llena de asfixiante desesperanza, muy pocos espectadores disfrutaron de una obra así.
Técnicamente la película es perfecta. La película de Javier Rebollo se sale de los tiempos de la narración del cine español contemporáneo para acercarse al marcado por Victor Erice o Marc Recha: planos "insoportablemente" largos, tiempo lento, máximo cuidado en los detalles. Sin música, como la vida, con decorados en los que cada pequeño detalle importa -aunque estén vacíos- y con una fotografía de calidad. Secuencias sutiles, contenidas, donde no hay nada explícito. Apenas hay diálogos, la voz en off es escueta. El director comparte eso de "una imagen dice más que mil palabras".
Pero el mundo que recrea Rebollo no es nuestro mundo. Y es que Lo que sé de Lola comete el peor pecado en el que pueden caer las historias intimistas: no emocionar o conmover. La apatía en la que parece sumido Michaël Abiteboul se transmite al espectador. Leon es un personaje que debería transmitir ternura y humanidad, pero lo que más sugiere es aburrimiento.
Las actrices son la verdadera baza de la película, muy bien dirigidas. Lola Dueñas es la musa absoluta de la película. Ella es Lola, la española ruidosa y alegre, que necesita estabilidad sentimental, que no pierde el optimismo ni la vitalidad aun cuando se hunde de lleno en la soledad, viviendo mientras se engaña con que algún día alcanzará sus sueños. Sugiere compasión, y quizá algo de identificación, pero poco más. Como las chicas del canal 7 que mira Leon. Michaël Abiteboul es León, apocado y anulado por una madre enferma. Su personaje tiene el papel del observador y será a través de su mirada, tranquila y serena, a través de la que veamos toda la película. Carmen Machi tiene el papel más creíble y humano, pequeño, sí, pero ahí está. Ese "¡qué haces aquí, hermoso!" te hace sonreír de complicidad.
Lo que sé de Lola es una película de autor para su autor. Asumidamente cansina, la historia, que ilustra muy bien aquello de Sarte de que “vivir es una pasión inútil”, es un universo aparte, en el que no todos -como yo- podemos entrar.
Lo que sé de Lola es el debut del madrileño Javier Rebollo, joven cineasta con una galardonada carrera de cortometrajes a sus espaldas. Simple y compleja a la vez, la película es la máxima expresión del estilo de su autor, una historia de amor atípica, intimista, sobre los problemas de incomunicación, de lo que se piensa y nunca se dice. Llena de asfixiante desesperanza, muy pocos espectadores disfrutaron de una obra así.
Técnicamente la película es perfecta. La película de Javier Rebollo se sale de los tiempos de la narración del cine español contemporáneo para acercarse al marcado por Victor Erice o Marc Recha: planos "insoportablemente" largos, tiempo lento, máximo cuidado en los detalles. Sin música, como la vida, con decorados en los que cada pequeño detalle importa -aunque estén vacíos- y con una fotografía de calidad. Secuencias sutiles, contenidas, donde no hay nada explícito. Apenas hay diálogos, la voz en off es escueta. El director comparte eso de "una imagen dice más que mil palabras".
Pero el mundo que recrea Rebollo no es nuestro mundo. Y es que Lo que sé de Lola comete el peor pecado en el que pueden caer las historias intimistas: no emocionar o conmover. La apatía en la que parece sumido Michaël Abiteboul se transmite al espectador. Leon es un personaje que debería transmitir ternura y humanidad, pero lo que más sugiere es aburrimiento.
Las actrices son la verdadera baza de la película, muy bien dirigidas. Lola Dueñas es la musa absoluta de la película. Ella es Lola, la española ruidosa y alegre, que necesita estabilidad sentimental, que no pierde el optimismo ni la vitalidad aun cuando se hunde de lleno en la soledad, viviendo mientras se engaña con que algún día alcanzará sus sueños. Sugiere compasión, y quizá algo de identificación, pero poco más. Como las chicas del canal 7 que mira Leon. Michaël Abiteboul es León, apocado y anulado por una madre enferma. Su personaje tiene el papel del observador y será a través de su mirada, tranquila y serena, a través de la que veamos toda la película. Carmen Machi tiene el papel más creíble y humano, pequeño, sí, pero ahí está. Ese "¡qué haces aquí, hermoso!" te hace sonreír de complicidad.
