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Voto de avellanal:
3
Voto de avellanal:
3
3.9
398
26 de abril de 2025
26 de abril de 2025
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En "Comodines", el cine argentino de mediados de los noventa intentó emular sin éxito el modelo de las buddy movies policiales de Hollywood —ese subgénero que consagraron duplas como Mel Gibson y Danny Glover en "Lethal Weapon"—, pero el resultado fue un ejercicio fallido de imitación, que deja al descubierto todas sus limitaciones desde la primera escena. La película exhibe una falta alarmante de identidad propia: todo parece concebido para reproducir clichés estadounidenses sin la más mínima adaptación a la idiosincrasia local, lo que genera un híbrido desangelado que naufraga en su propio artificio.
Adrián Suar, quien además de protagonizar también produce, ofrece aquí una de las primeras actuaciones más pobres de su trayectoria. Suar carece de la ductilidad y presencia que un personaje de acción mínimamente requiere: su expresión corporal rígida, su dicción carente de ritmo y su absoluta falta de naturalidad dramática hacen que cada una de sus intervenciones resulte incómoda de ver. Sorprendentemente, Carlos Calvo —de quien podría esperarse al menos algo de oficio— apenas si consigue aportar un matiz de mayor carisma, pero su interpretación tampoco logra escapar del trazo grueso, el lugar común y una preocupante falta de verosimilitud. Ambos actores parecen perdidos en un género que les es ajeno, arrastrando sus tics televisivos hacia un terreno que exige recursos expresivos mucho más sólidos.
Los gags entre ambos protagonistas, lejos de resultar graciosos o de fluir naturalmente, refuerzan aún más las limitaciones del film. No sólo carecen de ritmo y timing cómico, sino que tampoco exhiben la clásica picardía argentina que podría esperarse de dos comediantes experimentados en televisión como Suar y Calvo. La contracara absoluta de esta película —en ese aspecto y en casi todos los demás— llegaría pocos años después con "Nueve reinas", la obra maestra de Fabián Bielinsky, impulsada por la brillante dupla actoral de Ricardo Darín y Gastón Pauls. Ese contraste deja al descubierto un hecho ineludible: no se trata de falta de recursos económicos, sino de la ausencia total de una mirada creativa capaz de articular humor y tensión dramática sin caer en la caricatura.
Lo más sorprendente —y también lo más doloroso— es encontrar la firma de Ricardo Piglia en el guión de semejante dislate. Que uno de los más lúcidos narradores argentinos haya participado de un libreto repleto de lugares comunes, diálogos de cartón piedra y situaciones absurdas es, por decir lo menos, un misterio digno de novela policial. Su intervención parece más un gesto simbólico que un verdadero aporte literario, porque en ningún momento se percibe la sofisticación narrativa ni la densidad conceptual que caracterizan su obra. El guión carece por completo de tensión, ironía o ambigüedad, atributos que hubiesen aliviado la chatura general.
Ni siquiera el oficio de actores como Víctor Laplace y Rodolfo Ranni —dos intérpretes sólidos, respetados, que en otros contextos han elevado películas mediocres— alcanza para disimular el desastre generalizado. Aunque ambos aportan profesionalismo, su presencia es incapaz de torcer el rumbo de una historia que ya desde su concepción parece condenada al ridículo. Su intervención termina reducida a roles meramente funcionales, desprovistos de todo espesor dramático, como piezas intercambiables en un engranaje que nunca llega a funcionar.
Sobre la dupla de directores, Jorge Nisco y Daniel Barone, cabe señalar que tras este filme se consolidaron como realizadores recurrentes en las producciones costumbristas de PolKa, la productora de Suar. Su recorrido posterior fue igual de errático, con algunas honrosas excepciones, pero en "Comodines" queda clara su falta de pericia para sostener un relato cinematográfico de acción con una mínima eficacia. La puesta en escena carece de ritmo y de planificación visual: la cámara se mueve sin propósito, el montaje no genera tensión y la estética parece más cercana a una telenovela con presupuesto inflado que a un largometraje de género.
