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Voto de Doctor Zaius:
9
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9
6.7
1,277
Serie de TV. Comedia. Intriga
Miniserie de TV (4 episodios). P'tit Quinquin es un chico muy brioso de unos diez años que vive en la granja de su familia. Al comienzo de sus vacaciones de verano mata el tiempo con sus dos amigos y su novia Eve, paseándose en bicicleta y haciendo bromas con petardos. Pero sucede un acontecimiento extraordinario: el descubrimiento de un cadáver de vaca descuartizado y expuesto de manera espectacular en un búnker de la zona, unos restos ... [+]
25 de febrero de 2017
25 de febrero de 2017
5 de 6 usuarios han encontrado esta crítica útil
Un pueblo del Norte de Francia. Cerrado sobre sí mismo y aparentemente detenido en el tiempo. Poblado por personajes cuyos rostros parecen reflejar algún tipo de cualidad moral o la ausencia de cualquiera de ellas. Un pueblo en el que el vecindario coexiste con los conflictos típicos de las comunidades en las que la convivencia es demasiado estrecha: problemas con las herencias, parientes que no se hablan desde hace décadas, infidelidades, xenofobia, asesinatos, islamistas radicales, curas con el cerebro reblandecido, vacas locas muertas con restos de cadáveres en su interior... Lo "típico" para Bruno Dummond resulta ser una mezcla de circunstancias costumbristas y de problemáticas urbanas trasplantadas al mundo rural. Una mixtura enrevesada en la que se cruzan la tendencia al retrato veraz con la intención satirizante y el gusto por la imagen surreal.
De alguna manera, viendo el pequeño Quinquin, uno no puede evitar pensar en “Twin Peaks". De una forma casi paródica e infinitamente más retorcida, la cámara de Bruno Dummond se agarra a la excusa argumental de una secuencia de asesinatos -uno por episodio en la miniserie- para presentarnos de forma hiperbólica y descarnada a los habitantes de un lugar para los cuales se agotan los calificativos. Junto a ellos, una pareja de policías que hace burla de cualquier par de detectives antitéticos que podamos imaginar (y a estas alturas llevamos bastantes): uno es un inepto poseído por miles de tics y el otro es un aficionado a la conducción temeraria con algunas (pocas) luces más que su jefe. Ambos pasan por los escenarios de los crímenes sin enterarse de nada. Examinan a sospechosos, asisten a funerales, van a las casas de los habitantes del pueblo, recorren los paisajes, están en un movimiento constante que, sin embargo, presenta una actividad estrictamente policial nula. Es un moverse sin objeto, una alergia a estar parados que no se traduce en nada útil. La pareja perfecta para el pueblo ideal.
De alguna manera, viendo el pequeño Quinquin, uno no puede evitar pensar en “Twin Peaks". De una forma casi paródica e infinitamente más retorcida, la cámara de Bruno Dummond se agarra a la excusa argumental de una secuencia de asesinatos -uno por episodio en la miniserie- para presentarnos de forma hiperbólica y descarnada a los habitantes de un lugar para los cuales se agotan los calificativos. Junto a ellos, una pareja de policías que hace burla de cualquier par de detectives antitéticos que podamos imaginar (y a estas alturas llevamos bastantes): uno es un inepto poseído por miles de tics y el otro es un aficionado a la conducción temeraria con algunas (pocas) luces más que su jefe. Ambos pasan por los escenarios de los crímenes sin enterarse de nada. Examinan a sospechosos, asisten a funerales, van a las casas de los habitantes del pueblo, recorren los paisajes, están en un movimiento constante que, sin embargo, presenta una actividad estrictamente policial nula. Es un moverse sin objeto, una alergia a estar parados que no se traduce en nada útil. La pareja perfecta para el pueblo ideal.

En medio de la sinrazón adulta y de la estupidez policial se nos presenta a un grupo de niños -que también tienen lo suyo físicamente- liderados por Quinquin (un Alane Delhaye que se sale), la única persona lúcida dentro de un colectivo humano que parece habitar un lugar en el que el peso de las costumbres haya liquidado cualquier perspectiva de iniciativa individual. Tanta quietud, parece decir Dummond, conduce inevitablemente a una putrefacción silenciosa, a una liquidación del oxígeno social necesario para que lo personal y su autonomía coexistan con las leyes no escritas de la convivencia colectiva. Y esta putrefacción da síntomas de forma regular, algunos en forma de pequeñas disrupciones en el flujo de la cotidianidad y otros como seísmos inesperados que, sin embargo, no alteran la estaticidad del pueblo, su inercia secular, la sedimentación de unos usos y unas costumbres que atrapan inexorablemente a sus habitantes.
Quinquin, encarnación absoluta de la infancia entendida como libertad, juego y travesura, recorre el pueblo y nosotros con él. Lo acompañamos en su periplo veraniego, acompañado de dos amigos que prefiguran una existencia adulta muy similar a la de sus mayores y de su novia Eve -una Lucy Caron que brilla a la altura de Alane Delhaye-, el único personaje que encarna una inocencia y una bondad totales, y que resulta ser la esperanza aparente de otra vida mejor en un futuro lejano. Entroncando con los protagonistas de aquella “Guerra de los botones” de Louis Pergaud y desafiando las normas a lo Guillermo Brown, Quinquin va descubriendo por su cuenta los rastros de una maldad que viene de muy atrás instalada con naturalidad en su pueblo. De alguna manera traza una investigación paralela a la de los detectives en la que va aprendiendo qué se esconde tras las apariencias de la normalidad que exhiben sus convecinos.
Quinquin, encarnación absoluta de la infancia entendida como libertad, juego y travesura, recorre el pueblo y nosotros con él. Lo acompañamos en su periplo veraniego, acompañado de dos amigos que prefiguran una existencia adulta muy similar a la de sus mayores y de su novia Eve -una Lucy Caron que brilla a la altura de Alane Delhaye-, el único personaje que encarna una inocencia y una bondad totales, y que resulta ser la esperanza aparente de otra vida mejor en un futuro lejano. Entroncando con los protagonistas de aquella “Guerra de los botones” de Louis Pergaud y desafiando las normas a lo Guillermo Brown, Quinquin va descubriendo por su cuenta los rastros de una maldad que viene de muy atrás instalada con naturalidad en su pueblo. De alguna manera traza una investigación paralela a la de los detectives en la que va aprendiendo qué se esconde tras las apariencias de la normalidad que exhiben sus convecinos.
Rodada con una ritmo que sirve para sumergirnos en la pereza diaria de ese pueblo congelado en el tiempo, la serie destaca por sus larguísimos planos medios en los que los protagonistas parecen asomarse a la pantalla y mirarnos con extrañeza mientras los minutos se acumulan entre ellos y nosotros produciendo incomodidad y fascinación a partes iguales. También merece la pena destacar la potencia visual de la mayor parte de sus escenas, el uso poético de los paisajes de ese norte de Francia donde transcurre la historia y la presencia silente de las ruinas defensivas de la segunda guerra mundial. Entre las atmósferas ominosas y el gusto por lo chocante, Dummond consigue sumergirnos en un peculiar corazón de las tinieblas de apariencia amable y trasfondo pesadillesco en el que las cosas, nos tememos, sólo parecen pudrirse con el paso del tiempo, poniéndonos en la perspectiva de un futuro probablemente peor que el tiempo actual, dejando en el cuerpo sensaciones semejantes a las que proporcionaba aquella “Cinta blanca” de Haneke, como si la libertad que encarna Quinquin y la bondad que personifica Eve estuvieran condenadas a perecer necesariamente.
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