Lo que sé de Lola es una película de autor para su autor. Asumidamente cansina, la historia, que ilustra muy bien aquello de Sarte de que “vivir es una pasión inútil”, es un universo aparte, en el que no todos -como yo- podemos entrar.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Hay buenos momentos. Las instantáneas del pueblecito de la mancha, una maravilla el uso de la luz. O en el club en la que ella le mira y comprende muchas cosas. Las escenas del final, tan breves y serenas, son las mejores de la película. Lola caminando por las calles parisinas...
Por ejemplo, el momento en que Leon baila para una inconsciente Lola debería ser ser uninstante lleno de ternura, pero los pocos que estábamos en el cine estallamos en una carcajada histérica por lo ridículo de la escena, que nos permitía salir un poco del sopor en el que estábamos sumidos.
Por ejemplo, el momento en que Leon baila para una inconsciente Lola debería ser ser uninstante lleno de ternura, pero los pocos que estábamos en el cine estallamos en una carcajada histérica por lo ridículo de la escena, que nos permitía salir un poco del sopor en el que estábamos sumidos.
8
26 de abril de 2010
26 de abril de 2010
12 de 14 usuarios han encontrado esta crítica útil
Lawrence, un tímido y maduro funcionario británico, se enamora de Gina, una enigmática joven, en el marco de una reunión del G8 en Reykjavik. Sin embargo su relación se verá puesta a prueba por las obligaciones profesionales de Lawrence.
La chica del café es un pequeño bombón pergeñado por Richard Curtis, que vuelve a hacer lo que mejor sabe y le cede la dirección a David Yates, y juntos arman una historia amable, sobre el encuentro de dos personas grises en un café. Ya puede irse el G8 al infierno.
¿El contexto es poco creíble? Sí. ¿Se abusa de recursos televisivos? Sí. ¿Se termina por saber demasiado de los protagonistas? Sí. El desarrollo de su relación amorosa en paralelo con el de la asamblea provoca agridulces anécdotas, siempre en el amable tono del autor. Por eso, aunque el idealismo y la ingenuidad superen la realidad, todavía queda espacio para soñar. Aunque se contemple impotente cómo el mundo se va al carajo.
Y es que una película que empieza con una canción de Damien Rice no puede ser mala. Puede que tengamos un Lost in Translation televisivo, pero tiene su propia magia. No es el encuentro de dos almas gemelas, sino el de dos soledades compartidas. Las cuatro cucharadas de azúcar de él con la ausencia de edulcorante de ella, sorprendentemente, casan a la perfección. Él es un solitario, torpe en cuestiones de seducción, tímido, poco atrayente, pero sólo en apariencia. Ella es dulce, callada, misteriosa, enamorable.
Porque es mejor transmitir que decir. Porque siempre es mejor sentir algo parecido al amor, mejor que no sentir.
Para los noctámbulos en búsqueda del último café.
La chica del café es un pequeño bombón pergeñado por Richard Curtis, que vuelve a hacer lo que mejor sabe y le cede la dirección a David Yates, y juntos arman una historia amable, sobre el encuentro de dos personas grises en un café. Ya puede irse el G8 al infierno.
¿El contexto es poco creíble? Sí. ¿Se abusa de recursos televisivos? Sí. ¿Se termina por saber demasiado de los protagonistas? Sí. El desarrollo de su relación amorosa en paralelo con el de la asamblea provoca agridulces anécdotas, siempre en el amable tono del autor. Por eso, aunque el idealismo y la ingenuidad superen la realidad, todavía queda espacio para soñar. Aunque se contemple impotente cómo el mundo se va al carajo.
Y es que una película que empieza con una canción de Damien Rice no puede ser mala. Puede que tengamos un Lost in Translation televisivo, pero tiene su propia magia. No es el encuentro de dos almas gemelas, sino el de dos soledades compartidas. Las cuatro cucharadas de azúcar de él con la ausencia de edulcorante de ella, sorprendentemente, casan a la perfección. Él es un solitario, torpe en cuestiones de seducción, tímido, poco atrayente, pero sólo en apariencia. Ella es dulce, callada, misteriosa, enamorable.
