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Voto de TOM REGAN:
6
Voto de TOM REGAN:
6
7.3
16,200
6 de febrero de 2026
6 de febrero de 2026
12 de 13 usuarios han encontrado esta crítica útil
81/13(06/02/26) Esta es una película impecablemente filmada, pulcramente interpretada y profundamente fallida. Un ejercicio de solemnidad hueca que confunde el silencio con la profundidad, el dolor con la emoción y la belleza con el sentido; un film que promete una inmersión humana en el origen de “Hamlet” y acaba siendo un catálogo de estampas fúnebres donde Shakespeare, paradójicamente, apenas existe.
No es una mala película. Ese es quizá su pecado mayor. “Hamnet” funciona, escena a escena, plano a plano, como un objeto respetable, prestigioso, diseñado para el aplauso crítico y el circuito de premios, pero carece de nervio, de riesgo emocional y de verdadera necesidad dramática. Chloé Zhao entrega aquí una obra impostadamente grave, donde la tragedia se diluye en contemplación y el duelo se convierte en un concepto estético antes que en una experiencia viva. El resultado es un film frío, pretencioso, alargado y, sobre todo, decepcionante en su ambición: menos habría sido más.
No es una mala película. Ese es quizá su pecado mayor. “Hamnet” funciona, escena a escena, plano a plano, como un objeto respetable, prestigioso, diseñado para el aplauso crítico y el circuito de premios, pero carece de nervio, de riesgo emocional y de verdadera necesidad dramática. Chloé Zhao entrega aquí una obra impostadamente grave, donde la tragedia se diluye en contemplación y el duelo se convierte en un concepto estético antes que en una experiencia viva. El resultado es un film frío, pretencioso, alargado y, sobre todo, decepcionante en su ambición: menos habría sido más.

Jessie Buckley
“Hamnet” nace con todos los mimbres del “gran film importante”: adaptación de una novela celebrada, “Hamnet” de Maggie O’Farrell, guion coescrito por la propia autora junto a Zhao, producción de Amblin Entertainment (Steven Spielberg), distribución de Focus Features y una clara vocación de temporada de premios. Todo está calculado. Todo está medido. Todo, menos el pulso.
La novela de O’Farrell proponía una relectura íntima y femenina del mito shakespeariano, desplazando el foco del genio al duelo silencioso de Agnes Hathaway. Zhao recoge esa premisa, pero la traduce al lenguaje más cómodo de su cine reciente: planos largos, personajes suspendidos en el tiempo, naturaleza como refugio espiritual y una espiritualidad difusa que pretende sustituir al conflicto dramático. El problema es que aquí no estamos ante vagabundos contemporáneos ni paisajes fronterizos, sino ante una tragedia familiar concreta, histórica, devastadora. Y Zhao la filma como si el dolor fuera una abstracción.
La novela de O’Farrell proponía una relectura íntima y femenina del mito shakespeariano, desplazando el foco del genio al duelo silencioso de Agnes Hathaway. Zhao recoge esa premisa, pero la traduce al lenguaje más cómodo de su cine reciente: planos largos, personajes suspendidos en el tiempo, naturaleza como refugio espiritual y una espiritualidad difusa que pretende sustituir al conflicto dramático. El problema es que aquí no estamos ante vagabundos contemporáneos ni paisajes fronterizos, sino ante una tragedia familiar concreta, histórica, devastadora. Y Zhao la filma como si el dolor fuera una abstracción.

La producción es lujosa sin parecerlo, austera sin serlo realmente. Todo respira “cine serio”, “cine importante”, “cine que no se discute”. Y ahí empieza la trampa.
La reconstrucción del siglo XVI es irreprochable. El trabajo de diseño de producción de Fiona Crombie (“La favorita”) construye un mundo rural estilizado, casi despoblado, donde Stratford-upon-Avon parece más una instalación artística que una comunidad viva. La réplica del Globe Theatre, levantada en Elstree Studios, es eficaz, funcional y deliberadamente menos ornamentada que el original, en línea con la sobriedad que Zhao persigue… y fuerza.
La fotografía de Łukasz Żal (“Ida”) es, sin discusión, uno de los grandes valores del film. Cada plano parece concebido para ser enmarcado: interiores bañados por una luz vermeeriana, exteriores donde el bosque funciona como útero, templo y metáfora universal. El problema no es la belleza, sino su acumulación. Plano bello tras plano bello, sin progresión emocional, sin variación rítmica, sin contraste. La imagen acaba anestesiando.
La música de Max Richter (“Arrival”) opera como muleta emocional. Su omnipresente “On the Nature of Daylight” —ya gastada hasta el tuétano por el cine contemporáneo— subraya lo que la puesta en escena no logra transmitir. No acompaña: ordena sentir. Y cuando una película necesita ordenar la emoción, es que ha fracasado en generarla.
