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Críticas 53
Críticas ordenadas por utilidad
Críticas ordenadas por utilidad
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16 de febrero de 2020
46 de 53 usuarios han encontrado esta crítica útil
El cine polaco continua en racha. Un país con una basta tradición cinematográfica y cultural que en los últimos años está logrando colocar fuera de sus fronteras películas de gran factura técnica que no descuidan el contenido que hay en ellas. Todo lo contrario, gracias al cine contemporáneo polaco que nos llega podemos vislumbrar los claroscuros de ese país abandonado entre dos naciones imperialistas.

Este año la película que ha logrado colarse en los Oscars 2020, habiendo ganado el Festival de Gdynia, el galardón más importante del país, fue Corpus Christi, de Jan Komasa. Polonia es, junto con Irlanda el país más creyente de Europa. No es raro ver un par de películas cada año sobre curas, la iglesia y la fe.  Aunque los polacos no son tontos, por el contrario, son un pueblo bastante inteligente, siempre cuestionan lo que les viene dado. Sólo hay que ver Kler (2018), de Wojciech Smarzowski, siempre tan punzante y demoledor. No por ello empezó en Gdansk el derrumbe de la URSS. De manos de trabajadores del astillero bastante creyentes en Dios. He ahí la fuerza de la iglesia en Polonia. Dios bajó a la Tierra y puso un poco de orden, al menos por una vez.
Corpus Christi cuenta la historia de un adolescente que sale de un internado. Quiere ser cura pero por sus antecedentes nadie le va a dejar. Él quiere trabajar perdonando almas castigadas pero nadie le va a perdonar a él. Acepta el destino y va a trabajar a un aserradero en un pueblecito perdido del país. Como cualquier pueblo polaco, la iglesia es el centro neurálgico donde la vida de los pocos ciudadanos gira. Hay que vivir en Polonia e ir a misa, aún no siendo creyente, para admirar lo abarrotadas que están las iglesias con gente de todas las edades. Es algo trasversal.

Daniel, el protagonista, debido a algún chiste o apuesta del destino con no se sabe quién, gracias a una media mentira acaba siendo el cura del pueblo. La vida interna de esos pueblos es una vida cerrada. Donde todos juzgan todo. La mayoría, que puede estar formada por pocas personas, se impone a una minoría. Daniel va a ir adentrandose en un conflicto donde nadie quiere perdonar, pero luego son los primeros en acudir a misa.
Cabe recordar que Daniel ni es cura, ni puede serlo. Esto logra evocar a novelas rusas donde un farsante logra medrar en un círculo que no le pertenece.

Jon Komasa también tiene la muy interesante La sala de los suicidas (2011) dónde cuenta la adicción a juegos de internet de un chico con tendencias suicidas.

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JGC
28 de septiembre de 2025
35 de 48 usuarios han encontrado esta crítica útil
¿Se acuerdan de cuándo fueron jóvenes? La fortaleza de lo físico. La incorruptibilidad de la coherencia. Lo infinito. Lo sagrado. Lo posible.

Oh, Diosa Nostalgia.  Vivir era una vibración.

Paul Thomas Anderson es quizás el director más importante de nuestras vidas. Lleva desde 1997 dándonos lecciones de sobriedad cinematográfica. Un clasicismo elegante y penetrante. Su primer gol fue con la scorsesiana Boogie Nights (1997); dinámica, multiactoral. Estaba en la búsqueda de sello propio. Luego vino Magnolia (1999) que volvía a ser coral, episódica y tremendamente oscura. Tras eso…Embriagado de amor (2002), Pozos de ambición (2007), The master (2012), El hilo invisible (2017)…eureka, un estilo narrativo donde se limita a escoger a dos personajes y los hace orbitar en un juego de poder donde se van alternándose en quién es el dueño de la sartén. Incluso la fresca y juvenil Licorice Pizza (2021) va de eso.

