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Voto de Doctor Zaius:
8
Voto de Doctor Zaius:
8
6.3
16,628
Drama
Cuando Mark Schultz (Channing Tatum), medallista de oro olímpico, es invitado por el rico heredero John du Pont (Steve Carell) a su magnífica mansión para ayudarle a crear un campo de entrenamiento de alto nivel en el que preparar a un equipo para los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988, Schultz dice que sí inmediatamente. La razón es que allí espera poder concentrarse en los entrenamientos y evitar así que su hermano Dave (Mark Ruffalo) ... [+]
13 de abril de 2015
13 de abril de 2015
5 de 5 usuarios han encontrado esta crítica útil
En el país que inventó el turbocapitalismo tienen un problema grave con su pasado. Más que historia, cabría hablar de herida. El pasado norteamericano es una herida inmensa que supura por lugares distintos de muchas maneras muy variadas. En Foxcatcher este tema es el telón de fondo de toda la historia, el contexto que da significado a las acciones de los protagonistas, la sombra que los persigue y de la que no son conscientes. Una presencia que sobredetermina sus acciones.
El argumento está basado en una historia real: el heredero de la multinacional Dupont decide patrocinar a un campeón olímpico de lucha y montar un equipo que esté en condiciones de disputar las medallas en Seul 88. El elegido es el hermano menor de otro campeón a cuya sombra vive, incubando un resentimiento sordo que se entreteje con el afecto sincero que siente por él.
El multimillonario (un Steve Carell que debió ver muchos capítulos de los Simpsons para empaparse del personaje de Montgomery Burns) es un ser irremediablemente dañado: a su grisura absoluta une el desprecio de una madre distante y gélida y la mirada condescendiente -cuando no despreciativa- de un entorno que sólo le reconoce la suerte de ser el heredero final de una saga de plutócratas. Su fortuna está construída sobre las ganancias procedentes de la industria bélica. Su dinero, pues, como gran parte de las fortunas norteamericanas, tiene la mancha indeleble de la sangre. Y, unida a ésta, la corrupción emanada de toda la muerte que ha servido de abono para su crecimiento. Steve Carell, último heredero de una saga de traficantes de muerte, llega, pues a ese punto borroso entre los cuarenta y los cincuenta y se encuentra con que nunca ha hecho nada por sí mismo, excepto disfrutar de una vida anegada en unos beneficios materiales desmesurados.
El argumento está basado en una historia real: el heredero de la multinacional Dupont decide patrocinar a un campeón olímpico de lucha y montar un equipo que esté en condiciones de disputar las medallas en Seul 88. El elegido es el hermano menor de otro campeón a cuya sombra vive, incubando un resentimiento sordo que se entreteje con el afecto sincero que siente por él.
El multimillonario (un Steve Carell que debió ver muchos capítulos de los Simpsons para empaparse del personaje de Montgomery Burns) es un ser irremediablemente dañado: a su grisura absoluta une el desprecio de una madre distante y gélida y la mirada condescendiente -cuando no despreciativa- de un entorno que sólo le reconoce la suerte de ser el heredero final de una saga de plutócratas. Su fortuna está construída sobre las ganancias procedentes de la industria bélica. Su dinero, pues, como gran parte de las fortunas norteamericanas, tiene la mancha indeleble de la sangre. Y, unida a ésta, la corrupción emanada de toda la muerte que ha servido de abono para su crecimiento. Steve Carell, último heredero de una saga de traficantes de muerte, llega, pues a ese punto borroso entre los cuarenta y los cincuenta y se encuentra con que nunca ha hecho nada por sí mismo, excepto disfrutar de una vida anegada en unos beneficios materiales desmesurados.

Cómo retrata Bennet Miller esta atmósfera de descomposición y podredumbre que rodea al protagonista? Empleando una paleta de colores mortecina en la que predominan el gris pálido y el azul desvaído junto a tonos ocres y verdes sin apenas brillo. Empleando lánguidos movimientos de cámara que recorren las estancias de su mansión con pereza, al ralentí. Mostrando una naturaleza extraña, exhuberante y domesticada a la vez, cuidada pero desprendiendo un extraño aroma relacionado con cierto grado de artificialidad. Y, por último, encajando a los personajes en espacios cerrados que oscilan entre lo claustrofóbico y lo siniestro. Estas cuatro patas crean un ambiente funerario que envuelve a su personaje. Pero el punto definitivo para su retrato son los planos centrados en su cara. Paralizada en una mueca permanente de disgusto y desengaño es objeto de todo tipo de miradas desde ángulos muy distintos. Un poliedro de fatiga y resentimiento que, bajo la cambiante luz de los escenarios que transita, sólo muestra un catálogo interminable de matices de la palabra “decepción”. El heredero Dupont no está vivo, sólo tiene miles de millones de dólares y nada que merezca la pena hacer con su tiempo.

