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30 de junio de 2009
30 de junio de 2009
38 de 46 usuarios han encontrado esta crítica útil
El complejo de culpa, tema judaico donde los haya, es el punto de partida de una búsqueda del personaje principal, que combatió en la guerra del Líbano allá por el 82. El hombre tiene remordimientos, y trata de comprender por qué, puesto que su memoria parece haber borrado lo acontecido en aquel conflicto.
Así, vamos pasando de una dimensión puramente individual de motivaciones y fantasmas del pasado, hacia diversos testimonios de otros ex-combatientes en aquellos mismos acontecimientos. El enemigo musulmán es tratado como una fuerza invisible y amorfa. Disparan, pero apenas esbozamos algún retrato facial del contricante. Son solo una amenaza latente, de la que ignoramos causas o consecuencias.
Y todas estas experiencias individuales que el protagonista va recolectando, se convierten en una tragedia colectiva, la de los masacrados palestinos tras el asesinato de Bashir. Y en todo esto, los israelíes son simplemente testigos que no toman parte. Si esto es éticamente reprobable, puesto que aparecen como unos pobres desgraciados que solo cumplen con su cometido mientras que en la realidad son el demiurgo de toda la espiral de violencia acontecida en la zona desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Si esto, como digo, es peligrosamente partidista, lo verdaderamente malo del film es comprobar que toda esa visión individual se va diluyendo en un magma colectivo que ni resuelve, ni aclara, ni cicatriza traumas, ni nada de nada.
Así, vamos pasando de una dimensión puramente individual de motivaciones y fantasmas del pasado, hacia diversos testimonios de otros ex-combatientes en aquellos mismos acontecimientos. El enemigo musulmán es tratado como una fuerza invisible y amorfa. Disparan, pero apenas esbozamos algún retrato facial del contricante. Son solo una amenaza latente, de la que ignoramos causas o consecuencias.
Y todas estas experiencias individuales que el protagonista va recolectando, se convierten en una tragedia colectiva, la de los masacrados palestinos tras el asesinato de Bashir. Y en todo esto, los israelíes son simplemente testigos que no toman parte. Si esto es éticamente reprobable, puesto que aparecen como unos pobres desgraciados que solo cumplen con su cometido mientras que en la realidad son el demiurgo de toda la espiral de violencia acontecida en la zona desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Si esto, como digo, es peligrosamente partidista, lo verdaderamente malo del film es comprobar que toda esa visión individual se va diluyendo en un magma colectivo que ni resuelve, ni aclara, ni cicatriza traumas, ni nada de nada.

Un antihéroe de película bélica puede reflejar una angustia existencial totalmente nihilista, comprensible dentro del absurdo de la guerra (Apocalypse Now, La Chaqueta Metálica, Sin Novedad en el Frente...). Aquí, no. Aquí la cara de Fran Perea con la que aparece retratado el protagonista durante todo el film está motivada por esa culpa, pero, al igual que el ínclito actor de los Serrano, tanto gesto compungido no lleva a ninguna parte o resolución final.
Todo se adorna con composiciones poéticas, con la belleza del combate como una danza, con músicas caricaturescas ¿Para qué? Pues para lo mismo que un saltador de trampolín empieza a hacer tirabuzones y mortales para acabar cayendo en diagonal y dándose el planchazo. Vamos, para nada.
Todo se adorna con composiciones poéticas, con la belleza del combate como una danza, con músicas caricaturescas ¿Para qué? Pues para lo mismo que un saltador de trampolín empieza a hacer tirabuzones y mortales para acabar cayendo en diagonal y dándose el planchazo. Vamos, para nada.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La ESCENA:
En el barco, rumbo al frente, y con los compases de Enola Gay de fondo, los soldados beben, vomitan, caen por cubierta. No son los 60-70 de escuchar The End o Surfin' Bird en la guerra, pero otra vez la música popular, en este caso, el tecnopop ochentero, nos fija en el contexto y acentúa por contraste el dramatismo que aguarda.