En Una batalla tras otra (2025) vuelve a ese mismo esquema. Por un lado, tiene a un pseudorevolucionario  con Di Caprio, y por otro, a un ejecutor del sistema con Sean Penn. A ambos les une una mujer; Teyana Taylor. Que tiene una presencia corta y atómica. A Di Caprio lo atrae por la revolución, a Penn por ser el sistema. Aquí se genera un “hilo invisible” que los hará estar enfrentados, buscándose, huyéndose sin saber ni siquiera que están conectados por esa mujer-revolución. Es decir, me parece que en esta película Paul Thomas Anderson consigue refinar al máximo su estrategia narrativa: dos personajes pendulando (Pozos de ambición, The master, etc) + una conexión con una persona que ya no está (El hilo invisible).
La película es una adaptación libre de Thomas Pynchon, quien a priori es inadaptable por su narrativa posmoderna, segmentada, largos desarrollos y pocas ayudas al lector. Las historias de Pynchon siempre tienen muchísima comedia en los diálogos y ciertos cruces de caminos entre personajes cómicamente drogados y otros inevitablemente serios, cosa que la película consigue trasladar. Ya es la segunda adaptación de Pynchon por Paul Thomas Anderson tras Puro vicio (2014), lo cual me llama muchísimo la atención por ser, a priori, estilos narrativos antagónicos.

El problema de las revoluciones, vistas desde la distancia, es que se convierten en pasatiempos de juventud a la par que negocio de quien de verdad mueve los hilos (que no suelen ser jóvenes). Una revolución pone en cuestión el orden establecido. Ese orden, per se, tienen sus propias reglas, servidumbres y réditos. Es decir; el objetivo número uno de una revolución siempre es destruir el statu quo imperante…para luego…generar otro. Pero eso sí, éste, por fin, será gobernado por la élite correcta. Es lo que se llama la ley de hierro de la oligarquía.
Teyana Taylor & Leonardo DiCaprio
Con esto me refiero a que los revolucionarios están especializados en la agitación y destrucción…pero al día siguiente hay un nuevo mañana. Y luego otro. Y otro. La fuerza de los ideales se diluye con el paso de tiempo. Vivir es muy cansado y no se puede estar saltando continuamente. Llega un momento en que el cuerpo te pide sofá, televisión y, si puede ser, ciertas drogas recreativas. Tranquilidad y bienestar…cierto orden. Y el sistema es especialista en proveértelo.

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JGC
6 de junio de 2025
30 de 39 usuarios han encontrado esta crítica útil
Oliver Laxe vuelve con Sirat, su tercer largo, pero ya tiene 2 anteriores bastante potentes e interesantes (Mimosas y Lo que arde). Le gusta incrustar a sus personajes en la naturaleza (ya sea en el desierto en la primera o en una aldea gallega en la segunda). La linealidad le importa menos, por lo que hay que hacer un mayor esfuerzo en entender la causalidad de las acciones de los personajes.

Oliver Laxe ya es pasado, presente y futuro del cine español. Los tres tiempos verbales predominantes que los humanos nos hemos dado entre nosotros para que cuando hablemos nos podamos entender un poco mejor (solo un poco). Si no fuera por ellos podríamos mezclar acciones, hechos y anécdotas como cosas que ya fueron, son o serán y el sistema ante todo necesita un poco de orden. A no ser que seas la industria farmacéutica, que mientras peor estén tus clientes, mejor.

Sirat, flamante Premio del Jurado en Cannes 2025, comienza con una rave y en mitad de ella un padre que busca a su hija. Poco más se va a saber. Todo el metraje se desarrolla en las profundidades de Marruecos. Las imágenes y sonido de la primera mitad son magnéticas, no me hubiera importado un videoclip de 120 minutos. Tecno, desierto, sol, gentes que ante todo viven el presente. Todos estos elementos hacen pensar que la película va sobre algo elevado. Y quizás así sea. Se nos promete un supuesto reencuentro en una segunda rave, pero el camino va a ser largo que...tan largo que...La narrativa en Sirat es secundaria. La imagen y sonido se anteponen a una historia sólida y bien contada.
La película consigue avanzar entre pasajes de road movie y escenas con potente tecno donde los camiones conducen a través del desierto. Todo es muy liberador, y más cuando los personajes escuchan que hay una guerra en otro sitio. Se siente todo muy lejano y ellos se alejan todavía más de todo. Muy apetecible unirse a la escapada, pienso. Yo también quiero. Pero luego pienso que no es tan sencillo ya que huir no es ir a un sitio en cuestión; huir es no parar. Y eso ya cansa un poco.