Channing Tatum
Del otro lado del ring, los perdedores. Los dos hermanos luchadores. Uno de ellos, el que debe ser la clave de bóveda del equipo de Dupont, es otro ser herido de otra forma. Huérfano y cuidado por su hermano mayor vive reconcentrado en la búsqueda de una identidad propia que es incapaz de conformar entre su desarraigo emocional y su penuria material. El encuentro con el multimillonario y sus promesas de riquezas y gloria inmediata abren ante él un horizonte inesperado, un lugar al que dirigirse, un punto desde el que poder afirmar algo sobre sí mismo. Su rostro, enfocado en un permanente primer plano cargado de crispación es la superficie de una tormenta interior interminable, un lugar de devastación que juega en la película al nivel de los escenarios por los que se pasean los protagonistas.
El ritmo de la película es lento, tortuoso. Las acciones de los protagonistas son ínfimas. Los hermanos entrenan y se preparan para las olimpiadas. El millonario dirige sus negocios. Las pausas son eternas. Sus vidas (la del millonario y el menor de los hermanos) hechas de tedio e insatisfacción, son devanadas mediante un tempo que parece una cosa sólida, un bloque pétreo que pesa toneladas. La cámara se detiene con frecuencia en escenas de intimidad en descomposición en las cuales los dos personajes protagonistas se reconocen como seres atrapados en un paisaje en cenizas. En los escasos momentos en que deben tratarse de la forma en la que se supone que los seres humanos se tratan entre sí, un halo de extrañeza permea las escenas, una sensación como de ortopedia en los gestos y los movimientos crea una atmósfera enrarecida y densa que convierte cada segundo en moléculas de algún gas irrespirable.
El millonario heredero del imperio de la muerte cierra el ciclo familiar de una forma extremadamente simbólica: su fortuna nace de la muerte industrial, así que su desdicha lo hará también, sólo que a un nivel más modesto. Los perdedores de la Historia, nos dice la película, sólo pueden limitarse a ser perdedores de sus propias historias personales. Acaba la película. Sentimos que algo desagradable sobre nuestras sociedades, sobre la riqueza material, sobre la lucha de clases que viven nuestros tiempos y sobre la impotencia de la individualidad contemporánea acaba de sernos dicho al oído. Algo que suena fatal y que reconocemos sobradamente.
El ritmo de la película es lento, tortuoso. Las acciones de los protagonistas son ínfimas. Los hermanos entrenan y se preparan para las olimpiadas. El millonario dirige sus negocios. Las pausas son eternas. Sus vidas (la del millonario y el menor de los hermanos) hechas de tedio e insatisfacción, son devanadas mediante un tempo que parece una cosa sólida, un bloque pétreo que pesa toneladas. La cámara se detiene con frecuencia en escenas de intimidad en descomposición en las cuales los dos personajes protagonistas se reconocen como seres atrapados en un paisaje en cenizas. En los escasos momentos en que deben tratarse de la forma en la que se supone que los seres humanos se tratan entre sí, un halo de extrañeza permea las escenas, una sensación como de ortopedia en los gestos y los movimientos crea una atmósfera enrarecida y densa que convierte cada segundo en moléculas de algún gas irrespirable.
El millonario heredero del imperio de la muerte cierra el ciclo familiar de una forma extremadamente simbólica: su fortuna nace de la muerte industrial, así que su desdicha lo hará también, sólo que a un nivel más modesto. Los perdedores de la Historia, nos dice la película, sólo pueden limitarse a ser perdedores de sus propias historias personales. Acaba la película. Sentimos que algo desagradable sobre nuestras sociedades, sobre la riqueza material, sobre la lucha de clases que viven nuestros tiempos y sobre la impotencia de la individualidad contemporánea acaba de sernos dicho al oído. Algo que suena fatal y que reconocemos sobradamente.
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