87 de 98 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Melancolía es ese estado en el que yaces permanentemente cuando éste te elige como uno de sus compañeros eternos. La tristeza se apodera de ti y su egoísmo es tal que no se conforma con amargarte un momento, siendo su sed tan insaciable que necesita de tu total atención hasta que sus propios límites no escritos lo establezcan. Probablemente esas fronteras invisibles pero reales no encuentren un horizonte dentro de tu alma. Entonces te encontrarás sumido en la más absoluta depresión, que es lo que realmente quiere decir la melancolía con la única diferencia de la belleza que hay entre ambas palabras y, para un humilde servidor, entre la percepción que se puede tener de ambos conceptos. Aunque vengan a significar lo mismo yo encuentro una diferencia muy clara. “Depresión” suena demasiado trágico, amargo, funesto. Da la sensación de que para entrar en esa fase hayas tenido que vivir una serie de desgraciadas circunstancias que te empujen a un farragoso y pesado estado en el que vives sin poder controlar absolutamente nada.
La palabra “Melancolía” paradójicamente es una de las palabras más bellas que conozco. Parece una descripción hecha a medida para aquellas personas que hagan lo que hagan siempre acaban citándose con prolongados momentos de tristeza que en el fondo parecen el cobijo de sus vidas. Por extraño que parezca, esos momentos de tristeza deben ser enormemente disfrutables, pues cuando los abandonas te invade la sensación de que te has traicionado a ti mismo. Te sientes culpable de ser feliz y de nuevo acudes a la melancolía como tu única salvación, pues ella jamás te abandonaría. Y esto es lo que expresa la fabulosa película de Von Trier, quien escribe y dirige esta cinta cargada de magia, sensaciones y momentos completamente fascinantes.
Después de una increíble sucesión de primeras escenas de espectacular calibre artístico y poderío visual al pausado ritmo de Wagner, el argumento nos hace descender desde el cielo hasta la limusina de los recién casados Justine y Michael, que se dirigen hacia una villa palaciega familiar en la que celebrarán su reciente enlace. Una vez allí se desarrollarán las habituales anécdotas de cualquier evento dentro del exquisito marco de su guión, para después hacer que nos adentremos en las más profundas sensaciones de la tristeza vivida por la melancólica Justine. Durante el festejo, el cielo dibuja lo que parece una gran estrella rojiza. En realidad ésta es un planeta llamado Melancolía que se dirige hacia la Tierra con desconocidas previsiones. El cine se transforma entonces en una gran experiencia vivida por el espectador, que deberá dejarse llevar por los místicos lugares cargados de inquietante y apocalíptica atmósfera que se muestran en la cinta, enmarcados todos ellos por su impresionante fotografía mejorada por la tecnología digital, de la que aquí se saca su mejor rendimiento.
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La relación del nombre de ese planeta y su significado auténtico es el hecho sobre el que se sostendrá el peso de la trama. El metraje, dividido en dos partes, analiza en un primer término las apesadumbradas sensaciones que atrapan a su protagonista, interpretada por una buena Kirnsten Dunst y que obtiene el grato apoyo de Skarsgard. Después, lo más relacionado con la ciencia ficción, que es lo referente al acercamiento del planeta Melancolía hacia la Tierra, cobra más protagonismo sin descuidar ni un solo momento todo lo aportado hasta ese instante. En su vertiente dramática explora con éxito los terrenos más sinceros de la realidad representada, mientras que en lo referente a la ciencia ficción fascina dentro de su creíble propuesta de un planeta desconocido que se desplaza con el peligro de chocar contra la Tierra.
La fusión de ambas cosas, amenizada con pizcas de humor que han sido incluidas con muchísima inteligencia, desemboca en una fluida relación argumental que da como fruto una excelente combinación de géneros completamente abierta a la experiencia personal y directa del espectador. Volviendo al reparto, decir que destacan además de los ya citados, Kiefer Sutherland con su perfectamente dibujado personaje (bueno, en realidad todos están muy bien definidos), una espléndida Charlotte Gainsbourg que va mejorando por momentos y John Hurt en una simpática versión. Udo Kier sale poquísimo, pero resulta muy grato verlo por ahí aprovechando al máximo sus chispeantes minutos.