Hasta aquí todo bien, correcto. Promete. Lo malo es que llega un momento en que aparecen unos golpes de efecto tiranizados por los cánones del guion que te sacan de la transcendencia y te recuerdan que las historias siguen un formato y orden. Una pena porque con la primera mitad se estaba gestando algo original y nunca visto/oído.

Soy de la opinión de que un ser humano no es un estado fijo. Es decir: cuando decimos “yo soy X” es más una pose (automarketing) que otra cosa. Porque en el fondo no sabemos qué somos. Porque lo primero que tendríamos que saber es qué es ser, y luego qué seres podemos llegar a ser. No me queda claro qué quiere ser Sirat por sus dos almas diferenciadas; la primera original y onírica, la segunda farragosa y trillada.
Sergi López & Oliver Laxe
Luego tiene ese final que me reafirma en que la primera alma era la pretendida por el autor. Serán cosas del negocio.

Nota aparte: viendo a tullidos, poco aseados y descarriados no pude dejar de pensar en Luis Buñuel, otro que logró triunfar en Cannes y en Francia. Cosas que ya logra Laxe, por eso es futuro.

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JGC
10 de abril de 2020
22 de 27 usuarios han encontrado esta crítica útil
Las referencias y paralelismos del protagonista de la película y Jesucristo son tan evidentes que no hace falta remarcarlo. En cambio, Malick, confeso devoto, sí que entiende que para que le entre al populacho la complicada idea tenga que meterle 180 minutos de metraje.

“Terrence Malick ha vuelto”, decían. Y desafortunamente, digo yo. El que haya sido el primer auteur americano sigue lidiando con crisis existenciales provocando a los espectadores la suya propia mientras dura su última pieza.

La agonía empieza bien pronto, se dice que está basada en hechos reales. Un granjero austriaco se niega a combatir por la causa nazi. Parece todo fidedigno. Hasta que abren la boca y actores alemanes comienzan a hablar en inglés. No se crean que el embolado acaba ahí, sino que al buenísimo director de La delgada línea roja (1998), se le ocurre que cuando él quiera cambien al alemán. Que suena más feote. Sobre todo en escenas de griterio y de locura moviendo la cámara como si tu sobrino te la hubiera quitado durante unos segundos.
August Diehl
Debe de ser complicado actuar para Malick. Entre los millones de cortes que tienen sus películas al actor no debe darle tiempo a meterse en el papel. August Diehl está bien, apesar de la broma general. Siempre le agradeceré su inolvidable, aunque corta, aparición en Malditos bastardos (2009).

Las escenas abiertas son innegablemente bonitas. Sospecho que si borraran toda la trama se podría haber hecho un documental sobre los alpes austriacos mucho más interesante. En ese caso no hubiera estado rumiando durante 180 minutos porqué un granjero austriaco intercambia el inglés y el alemán con tanta facilidad. Y del paradero del guión.

Me quedaré con Malas Tierras (1973), Días del cielo (1978) y con La delgada línea roja (1998). Lo bueno de haber visto Vida oculta es que ya no tengo que volver a hacerlo.

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JGC
3 de agosto de 2019
32 de 50 usuarios han encontrado esta crítica útil
Existen tres herederos que se merecen tal calificativo de Andrei Tarkosky; el turco Nuri Bilge Ceylan, el ucranio Sergei Loznitsa y el ruso Andrey Zvyagintsev (si conocen alguno más háganmelo saber, por favor). Todos ellos empezaron sus carreras cinematográficas filmando películas de ritmo lento, llenas de silencios y donde la naturaleza tenía un papel primordial en la cinematografía. Películas dónde el alma de los personajes hablaba a través de los ojos y de lo no dicho. De lo sugerido y no mostrado.

