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Voto de TOM REGAN:
6
Voto de TOM REGAN:
6
Bélico. Acción. Drama Noviembre de 1942. Continúa el implacable asedio a la ciudad de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial. Rodeados de tropas alemanas y escasos de municiones, un grupo de soldados rusos se preparan para defender un edificio hasta el final. (FILMAFFINITY)
24 de julio de 2026 0 de 1 usuarios han encontrado esta crítica útil
369/33(22/07/26) Un aparatoso despliegue visual que deslumbra en la forma pero naufraga estrepitosamente en el fondo: “Stalingrado” es una vistosa ópera bélica repleta de pirotecnia digital y patriotismo de manual, donde la fascinante atmósfera y el empaque técnico no consiguen camuflar la alarmante vacuidad de sus personajes ni un guion incapaz de sostener la verdad humana de la contienda.

Para comprender la naturaleza de este artefacto cinematográfico hay que analizar primero su trastienda y a las mentes que movieron sus hilos. Dirigida por Fedor Bondarchuk (cuya labor más representativa como cineasta previa fue la cinta de acción bélica “La novena compañía”), el filme nace bajo una marcada sombra paternal, pues es hijo del celebérrimo Sergei Bondarchuk, responsable de la majestuosa y oscarizada versión soviética de “Guerra y paz”. Curiosamente, el propio Fedor ya conocía las trincheras de esta batalla al haber participado como actor en la anterior “Stalingrado” (1989), dirigida por Yuri Ozerov (“Liberación”). Para esta nueva versión de 2013, concebida como la primera superproducción rusa rodada en IMAX 3D y gestionada en su distribución internacional por Columbia Pictures, el cineasta recurrió a un libreto firmado por Ilya Tilkin (guionista de la serie “Rasputín”) y Sergei Snezhkin (“El entierro de un culpable”). Tilkin elaboró la trama sin una fuente literaria directa, nutriéndose de diarios de combatientes, archivos de museos y relatos orales, aunque resulta innegable la influencia del capítulo 57 de la monumental obra *Vida y destino* de Vasily Grossman. A pesar de ser seleccionada como la candidata rusa a la Mejor Película de Habla No Inglesa en los Óscar (donde no logró la nominación), la película terminó funcionando en taquilla como un descomunal escaparate del cine postsoviético para medirse cara a cara con el musculoso espectáculo hollywoodiense de directores como Zack Snyder (“300”) o Michael Bay (“Pearl Harbor”).

En sus apartados técnicos y de ambientación, “Stalingrado” ofrece un derroche estético indiscutible, aunque roza de forma peligrosa la estilización publicitaria. La reconstrucción de época a cargo del diseñador de producción Sergey Ivanov (“El arca rusa”) es francamente apabullante; para el rodaje se levantó un escenario colosal en la antigua fábrica *Krasny Treugolnik* de San Petersburgo y en el Tercer Fuerte Norte cerca de Kronstadt, invirtiendo más de 120 millones de rublos en edificar minuciosamente el centro de la ciudad devastada y la orilla este del Volga. Sin embargo, a pesar de esta obsesión por el detalle, la producción cometió un descuido histórico sonrojante para los puristas al emplear tanques Panzer basados en un modelo Mk.IV G/H, un vehículo que no entró en servicio hasta un año después de los hechos retratados; Por su parte, la fotografía estereoscópica de Maksim Osadchiy (“El duelista”) baña el encuadre en una paleta monocromática de grises acerados e infiernos azulados, sobre la que flotan cenizas virtuales y copos de nieve que sacan partido al 3D, salpicada por las explosiones fuego y fuego anaranjado; La banda sonora del célebre compositor italiano Angelo Badalamenti (“Mulholland Drive”) oscila constantemente entre la épica grandilocuente y un lirismo meloso que busca forzar la lágrima del espectador.

El plano interpretativo resulta bastante desigual, sepultado a menudo por la falta de entidad de los roles. Pyotr Fyodorov (“La hora más oscura”) encabeza el grupo soviético como el capitán Gromov con sobriedad pero sin margen para el matiz; mientras que Mariya Smolnikova (“Daughter”) encarna a Katya, la joven de dieciocho años que permanece en las ruinas del apartamento, convertida en una suerte de metáfora viviente de la Madre Rusia por la que todos suspiran; En el bando alemán destaca Thomas Kretschmann (“El pianista”) —quien, en un curioso guiño del destino, ya había interpretado a un teniente germano en la lejana “Stalingrado” (1993) de Joseph Vilsmaier—, ofreciendo la actuación más compleja y fatigada de la cinta como el capitán Peter Kahn; Frente a él, Heiner Lauterbach (“El experimento”) interpreta a un histérico e insufrible coronel nazi salido directamente del catálogo de villanos acartonados; Yanina Studilina (“Anatomiya ubiystva”), por su parte, aporta su belleza serena como Masha, la mujer rusa atrapada en un peligroso y turbio cuasi-romance de sometimiento y supervivencia con el personaje de Kretschmann.

