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Voto de TOM REGAN:
7
Voto de TOM REGAN:
7
2024 

Rodrigo Sorogoyen (Creador), Paula Fabra (Creadora) ...
7.6
12,309
Serie de TV. Drama. Romance
Miniserie de TV (2024). 10 episodios. Ana cumple 30 años el día de Año Nuevo con la vida aún por resolver: vive en un piso compartido, no le gusta su trabajo, cambia a menudo de amigos... Óscar cumple 30 años el día de Nochevieja con la vida casi resuelta: médico vocacional, amigos fieles y una relación que va y viene. Justo cuando los dos llegan a la treintena se conocen, se enamoran y comienzan una relación que se alargará diez años.
2 de noviembre de 2025
2 de noviembre de 2025
1 de 4 usuarios han encontrado esta crítica útil
407/50/29/10/25) 407/50/29/10/25) La serie de Rodrigo Sorogoyen junto a Sara Cano y Paula Fabra, espejo emocional devuelve una imagen incómodamente veraz de una generación atrapada entre la ambición y la renuncia. Diez episodios de intimidad incómoda, deseo cansado y amor que ya no sabe hacia dónde crecer. Sorogoyen aplica su precisión quirúrgica a los terrenos de la pareja, donde la violencia no es física sino emocional. Es brillante en su observación, irregular en su ritmo y, en ocasiones, tan carnal que bordea el soft porn. Una serie lúcida, elegante y honesta, pero más lúgubre que necesaria, más exacta que viva.
Siempre me ha fascinado cómo Rodrigo Sorogoyen transforma la tensión en lenguaje. Aquí, lejos de policías, juicios o conflictos externos, el campo de batalla es el amor, un territorio mucho más volátil, pero igual de violento. En Los años nuevos, la cámara observa desde la incomodidad; no busca belleza ni consuelo. Todo se filma como si los personajes estuvieran bajo sospecha, incluso cuando solo se dicen “te quiero”.
Siempre me ha fascinado cómo Rodrigo Sorogoyen transforma la tensión en lenguaje. Aquí, lejos de policías, juicios o conflictos externos, el campo de batalla es el amor, un territorio mucho más volátil, pero igual de violento. En Los años nuevos, la cámara observa desde la incomodidad; no busca belleza ni consuelo. Todo se filma como si los personajes estuvieran bajo sospecha, incluso cuando solo se dicen “te quiero”.

La serie narra la historia de Ana (Iria del Río) y Óscar (Francesco Carril), una pareja que pasa juntos diez fin de año. A partir de ahí, cada episodio es una deriva emocional, una reescritura de la convivencia, del cansancio y de las promesas rotas. Asistimos a la lenta descomposición de dos personas que se aman mal, como si el cariño fuera una carga.
Sorogoyen, fiel a su instinto, filma el conflicto con la misma tensión que en “Antidisturbios” o “El reino”. Pero aquí los golpes son verbales y las heridas, silenciosas.
Lo que hace Sorogoyen con el espacio es extraordinario: Los interiores —habitaciones, cocinas, pasillos de hotel— se convierten en trampas morales. La cámara los persigue sin concesión, pegada a los cuerpos, buscando en los gestos la verdad que las palabras ocultan. Esa proximidad es su fuerza y su condena, la serie es tan íntima que, a veces, resulta claustrofóbica.
Los silencios son el verdadero guion. Cuando Ana mira sin hablar, entendemos más que en cualquier diálogo. Cuando Óscar evita la mirada, se revela todo lo que no sabe gestionar. Sorogoyen domina el ritmo de lo incómodo, ese segundo antes de que alguien diga algo imperdonable.
Sorogoyen, fiel a su instinto, filma el conflicto con la misma tensión que en “Antidisturbios” o “El reino”. Pero aquí los golpes son verbales y las heridas, silenciosas.