En el barco, rumbo al frente, y con los compases de Enola Gay de fondo, los soldados beben, vomitan, caen por cubierta. No son los 60-70 de escuchar The End o Surfin' Bird en la guerra, pero otra vez la música popular, en este caso, el tecnopop ochentero, nos fija en el contexto y acentúa por contraste el dramatismo que aguarda.
21 de enero de 2009
21 de enero de 2009
31 de 32 usuarios han encontrado esta crítica útil
"Imagínate, un autobús lleno de vodka y ellos que se quieren parar a mirar unas ruinas." Es parte de una de las pocas anécdotas que cuentan los protagonistas de una historia parca en palabras en la que se dicen muchas cosas.
El propósito de los silencios, del tedio del que se quejan las chicas, de la frialdad con la que los personajes interactúan es emocionarnos de verdad cuando hay un mínimo gesto de acercamiento. Cualquier conato de comprensión, de cariño o de gratitud nos muestra la sinceridad auténtica de los sentimientos y los extrapolan hasta abarcar de manera tangible conceptos abstractos como la soledad, el amor, la frustración o la amistad. Una cerilla cuyo calor reconforta más que una chimenea con mucha leña ardiendo.
Otro objetivo que persigue el habitual distanciamiento y minimalismo de Kaurismaki, elevados al cubo en "Agárrate el pañuelo, Tatiana", es el humor de algunas reacciones (Uno encierra a su madre en un cuarto porque no compró café y se va de casa) o el que se extrae de las escasas conversaciones de no más de tres o cuatro frases. Humor muy particular que no tendría sentido en un largometraje con abundantes estímulos.
El propósito de los silencios, del tedio del que se quejan las chicas, de la frialdad con la que los personajes interactúan es emocionarnos de verdad cuando hay un mínimo gesto de acercamiento. Cualquier conato de comprensión, de cariño o de gratitud nos muestra la sinceridad auténtica de los sentimientos y los extrapolan hasta abarcar de manera tangible conceptos abstractos como la soledad, el amor, la frustración o la amistad. Una cerilla cuyo calor reconforta más que una chimenea con mucha leña ardiendo.
Otro objetivo que persigue el habitual distanciamiento y minimalismo de Kaurismaki, elevados al cubo en "Agárrate el pañuelo, Tatiana", es el humor de algunas reacciones (Uno encierra a su madre en un cuarto porque no compró café y se va de casa) o el que se extrae de las escasas conversaciones de no más de tres o cuatro frases. Humor muy particular que no tendría sentido en un largometraje con abundantes estímulos.

Kati Outinen & Matti Pellonpää
Sencilla pincelada de menos de una hora de duración que incluye todos los males cotidianos del ser humano corriente. No hace falta decir nada más. Tal vez sí. El director emplea el blanco y negro. Los planos son en su mayoría generales y lejanos. El vodka se bebe directamente de la botella. El viaje nunca se termina. La música siempre será tu compañera.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La ESCENA:
En el bar de un hotel de carretera, actúan un par de músicos. Ellos piden lo de siempre. Botellín de vodka y café. Ellas también toman algo. Nadie dice nada. Las chicas se aburren y van un momento a bailar. El del vodka, que no ha parado de beber en todo el metraje, le dice al adicto a la cafeína:
- Tías raras.
Obtiene por contestación:
- Este café es una mierda.
Ellas siguen bailando.
En el bar de un hotel de carretera, actúan un par de músicos. Ellos piden lo de siempre. Botellín de vodka y café. Ellas también toman algo. Nadie dice nada. Las chicas se aburren y van un momento a bailar. El del vodka, que no ha parado de beber en todo el metraje, le dice al adicto a la cafeína:
- Tías raras.
Obtiene por contestación:
- Este café es una mierda.
Ellas siguen bailando.
5 de enero de 2009
5 de enero de 2009
36 de 43 usuarios han encontrado esta crítica útil
La ambivalencia del trago que entra duro en la garganta pero reconforta tu espíritu. La contradicción del festín para celebrar una muerte. La paradoja del conejo que es mortal pero no es un hombre.
