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Críticas 120
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
8
30 de abril de 2025
253 de 279 usuarios han encontrado esta crítica útil
Había mucha niebla —tóxica, mediática y emocional— alrededor de esta adaptación. Que si Darín no era Salvo, que si Netflix la iba a arruinar con su filtro de algoritmo globalizador, que si el cómic era demasiado argentino para funcionar fuera de Avellaneda. Pero aquí estamos: El Eternauta ha llegado. Y ha llegado bien. Muy bien.

Adaptar El Eternauta es meterse en un jardín lleno de trampas. La historieta de Oesterheld y Solano López no es solo un clásico del cómic, ni una obra cumbre de la sci-fi latinoamericana. Es —y sobre todo— un manifiesto emocional, político y cultural que vive en el ADN argentino. Conviene recordar el contexto: Oesterheld fue secuestrado y asesinado por la dictadura en 1977, como gran parte de su familia. Su obra es mucho más que una historieta: es testimonio, herida, legado y memoria colectiva.

Que Netflix y Bruno Stagnaro (el de Okupas, sí, ese) se hayan atrevido ya es una buena noticia. Que lo hayan hecho con respeto, potencia visual y sin rebajar su carga ideológica es mucho más que eso. Stagnaro no solo ha respetado la obra: la ha entendido.
Mora Fisz
Es una relectura fiel, con personalidad propia. Y no es poca cosa pasar del cómic a la televisión, adaptar y dar contexto actual a una historia que es mitad ciencia ficción y mitad herida nacional. El guion, trabajado por un equipo que incluye al nieto de Oesterheld, esquiva el costumbrismo barato y la grandilocuencia artificial para instalarse en ese raro espacio donde conviven el género y la memoria.

Buenos Aires no es solo el escenario: es un personaje más. La serie lo transforma en un espacio cargado de sentido, una ciudad herida que respira junto a los protagonistas, que sufre, resiste y acompaña. Ese entorno postapocalíptico no se limita a lo visual; amplifica los conflictos íntimos, aporta textura emocional y refuerza la sensación de encierro, amenaza y fragilidad. La ambientación, lejos de ser mero decorado, se convierte en parte activa del relato.

Frente al tono reflexivo y algo más contemplativo del cómic, Stagnaro imprime a la serie un clima de urgencia constante. Aquí los pequeños dramas se intensifican, se localizan y se agitan para que la historia fluya. La narrativa audiovisual exige movimiento, ritmo, y la serie lo entiende: se sacude la rigidez y busca un equilibrio entre emoción duradera y estímulo inmediato, sin perder profundidad en el camino.
Ricardo Darín
Otra de las claves que acierta completamente es conservar es la visión coral del heroísmo. Aquí no hay un mesías o un líder solitario: hay grupo, hay comunidad. La supervivencia no depende del más fuerte, sino del más solidario. Y eso, en tiempos de individualismo rampante, es casi subversivo.

Darín, claro, está maravilloso. Convertirlo en Juan Salvo era una apuesta segura. No, mejor: una jugada inteligente. Da igual cuántas veces lo veamos con mirada grave y mandíbula apretada: sigue funcionando. Aquí encuentra el tono exacto: humano, vulnerable, sin épica impostada. Darín no interpreta: da testimonio. Está perfecto, pero el héroe es el grupo. El reparto coral ayuda: Carla Peterson, Ariel Staltari, Andrea Pietra o César Troncoso dan carne y verdad a personajes que nacieron en blanco y negro.

Visualmente, la serie no disimula sus limitaciones presupuestarias, pero las sortea con inteligencia. En lugar de grandilocuencia hollywoodense, opta por las buenas interpretaciones y la creación de atmósferas: la nieve mortal, el encierro, la paranoia colectiva... Todo transmite angustia, sí, pero también esperanza, resistencia y una profunda humanidad. Hay músculo en la producción, y la sensación global es de coherencia, compromiso y fe en la historia. Memoria, comunidad y ciencia ficción en clave nacional.