Porque es mejor transmitir que decir. Porque siempre es mejor sentir algo parecido al amor, mejor que no sentir.
Para los noctámbulos en búsqueda del último café.
7 de julio de 2008
7 de julio de 2008
10 de 10 usuarios han encontrado esta crítica útil
En 1945, Jakob Bronski, un joven disidente encarcelado en Drancy, decide proteger a dos niños, Melanie y Christopher. Cuarenta años después, Melanie descubre que Jakob sigue vivo. Siempre había creído que después de ser trasladado a Auschwitz había muerto. Le invita a vivir en su granja familiar, en Canadá. Pero Jakob no llega solo, trae a Christopher. Melanie y Christopher deberán reconocer el poderoso vínculo que existe entre los dos. El pasado explota en el presente en una tierna e inesperada historia de amor.
Lo que parece el título de un libro de autoayuda es la obra-bombón del italiano Paolo Barzman, que quedó fascinado ante la novela de Matt Cohen. Aritmética emocional es otra historia de las consecuencias del Holocausto, sin grandes gestas ni héroes, sólo supervivientes de un drama que les marcará toda la vida.
Como todo libro de autoayuda, la trama consta de 3 pasos: redención, cicatrización y reconciliación. La estructura de la película sigue el caos emocional en el que están sumidos los protagonistas en detrimento de la solidez de un guión consistente. Sentimientos, pensamientos y acciones que se quedan ocultos y se distorsionan. Son 2 planos diferentes: racional y emocional. El segundo funciona perfectamente.
Pues, aunque el guión sea un poco flojo, Barzman se rodea de cuatro monstruos como Susan Sarandon, Max Von Sydow, Christopher Plummer y Gabriel Bryne y los mima a base de primeros planos que les permiten lucirse. Los flashback en blanco y negro son estéticamente poderosos, directos a la emoción del espectador. Ese momento entre Melanie y Christopher es bellísimo. También destaca una gran fotografía y la cuidada banda sonora de Norman Corbeil y en general, la pulcritud técnica.
Una corriente de amor, dolor y confusión. Las consecuencias psicológicas. Los campos de concentración que hacen acto de presencia en forma de pasado traumático, de punto de inflexión en sus vidas. Ríos de tinta. ¿Crees en Dios?. Mejor dicho ¿cree Dios en mí? No es Dios el único ausente en los campos de matanza, sino la humanidad entera.
Lo que parece el título de un libro de autoayuda es la obra-bombón del italiano Paolo Barzman, que quedó fascinado ante la novela de Matt Cohen. Aritmética emocional es otra historia de las consecuencias del Holocausto, sin grandes gestas ni héroes, sólo supervivientes de un drama que les marcará toda la vida.
Como todo libro de autoayuda, la trama consta de 3 pasos: redención, cicatrización y reconciliación. La estructura de la película sigue el caos emocional en el que están sumidos los protagonistas en detrimento de la solidez de un guión consistente. Sentimientos, pensamientos y acciones que se quedan ocultos y se distorsionan. Son 2 planos diferentes: racional y emocional. El segundo funciona perfectamente.
Pues, aunque el guión sea un poco flojo, Barzman se rodea de cuatro monstruos como Susan Sarandon, Max Von Sydow, Christopher Plummer y Gabriel Bryne y los mima a base de primeros planos que les permiten lucirse. Los flashback en blanco y negro son estéticamente poderosos, directos a la emoción del espectador. Ese momento entre Melanie y Christopher es bellísimo. También destaca una gran fotografía y la cuidada banda sonora de Norman Corbeil y en general, la pulcritud técnica.
Una corriente de amor, dolor y confusión. Las consecuencias psicológicas. Los campos de concentración que hacen acto de presencia en forma de pasado traumático, de punto de inflexión en sus vidas. Ríos de tinta. ¿Crees en Dios?. Mejor dicho ¿cree Dios en mí? No es Dios el único ausente en los campos de matanza, sino la humanidad entera.
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