La parafernalia tecnológica y la escenografía suntuosa de esta película (realmente apabullante, en la que no faltan unos toques kitsch dignos de una antología del ridículo cinematográfico)* nos puede hacer olvidar la torpeza y el convencionalismo narrativos de este videojuego engordado que es «Avatar». Cameron se dirige al gran público y jalea sus gustos. Reproduce las convenciones narrativas más trilladas del (mal) cine norteamericano. Presenta un mundo burdo dividido entre buenos y malos, todos de una pieza. Recrea una idealización del buen salvaje sin asomo de ironía y condena el capitalismo militarista del presente y del futuro. Resulta interesante (una vez más) comprobar cómo Estados Unidos se refleja en el espejo del cine: algo sucede allí para que los militares sean ahora unos villanos carentes de honor,** se hayan olvidado de Dios*** y se complazcan en escenas de destrucción y aniquilamiento en las que ellos (no nos engañemos) son las víctimas. Nos están preparando para la gran debacle mundial. Esto sólo es un aviso.
Ah, y en absoluto es una película infantil, salvo que tus hermanos pequeños o tus hijos sean unos sádicos.****
spoiler:
*Por ejemplo, las escenitas de baile colectivo en torno al sauce llorón psicodélico, digno de una discoteca ibicenca. No quiero ni hablar del pudor con el que evitan los desnudos.
**Hasta hace poco siempre era un militar el que salvaba el mundo de la catástrofe.
***Sólo los indígenas tienen un amago de creencias religiosas (parecidas a las que se practican en los herbolarios californianos); del lado civilizado no hay asomo de creencias religiosas o planteamientos existenciales y ni siquiera éticos. El mundo del espíritu se desprecia en cualquiera de sus manifestaciones
****Esto es muy interesante también: el sexo o la afectividad siguen siendo un terreno que los cineastas evitan cuando se dirigen a niños (aquí hay una discreta, noña y previsible relación -heterosexual, por supuesto-), no así toda clase de peleas o muertes.