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Voto de cassavetes:
6
Voto de cassavetes:
6
5,8
690
18 de septiembre de 2011
18 de septiembre de 2011
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
“La ventana” de Carlos Sorín es una dignísima película por dos motivos. Uno, por ser una película muy digna, no superior, pero digna, al estilo del director argentino (“Historias mínimas”, “Bombón el perro”), sencilla, humilde, de buenas intenciones. Y la segunda razón de la dignidad es que toca un tema que no está de moda en el cine, porque no vende, supongo, y es el de la vejez, la ancianidad o como se quiera llamarlo. Querer presentar la soledad desde el punto de vista de la edad.
El protagonista de la cinta es Manuel, un anciano que ha pasado ya la barrera de los 80 años y que reposa, gotero incluido, en una finca aislada de urbes y de gentes. A su cuidado, sus caseros. El hijo, concertista de piano famoso, allende los mares o continentes. Y un piano, un piano que vegeta en la casa, con más años que Matusalén, a la espera de que un afinador lo repare y le devuelva los años perdidos.
Sí, hay un paralelismo entre el piano de pared obsoleto y demacrado y el anciano de la película. Que también necesita los cuidados, no sólo los diarios de atención médica, sino otros de índole más personal. Nadie le acompaña, fuera de las dos señoras a su cargo. El único contacto que vemos, y es porque va a afinar durante unas horas el piano, es el afinador de pianos. La ventana es la que tiene en su habitación, desnuda y vacía de vida. Lo que ve por la ventana, un vasto e interminable campo, al cual saldrá en un momento dado en busca de…
La película comienza con un buen detalle de guión, onírico, porque es el sueño que a sus años le ha venido esa misma noche a don Manuel, una presencia de su infancia, hace ya ochenta años, que le viene a la mente dormida para aflorar sensaciones, un último hálito de vida. A sus años, más que octogenario, la infancia le regala un recuerdo querido. Que le impulsa a tomar las de Villadiego, levantarse de la cama y salir de su habitación en busca de…
Carlos Sorín y una historia mínima, pero no tan aséptica como otras anteriores. Esta es más humana, más para remover conciencias. Pero igualmente de tono poético, bonachón y bienintencionado. Ritmo sin mucha prisa, cadencioso. Fiel a su estilo.
El protagonista de la cinta es Manuel, un anciano que ha pasado ya la barrera de los 80 años y que reposa, gotero incluido, en una finca aislada de urbes y de gentes. A su cuidado, sus caseros. El hijo, concertista de piano famoso, allende los mares o continentes. Y un piano, un piano que vegeta en la casa, con más años que Matusalén, a la espera de que un afinador lo repare y le devuelva los años perdidos.
Sí, hay un paralelismo entre el piano de pared obsoleto y demacrado y el anciano de la película. Que también necesita los cuidados, no sólo los diarios de atención médica, sino otros de índole más personal. Nadie le acompaña, fuera de las dos señoras a su cargo. El único contacto que vemos, y es porque va a afinar durante unas horas el piano, es el afinador de pianos. La ventana es la que tiene en su habitación, desnuda y vacía de vida. Lo que ve por la ventana, un vasto e interminable campo, al cual saldrá en un momento dado en busca de…
La película comienza con un buen detalle de guión, onírico, porque es el sueño que a sus años le ha venido esa misma noche a don Manuel, una presencia de su infancia, hace ya ochenta años, que le viene a la mente dormida para aflorar sensaciones, un último hálito de vida. A sus años, más que octogenario, la infancia le regala un recuerdo querido. Que le impulsa a tomar las de Villadiego, levantarse de la cama y salir de su habitación en busca de…
Carlos Sorín y una historia mínima, pero no tan aséptica como otras anteriores. Esta es más humana, más para remover conciencias. Pero igualmente de tono poético, bonachón y bienintencionado. Ritmo sin mucha prisa, cadencioso. Fiel a su estilo.
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