No existe una lectura neutra (ni falta que hace): la obra original ya apostaba por el compromiso social. En su momento, la invasión alienígena no era solo un recurso narrativo, sino que funcionaba como una metáfora del control, la represión y los golpes de Estado que marcaron el país, y también de la resistencia democrática entendida como algo colectivo. Nadie se salva solo.

La metáfora sigue funcionando y conecta con nuestra realidad más allá de su contexto original. Lo hace de forma global, cruzando el charco y traspasando fronteras a través de fenómenos como la pandemia, la DANA o el gran apagón del sur de Europa. Escenarios “apocalípticos” que demuestran que las respuestas más efectivas siguen viniendo de la solidaridad colectiva de la ciudadanía, no de los poderes con traje y sonrisa de CEO.

¿Está politizada? Sí, por supuesto. Igual que la obra original. Oesterheld hablaba de resistencia colectiva, de la importancia de lo común frente a lo individual, y esta adaptación recoge ese legado, lo respeta, lo adapta y lo actualiza. No es nostalgia: es legado activo. La serie está viva, respira y late con la historia. Y eso, en tiempos de algoritmos y contenido desechable, es casi una revolución.

Nota: B+
13 de marzo de 2026
356 de 521 usuarios han encontrado esta crítica útil
* Un 10 hiperventilado que ni yo me creo, pero...

Santiago Segura ha decidido que, más allá de 'Padre no hay más que uno', hay otras formas de llenarse los bolsillos. Le he cascado un 10, no porque lo merezca —si lo analizo como cine— sino porque me encanta volver a ver a Torrente. A eso he venido y lo agradezco. Incluso me atrevo a decir que su sátira política a saco, “apatrullando” la política —además de fotocopiar la realidad— hace una inmensa labor social.

Segura y Torrente vuelven al fango; qué falta nos hacía… y que haya escondido la película como un secreto de Estado hasta su estreno en cines (la crítica profesional muy contenta no está y yo no pienso hacer ni medio spoiler), con solo un par de teasers —viendo a Torrente sudar el chándal por el Valle de los Caídos, como un Rocky de garrafón, soltando un cuesco que retumba en la conciencia nacional— es algo más que una maniobra de marketing: es una declaración de intenciones.
A estas alturas ya sabemos lo que hay. La peli no será el colmo de sátira ácida, ni una mezcla de Loach con los Monty Python. La saga nunca ha sido eso y, precisamente, en esa simpleza reside su fuerza... y también un exorcismo y un buen homenaje de sí misma. En un mundo de algoritmos, de gente de piel fina y de una polarización que asusta, recuperar al brazo tonto de la ley es recuperar parte de nuestra salud mental.

Hay quien dice que esta película 'blanquea' el fascismo, que es 'zafia', que está 'fuera de lugar'... Pues yo veo lo contrario, igual es que soy un poco friki… o que estoy alienado, no sé… Lo que veo es un espejo delante de esa España que se cree muy moderna por llevar un iPhone no sé cuánto Pro o una pulserita, pero que sigue oliendo a carajillo y a rancio.

Torrente es el avatar de todo eso: el populismo de barra de bar, de las redes sociales, del 'yo no soy racista, pero...', de todos los cuñados del mundo... y de esa fascinación por los líderes hiperventilados y ‘explosivos’ que ahora vuelven a estar de moda, pasando por ese partido… NOX sé qué y no sé si aquí da más miedo (y risa) que la realidad.
En este 2026 tan aséptico, reírse de uno mismo es casi un acto de rebeldía y ‘Torrente presidente’ es una autopsia donde nuestra cara más fea —cubierta solo con una capa de maquillaje o un filtro de TikTok— se desvela a golpe de chiste casposo. Ganamos todos cuando alguien se atreve a rascar donde pica.

Si te escandalizas, quizá es que no te gusta su humor —y hasta ahí todo bien— o que te reconoces en la pantalla, y entonces tienes un problema. La película también te pone a prueba: la capacidad de reírnos de nosotros mismos es su prueba del algodón.