Película de sensaciones extremas, El Rey Arturo es una épica aventura con coartada histórica. Cautiva con la extrañeza de ver a romanos en la nieve. Asombra con el malo, líder de los sajones, plagado de matices extraños de brutalidad e indiferencia. Convence en el intento de contarnos una versión más cercana al origen de la saga de leyendas artúricas que a éstas en sí mismas.
Pero no deja de caer con estrépito con una banda sonora que suena a Hans Zimmer haciendo lo de siempre para pasar por caja y que puntualiza hasta el empalago la gran mayoría de escenas. La realización, también peca de un cierto empaque de grúas y planos digitales en busca de la espectacularidad. Un pelín más de contención le hubiese sentado como unas ostras en la mañana de año nuevo.
Película de sensaciones extremas, El Rey Arturo es una épica aventura con coartada histórica. Cautiva con la extrañeza de ver a romanos en la nieve. Asombra con el malo, líder de los sajones, plagado de matices extraños de brutalidad e indiferencia. Convence en el intento de contarnos una versión más cercana al origen de la saga de leyendas artúricas que a éstas en sí mismas.
Pero no deja de caer con estrépito con una banda sonora que suena a Hans Zimmer haciendo lo de siempre para pasar por caja y que puntualiza hasta el empalago la gran mayoría de escenas. La realización, también peca de un cierto empaque de grúas y planos digitales en busca de la espectacularidad. Un pelín más de contención le hubiese sentado como unas ostras en la mañana de año nuevo.

En cuanto a su mensaje, chapeau por la exhaltación de la lealtad hasta el final (aunque claro, no es Grupo Salvaje). Pelín maloliente y rancia, por ser un tema manido en las aventuras de Hollywood, en cuanto a la proclamación de la libertad como ideal (hombre, al menos no es Independence Day). Y arriesgada en muchos de sus propuestas, como la vuelta de tuerca a lo que todos entendemos como Arturo y sus caballeros, o la importancia de la naturaleza (bosques impenetrables excelentemente fotografiados, valles helados, acantilados furiosos).
Es un más que aceptable entretenimiento, con detalles de humor que me hicieron mucha gracia (como el caballero cuyos hijos bastardos no tienen nombre, sino número; o que en plena batalla, el malo malísimo se ponga a comer pan y le ofrezca un trozo a su hijo). Pero en el campo de la aventura más contemporánea le falta la clase de Master and Commander.
Es un más que aceptable entretenimiento, con detalles de humor que me hicieron mucha gracia (como el caballero cuyos hijos bastardos no tienen nombre, sino número; o que en plena batalla, el malo malísimo se ponga a comer pan y le ofrezca un trozo a su hijo). Pero en el campo de la aventura más contemporánea le falta la clase de Master and Commander.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
El ENIGMA HISTÓRICO:
Por encima de discusiones sobre las mallas o los atuendos; más allá del debate de si unas flechas en aquella época tenían semejante alcance; obviando que la ballesta es un arma que no se inventaría hasta siglos más tarde; huyendo de lo estúpido que resulta que los sajones, provenientes del Norte de alemania, invadan Gran Bretaña desde las highlands escocesas... al margen de todo esto ¿Qué cojones pinta una hacienda de nobilísimos patricios romanos más al norte del muro de Adriano?
Durarían menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
Por encima de discusiones sobre las mallas o los atuendos; más allá del debate de si unas flechas en aquella época tenían semejante alcance; obviando que la ballesta es un arma que no se inventaría hasta siglos más tarde; huyendo de lo estúpido que resulta que los sajones, provenientes del Norte de alemania, invadan Gran Bretaña desde las highlands escocesas... al margen de todo esto ¿Qué cojones pinta una hacienda de nobilísimos patricios romanos más al norte del muro de Adriano?
Durarían menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
12 de diciembre de 2008
12 de diciembre de 2008
39 de 51 usuarios han encontrado esta crítica útil
La grandeza del mundo del hampa y las mafias se va diluyendo en "Malas Calles" hacia un retrato más realista, más sucio y menos épico. La película es Charlie, el personaje que interpreta Harvey Keitel, y sus circunstancias.