Los tres han derivado criticando a sus respectivos países cómo por ejemplo: Érase una vez en Anatolia de Ceylan, Leviatan o Loveless de Zvyagintsev y Sergie Loznitsa con un puñado de documentales. Tarkovsky también lo hizo, pero de forma más soslayada: con individuos atrapados en crisis existenciales no comunicadas y sufridas por dentro.

Loznitsa ha sido arrasado por la época que le ha tocado vivir. Y la cuál no rechaza dar su visión, ya sea con sus prolíficos documentales o con su reciente Donbass.
En la película nos pasea por el territorio ocupado por prorusos en Ucrania. Adentra la cámara en pasos fronterizos, instituciones corrompidas, sótanos antibombas y platos de televisión al aire libre. Porque esa es la guerra del posmodernismo: la verdad es la que más espectadores tiene. Por ello hay que grabar con guiones atentados y falsas declaraciones de actores son tomadas por una nación como una expresión de dominación por Occidente.

A los ucranios occidentales se les llama fascistas. Se requisan todo tipos de activos, ya sean móviles, coches, dinero o pisos. La barbarie descrita es a veces abrumadora. Parece sugerir el director que el fascismo es civilización en una sociedad prostituida. La palabra ha perdido todo su significado. ¿De qué te disuade un comando de prorusos borrachos armados y cargados de alcohol te llame fascista?

Rusia es una nación que es inmortal ya que no se sabe cuanto abarca. A todo lo eslavo ahora se le considera ruso, eso da una legitimación moral para poder intentar anexiones, muchas con éxito. En zonas así, la población habla varios idiomas al estar tan mezclados. Pero siempre el ruso como común denominador. Población nacida en Lituania o Ucrania, con pasaporte de dichos países, se sienten rusos. No es de extrañar ante la realidad gris y deprimente de dichas ex repúblicas soviéticas dónde la corrupción es tan natural como la nieve en invierno. Se fue la URSS y llegaron los políticos corruptos bajo una nueva bandera que lo único que saben hacer es robar dinero mientras ellos siguen siendo igual de pobres. Para ellos, todos esos nuevos estados son una farsa, el único legítimo es la madre rusia. Es una realidad muy compleja, dónde la emoción gana a la razón por su ausencia.
Mientras, los europeos de pro, vemos como estos dislates pasan a nuestro lado. Escuchamos tiros en la habitación de al lado pero nos hacemos los sordos. Sólo cuando la sangre pasa a nuestra habitación por debajo de la puerta es cuando mandamos a la ONU, rememorando a los Balcanes. Pero la ONU también tiene sus límites y sabe que no puede, ni debe quizás, imponerse en dichos territorios tan dominados por la sombra de Rusia. Es por ello que el desenlace de dichos eventos se aventura por desgaste. Cómo la guerra en Siria; quien se quede sin munición y dinero de las superpotencias pierde. Por el contrario, si dichos suministros perduran, los conflictos armados en zonas tan confusas puede acabar siendo interminables.

No hay límites ante la descripción de la barbarie en la zona ocupada, no hay espacio posible para la duda; esos lugares son el infierno. Loznitsa ha hecho su película más política arrastrado por su época. Sabe que es un juego de propaganda y él presenta su pieza.

Esos edificios gubernamentales llenos de soldados con armas en la mano, sacos de arena en los marcos de las ventanas y colas de gente que no se sabe qué hacen ahí. Es difícil pensar que puedan proveer a la población de una estabilidad administrativa a medio plazo, indispensable para vivir.

Por ello la escena de la boda civil bajo la bandera independentista es clave. Así, la mujer es una señorita rubia, histriónica, borracha de alegría ante un público militarizado. Quizás eso sea lo único que pueden dar; un poco de alegría temporal a unas zonas dónde las identidades están tan mezcladas. Dónde la certeza se oculta tras el oscuro cielo. El cuál domina los destinos de los que viven por esas zonas.

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