El candidato Torrente, como los niños y los borrachos, no te engaña. El rey de la caspa vuelve para salvarnos de la corrección política y de la tontería que acaba costando cara.

* Lo mejor: La capacidad para provocar a sectores, supuestamente, opuestos.
* Lo peor: Que habrá quien se la tome en serio.
27 de noviembre de 2025
162 de 197 usuarios han encontrado esta crítica útil
* “Amigos no mienten.” — Eleven

Fin de trayecto. Hace unas semanas escribí esta crítica sobre la base de la primera entrega y ahora, con la temporada finalizada, mantengo la tesis: Stranger Things se cierra como el monstruo televisivo que es: imperfecto, irregular, divisivo... y combinando músculo comercial con alma nostálgica. No busca reinventarse, sino despedirse siendo coherente con todo lo anterior.

Dicho esto, quiero compartir las sensaciones encontradas que me ha provocado esta temporada final. El primer volumen crea una expectativa potente: un preludio que, estirando y estirando, acabas disfrutando… y te deja asomado al abismo, con la impresión de que lo gordo está por venir. Después, el volumen 2 tropieza y ves que todo eso era un espejismo. Por suerte, la sangre no llega al río y el episodio final resuelve, aunque no te quitas la sensación extraña de montaña rusa.

Y yo estoy aquí, a las cuatro de la mañana, dando vueltas al final definitivo, intentando poner en orden la crítica para escribir algo coherente.
Noah Schnapp, Finn Wolfhard & Winona Ryder
Más allá del Funko

Desde julio de 2016 nada es igual: ni la serie, ni el mundo, ni nosotros. Podríamos dar una patada nostálgica y decir que los Duffer tienen un ataque de amnesia creativa, pero no: la realidad es más compleja que eso y la primera temporada fue un chute de terror teenager, atmosférico y lleno de nostalgia ochentera que no se puede clonar nueve años después.

¿La temporada tiene sus problemas? Por supuesto. No todos los episodios corren al mismo ritmo, y los primeros capítulos dejan la sensación de prólogo XXL, como si los Duffer hubieran rodado un “extended universe” solo para calentar. En realidad, están aprovechando el arranque para colocar tensiones que después —más bien tarde— estallarán. Primero alimentan el músculo… y después golpean.

Los personajes y las tramas están dispersos, y se asumen ¿riesgos? en la producción: el metraje dilatado —¿era realmente necesario?— o la apuesta por la épica de puro impacto que, aunque sume, recorta la profundidad… y también la división en entregas, que, más que un “riesgo”, es una estrategia comercial tan pura y dura que casi pide un plano detalle de la cuenta de resultados.
Millie Bobby Brown & David Harbour
¿Algo habrán hecho bien?

Pero no nos cortemos las venas todavía: fortalezas también las hay. La cultura pop ochentera sigue funcionando y la nostalgia sigue presente, pero no solo como una excusa para venderte otro Funko. La serie se expande a partir de todo lo anterior y es consciente de que ya no se trata solo de monstruos oscuros, universos paralelos o agujeros de gusano, sino de cuánto cuesta mantener unido al grupo. La pandilla crece, sufre, discute, se quiebra… y siguen. La coralidad del reparto continúa siendo una virtud y también una dependencia.

En lo técnico hay poco que objetar: buena realización, fotografía y banda sonora —nunca podré agradecerle lo suficiente a esta serie su forma de tender un puente entre la cultura musical pop y rock de los ochenta y quienes vienen detrás—; VFX y CGI solventes. La ambientación sigue siendo detallada e inmersiva, aunque ya no sorprenda. El presupuesto y el tiempo invertido se notan.

Llegados a este punto, recurrimos al comodín de la transversalidad generacional, que sigue siendo un salvavidas. Los actores han crecido; los personajes también… y el público, claro: quienes la empezaron como niños son ahora adolescentes, los adolescentes se han hecho adultos y algunos adultos ya juegan en la liga sénior. En ese viaje compartido, las tramas se han ido expandiendo en paralelo… y hasta aquí hemos llegado.