Jessie Buckley compone una Agnes Hathaway intensa, física, feral. Es una interpretación generosa, entregada, incluso excesiva por momentos. Buckley grita, llora, se retuerce, mira al vacío. Hace todo lo que se espera de ella. El problema es que el personaje está escrito como un arquetipo: la mujer conectada con la naturaleza, la sanadora, la bruja incomprendida, la madre doliente elevada a símbolo. Agnes no evoluciona: permanece.
Paul Mescal convierte a William Shakespeare en una presencia fantasmal. Un hombre que entra y sale de la historia, ausente incluso cuando está en pantalla. Zhao parece más interesada en lo que Shakespeare representa que en lo que siente. El genio es aquí un hombre taciturno, frustrado, opaco, reducido a tópico de escritor bloqueado. Shakespeare no crea: reacciona. Y a menudo, ni eso.
Emily Watson aporta gravedad como Mary Shakespeare, aunque su personaje está limitado a funciones dramáticas evidentes; Joe Alwyn cumple sin dejar huella; Los niños, especialmente Jacobi Jupe como Hamnet, sostienen con dignidad un peso emocional que el guion les impone sin verdadera preparación.
No hay química real entre Buckley y Mescal. El romance inicial se establece con prisas, se consolida con elipsis y se quiebra sin haber sido construido. El amor se presupone. El duelo también.
Desde el prólogo —“Hamnet” y “Hamlet” eran el mismo nombre— la película anuncia su tesis con subrayador fluorescente. No confía en el espectador. Necesita explicarse constantemente. Los diálogos están salpicados de citas de Shakespeare, de frases que suenan más a declaración de intenciones que a palabras dichas por seres humanos del siglo XVI.
El relato de Orfeo y Eurídice, la profecía de los hijos, el halcón como tótem espiritual, la cueva como pasaje simbólico: todo está cargado de significado, pero nada respira. El simbolismo no emerge; se impone.
La escena de la peste —cuando Judith enferma y Hamnet “ofrece” su lugar— debería ser devastadora. Y lo es, en teoría. Pero Zhao la filma con la misma distancia estética que el resto del metraje. El dolor se contempla, no se comparte. Cuando Hamnet muere, uno ya está emocionalmente exhausto… pero no conmovido.
La reconstrucción del siglo XVI es irreprochable. El trabajo de diseño de producción de Fiona Crombie (“La favorita”) construye un mundo rural estilizado, casi despoblado, donde Stratford-upon-Avon parece más una instalación artística que una comunidad viva. La réplica del Globe Theatre, levantada en Elstree Studios, es eficaz, funcional y deliberadamente menos ornamentada que el original, en línea con la sobriedad que Zhao persigue… y fuerza.
La fotografía de Łukasz Żal (“Ida”) es, sin discusión, uno de los grandes valores del film. Cada plano parece concebido para ser enmarcado: interiores bañados por una luz vermeeriana, exteriores donde el bosque funciona como útero, templo y metáfora universal. El problema no es la belleza, sino su acumulación. Plano bello tras plano bello, sin progresión emocional, sin variación rítmica, sin contraste. La imagen acaba anestesiando.
La música de Max Richter (“Arrival”) opera como muleta emocional. Su omnipresente “On the Nature of Daylight” —ya gastada hasta el tuétano por el cine contemporáneo— subraya lo que la puesta en escena no logra transmitir. No acompaña: ordena sentir. Y cuando una película necesita ordenar la emoción, es que ha fracasado en generarla.
Jessie Buckley compone una Agnes Hathaway intensa, física, feral. Es una interpretación generosa, entregada, incluso excesiva por momentos. Buckley grita, llora, se retuerce, mira al vacío. Hace todo lo que se espera de ella. El problema es que el personaje está escrito como un arquetipo: la mujer conectada con la naturaleza, la sanadora, la bruja incomprendida, la madre doliente elevada a símbolo. Agnes no evoluciona: permanece.
Paul Mescal convierte a William Shakespeare en una presencia fantasmal. Un hombre que entra y sale de la historia, ausente incluso cuando está en pantalla. Zhao parece más interesada en lo que Shakespeare representa que en lo que siente. El genio es aquí un hombre taciturno, frustrado, opaco, reducido a tópico de escritor bloqueado. Shakespeare no crea: reacciona. Y a menudo, ni eso.
Emily Watson aporta gravedad como Mary Shakespeare, aunque su personaje está limitado a funciones dramáticas evidentes; Joe Alwyn cumple sin dejar huella; Los niños, especialmente Jacobi Jupe como Hamnet, sostienen con dignidad un peso emocional que el guion les impone sin verdadera preparación.