Leí en los resúmenes de FilmAffinity una frase de Kim Newman (un crítico de cine de la revista “Empire“) decir que “a los no convertidos [a Lars Von Trier] no les convencerá”. Con gusto respondería a ese señor que yo, que en el momento de visionar esta obra jamás había visto antes ninguna otra del danés, lo que he hecho no ha sido salir de la sala sin convencerme, sino que además de haber salido plenamente satisfecho la he abandonado buscando en el cielo ese hipnótico planeta llamado Melancolía. Si pudiera ‘convertirme’ al cine de Von Trier con una sola película, lo haría con esta. Pero como soy una persona precavida, lo que haré será dejar las puertas abiertas (de par en par) a este realizador que sin duda ha creado algo de muchísima categoría e inusual originalidad. Una brillante abstracción capaz de sacarte de este mundo en el que vives. Ha conseguido una de esas extraordinarias hazañas en las que el cine atraviesa la pantalla y hace que uno pueda interactuar con el mismo, sintiéndose parte importante de lo que se expone. Como uno de esos maravillosos momentos en los que, temblando el suelo de al sala de cine y estando envuelto por un sonido realmente atronador, quedé totalmente atrapado por la gran capacidad de la película para hacerte disfrutar tanto que puedas expresar firmemente convencido la famosa frase de Victor Hugo: “La melancolía es la felicidad de estar triste”.
160 de 256 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Esta crítica va sobre pedir perdón. Sí, perdón por no haberme unido al corro de la patata que tenían montado el resto de los asistentes de la sala, que se reían a carcajada limpia durante el visionado de una película que se dice de terror. Qué daño hace recordar que reírse es gratis, porque aquí con esa excusa tiraban las risotadas hasta por debajo de las butacas. Y no eran de esas risas perplejas ante la estupidez que están presenciando sino de esas que para colmo disfrutan con el espectáculo al que asisten. Les dicen que es un solomillo de primera, el carnicero les pone un par de huesos roídos, y encima se ríen. Y aplauden, como los monitos esos que llevan platillos. Perdón por creer que esta película forma parte de una saga que con su primera entrega consiguió llegar a ser terrorífica y con la segunda -pese a la notoria bajada de nivel y aumento considerable de sus defectos- deleitarnos con algunos momentos magistrales. Perdón por haber leído “precuela” en lugar de “parodia”.
Perdón por haberme puesto las expectativas más bajas de la historia para -tiene narices- no llegar ni a cumplirlas. Perdón por creer que los zombis hacían muecas muy graciosas y daban más pena que miedo. Perdón por haber pensado que el director de la película bien pudiera ser Santiago Segura. Perdón porque no me haga gracia una película de terror, ni una de comedia con un humor tan simple, tan barato, tan inocente. No tengo que disculparme, en cambio, por el hecho de que me hayan gustado las interpretaciones de Diego Martín (“Policías, en el corazón de la calle“, 2003) y Leticia Dolera (“Prime time“, 2008), sin los cuales no quiero imaginarme qué habría sido de esta película. Y tampoco por haber disfrutado con una escena -una de las pocas que me llevo de aquí, junto a otro aislado par- de la guapa actriz ya citada al ritmo del “Gavilán o paloma” de Pablo Abraira, arriesgada elección de un tema que hace muy buen contraste con el momento en el que aparece. Destacan también los meritorios efectos de sonido y, como siempre (esta vez durante mucho menos tiempo, aunque con mejor resultado) las escenas con la cámara al hombro, nerviosas, realistas.
La película, dirigida en solitario por Paco Plaza (Jaume Balagueró se queda en la producción), supuestamente quería meternos en situación y hablarnos del origen de los zombis patrios, pero se queda en una mala comedia negra con pretensiones de terror al por mayor, empañando de sangre y violencia -pero en plan cutre- el convite de una boda que casi gustaba más antes de la invasión de los muertos vivientes. Una película que no se puede tomar en serio y que en su vertiente cómica -al menos a este servidor- no hace ninguna gracia.
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La conclusión que el argumento saca del inicio de esta epidemia es tan pobre como tontorrona, recurriendo a los típicos y tópicos viejos cuentos religiosos en los que sólo faltaba pronunciar “vade retro, Satanás”. Más que infiel, es indigna con el espíritu que se consiguió transmitir en las anteriores entregas, que parece parodiar. Y más aún, es completamente innecesaria porque no aporta nada. Los propios creadores de esto riéndose de sí mismos, con escenas que muchas veces consiguen ser esperpénticas, rocambolescas. A lo mejor es que me equivoqué de sala y estaban dando conjuntamente alguna versión alternativa en plan humor (del malo). Para una vez que no me acompaña a un pase de prensa a las diez de la mañana mi orquesta sinfónica de rugido de tripas. Qué mala hora, leche.
Y qué más. Ah, si, que no me hagan caso de nada. Que al final en la sala hubo gente que hasta aplaudió mientras yo salía despavorido. A mí no, a la película.
87 de 118 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Sin un sólido argumento y acompañada de una pobre fotografía, "Enemigos públicos" es una especie de recopilatorio de escenas que no se sostienen en nada. Antes de ir al cine a ver esta película mi duda era cual de los dos protagonistas principales tendrían mayor protagonismo, si John Dillinger (Johnny Depp) o Melvin Purvis (Christian Bale). Mi sorpresa al ver rodando la cinta fué que la chica de Dillinger es la que goza de un verdadero protagonismo.