Vecna huele a ciénaga premium

Hawkins vuelve a transformarse en un tablero de Risk ochentero, entre el thriller sobrenatural y la geopolítica fantasma con ecos del presente.

Vecna continúa siendo un villano de verdad, no un arquetipo: tiene presencia, tiene historia y un arco potente que promete, evoluciona y —después de dar unos cuantos tumbos— acaba cumpliendo y cerrando un ciclo que ha sostenido el peso de la historia. Entendemos cómo se formó y vemos la lógica de su pensamiento. Nos dejan ver que podría haber sido otra cosa, y también que no es infalible, tiene sus costuras, su punto de torpeza… y justo por eso funciona.

¿Redención sí o no? Vecna, como villano "auténtico", no pide perdón, no lo necesita y es imposible redimir a quien no renuncia a lo que cree, pero que ese debate exista ya es una victoria narrativa de la serie. Humanizar no es justificar, y derrotarlo —aunque el precio sea doloroso— es mucho más potente que perdonarlo.

Final XXL

Los cuatro capítulos del primer volumen te dejan con un cliffhanger de manual y la sensación de que el viaje épico está ahí mismo. El segundo volumen queda lejos de esa expectativa: irregular, intenso a ratos, previsible, inconcluso, desenfrenado… por momentos parece una película final extendida disfrazada de miniserie.

Después el cierre lo apuesta todo a una carta única: Duffer en estado puro, un “todo o nada” en el clímax, que pone sobre la mesa un mega-blockbuster final en modo “evento planetario” y no deja indiferente: emotivo, intenso, catártico… donde las piezas se colocan para culminar la historia desde el principio. Un chupito después del postre.

Más allá del debate sobre si el viaje ha necesitado demasiadas alforjas —o no—, el hecho es que la saga ya ha cumplido y está amortizada: desde el punto de vista comercial, absolutamente; y como cine y televisión, también. Mejor acabar que repetirse como el ajo… y, si el algoritmo lo permite, ya habrá una puerta abierta en forma de spin-off. Los caminos de la industria son inescrutables, pero eso ya será otra historia.

Stranger Things apaga la luz, cierra la puerta y se despide exhausta. Hemos transitado por algo que —con sus fortalezas y debilidades—, además de ser una máquina de hacer dinero, ya es una parte icónica de la televisión reciente. El viaje se ha acabado.

Y, sí... a pesar de todo, al final "friends don’t lie".
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
* Nota final: el factor Amblin y el “vuelo de la bicicleta” (spoilers)

Se ha hablado mucho del final antes incluso de conocerlo: quién iba a morir, cómo se cerraría la historia o si el desenlace sería un golpe seco o un bálsamo con masaje. Tras tanto ruido, no quería cerrar esta crítica sin detenerme en “The Rightside Up” y en el sentido de este final y, claro, eso solo puede hacerse destripando los hechos en la parte de spoilers. Vamos a ello.

Al final, los Duffer eligen “no hacerse daño”. El desenlace tiene todo el ADN Netflix: calculado, reconocible y diseñado para dejarte tocado… pero no hundido, más bien todo lo contrario. El “sacrificio” de Eleven —muy distinto a la muerte como daño colateral “con sentido” de Kali— busca el impacto emocional. La maniobra es clara: Eleven se acaba convirtiendo en un mito “vivo” pero oculto, dejando la puerta abierta para que la maquinaria de spin-offs, extensiones de la franquicia —o lo que sea que nos quieran vender— siga girando.
Pero no es tan simple, y en este cierre también hay una convivencia difícil entre la coherencia creativa y la estrategia de mercado, porque en este negocio nadie regala nada... y los Duffer han firmado, desde el primer episodio, una carta de amor al cine de Steven Spielberg y Joe Dante. En ese universo —el universo Amblin—, el dolor no es un fin, sino un peaje. La serie es fiel a su naturaleza hasta el final: Amblin como escudo narrativo.