Charlie es un tío que se emborracha a veces y cae dando tumbos. Tiene una chica que es epiléptica. Hace trabajos para su tío, que es un mafioso pero tampoco de los más grandes. Y en sus ratos libres, que son mayoría, protege al Johnny (Robert De Niro), que es el primo de la epiléptica y un chuleta de pacotilla que debe dinero a todo el mundo y se mete en fregaos por sus maneras de niñato.
Visto lo visto, Charlie aspira a montar su negocio, ayudado por su tío, pero primero tiene que resolver cosas pendientes con el bar de sus colegas, el Johnny y su novia. Todo marcado por la presencia constante del catolicismo en forma de sentimiento de culpa.
Scorsese tira de oficio y nos muestra cámaras lentas en el momento apropiado, steady cams pegadas al primer plano de Keitel cuando va todo trompa, montaje dinámico y muchos claroscuros en interiores.
Charlie es un tío que se emborracha a veces y cae dando tumbos. Tiene una chica que es epiléptica. Hace trabajos para su tío, que es un mafioso pero tampoco de los más grandes. Y en sus ratos libres, que son mayoría, protege al Johnny (Robert De Niro), que es el primo de la epiléptica y un chuleta de pacotilla que debe dinero a todo el mundo y se mete en fregaos por sus maneras de niñato.
Visto lo visto, Charlie aspira a montar su negocio, ayudado por su tío, pero primero tiene que resolver cosas pendientes con el bar de sus colegas, el Johnny y su novia. Todo marcado por la presencia constante del catolicismo en forma de sentimiento de culpa.
Scorsese tira de oficio y nos muestra cámaras lentas en el momento apropiado, steady cams pegadas al primer plano de Keitel cuando va todo trompa, montaje dinámico y muchos claroscuros en interiores.

Harvey Keitel & Amy Robinson
Sencilla película que va avanzando por los bajos ambientes de estafas, cines de serie B, barrios de putas y pubs de mala muerte de Nueva York. Aderezado con una BSO plagada de hits de finales de los 50, principios de los 70, como reflejo de una mafia anquilosada y que no avanza.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La TRANSICIÓN:
Keitel y De Niro acaban una noche de farra y desventuras en casa del primero. De Niro tiene hambre y quiere ir a robar a casa de su prima, pero Keitel lo convence de que no vaya, que es mejor de pedir que de robar, y terminan de risas. Harvey se asoma a la ventana y la cámara sigue su mirada. Vemos a una chica desnudándose mientras se escucha la voz del personaje de Keitel alabando su belleza. Parpadeas y... voilá! Keitel continúa con su discurso, pero está en la cama con la chica de la ventana. Y no es un sueño, es el día siguiente. Detallazo de calidad de Scorsese.
Keitel y De Niro acaban una noche de farra y desventuras en casa del primero. De Niro tiene hambre y quiere ir a robar a casa de su prima, pero Keitel lo convence de que no vaya, que es mejor de pedir que de robar, y terminan de risas. Harvey se asoma a la ventana y la cámara sigue su mirada. Vemos a una chica desnudándose mientras se escucha la voz del personaje de Keitel alabando su belleza. Parpadeas y... voilá! Keitel continúa con su discurso, pero está en la cama con la chica de la ventana. Y no es un sueño, es el día siguiente. Detallazo de calidad de Scorsese.
1 de octubre de 2009
1 de octubre de 2009
32 de 37 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todas las películas en las que el alcohol es uno más de los protagonistas me impulsa irrefrenablemente a beber. Da igual que el mensaje tenga una intención moralista de alertarnos sobre los peligros de la ebriedad, como en "Días sin huella" o "Días de vino y rosas". Es una atracción irresistible la de ver a personajes que van cuesta abajo sin remedio a base de empinar el codo. Quiero ser como ellos.