Si no sabe quien es John Dillinger no vaya a ver la película por que Mann le hace saltar al campo con el partido ya jugado y sin calentar. Ninguna narración. Calles vacías y ausencia total de detalles interesantes. En una escena alguien parece que va a ser uno de los protagonistas fuertes de la película pero luego no aparece más que como un mero figurante.
Y entre col y col, lechuga: a falta de guión, largas escenas de tiroteos en las que los únicos efectos especiales son los disparos y la rotura de cristales.
Una película pasable que no pasará a la historia del séptimo arte. Pura estrategia para dar el taquillazo gracias a una buena promoción en la que Depp es el mejor reclamo. Y si luego no le gusta la película, oiga, fastídiese: ya tenemos su dinero.
Si de verdad quieren disfrutar con el auténtico Dillinger, vean cualquiera de las clásicas de 1973 o 1945.
59 de 78 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Guiado por las palabras de Kirk Honeycutt, del The Hollywood Reporter, quien afirma que es un placer encontrar una película que realmente habla de algo, me dirigí al cine a ver la nueva obra de uno de mis directores más preciados, Clint Eastwood. Después del visionado de la misma comprobé que las palabras del crítico eran las más adecuadas y las que mejor definían a esta cinta llena de mensaje, tan bella como poética, tan fiel a la realidad como correcta en la forma de ofrecernos lo que transmite, a veces con cierto temor a tocar algunos temas para no caer en la vulgaridad o crear polémica barata.
Eastwood prefiere hacer las cosas con el estilo del maestro, haciendo gala de su habitual elegancia y discreción, ofreciéndonos el lado más humano de Nelson Mandela -que no es poco- ajustándose a la realidad para contar cómo Sudáfrica vivió su gran cambio, dejando atrás el apartheid (la discriminación racial aplicada en el país susodicho por la raza blanca frente a la negra) e iniciando un nuevo curso político que pensaba en cicatrizar las heridas existentes reformando las cosas con buen temple y uso de la lógica, huyendo de las políticas vengativas y rencorosas.
Algo que se pudo ver en la decisión que tomó al contradecir a su ministerio de deportes y a la federación del mismo género, que tenían la intención de cambiar los colores, el escudo y hasta el nombre del equipo nacional de rugby (conocido como los Springboks) por considerarlo símbolo del apartheid. Viendo un partido de rugby, Mandela (interpretado extraordinariamente por Morgan Freeman) y tras comprobar cómo la población blanca anima alegremente a los Springboks mientras que la negra hace lo propio con equipos de otros países, afirma que ningún elemento simbólico del equipo debe ser cambiado, pues no se puede arrebatar a la población blanca lo que tiene, su equipo de rugby, y lo meritorio reside en conseguir que la escéptica gente de color se una a la pasión por los Springboks y con ello, todas las razas compartan una misma ilusión bajo los símbolos que representan la unión de todos ellos.
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Una forma para conseguirlo es el mundial de rugby que se celebra en Sudáfrica, un gran escaparate internacional. Ganarlo sería la mejor culminación del cambio político, que buenamente pretendía unir a negros y blancos, pero los Springboks no eran entonces más que un equipo mediocre que era arrasado por cualquier rival. Su capitán Francois Piennar (encarnado por un más que correcto Matt Damon) es contactado por Mandela para poder redirigir las cosas y conseguir como poco ofrecer la mejor cara en el mundial de 1995.
Una gran película que al estar basada en un hecho real no puede cambiar la Historia a su manera, a menos que Clint Eastwood sea un Dios y tenga este poder. Sepan que si van al cine, van a ver una historia de verdad, un mensaje auténtico y una película buena en términos generales que supone un gran documento para la retina, pero que está desprovista de gran movimiento y conserva una atmósfera pausada durante todo su metraje.
Ale, ahora ya podéis votar 0 de 800 usuarios han considerado esta crítica útil sin haberla leído y sólo habiéndoos guiado tan sólo por mi puntuación (9), que es lo que desgraciadamente hace mucha gente por aquí. Deberían leerse las normas de esas votaciones que Filmaffinity publica.
51 de 70 usuarios han encontrado esta crítica útil.
