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Voto de Luis Guillermo Cardona:
9
Voto de Luis Guillermo Cardona:
9
7.4
3,170
8 de septiembre de 2017
8 de septiembre de 2017
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Durante la II Guerra Mundial, Ray Rigby (1916-1995), prestó su servicio como soldado con el Octavo Regimiento Británico en África del Norte, pero, varios comportamientos suyos que se asumieron como grave desobediencia, lo llevaron a centros de castigo en dos ocasiones… y estas experiencias, fueron tomando forma años después, hasta que se convirtieron en “The Hill” (La Colina, 1965), una novela que, él mismo trasladaría a guion cinematográfico (con la colaboración de R.S. Allen), y con el cual ganaría el premio a Mejor Guion en Cannes, tras ser rodado por el gran director, Sidney Lumet, quien logró, con esta historia, un impactante y dramático alegato contra los abusos de poder.
El sadismo y la prepotencia de ciertos militares es, aquí, efectivamente recreado, y el racismo, la discriminación y otros abominables atrasos ideológicos, dejarán su profunda y lesiva huella en un alegato antimilitarista de primera línea. En esa “sencillez argumental” que podría reducirse a dos palabras: contravención y castigo, la historia se va desarrollando en un crescendo perfectamente estructurado que demuestra como, para el hombre con impulsos sádicos, el más mínimo acto de insubordinación o irrespeto, le sirve de motivo para dar rienda suelta a sus irreprimibles afanes de maltrato y de tortura, los cuales él justifica plenamente, pues, está “en cumplimiento de su deber”… y si, además cuenta con el respaldo de su superior quien, no asume, pero acoge con beneplácito tales procedimientos -expresión inconsciente de un delirio de grandeza que le hace sentir que tiene poder sobre oficiales y prisioneros-, los desmanes y abusos estarán siempre al orden del día.
El sadismo y la prepotencia de ciertos militares es, aquí, efectivamente recreado, y el racismo, la discriminación y otros abominables atrasos ideológicos, dejarán su profunda y lesiva huella en un alegato antimilitarista de primera línea. En esa “sencillez argumental” que podría reducirse a dos palabras: contravención y castigo, la historia se va desarrollando en un crescendo perfectamente estructurado que demuestra como, para el hombre con impulsos sádicos, el más mínimo acto de insubordinación o irrespeto, le sirve de motivo para dar rienda suelta a sus irreprimibles afanes de maltrato y de tortura, los cuales él justifica plenamente, pues, está “en cumplimiento de su deber”… y si, además cuenta con el respaldo de su superior quien, no asume, pero acoge con beneplácito tales procedimientos -expresión inconsciente de un delirio de grandeza que le hace sentir que tiene poder sobre oficiales y prisioneros-, los desmanes y abusos estarán siempre al orden del día.

Sean Connery
El drama transcurre en un campo disciplinario inglés localizado en el desierto de Libia (aunque se rodó en locación en Almería, España) y en el centro de este campo, una colina artificial -construida por los propios prisioneros con arena y piedra que fueron llevando durante mucho tiempo- servirá de máximo castigo, haciendo que, los indisciplinados de turno, la suban y desciendan durante horas enteras.
La película brilla con su magnífica composición de planos desde los títulos de crédito: un plano-secuencia que, desde el interior, ilustra como los hombres desfallecen con el castigo en la colina, y luego se aleja para mostrarnos el campo en su plenitud hasta salir al exterior. Luego, esos tonos grises y esos fuertes primeros planos de rostros distorsionados como reflejo del infierno que constituye aquel “reformatorio”; y como su punto más fuerte, las magníficas interpretaciones de Harry Andrews como el prepotente sargento mayor Wilson; Ian Hendry, el irredimible sargento Williams; Sean Connery -feliz de zafarse del estigma de James Bond-, poniéndose en el rol de un insubordinado con causa, el cual me recordó la frase que recientemente leí en “Tres hermanas” de Antón Chéjov: “… y el rebelde buscaba la tormenta como si para él trajese la calma”; y entre otros, Ossie Davis, quien, como Jacko King, quizás sea la suerte de impulso que necesita, Joe Roberts, para seguir adelante con su cometido.
La película brilla con su magnífica composición de planos desde los títulos de crédito: un plano-secuencia que, desde el interior, ilustra como los hombres desfallecen con el castigo en la colina, y luego se aleja para mostrarnos el campo en su plenitud hasta salir al exterior. Luego, esos tonos grises y esos fuertes primeros planos de rostros distorsionados como reflejo del infierno que constituye aquel “reformatorio”; y como su punto más fuerte, las magníficas interpretaciones de Harry Andrews como el prepotente sargento mayor Wilson; Ian Hendry, el irredimible sargento Williams; Sean Connery -feliz de zafarse del estigma de James Bond-, poniéndose en el rol de un insubordinado con causa, el cual me recordó la frase que recientemente leí en “Tres hermanas” de Antón Chéjov: “… y el rebelde buscaba la tormenta como si para él trajese la calma”; y entre otros, Ossie Davis, quien, como Jacko King, quizás sea la suerte de impulso que necesita, Joe Roberts, para seguir adelante con su cometido.
“LA COLINA” es, pues, un filme de gran fuerza dramática, hecho con el vigor de un director que, por aquellos años, estaba haciendo historia.
Título para Latinoamérica: LA COLINA DE LA DESHONRA
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