No hay química real entre Buckley y Mescal. El romance inicial se establece con prisas, se consolida con elipsis y se quiebra sin haber sido construido. El amor se presupone. El duelo también.
Desde el prólogo —“Hamnet” y “Hamlet” eran el mismo nombre— la película anuncia su tesis con subrayador fluorescente. No confía en el espectador. Necesita explicarse constantemente. Los diálogos están salpicados de citas de Shakespeare, de frases que suenan más a declaración de intenciones que a palabras dichas por seres humanos del siglo XVI.
El relato de Orfeo y Eurídice, la profecía de los hijos, el halcón como tótem espiritual, la cueva como pasaje simbólico: todo está cargado de significado, pero nada respira. El simbolismo no emerge; se impone.
La escena de la peste —cuando Judith enferma y Hamnet “ofrece” su lugar— debería ser devastadora. Y lo es, en teoría. Pero Zhao la filma con la misma distancia estética que el resto del metraje. El dolor se contempla, no se comparte. Cuando Hamnet muere, uno ya está emocionalmente exhausto… pero no conmovido.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Es imposible no pensar en “Shakespeare in Love” (John Madden) al ver “Hamnet”. Aquella, una ficción histórica juguetona, vitalista, emocionalmente honesta, exploraba el nacimiento de “Romeo y Julieta” desde el amor. Esta pretende explorar el origen de “Hamlet” desde el duelo. Pero donde Madden encontraba ligereza y emoción, Zhao encuentra solemnidad y vacío. “Hamnet” es su reverso letárgico: más lenta, más grave, más pretenciosa… y mucho menos humana. Donde “Shakespeare in Love” entendía que el artificio es parte del cine, Zhao parece avergonzarse de él, refugiándose en una gravedad impostada que acaba siendo contraproducente.
Lo peor no es su lentitud ni su preciosismo, sino su incapacidad para emocionar. Y eso, en una tragedia sobre la muerte de un hijo, es casi imperdonable. La película insiste, repite, subraya, alarga. Pero no profundiza.
La sucesión de planos bellos se convierte en rutina. El ritmo, en letargo. El dolor, en concepto. Shakespeare “pasaba por allí”. Y cuando llegamos al clímax en el Globe Theatre, diseñado como una catarsis colectiva, el efecto es más manipulador que revelador. La emoción llega… si llega… por acumulación musical y simbólica, no por verdad dramática.
Lo peor no es su lentitud ni su preciosismo, sino su incapacidad para emocionar. Y eso, en una tragedia sobre la muerte de un hijo, es casi imperdonable. La película insiste, repite, subraya, alarga. Pero no profundiza.
La sucesión de planos bellos se convierte en rutina. El ritmo, en letargo. El dolor, en concepto. Shakespeare “pasaba por allí”. Y cuando llegamos al clímax en el Globe Theatre, diseñado como una catarsis colectiva, el efecto es más manipulador que revelador. La emoción llega… si llega… por acumulación musical y simbólica, no por verdad dramática.

Paul Mescal
“Hamnet” es un film respetable, premiable, impecable en lo formal y fallido en lo esencial. Una película que quiere decirlo todo y acaba no diciendo casi nada. Un duelo estetizado, pulido, diseñado para no incomodar demasiado. Chloé Zhao demuestra, una vez más, que sabe mirar… pero aquí no sabe contar.
No es un desastre. Porque hay talento. Porque hay oficio. Pero también porque es un ejemplo perfecto de cine contemporáneo de prestigio que confunde la importancia del tema con la importancia de la película. Y porque, a veces, menos —mucho menos— habría sido infinitamente más.
ZONA SPOILER
La última imagen de Agnes viendo a Hamnet desaparecer entre bastidores, sonriendo por primera vez tras su muerte, resume el problema del film: una resolución simbólica, hermosa, cerrada… y emocionalmente vacía. El duelo no se resuelve con imágenes bellas. Se atraviesa. Y “Hamnet”, en su obsesión por no mancharse, nunca se atreve a cruzarlo.
Gloria Ucrania!!!
No es un desastre. Porque hay talento. Porque hay oficio. Pero también porque es un ejemplo perfecto de cine contemporáneo de prestigio que confunde la importancia del tema con la importancia de la película. Y porque, a veces, menos —mucho menos— habría sido infinitamente más.
ZONA SPOILER
La última imagen de Agnes viendo a Hamnet desaparecer entre bastidores, sonriendo por primera vez tras su muerte, resume el problema del film: una resolución simbólica, hermosa, cerrada… y emocionalmente vacía. El duelo no se resuelve con imágenes bellas. Se atraviesa. Y “Hamnet”, en su obsesión por no mancharse, nunca se atreve a cruzarlo.
Gloria Ucrania!!!
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