Las historias protagonizadas por niños siempre albergan grandes alicientes: citarnos de nuevo con nuestras más inocentes ilusiones, hacernos soñar de la misma manera que cuando aún no éramos conscientes de las miserias que componen esta vida, devolvernos parte de la infancia que perdimos, transportarnos a un mundo mágico en el que los problemas siempre tienen alguna solución… Martin Scorsese (“Shutter Island“, 2010) pretende resucitar ese espíritu traicionando -de nuevo- su propia identidad artística. Y es que el trabajo del realizador italoamericano a lo largo de su carrera puede dividirse en dos partes: la auténtica (urbana, reflexiva, oscura, delincuente, polémica, única, llena de personajes convertidos en icono) y la que inició una vez entrado el nuevo siglo: más densa, arriesgada, comprometida con historias enrevesadas, transmitiendo la sensación de que tuviera que saldar alguna deuda con esa parte del cine que nunca tocó.
A todos sorprendió su anuncio de una película familiar en 3D, producto en las antípodas de lo que hasta ahora había hecho el director. John Logan (“Gladiator“, 2000) adapta la novela escrita por Brian Selznick ‘La invención de Hugo Cabret‘, cuyo argumento nos habla de un niño huérfano llamado Hugo que vive sólo entre los grandes relojes de una estación de tren. Allí los mantiene y repara, y cuando el hambre acucia baja a darse algún paseo entre los andenes para birlar algún tierno croissant. Su mayor reliquia es un robot estropeado y oxidado cuyo funcionamiento se acciona a cuerda, y su mayor objetivo, el de repararlo, por toda la historia sentimental que hay detrás de él. En su odisea se cruzarán personajes que intentarán darle caza para meterlo a un orfanato, como el Inspector (Sacha Baron Cohen), o ayudarle, como es el caso de la entrañable niña ansiosa de aventuras, Isabelle (Chloë Moretz). El mayor enigma se esconde tras las barbas del personaje interpretado por Sir Ben Kingsley, George, que regenta una tienda de reparación de juguetes dentro de la estación.
La película quiere ser un sentido homenaje al cine y una experiencia llena de sueños infantiles, y aunque en su conjunto es preciosa y la atmósfera de la que está compuesta puede considerarse como mágica, hay algo que deja vacías las emociones o la capacidad de transmitir de esta historia. Como película infantil, “La invención de Hugo” es brillante: si yo tuviera siete años estaría saltando de alegría sobre mi butaca, celebrando esta bella e inocente fábula nostálgica. Pero como hace ya muchos años dejé atrás esa edad, sólo puedo contemplarla desde una percepción adulta que no logra sobrecogerse, ni emocionarse, ni vibrar con esta película, encontrando múltiples desenlaces bastante predecibles y multitud de historietas demasiado impuestas e ingenuas como para sorprender.
(Sigue en el SPOILER sin desvelar detalles del argumento, por falta de espacio)
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Creo que al niño (y no me refiero a su personaje, sino al actor Asa Butterfield: “El niño con el pijama de rayas“, 2008) le falta inocencia, naturalidad, credibilidad. Parece demasiado ‘enteradillo’ para el tipo de trama que aquí se narra, muy lejano al verdadero espíritu infantil que debería encarnar.
Registro en el que sí logra aprobar con nota su compañera Chloë Grace Moretz (“Déjame entrar“, 2010), encantadora, risueña, con esa mirada que se manifiesta ante las ganas por descubrir un misterio e inventarse un planeta nuevo. Ben Kingsley (“La lista de Schindler“, 1993) desempeña el rol más apasionante de la película: a pesar de todas mis pegas referentes al conjunto del film, es todo lo concerniente a su personaje, George, el que puede hacer verdaderamente mágica esta película, pues es él quien aporta sentido casi onírico a la historia, es él quien nos cuenta cuán de apasionante es el cine, es él quien logra enamorar y hasta en cierto modo, emocionar. Para sorpresa, Sacha Baron Cohen (“Borat“, 2006), quien nunca fue Santo de mi devoción pero al que jamás llegué tampoco a sentenciar: su personaje del Inspector refresca la película, por increíblemente simpático, por gracioso. El resto del reparto cumple con su cometido.
Pero la excesiva inocencia del film hace que sea muy difícil sentirse dentro de él. Aunque se disfruta, no se siente, y aunque visualmente (incluyendo su más que aceptable 3D) nos transporte a uno de esos universos excepcionales, las postales que dibuja resultan emociones impuestas. Se ven las intenciones de un Scorsese que quiere jugar con nuestros sentimientos pero, pienso, serán los niños quienes podrán caer a sus pies o, quizá, también aquellos adultos que puedan ver la cinta con menor frialdad que la del autor de estas líneas. Howard Shore, mítico, compone una bella banda sonora que combina a la perfección con la corteza preciosista que envuelve la película, alternando sus fluidos y encantadores compases con la magistral fotografía y trabajo digital que se muestran en una cinta que pese a venderse como cine familiar creo que se queda únicamente en infantil. Bonita y disfrutable, pero vacía en cuanto a lo que consigue transmitir.