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Comedia
Odette (Catherine Frot) no tiene, aparentemente, ninguna razón para ser feliz, pero lo es. Balthazar (Albert Dupontel) no tiene, aparentemente, ninguna razón para ser infeliz, pero lo es. Odette es una cuarentona torpe que trabaja en la sección de cosméticos de unos grandes almacenes. Sueña con Balthazar Balsan, su escritor favorito, a quién cree que le debe su felicidad. Balsan es un hombre de éxito, atractivo y seductor que está a ... [+]
17 de julio de 2007
17 de julio de 2007
31 de 52 usuarios han encontrado esta crítica útil
Mujeres no muy cultas y novelas mediocres forman un binomio inseparable. Ni a aquellas les gusta la buena literatura ni los malos libros les gustan a mujeres (u hombres) de otra condición. Es éste el principal tópico sobre el que se sostiene (tambaleante) esta película. Hay otros, como que la crítica literaria es pomposa y elitista o que los gays son promiscuos. Así pues, ya que los novelistas vulgares escriben para dependientas y peluqueras, lo mejor es que unos y otras lo acepten y se unan en matrimonio sin hacerse más preguntas.
Lo anterior pretende ser, en una singular amalgama de atrevimiento y miopía, nada menos que la fórmula de la felicidad o así. En un momento como el actual, en que el mercado amenaza con reducir al arte a un producto de consumo y en el que el gran hallazgo intelectual es sostener que todo es opinable y que no hay más criterio de calidad que el “pos a mí me gusta”, en este momento, digo, el apuntalamiento ideológico de películas como ésta resulta tan conveniente como un iceberg para el Titanic.
Cualquier idea de superación personal ha sido expulsada por quien quiera que haya elucubrado el guión de esta película. Naturalmente, el vulgar escritor protagonista no debe aspirar a hacer mejor literatura que la que le brota, sino acomodarse a su condición de medianía. Por su parte, la lectora de noveluchas sostiene que no puede leer otro tipo de libros sin usar un diccionario. Lo que no se nos dice es que si se decidiera a hacerlo quizá su vocabulario mejorara y el diccionario resultara cada vez menos necesario; pero semejante idea parecería anticuada en comparación con el populismo pacato y posmoderno que sostiene (tambaleante) la trama. No se trata de aceptarse sino de conformarse.
De alguien tan palmariamente incapaz de engendrar una idea sólo se podría esperar una película tan fracasada en lo formal como ésta. Con la burda voluntad de dotarla de un charme afrancesado, el director introduce levitaciones absurdas, planos cenitales gratuitos y números musicales sonrojantes. Lo que pretende ser personal y minimalista termina resultando vulgar y previsible. Qué otra cosa se puede esperar de alguien cuya idea de la felicidad consiste en tocar los bongos encima de una mesa.
Así pues, lo que pretende ser una oda a la normalidad termina siendo, en todos los sentidos, un elogio de la mediocridad. Y para ser fiel a su propia premisa, la película resulta desacomplejadamente mediocre. Enhorabuena, objetivo cumplido.
Lo anterior pretende ser, en una singular amalgama de atrevimiento y miopía, nada menos que la fórmula de la felicidad o así. En un momento como el actual, en que el mercado amenaza con reducir al arte a un producto de consumo y en el que el gran hallazgo intelectual es sostener que todo es opinable y que no hay más criterio de calidad que el “pos a mí me gusta”, en este momento, digo, el apuntalamiento ideológico de películas como ésta resulta tan conveniente como un iceberg para el Titanic.
Cualquier idea de superación personal ha sido expulsada por quien quiera que haya elucubrado el guión de esta película. Naturalmente, el vulgar escritor protagonista no debe aspirar a hacer mejor literatura que la que le brota, sino acomodarse a su condición de medianía. Por su parte, la lectora de noveluchas sostiene que no puede leer otro tipo de libros sin usar un diccionario. Lo que no se nos dice es que si se decidiera a hacerlo quizá su vocabulario mejorara y el diccionario resultara cada vez menos necesario; pero semejante idea parecería anticuada en comparación con el populismo pacato y posmoderno que sostiene (tambaleante) la trama. No se trata de aceptarse sino de conformarse.
De alguien tan palmariamente incapaz de engendrar una idea sólo se podría esperar una película tan fracasada en lo formal como ésta. Con la burda voluntad de dotarla de un charme afrancesado, el director introduce levitaciones absurdas, planos cenitales gratuitos y números musicales sonrojantes. Lo que pretende ser personal y minimalista termina resultando vulgar y previsible. Qué otra cosa se puede esperar de alguien cuya idea de la felicidad consiste en tocar los bongos encima de una mesa.
Así pues, lo que pretende ser una oda a la normalidad termina siendo, en todos los sentidos, un elogio de la mediocridad. Y para ser fiel a su propia premisa, la película resulta desacomplejadamente mediocre. Enhorabuena, objetivo cumplido.
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