Hawkins queda herida y el epílogo —además de reconectarnos emocionalmente con la serie desde su origen— nos muestra que, mientras unos cicatrizan, otros cargan con un vacío mucho más pesado. Sin embargo, la narrativa prefiere la esperanza a la depresión: el grupo “cree” que ella está ahí fuera —hasta nos enseñan un plano de Once, caminando libre y anónima rodeada de naturaleza salvaje—, y tras ver a la nueva generación retomando el tablero en el mismo sótano, se cierra la puerta como empezó todo… y el cierre circular es perfecto.

Este final podrá parecer un mega-blockbuster diseñado por algoritmos, pero es la catarsis que la serie se ha ganado tras nueve años de viaje compartido, con subidas y bajadas. ¿Se podía esperar algo diferente? Sabemos que esto no es ni Black Mirror, ni la ruleta rusa de Game of Thrones. La catarsis es necesaria: como la bicicleta de Elliott en E.T., el final de Stranger Things busca la elevación.

La oscuridad de Vecna y el Upside Down no tenían opción, no por un guion complaciente, sino porque la narrativa de los 80 siempre premia al grupo que se atreve a enfrentar lo imposible.

El cierre es coherente y el músculo técnico, con su adobado emocional, está ahí, pero no borra que la temporada final haya avanzado por un campo de minas divisivo, entre fortalezas y debilidades narrativas. Los créditos finales, con estética de novela gráfica y trazos de cómic ochentero, dejan el buen sabor de boca que el mercado exige —y sabrá aprovechar—, pero que también encaja con todo lo visto. El truco lo conocemos y, aun así, lo disfrutamos.

Se cierra la puerta. Se apaga la luz.
19 de noviembre de 2025
97 de 105 usuarios han encontrado esta crítica útil
* La historia no se repite, pero rima (Mark Twain)

Tiempo histórico, tiempo político, tiempo cinematográfico

El tiempo histórico no avanza al ritmo de la política, y los tiempos del cine y la televisión directamente funcionan con otra lógica. Pero todo se mezcla —porque todo tiene que ver con todo— y esta serie lo aprovecha para entrelazar esos planos y levantar un gran flashback (en realidad varios que confluyen) en forma de dramatización histórica real a partir del libro de Javier Cercas sobre el 23F. Y no es poca cosa adaptar a la televisión semejante crónica: un ensayo histórico y periodístico enorme, narrado con técnicas de novela, al que aquí se le da sentido y contexto en el medio audiovisual.

Los cuatro capítulos (de unos 45 minutos, sin contar créditos ni intro) se ven de un tirón y funcionan como herramienta para la memoria. Han pasado 44 años y 9 meses desde el 23F —más que la dictadura, la Guerra Civil y los primeros tramos de la Transición juntos— y hay margen para diseccionar sin prisa. No encontraremos revelaciones secretas, pero sí un ejercicio de metamemoria: pensar hoy cómo contamos aquello que creíamos ya sabido (o no tanto). Y en tiempos de algoritmos desbocados, ruido informativo y fake news, frenar un poco para volver a mirar el pasado no es solo un gesto de lucidez: es casi un acto de salud mental.
Foto de Julio Vergne
Pacto entre debilidades

La Transición fue un equilibrio precario entre una oposición democrática demasiado débil para forzar una ruptura y una dictadura ya agotada, un pacto lleno de miedos y contradicciones que aquí se convierte en un thriller político sólido y bien armado. El relato se apoya en la realpolitik —y también en la darkpolitik— de la época, y en los grandes nombres: Suárez, Carrillo, Gutiérrez Mellado, Tejero, Milans, Armada, Juan Carlos I... Ahí, como en el libro, encuentra su eje.

Los personajes están escritos con complejidad y relieve, con sus artistas donde tocan pero sin caer en la caricatura ni el tópico. Son figuras que se retratan en su momentum, en el filo de un país que se tambalea, pero con un pasado que los ha definido y eso se intuye en las interpretaciones: en todo caso, lo contrario de personajes planos.

