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Voto de jcarreira17:
4
Voto de jcarreira17:
4
7.6
28,078
Aventuras. Fantástico
Tras la guerra de Troya, el legendario Odiseo emprende el largo y peligroso regreso a su hogar en Ítaca, donde su esposa Penélope y su hijo Telémaco lo esperan desde hace mucho tiempo mientras resguardan el reino de los numerosos pretendientes que acechan el trono. Sin embargo, el camino de vuelta se convertirá en una epopeya legendaria en la que deberá enfrentarse a dioses hostiles y criaturas mitológicas que pondrán a prueba no solo ... [+]
21 de julio de 2026
21 de julio de 2026
22 de 34 usuarios han encontrado esta crítica útil
La profanación de Ítaca. Empuñar de nuevo nuestro inclemente bisturí para destripar lo que no es sino un monumental acto de soberbia. Admiro profundamente la coherencia: mi histórico escepticismo hacia Christopher Nolan —con las honrosas salvedades de la visceral Oppenheimer y el rigor de Dunkerque— encuentra aquí mi justificación y victoria definitiva. Si en su momento aplaudí cómo el británico lograba diseccionar la fisión del alma humana, hoy nos toca ser los verdugos de su desmesurado ego. Mi diagnóstico de esta cinta, guiado por los susurros espectrales de ese lúcido demonio llamado Mark Fisher que me acompañó durante el visionado, no será del agrado de todo el mundo.
Fisher advirtió certeramente que la voracidad de la maquinaria capitalista exige un ritmo de consumo que la mera poiesis de la imaginación humana no puede sostener de forma natural. Y ante esa asfixia creativa, para anular la contradicción, la industria recurre al salvavidas más cínico: la nostalgia mimética. Warner y el propio Nolan ya explotaron esta veta resucitando a Batman tras el batacazo de 1997, y ahora, necesitados de un espectáculo colosal que recaude miles de millones, recurren al viejo truco de vender vino viejo en odres nuevos, mercantilizando la epopeya fundacional de Occidente con un presupuesto superior al PIB de varios países del tercer mundo.
Fisher advirtió certeramente que la voracidad de la maquinaria capitalista exige un ritmo de consumo que la mera poiesis de la imaginación humana no puede sostener de forma natural. Y ante esa asfixia creativa, para anular la contradicción, la industria recurre al salvavidas más cínico: la nostalgia mimética. Warner y el propio Nolan ya explotaron esta veta resucitando a Batman tras el batacazo de 1997, y ahora, necesitados de un espectáculo colosal que recaude miles de millones, recurren al viejo truco de vender vino viejo en odres nuevos, mercantilizando la epopeya fundacional de Occidente con un presupuesto superior al PIB de varios países del tercer mundo.

Ben Safdie
Intentar embutir La Odisea en tres horas de saturado celuloide no es un acto de audacia artística, sino el primer síntoma de un naufragio intelectual. La Odisea no es simplemente un texto literario; es un organismo vivo, una amalgama construida a base de casi tres milenios de transmisión oral, fábulas, relecturas, conspiraciones y muchísima kripsis. El primer pecado capital de esta película radica en que no hay ni un solo rastro de genialidad en su concepción, sino la sombra alargada de una superestructura corporativa que persigue beneficios astronómicos, confirmando todos los presagios de Fisher. Pero la ofensa se agrava al adentrarnos en su segundo pecado: la arrogancia de pretender reinventar los cimientos mismos de nuestro mundo. Intentar reescribir a Homero bajo la lente de un autor contemporáneo es el acto supremo de hybris, el pecado clásico de creerse Dios. Los dioses no habitan en el Olimpo, son un producto de los propios humanos, y por ello nos corresponde a nosotros, los mortales atrapados en la butaca, propinarle a Nolan una merecida y rotunda bofetada metafórica por haberse excedido en su megalomanía.

Sin embargo, es en mi análisis sobre la especificidad del medio donde creo dar en el blanco ontológico más brillante de toda la crítica. Un ejemplo que creo que es desarmante: la escultura del Laocoonte. Aquella pieza de mármol es la quintaesencia del clasicismo precisamente porque le otorgó rostro e imagen, por primera vez, a un relato milenario. No se adecúa a un molde, es el molde originario. El cine, por el contrario, llega con miles de años de retraso a este combate. Cuando Nolan intenta capturar La Odisea a través de su mastodóntica lente, comete el gravísimo error de ignorar que nosotros ya tenemos nuestra propia película prefigurada en la mente. La imaginación humana, empujada y performada por la palabra escrita y oral durante decenas de siglos, es un ente autónomo con una pregnancia inabarcable. Ya hemos dibujado las tormentas de Poseidón y los acantilados de Ítaca en nuestra conciencia. El pecado imperdonable de Nolan es suponer que su grandilocuencia visual puede sobreescribir esa herencia colectiva; su obra será eternamente "su" lectura parcial, pero jamás logrará trascender para formar parte del mito occidental.
