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Voto de Palomitas Rancias :
6
Voto de Palomitas Rancias :
6
Intriga. Drama En 1972, dos jóvenes periodistas del diario The Washington Post, Bob Woodward (Robert Redford) y Carl Bernstein (Dustin Hoffman), comienzan a investigar lo que parece ser un simple allanamiento del cuartel general del Partido Demócrata en Washington. Sus descubrimientos desencadenan el llamado 'caso Watergate', que provocó la dimisión del presidente Richard Nixon. (FILMAFFINITY)
16 de septiembre de 2025 2 de 2 usuarios han encontrado esta crítica útil
Todos los hombres del presidente, dirigida por Alan Pakula, es un clásico del thriller político estadounidense que, sin embargo, se siente hoy como un artefacto a medio camino entre la precisión formal y la dispersión narrativa. Es una película de atmósferas, silencios y penumbras (sostenida en la mirada clínica de Gordon Willis y en el tempo deliberadamente frío de Pakula), pero también una obra que en su empeño documental termina por abrumar, más admirable que fascinante. Vista con la perspectiva del tiempo, se alza como pieza fundacional de la mitología periodística norteamericana y, al mismo tiempo, como un retrato incompleto y confuso de un escándalo cuyas ramificaciones siguen discutiéndose medio siglo después.

Desde el primer plano (los flashes de una linterna que interrumpen la penumbra en la sede del Partido Demócrata) Pakula anuncia que la película no será sobre la acción, sino sobre las huellas invisibles que deja el poder cuando opera en la sombra. La investigación que emprenden Bob Woodward y Carl Bernstein, encarnados por Robert Redford y Dustin Hoffman, se convierte en un viaje a través de nombres, llamadas y pasillos sin fin. Todo arranca como un robo de apariencia banal, pero pronto se transforma en un laberinto burocrático que apunta a la Casa Blanca. El problema, narrativamente, es que esa madeja de cargos y siglas se filma casi sin concesiones al espectador, pues se citan nombres y descubrimientos con un ritmo que a veces resulta ilegible, como si la película quisiera hacernos experimentar el mismo desconcierto que los reporteros, aunque ello suponga perder claridad en la narración.
Robert Redford & Dustin Hoffman
Redford y Hoffman sostienen la función con convicción. El primero transmite la obsesión meticulosa de Woodward, mientras que Hoffman aporta la energía nerviosa de Bernstein, formando juntos un dúo dinámico que encarna la ética del oficio periodístico. Pero sus personajes, más que sujetos dramáticos, son vehículos para mostrar el método: llamadas interminables, anotaciones, visitas a fuentes. No hay espacio para conflictos personales ni para el retrato íntimo, son periodistas reducidos al acto de investigar, figuras funcionales que encajan con la vocación casi documental del film.

El guion, al retenerse en el 72-73 y no mostrar la caída final de Nixon, queda incompleto. En su momento, esa elección respondía a un respeto por la inmediatez histórica, pues la película se rodó cuando la herida aún estaba abierta. Hoy, con el archivo disponible y con nuevas informaciones sobre el papel de la CIA, la implicación de John Dean como arquitecto del encubrimiento o el carácter fragmentario de las cintas, el relato de Pakula parece incluso más opaco. La ironía es que lo que en los 70 se presentó como un descubrimiento monumental, con el tiempo se ha revelado como una operación mucho más confusa, con agencias enfrentadas y un Nixon más atrapado que orquestador. La película, al no mostrar nada de esto, queda como monumento a la versión oficial, una historia donde la prensa aparece como faro de verdad, aunque la verdad misma aún siga en disputa.
A nivel formal, la obra sigue siendo admirable. La cámara de Willis encierra a los personajes en la geometría del poder: techos inmensos, despachos laberínticos, planos lejanos que reducen a los reporteros a hormigas frente a la maquinaria del Estado. El montaje, sobrio, rehúye el impacto y construye suspense a partir de la repetición. El gran hallazgo visual llega en la secuencia final, pues vemos que mientras Nixon jura su cargo en televisión, Woodward y Bernstein teclean sin cesar en un rincón de la redacción. Televisión como propaganda, prensa como búsqueda. Una síntesis brutal de los medios en pugna por definir la verdad.

En lo temático, la película es tanto una elegía del periodismo de investigación como una advertencia de que el poder siempre se camufla, siempre se protege, y el acceso a la verdad es tortuoso. Pakula muestra que lo que se ve y lo que se oye rara vez coincide, y la verdad debe ser excavada con paciencia. Y sin embargo, con el tiempo, sabemos que incluso esa verdad periodística fue parcial, moldeada por agendas institucionales más grandes que los reporteros mismos.

En definitiva, Todos los hombres del presidente es una película de referencia obligada, pero también una obra con defectos claros: densa, repetitiva, más fascinante como documento histórico que como narración cinematográfica. Su virtud es recordarnos que el poder se esconde en las sombras y que el periodismo, aun limitado, puede arrojar luz. Su defecto, que esa luz rara vez ilumina todo el cuadro. Por eso, más que un thriller perfecto, es un eco del Watergate, una obra seria y honesta, pero finalmente insuficiente. Una pieza valiosa mas por su significado que por su fuerza como experiencia fílmica.
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