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Aventuras. Drama
Magallanes es un navegante portugués que se rebela contra el poder del Rey, que no apoya sus sueños de descubrir el mundo a comienzos del siglo XVI. Convence a la Corona española para que apoye su audaz expedición a las legendarias tierras de Oriente. Sus sueños son lo primero. El viaje es más agotador de lo esperado, con hambre y motines que llevan a la tripulación al límite de sus fuerzas. Al llegar a las islas del archipiélago ... [+]
9 de julio de 2026
9 de julio de 2026
4 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
La Corona española contrató a Magallanes para encontrar un paso a través del continente americano —del que apenas se sabía nada y que ni siquiera estaba cartografiado— con el objetivo de llegar a las Islas de las Especias, en Asia. No para dar la vuelta al orbe. Eso fue obra de un tal Elcano, quien, al mando de la nao Victoria, decidió jugársela regresando por el Cabo de Buena Esperanza (o de las Tormentas) y, pese a ser perseguido por la flota portuguesa a lo largo de la costa occidental africana, logró arribar a Sanlúcar de Barrameda en 1522, cargado de especias. Cuatro años después de la partida de la expedición, en 1519. De las cinco naves que zarparon de España, solo regresó la Victoria.
Magallanes descubrió el estrecho que lleva su nombre, protagoniza numerosas biografías —entre ellas la del almibarado Zweig— y fue homenajeado por Portugal en 2022, sin el menor complejo. Lo comento porque aquí un acontecimiento capital como este apenas pasó de puntillas. Precisamente en 2019 estuvimos en Sanlúcar de Barrameda y recuerdo algunos actos conmemorativos de la salida de la expedición tratados casi como una "cosa andaluza".
Magallanes descubrió el estrecho que lleva su nombre, protagoniza numerosas biografías —entre ellas la del almibarado Zweig— y fue homenajeado por Portugal en 2022, sin el menor complejo. Lo comento porque aquí un acontecimiento capital como este apenas pasó de puntillas. Precisamente en 2019 estuvimos en Sanlúcar de Barrameda y recuerdo algunos actos conmemorativos de la salida de la expedición tratados casi como una "cosa andaluza".

Gael García Bernal
Magallanes, por cierto, no tuvo un final feliz. Acabó enredado en un conflicto tribal en lo que hoy son las Filipinas. Habitadas, naturalmente, por almas prístinas, seres de luz y buenos salvajes que vivían en perfecta armonía con la naturaleza. Al menos eso sostenía Rousseau —que, si no me equivoco, apenas salió de Francia, pero era un gran filósofo, no lo duden—. Para los interesados, basta consultar Wikipedia: "Batalla de Mactán" y, ya de paso, "Lapu-Lapu".
A diferencia de Elcano, del que parece acordarse únicamente la Armada con su buque escuela, Magallanes goza de un reconocimiento muy superior: hasta una sonda espacial lleva su nombre. Hombre, hombre, la anglosfera siempre ha sentido cierta debilidad por Portugal.
Así que Lav Díaz habrá pensado que tocaba "deconstruir" al personaje de Magallanes. No como a Harry —eso se lo dejamos a Woody Allen—, sino siguiendo ese tono maniqueo tan en boga: anticolonial, posmoderno, comme il faut. Gracias, Lav.
A diferencia de Elcano, del que parece acordarse únicamente la Armada con su buque escuela, Magallanes goza de un reconocimiento muy superior: hasta una sonda espacial lleva su nombre. Hombre, hombre, la anglosfera siempre ha sentido cierta debilidad por Portugal.
Así que Lav Díaz habrá pensado que tocaba "deconstruir" al personaje de Magallanes. No como a Harry —eso se lo dejamos a Woody Allen—, sino siguiendo ese tono maniqueo tan en boga: anticolonial, posmoderno, comme il faut. Gracias, Lav.

Gael García Bernal
La película de Lav Díaz es "hipnotizante", según reza el cartel. En mi opinión, está fuertemente inspirada en el estilo de Malick. Pero de garrafa. Es extraordinariamente "atmosférica": uno empieza a flotar sobre una nube de algodón antes incluso de que aparezca el primer barco. Relajante como un masaje. Y qué decir de los diálogos y del guion, tan eclécticos, que por supuesto despachan al pobre Elcano con la misma generosidad que la serie de Amazon: imagino que ya tuvo allí su cuota de protagonismo.
La cinta se toma su tiempo. Sus buenas casi tres horazas. Tiempo más que suficiente para mecerte en la butaca mientras la brisa provocada por los ronquidos de algún espectador acompaña la travesía. Están esas miradas perdidas hacia el infinito. Esos horizontes inalcanzables. Esas olas que van y vienen. Resulta difícil describir semejante espesura contemplativa. Cuánta introspección. Cuánta mirada deconstructiva. Cuánto Foucault. Cuánto Derrida. ¡Oh, capitán, mi capitán!
En resumen: un oceánico tostón de película.
La cinta se toma su tiempo. Sus buenas casi tres horazas. Tiempo más que suficiente para mecerte en la butaca mientras la brisa provocada por los ronquidos de algún espectador acompaña la travesía. Están esas miradas perdidas hacia el infinito. Esos horizontes inalcanzables. Esas olas que van y vienen. Resulta difícil describir semejante espesura contemplativa. Cuánta introspección. Cuánta mirada deconstructiva. Cuánto Foucault. Cuánto Derrida. ¡Oh, capitán, mi capitán!
En resumen: un oceánico tostón de película.
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