Las secuencias de acción ostentan momentos de un impacto plástico indudable, aunque muchas caen en la exageración hiperbólica. La brutal escena inicial en la que el oficial alemán vuela un depósito de combustible y los soldados rusos, envueltos literalmente en llamas, continúan cargando al bando enemigo para aplastar sus ametralladoras parece extraída de una cinemática de videojuego a lo *Call of Duty* más que de la realidad de 1942. Igualmente memorables por su inverosimilitud son los combates cuerpo a cuerpo coreografiados al estilo del cine de artes marciales o las continuas cámaras lentas que buscan ralentizar la carnicería para dotarla de una belleza sintética. Entre los diálogos resuena con amargura la sentencia que Kahn le espeta a Masha en medio de su ruina moral: «Vine aquí como soldado. Tú me convertiste en una bestia», frase que condensa la retorcida dinámica del frente, contrapuesta a los parlamentos henchidos de patriotismo y frases grandilocuentes que se intercambian los cinco defensores soviéticos en el interior del edificio.
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spoiler:
Es precisamente en la solidez de su propuesta dramática donde la cinta muestra sus grietas más insalvables. A pesar del despliegue de millones de dólares, del realismo de sus maquetas y de la espectacularidad pirotécnica, la película se desmorona en su intento de articular los dramas personales. Falla de forma clamorosa debido a un guion incoherente cuyos personajes actúan movidos por razones pueriles o meramente alegóricas, tornando la miseria del asedio en un melodrama acartonado. La atrocidad y el sinsentido de una masacre que costó casi dos millones de bajas se ven neutralizados por un uso abusivo de la cámara lenta y los efectos digitales; lo que debería transmitir dolor e infierno se percibe pulcro, empaquetado para el consumo masivo del multicine. No es una cuestión de rigor o verdad histórica —quien busque datos precisos acudirá a los libros o al documental—, sino de verdad artística. La cinta carece por completo de esa autenticidad emocional que hace que nos duela el destino de sus protagonistas.

Resulta especialmente sangriento el torpe e innecesario recurso narrativo que sirve de marco a la historia: situar el relato en la época actual, con unos rescatistas rusos contando la epopeya de la contienda a unos adolescentes alemanes atrapados entre los escombros del terremoto de Fukushima en 2011. Que un médico maduro intente calmar a unos jóvenes aterrorizados relatándoles con todo lujo de detalles las atrocidades y matanzas cometidas por los nazis resulta sencillamente estrambótico y desprovisto de lógica narrativa. A esto se suman incoherencias argumentales difíciles de digerir: de verdad un oficial nazi saldría a plena luz del día a charlar amistosamente sobre el tiempo junto a una fuente con una civil rusa, exponiéndose absurdamente a la bala de un francotirador? O qué sentido tiene que las tropas alemanas pasen horas escondidas para evitar los disparos de precisión y, de repente, salgan masivamente a la plaza a ejecutar civiles bajo el pretexto de buscar judíos? Son licencias que fracturan cualquier atisbo de tensión orgánica y delatan la mano torpe de los guionistas hilvanando situaciones a la fuerza.

Con todo, “Stalingrado” no es un desastre absoluto y de ahí su aprobado raspado. Si se aborda como una experiencia puramente sensorial, una suerte de aventura populista, heroica a la vieja usanza pero pasada por el filtro estético de la era digital, la cinta ofrece dos horas de entretenimiento vibrante y técnicamente impecable. La visión de la ciudad en ruinas, el tratamiento del color y el magnetismo de varias de sus escenas de asalto logran mantener la atención del espectador que busque mero espectáculo visual. Rusia demostró aquí que podía competir en músculo pirotécnico y efectos visuales con las grandes colosos de Hollywood, situándose al nivel de las grandes superproducciones contemporáneas. Sin embargo, todo lo que gana en músculo técnico lo pierde en calado humano, mensaje y coherencia narrativa.

Una obra disfrutable pero ingenua, una majestuosa escultura de hielo que impacta la vista por su escala pero que se disuelve por completo en la memoria en cuanto se apagan las luces de la sala.

Gloria Ucrania!!!
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