Es bajo este prisma de disonancia cultural profunda donde se debe interpretar el grito en el cielo que ha puesto buena parte del público ante el hecho de que Helena de Troya sea interpretada por una actriz negra (Lupita Nyong'o). En pleno siglo XXI, con más de cien años de lenguaje cinematográfico a nuestras espaldas, todos comprendemos que habitamos el terreno de la representación, el mundo de las máscaras, y que no se exige una estricta correspondencia realista o biológica entre el actor y el personaje. Sin embargo, al recaer sobre un mito que lleva tres mil años moldeando la intuición colectiva de Occidente, esta decisión resulta radicalmente contraintuitiva para el subconsciente del espectador. La envergadura del pulso que Nolan le echa a toda la humanidad es tal, desafiando iconografías milenarias con semejante arrogancia, que somete a la obra a una lupa implacable, un escrutinio feroz que jamás le aplicaríamos a empresas cinematográficas menos pretenciosas.
Concluyo sumándome sin reservas al insobornable purismo mitológico. Si en su día ya defenestramos barbaridades estéticas y narrativas como Troya o Alejandro Magno por domesticar la leyenda, aquí no haremos excepciones. Por mucho que el establishment de Hollywood o algún catedrático en griego se muestren complacientes, hoy nos enfundamos nuestro mejor traje de verdugos críticos para mirar directamente a los ojos de Christopher Nolan, plantarle cara a su desafío a la sabiduría milenaria y soltarle un tajante, seco e irrevocable: ¡No! Un aprobado llorón/suspenso de puntuación es el único veredicto lícito para un espejismo carísimo que nos demuestra que la modalidad de lo contingente en el cine, por muchos millones que invierta, jamás podrá usurpar el trono de nuestra propia, sagrada e imposible imaginación. Nunca había visto una película sobre La Odisea ya atesoraba miles de escenas en mi sesera, sin necesidad de cámaras, solo de letra y de una cabeza que las disfrute. En este caso, el cine ha perdido.
Es bajo este prisma de disonancia cultural profunda donde se debe interpretar el grito en el cielo que ha puesto buena parte del público ante el hecho de que Helena de Troya sea interpretada por una actriz negra (Lupita Nyong'o). En pleno siglo XXI, con más de cien años de lenguaje cinematográfico a nuestras espaldas, todos comprendemos que habitamos el terreno de la representación, el mundo de las máscaras, y que no se exige una estricta correspondencia realista o biológica entre el actor y el personaje. Sin embargo, al recaer sobre un mito que lleva tres mil años moldeando la intuición colectiva de Occidente, esta decisión resulta radicalmente contraintuitiva para el subconsciente del espectador. La envergadura del pulso que Nolan le echa a toda la humanidad es tal, desafiando iconografías milenarias con semejante arrogancia, que somete a la obra a una lupa implacable, un escrutinio feroz que jamás le aplicaríamos a empresas cinematográficas menos pretenciosas.
Concluyo sumándome sin reservas al insobornable purismo mitológico. Si en su día ya defenestramos barbaridades estéticas y narrativas como Troya o Alejandro Magno por domesticar la leyenda, aquí no haremos excepciones. Por mucho que el establishment de Hollywood o algún catedrático en griego se muestren complacientes, hoy nos enfundamos nuestro mejor traje de verdugos críticos para mirar directamente a los ojos de Christopher Nolan, plantarle cara a su desafío a la sabiduría milenaria y soltarle un tajante, seco e irrevocable: ¡No! Un aprobado llorón/suspenso de puntuación es el único veredicto lícito para un espejismo carísimo que nos demuestra que la modalidad de lo contingente en el cine, por muchos millones que invierta, jamás podrá usurpar el trono de nuestra propia, sagrada e imposible imaginación. Nunca había visto una película sobre La Odisea ya atesoraba miles de escenas en mi sesera, sin necesidad de cámaras, solo de letra y de una cabeza que las disfrute. En este caso, el cine ha perdido.
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