La recreación histórica está bien construida, pero se echa en falta un descenso más claro a la arena social: que la vida cotidiana, el clima colectivo y las tensiones de la sociedad entren en diálogo directo con la trama institucional. Unas tramas secundarias trabajadas con ese fin habrían aportado esa mirada, aunque tal vez eso ya es otra película —o serie— que va más allá de la adaptación de la crónica de Cercas. En cualquier caso, nunca es tarde para reflexionar, y la serie lo hace: medio siglo después, seguimos siendo consecuencia directa de aquel vértigo compartido.
Un pulso que sostiene la tensión

El sello de Alberto Rodríguez —La isla mínima, Modelo 77, Apagón— está ahí, se hace notar y confirma su precisión y gusto por el detalle y la creación de atmósferas. Junto a Rafael Cobos y Fran Araújo construye un guion sólido que no especula: sabe lo que maneja y mantiene la tensión. El diseño de producción —maquillaje, ambientación, recreación del Congreso, texturas— no abusa del uso de imágenes de archivo y, cuando aparecen, lo hacen integradas de forma natural en el contexto de la trama. Lo mismo que las secuencias recreadas en formato semi-documental.

El nivel de dramatización es impresionante: ayuda, busca y encuentra autenticidad, y el conjunto se apuntala con una fotografía que ilumina el pasado sin imposturas. Es como asomarse a una cápsula del tiempo de hace medio siglo, revelada con la nitidez que permite tu pantalla.

Las interpretaciones son parte esencial del efecto: Álvaro Morte compone un Suárez bastante mimético; Eduard Fernández lo borda y ofrece un Carrillo lleno de matices y silencios elocuentes, entre sus caladas profundas y el humo de sus cigarrillos; Manolo Solo convierte a Gutiérrez Mellado en una figura que trasciende de la reconstrucción histórica; David Lorente encaja como un guante a Tejero... y el reparto coral, suma, sigue y sostiene. La voz en off, a cargo de Raúl Arévalo, también ayuda como una especie bonus track: complementa la narrativa y le da un punto de referencia que la refuerza.

Memoria en tiempos de ruido

"Anatomía de un instante" no pretende —ni tampoco podría, aunque quisiera— “desclasificar” nada ni convertirse en la versión definitiva del 23F o de la Transición. No cierra nada ni intenta venderte una tesis, y es lo suficientemente abierta como para que cada cual saque sus propias conclusiones. Usa el cine para volver sobre el tiempo histórico, abrirlo, examinarlo desde el presente y, entre otras cosas, documentar cómo seguimos procesando ese miedo fundacional de la democracia.

La serie también tiene sus imperfecciones: a veces da la sensación de querer explicar demasiado en poco espacio, algunas interpretaciones son desiguales y puede pecar de un punto de hagiografía. Sin embargo, va mucho más allá de una miniserie sobre un intento de golpe de Estado: es un plano secuencia de nuestra memoria, donde la incertidumbre de entonces dialoga con la de ahora. Aquellos disparos aún retumban y, medio siglo después, seguimos mirando aquella foto de tres hombres de pie bajo un techo agujereado.

Nota: 7,5/10
21 de abril de 2026
88 de 111 usuarios han encontrado esta crítica útil
* Antes de entrar en análisis: Ve a la pantalla más grande que encuentres con la máxima calidad de sonido posible. No es una película, es un evento.

Si esperas que te cuenten chismes de prensa rosa, estudios psicológicos profundos o buscas arte y ensayo cinéfilo, te decepcionará. Si eres fan y quieres una buena experiencia inmersiva te la va a dar... incluso, si no lo eres, te puede ayudar a entender por qué Michael Jackson es irrepetible.

'Michael' —más que un biopic— es una invocación sin güija y un relato que, sin entrar en spoilers, llega hasta donde llega —o hasta donde le han dejado—. Otra cosa muy distinta es hasta dónde te llega a ti… y ahí, como espectáculo total, a mí me ha calado hasta los huesos.

La película tiene límites, pero me ha dado más que suficiente para repetir en una sala iSense. Por el precio de dos entradas, es lo más cerca que voy a estar de un concierto.