En "Withnail & I" no existe un claro mensaje sobre la perfidia del borracho. Es simplemente un retrato irónico sobre la autodestrucción ("Hasta los relojes parados dan bien la hora dos veces al día", reflexiona el protagonista). Los dos personajes unidos en la pendiente son diferentes caras de una misma moneda. Uno es absolutamente nihilista y violento, Withnail, y el otro está cargado de miedos e inseguridades, "yo". Los dos deciden seguir la frase inicial de la canción "All along the watchover", que suena en la película: There must be some kind of way out of here. Su salida es ir de Londres a una aldea perdida de la Inglaterra profunda.
Quizá olvidan que lo primero que mete siempre en su maleta alguien que quiere emprender la huida son todos esos temores, incertezas y fracasos que causan la fuga. Por mucho que cambien de contexto, seguirán viviendo en la mierda, no dejarán de beber, continuarán comportándose de forma errática y solo querrán volver a los fantasmas de su pasado. Pero este hundimiento en el lodazal de la campiña inglesa tampoco puede evitar abundantes situaciones cáusticas absurdas con los paisanos del lugar. También los personajes secundarios (el tío homosexual, el camarero del pub, el cazador furtivo y el camello londinense) componen una galería caótica y simpática. Son muchas las risas amargas que impiden la desolación absoluta que podría causar la historia. Al fin y al cabo, el alcohol siempre lleva aparejado un componente gracioso de camaradería. Ese componente que en este caso provoca mi empatía. Conozco de toda la vida a estos dos perdedores que son "Withnail y yo".
Una película recomendada por un viejo compañero de épicas batallas dipsómanas no me podría defraudar. Los dos hemos librado muchas de esas batallas, pero aún nos quedan unas cuantas más.
¿Otro Gin Tonic?
¿O prefieres una copita de Jerez?
En "Withnail & I" no existe un claro mensaje sobre la perfidia del borracho. Es simplemente un retrato irónico sobre la autodestrucción ("Hasta los relojes parados dan bien la hora dos veces al día", reflexiona el protagonista). Los dos personajes unidos en la pendiente son diferentes caras de una misma moneda. Uno es absolutamente nihilista y violento, Withnail, y el otro está cargado de miedos e inseguridades, "yo". Los dos deciden seguir la frase inicial de la canción "All along the watchover", que suena en la película: There must be some kind of way out of here. Su salida es ir de Londres a una aldea perdida de la Inglaterra profunda.
Quizá olvidan que lo primero que mete siempre en su maleta alguien que quiere emprender la huida son todos esos temores, incertezas y fracasos que causan la fuga. Por mucho que cambien de contexto, seguirán viviendo en la mierda, no dejarán de beber, continuarán comportándose de forma errática y solo querrán volver a los fantasmas de su pasado. Pero este hundimiento en el lodazal de la campiña inglesa tampoco puede evitar abundantes situaciones cáusticas absurdas con los paisanos del lugar. También los personajes secundarios (el tío homosexual, el camarero del pub, el cazador furtivo y el camello londinense) componen una galería caótica y simpática. Son muchas las risas amargas que impiden la desolación absoluta que podría causar la historia. Al fin y al cabo, el alcohol siempre lleva aparejado un componente gracioso de camaradería. Ese componente que en este caso provoca mi empatía. Conozco de toda la vida a estos dos perdedores que son "Withnail y yo".
Una película recomendada por un viejo compañero de épicas batallas dipsómanas no me podría defraudar. Los dos hemos librado muchas de esas batallas, pero aún nos quedan unas cuantas más.
¿Otro Gin Tonic?
¿O prefieres una copita de Jerez?
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
La ESCENA:
Withnail y yo acuden absolutamente ebrios al salón de té del pueblecito. Amablemente y con flema inglesa, los viejecillos del local les indican que están cerrando. Ellos quieren tomarse algo a toda costa y no entran precisamente en razón. Grandioso contraste el de estos dos mundos antagónicos.
Withnail y yo acuden absolutamente ebrios al salón de té del pueblecito. Amablemente y con flema inglesa, los viejecillos del local les indican que están cerrando. Ellos quieren tomarse algo a toda costa y no entran precisamente en razón. Grandioso contraste el de estos dos mundos antagónicos.
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