Adrián Suar, quien además de protagonizar también produce, ofrece aquí una de las primeras actuaciones más pobres de su trayectoria. Suar carece de la ductilidad y presencia que un personaje de acción mínimamente requiere: su expresión corporal rígida, su dicción carente de ritmo y su absoluta falta de naturalidad dramática hacen que cada una de sus intervenciones resulte incómoda de ver. Sorprendentemente, Carlos Calvo —de quien podría esperarse al menos algo de oficio— apenas si consigue aportar un matiz de mayor carisma, pero su interpretación tampoco logra escapar del trazo grueso, el lugar común y una preocupante falta de verosimilitud. Ambos actores parecen perdidos en un género que les es ajeno, arrastrando sus tics televisivos hacia un terreno que exige recursos expresivos mucho más sólidos.
Los gags entre ambos protagonistas, lejos de resultar graciosos o de fluir naturalmente, refuerzan aún más las limitaciones del film. No sólo carecen de ritmo y timing cómico, sino que tampoco exhiben la clásica picardía argentina que podría esperarse de dos comediantes experimentados en televisión como Suar y Calvo. La contracara absoluta de esta película —en ese aspecto y en casi todos los demás— llegaría pocos años después con "Nueve reinas", la obra maestra de Fabián Bielinsky, impulsada por la brillante dupla actoral de Ricardo Darín y Gastón Pauls. Ese contraste deja al descubierto un hecho ineludible: no se trata de falta de recursos económicos, sino de la ausencia total de una mirada creativa capaz de articular humor y tensión dramática sin caer en la caricatura.
Lo más sorprendente —y también lo más doloroso— es encontrar la firma de Ricardo Piglia en el guión de semejante dislate. Que uno de los más lúcidos narradores argentinos haya participado de un libreto repleto de lugares comunes, diálogos de cartón piedra y situaciones absurdas es, por decir lo menos, un misterio digno de novela policial. Su intervención parece más un gesto simbólico que un verdadero aporte literario, porque en ningún momento se percibe la sofisticación narrativa ni la densidad conceptual que caracterizan su obra. El guión carece por completo de tensión, ironía o ambigüedad, atributos que hubiesen aliviado la chatura general.
Ni siquiera el oficio de actores como Víctor Laplace y Rodolfo Ranni —dos intérpretes sólidos, respetados, que en otros contextos han elevado películas mediocres— alcanza para disimular el desastre generalizado. Aunque ambos aportan profesionalismo, su presencia es incapaz de torcer el rumbo de una historia que ya desde su concepción parece condenada al ridículo. Su intervención termina reducida a roles meramente funcionales, desprovistos de todo espesor dramático, como piezas intercambiables en un engranaje que nunca llega a funcionar.
Sobre la dupla de directores, Jorge Nisco y Daniel Barone, cabe señalar que tras este filme se consolidaron como realizadores recurrentes en las producciones costumbristas de PolKa, la productora de Suar. Su recorrido posterior fue igual de errático, con algunas honrosas excepciones, pero en "Comodines" queda clara su falta de pericia para sostener un relato cinematográfico de acción con una mínima eficacia. La puesta en escena carece de ritmo y de planificación visual: la cámara se mueve sin propósito, el montaje no genera tensión y la estética parece más cercana a una telenovela con presupuesto inflado que a un largometraje de género.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Las escenas de acción, abundantes en explosiones, persecuciones y helicópteros, sólo consiguen subrayar la falta de alma de la película: son fuegos artificiales vacíos, sin el menor sostén emocional o narrativo. "Comodines" no es únicamente una mala película de acción: es una dolorosa evidencia de cómo la ambición de copiar fórmulas exitosas puede desembocar en un producto insípido, ruidoso y absolutamente olvidable. Incluso en sus momentos de mayor despliegue técnico, la película se traiciona a sí misma, porque detrás del estruendo se percibe un vacío creativo que ninguna pirotecnia puede disimular.
En definitiva, "Comodines" evidencia los riesgos de apostar a la imitación en lugar de la creación: un proyecto que privilegia la apariencia sobre la sustancia, deslumbrado por el artificio y carente de la solidez narrativa indispensable para sostener cualquier relato. Es cine concebido como producto, sin respiración, sin riesgo, sin alma. Y lo peor: con la convicción de que bastaba con copiar para triunfar.
En definitiva, "Comodines" evidencia los riesgos de apostar a la imitación en lugar de la creación: un proyecto que privilegia la apariencia sobre la sustancia, deslumbrado por el artificio y carente de la solidez narrativa indispensable para sostener cualquier relato. Es cine concebido como producto, sin respiración, sin riesgo, sin alma. Y lo peor: con la convicción de que bastaba con copiar para triunfar.
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