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Voto de Revista Contraste:
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3
Drama Año 1974. Ana tiene 19 años, vive en Barcelona y es -a ojos de su acomodada familia- una chica rebelde. Tras una fuga nocturna, su padre decide ponerla en manos del Patronato de protección a la Mujer, institución especializada en “mujeres caídas o en riesgo de caer”. Ana es trasladada a Madrid para ser internada en un reformatorio regentado por monjas y sometida a un brutal régimen disciplinario. Allí tratará de sobrevivir ... [+]
4 de noviembre de 2026
3 de 9 usuarios han encontrado esta crítica útil
Parece que, cuando el franquismo ha terminado, el control sigue en pie. En este contexto se inscribe la biografía de Ana: un relato ficcionado sobre una joven que ingresa en un centro regentado por monjas en Madrid, una especie de “cárcel” para mujeres de “mala vida” que tiene como misión enderezarlas. Todo ello después de que su padre, rígido y racional, y su madre, más laxa, le hayan negado la posibilidad de no volver a escaparse de fiesta a escondidas. Unos progenitores que, por cierto, apenas vuelven a aparecer en las dos horas y cuarto que dura esta larguísima propuesta.

En este sentido, Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría caen en una encadenación de malas decisiones: personajes que no evolucionan y excesos dramáticos que delimitan de forma radical quiénes son las buenas y quiénes las malas. Se impone así un maniqueísmo forzado y exagerado en el que el franquismo y lo religioso —especialmente encarnado en el personaje de la madre superiora— representan el mal, mientras que las jóvenes internadas encarnan el lado bueno.
Otra decisión cuestionable es la duración, que se suma a una narración caricaturesca y carente de dirección. El espectador asiste a una sucesión de escenas que apenas contribuyen al desarrollo de la trama: no queda claro qué quiere contar la película ni hacia dónde se dirige. Y cuando parece que ha llegado a su desenlace, todavía queda prácticamente media hora de metraje. Su posicionamiento claramente anticlerical y antifranquista deja también espacio para introducir el lesbianismo, en un desarrollo que parece responder más a un deseo de reforzar su discurso ideológico que a una verdadera necesidad cinematográfica. Así, queda una visión poco realista y carente de matices de la historia, con sus grises, que vuelve a dividir a España entre “lo convencional” y “lo progresista”.

Todas estas decisiones terminan dando lugar a una cinta sin verdadero calado dramático, poco verosímil y que, pese a apoyarse en determinados elementos históricos y contar con un buen diseño de producción, los presenta desde una mirada claramente sesgada y burlesca. Al final, solo se salvan las interpretaciones de Zoe Bonafonte y Manuela Calle, que, al margen de las debilidades del argumento, actúan con gran solvencia.
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