Lo que hace Sorogoyen con el espacio es extraordinario: Los interiores —habitaciones, cocinas, pasillos de hotel— se convierten en trampas morales. La cámara los persigue sin concesión, pegada a los cuerpos, buscando en los gestos la verdad que las palabras ocultan. Esa proximidad es su fuerza y su condena, la serie es tan íntima que, a veces, resulta claustrofóbica.
Los silencios son el verdadero guion. Cuando Ana mira sin hablar, entendemos más que en cualquier diálogo. Cuando Óscar evita la mirada, se revela todo lo que no sabe gestionar. Sorogoyen domina el ritmo de lo incómodo, ese segundo antes de que alguien diga algo imperdonable.

Francesco Carril & Iria del Río
Sin embargo, esa fidelidad a la incomodidad acaba jugando en su contra. Hay capítulos que se alargan en la incomunicación como si el propio director temiera cerrar la herida. No hay alivio ni respiración, solo la repetición de un malestar perfectamente filmado.
El sexo ocupa un lugar central, pero no como erotismo, sino como diagnóstico. Las escenas íntimas son prolongadas, explícitas, a veces excesivas. Sorogoyen las filma sin pudor, con una crudeza que pretende ser realista, aunque termina bordeando el soft porn. Lo paradójico es que, cuanto más muestra, menos comunica.
El sexo aquí no revela el deseo, sino su agotamiento. Son cuerpos que buscan reconectar por reflejo, por desesperación. Y aunque entiendo la intención —mostrar la fragilidad de una pareja que se aferra a la piel cuando ya no queda emoción—, la reiteración resta potencia. Hay secuencias que hubieran sido mucho más elocuentes con un solo plano o con una elipsis. En este tipo de relatos, menos es más, sobre todo cuando el silencio ya está diciendo todo lo necesario.
La serie se sostiene sobre la química y el deterioro emocional de sus dos protagonistas. Iria del Río logra un retrato formidable de una mujer que intenta entender cuándo se rompió algo que parecía sólido. Su interpretación tiene esa naturalidad que desarma, cada gesto suyo parece improvisado, cada silencio calculado con precisión; Francesco Carril, con su tono contenido y mirada de abatimiento permanente, ofrece la otra cara del derrumbe. Juntos construyen una pareja creíble, incómoda, demasiado real para resultar amable. En sus miradas cruzadas se resumen años de desgaste, de amor que ha perdido su gramática.
La dirección de actores, marca Sorogoyen, es impecable. Todo suena espontáneo, pero nada lo es. Los planos fijos, las largas tomas sin corte, fuerzan al intérprete a convivir con la incomodidad. No hay escapatoria ni truco narrativo: el dolor se filma en tiempo real.
El gran riesgo es su ritmo. La serie rehúye cualquier estructura tradicional, no hay progresión lineal ni desenlace convencional. Cada episodio es un fragmento emocional, una variación sobre el desencanto. Esta fragmentación produce momentos de brillantez —sobre todo cuando Sorogoyen se permite la pausa o el humor seco—, pero también cierta monotonía.
La puesta en escena refuerza esa idea, con planos largos, cámara nerviosa, luz natural, espacios neutros. Todo está diseñado para que no haya respiro. Es cine dentro de la televisión, pero sin la compensación emocional que el espectador suele esperar.
La serie, en el fondo, es un retrato generacional disfrazado de drama íntimo. Habla de los que crecieron creyendo que podían tenerlo todo —libertad, amor, estabilidad— y se encontraron con la resaca de sus propias expectativas. Ana y Óscar son dos espejos del desencanto, no fracasan porque no se amen, sino porque ya no saben cómo hacerlo sin agotarse.
Sorogoyen evita el moralismo y apuesta por una honestidad casi brutal. Nadie tiene razón, todos tienen culpa. Esa equidad moral es lo que da profundidad al relato. No hay villanos, solo humanos aprendiendo a convivir con su decepción.