Tiene su punto de justicia poética que el Michael que revolucionó el videoclip con el lenguaje del cine ahora reciba un biopic que dialoga con ese mismo código. Antoine Fuqua ('Training Day', 'The Equalizer'), curtido en la potencia visual de los 90, conoce bien el terreno del videoclip musical y se nota. Mantiene un pulso coherente y ofrece lo que puedes esperar sin arriesgar: puro impacto sensorial.
Fuqua ha rodado una sesión de espiritismo de alto presupuesto donde Jaafar Jackson no actúa: se deja poseer. No sé si es por lo espiritual, lo genético (es hijo de Jermaine Jackson) o ambas cosas, pero queda claro que va más allá del recurrente ejercicio de nostalgia previsible.

La cámara persigue a Michael intentando capturar la contradicción entre el niño roto de Neverland y el fenómeno de masas que electrizaba estadios y reventaba vinilos, cassettes y VHS y, en esa fricción, la película busca un sentido más allá del impacto musical y visual.

También hay mucho “sentido” comercial y de "control de daños": tras un rodaje accidentado, marcado por reescrituras de última hora y conflictos de intereses con los herederos, MJ sale otra vez de la tumba para marcarse un nuevo 'Thriller', ponerse en el centro y pulverizar la taquilla. El resultado es un despliegue brutal de diseño sonoro y montaje que explica por qué el mundo se detuvo con 'Thriller'.
Colman Domingo
¿Qué le pasa a la "crítica profesional"?

La película es monumental, un tremendo chute audiovisual que no busca ir mucho más allá de la hagiografía. Hay pocas grietas, mucho icono y fanservice supervisado, pero —eso sí— maravillosamente ejecutado... y no se justifica la actitud destructiva de gran parte de la "crítica profesional": si la cinta está producida por los hermanos y la productora de MJ… ¿se podía esperar algo diferente? ¿En serio?

Me parece un acierto el respeto de la película hacia MJ y el error es convertirlo en un problema narrativo... No compro el linchamiento de esa parte de la llamada "crítica profesional", que confunde el amarillismo con la narrativa o, peor todavía, usa la narrativa para reivindicar juicios morales que poco tienen que ver con el cine.

El cierre se siente algo… ¿apresurado? ¿incompleto? ¿abrupto? Pon tú mismo el adjetivo, pero después de la experiencia inmersiva casi se lo perdonas y no es su mayor problema.

Se podría objetar que el guion de John Logan no está a la altura de la película y la película no hace justicia a todo el legado y la complejidad de MJ, pero no es ni de lejos el naufragio absoluto que ha dibujado esa parte de la "crítica profesional" tan "indignada" —sus razones tendrán; yo ni las sé ni quiero saberlas—.

A veces se pierde en su ambición por abarcarlo todo y el relato impone límites, pero sensorialmente funciona: casi te hace ver el rayo caer dos veces en el mismo sitio. Es cine que te hace vibrar más allá de lo que ves —o de lo que no te enseña—, y eso no se le puede negar.

* Lo mejor: la metamorfosis de Jaafar que no es de este mundo, un Colman Domingo espectacular, Juliano Krue (que lo borda como el pequeño MJ), la capacidad inmersiva y una puesta en escena que eleva el género del biopic musical.
* Lo peor (nada que impida disfrutarla): la imagen idealizada del mito, un punto genérico… y el evidente olor a primera entrega con secuela. Habría sido más honrado poner debajo del título "vol. 1", pero eso no da dinero.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Y no cierro la crítica sin entrar en el último salto temporal a 1988 durante su gira Bad y en ese “mensaje” final que casi parece un cliffhanger: “HIS STORY CONTINUES”.

Está claro que te están vendiendo una segunda parte, aunque —al margen de la reescritura por conflictos legales con los herederos— narrativamente también tiene sentido: colocar ahí al Michael triunfante, justo antes de que las grietas se abran es un cierre simbólico en el cenit de MJ… y un tributo, porque, al final, la película es eso.

"Don't stop 'til you get enough...”
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