Lo que la serie retrata, con precisión quirúrgica, es la crisis de los treinta, ese momento en que la vida deja de ser promesa y empieza a ser balance. Lo que era proyecto se convierte en inercia. Y Sorogoyen, más sociólogo que narrador, lo filma con una lucidez incómoda, sin refugios.
Sorogoyen demuestra es capaz de convertir lo cotidiano en experiencia casi física, aquí su precisión se convierte en obstinación. El retrato es exacto, pero le falta aire, humor, vida.
El sexo ocupa un lugar central, pero no como erotismo, sino como diagnóstico. Las escenas íntimas son prolongadas, explícitas, a veces excesivas. Sorogoyen las filma sin pudor, con una crudeza que pretende ser realista, aunque termina bordeando el soft porn. Lo paradójico es que, cuanto más muestra, menos comunica.
El sexo aquí no revela el deseo, sino su agotamiento. Son cuerpos que buscan reconectar por reflejo, por desesperación. Y aunque entiendo la intención —mostrar la fragilidad de una pareja que se aferra a la piel cuando ya no queda emoción—, la reiteración resta potencia. Hay secuencias que hubieran sido mucho más elocuentes con un solo plano o con una elipsis. En este tipo de relatos, menos es más, sobre todo cuando el silencio ya está diciendo todo lo necesario.
La serie se sostiene sobre la química y el deterioro emocional de sus dos protagonistas. Iria del Río logra un retrato formidable de una mujer que intenta entender cuándo se rompió algo que parecía sólido. Su interpretación tiene esa naturalidad que desarma, cada gesto suyo parece improvisado, cada silencio calculado con precisión; Francesco Carril, con su tono contenido y mirada de abatimiento permanente, ofrece la otra cara del derrumbe. Juntos construyen una pareja creíble, incómoda, demasiado real para resultar amable. En sus miradas cruzadas se resumen años de desgaste, de amor que ha perdido su gramática.
La dirección de actores, marca Sorogoyen, es impecable. Todo suena espontáneo, pero nada lo es. Los planos fijos, las largas tomas sin corte, fuerzan al intérprete a convivir con la incomodidad. No hay escapatoria ni truco narrativo: el dolor se filma en tiempo real.
El gran riesgo es su ritmo. La serie rehúye cualquier estructura tradicional, no hay progresión lineal ni desenlace convencional. Cada episodio es un fragmento emocional, una variación sobre el desencanto. Esta fragmentación produce momentos de brillantez —sobre todo cuando Sorogoyen se permite la pausa o el humor seco—, pero también cierta monotonía.
La puesta en escena refuerza esa idea, con planos largos, cámara nerviosa, luz natural, espacios neutros. Todo está diseñado para que no haya respiro. Es cine dentro de la televisión, pero sin la compensación emocional que el espectador suele esperar.
La serie, en el fondo, es un retrato generacional disfrazado de drama íntimo. Habla de los que crecieron creyendo que podían tenerlo todo —libertad, amor, estabilidad— y se encontraron con la resaca de sus propias expectativas. Ana y Óscar son dos espejos del desencanto, no fracasan porque no se amen, sino porque ya no saben cómo hacerlo sin agotarse.
Sorogoyen evita el moralismo y apuesta por una honestidad casi brutal. Nadie tiene razón, todos tienen culpa. Esa equidad moral es lo que da profundidad al relato. No hay villanos, solo humanos aprendiendo a convivir con su decepción.
Lo que la serie retrata, con precisión quirúrgica, es la crisis de los treinta, ese momento en que la vida deja de ser promesa y empieza a ser balance. Lo que era proyecto se convierte en inercia. Y Sorogoyen, más sociólogo que narrador, lo filma con una lucidez incómoda, sin refugios.
Sorogoyen demuestra es capaz de convertir lo cotidiano en experiencia casi física, aquí su precisión se convierte en obstinación. El retrato es exacto, pero le falta aire, humor, vida.
SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama. Ver todo
spoiler:
Aun así, es difícil no reconocer su valor, pocas ficciones españolas se atreven a mirar tan de cerca la herida emocional sin edulcorantes. Lo que muestra no es bonito, pero es real. Y aunque a veces parezca demasiado consciente de su importancia, consigue algo más raro: incomodar sin sermonear.
Sorogoyen evita cualquier catarsis. No hay lágrimas ni redenciones, solo aceptación. La cámara, fija, se aleja lentamente mientras ellos permanecen inmóviles, como si el nuevo año fuera solo una continuación del anterior. Es un final coherente, seco, hermoso en su honestidad. Un cierre que no cierra, pero que deja claro que la vida sigue, aunque no sepamos en qué dirección.
En definitiva, no es una serie sobre comienzos, sino sobre la imposibilidad de empezar de nuevo cuando el tiempo ya no perdona. Sorogoyen la filma con su habitual maestría visual y su nihilismo emocional intacto. Una obra que confirma su talento y su rigidez, su lucidez y su falta de consuelo. Gloria Ucrania!!!
Sorogoyen evita cualquier catarsis. No hay lágrimas ni redenciones, solo aceptación. La cámara, fija, se aleja lentamente mientras ellos permanecen inmóviles, como si el nuevo año fuera solo una continuación del anterior. Es un final coherente, seco, hermoso en su honestidad. Un cierre que no cierra, pero que deja claro que la vida sigue, aunque no sepamos en qué dirección.
En definitiva, no es una serie sobre comienzos, sino sobre la imposibilidad de empezar de nuevo cuando el tiempo ya no perdona. Sorogoyen la filma con su habitual maestría visual y su nihilismo emocional intacto. Una obra que confirma su talento y su rigidez, su lucidez y su falta de consuelo. Gloria Ucrania!!!

Francesco Carril
Cada episodio de Los años nuevos funciona como un fragmento autónomo dentro del mismo derrumbe. Sorogoyen estructura el relato como una serie de ecos emocionales, y cada capítulo se vuelve una microdisertación sobre la erosión del amor. No hay grandes giros, pero sí pequeños terremotos que, sumados, trazan el mapa de la ruptura. Gloria Ucrania!!!
Episodio 5 (“el de Berlín”): Marca el punto de inflexión de la relación de Ana y Óscar. Como explica el propio Rodrigo Sorogoyen, es «el último de la primera parte» donde “la pareja se estanca”.
elDiario.es
Episodios 6 y 7 (capítulos espejo): El director los describe como “juego de espejos”. En el 6 vemos a Óscar solo en la Navidad de la pandemia; en el 7 vemos a Ana en Lyon, sola, y de repente aparece Óscar. Sorogoyen comenta que uno de los juegos de actuación fue sorprenderles con la aparición del otro.
elDiario.es
Episodio 10 (final): Rodado como un plano secuencia de casi una hora, bajo lluvia, pretende ser el cierre virtuoso de la serie. El montaje se planificó con ‘26 marcas’ en el suelo del hotel para el seguimiento de cámara, destaca Sorogoyen.
Episodio 5 (“el de Berlín”): Marca el punto de inflexión de la relación de Ana y Óscar. Como explica el propio Rodrigo Sorogoyen, es «el último de la primera parte» donde “la pareja se estanca”.
elDiario.es
Episodios 6 y 7 (capítulos espejo): El director los describe como “juego de espejos”. En el 6 vemos a Óscar solo en la Navidad de la pandemia; en el 7 vemos a Ana en Lyon, sola, y de repente aparece Óscar. Sorogoyen comenta que uno de los juegos de actuación fue sorprenderles con la aparición del otro.
elDiario.es
Episodio 10 (final): Rodado como un plano secuencia de casi una hora, bajo lluvia, pretende ser el cierre virtuoso de la serie. El montaje se planificó con ‘26 marcas’ en el suelo del hotel para el seguimiento de cámara, destaca Sorogoyen.
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